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Relatos Ardientes

El día que el despido me convirtió en su Daddy

Soy Esteban, cincuenta y ocho años, y esa mañana de octubre la oficina olía a tumba. El director subió a la tarima del salón de actos con cara de entierro, agarró el micrófono y soltó la bomba sin anestesia: «Reestructuración. Quince puestos menos antes de marzo. La lista se publica en dos semanas». Primero el silencio. Después los murmullos.

Yo estaba en la tercera fila y sentí que el suelo se abría bajo mis zapatos. Cincuenta y ocho años, treinta en aquella empresa, la barriga colgando sobre el cinturón, las canas que ya no me molesto en disimular, y ahora esto.

El miedo llegó primero, helado y limpio. ¿Y si soy yo? ¿Y si me echan sin una indemnización decente, sin la jubilación entera? ¿Quién va a contratar a un viejo gordo con la espalda hecha polvo?

La rabia vino después, lenta, como lava bajando por la ladera. Treinta años madrugando, aguantando jefes mediocres, viajes inútiles, domingos enterrados en hojas de cálculo. ¿Y ahora me tiraban como a un trapo?

Salí de la reunión sin despedirme de nadie. Bajé al garaje, me metí en el coche y golpeé el volante hasta que me crujieron los nudillos. «Hijos de puta —repetía entre dientes—, hijos de la gran puta.» Las sienes me latían. Las manos me temblaban sobre las rodillas.

***

Llegué al sótano de la calle Olmedo antes de la hora de siempre. Iván y Hugo ya estaban allí, desnudos, de rodillas sobre el colchón, esperándome como cada semana. Pero esa tarde no venía a jugar suave.

Entré dando un portazo, con la furia todavía latiéndome en el pecho.

—De pie, los dos —ladré.

Se levantaron rápido, la mirada baja. Les recorrí el cuerpo joven, el culo firme, la polla ya medio dura, y algo se rompió dentro de mí.

—Hoy no vais a ser solo mis chicos. Hoy quiero destrozaros. Y a partir de mañana vais a vestiros como yo os diga. Medias, lencería, falda corta, maquillaje. Las putas más baratas del barrio.

Iván parpadeó, sorprendido. Hugo, en cambio, se mordió el labio y bajó aún más la mirada, la polla dando un respingo delator.

—Pero, Daddy… no tenemos nada de eso —susurró.

—Callaos. Mañana lo traigo yo. Hoy solo quiero rabia.

Empujé a Iván contra la pared, le levanté una pierna y se la metí casi sin lubricante, solo con saliva. Embestía como un animal, la barriga chocando contra sus nalgas, los azotes dejándole la piel ardiendo y roja.

—Toma. Esto es lo que me hacen en la puta oficina.

Hugo estaba de rodillas debajo, lamiéndome los huevos mientras yo reventaba a su amigo. Luego cambié: tumbé a Hugo boca abajo en el colchón, me eché encima con todo mi peso y lo follé tan hondo que gritaba con cada empujón.

—¡Más, Daddy! ¡Rómpeme! —pedía con la cara contra la sábana.

Iván me comía el culo desde atrás, la lengua desesperada, mientras yo me vaciaba dentro de los dos, una vez y otra. Y aun así no era suficiente. La rabia seguía ahí, quemándome por dentro.

***

Esa misma noche, después de ducharme en casa y mentirle a Marta —«reunión de crisis, no me esperes despierta»—, cogí el coche hasta el otro extremo de la ciudad. Hasta El Cubil.

Golpeé tres veces la puerta metálica. El portero, un oso enorme de barba canosa, me reconoció y sonrió.

—El viejo Daddy ha vuelto.

Dentro olía a cuero, a sudor y a sexo recién hecho. Encontré a Roxana en la barra, más imponente que nunca: corsé negro marcándole el pecho operado, falda corta dejando ver la polla gruesa medio dura, tacones de aguja que la hacían parecer una torre. Me vio y le brillaron los ojos.

—Mi oso favorito… vienes con cara de querer guerra.

La besé con lengua, metiéndole la mano bajo la falda, apretándole lo que encontré allí.

—Necesito que me ayudes, Roxana. Quiero convertir a uno de mis chicos en una princesita. Ropa, maquillaje, actitud, todo. Pero no sé por dónde empezar.

Ella se rio bajito contra mi oreja, ronroneando.

—Ven conmigo, Daddy. Primero te voy a follar hasta que se te pase la rabia. Luego hablamos del resto.

***

Me llevó a la mazmorra del fondo. Me desnudó despacio, besando cada pliegue de mi barriga, lamiéndome los pezones canosos. Me ató las muñecas a un gancho del techo, el cuerpo medio colgando, la polla dura apuntando al suelo.

Roxana se quitó el corsé. El pecho grande le rebotó, la polla tiesa y venosa. Me lubricó con saliva y con gel, escupiéndome directamente entre las nalgas.

—Relájate, oso. Roxana te va a cuidar.

Me la metió centímetro a centímetro, despacio, hasta que sus huevos chocaron contra mí. Gemí sin vergüenza, empujando hacia atrás, buscándola.

—Cuéntamelo todo, Daddy —me susurró, embistiendo lento y profundo, el pecho rozándome la espalda, una mano masturbándome al mismo ritmo—. La rabia, el miedo. Sácalo mientras te follo.

Se lo conté entre jadeos: los recortes, el pánico a acabar en la calle a mi edad, la humillación de treinta años tirados a la basura. Cada empujón suyo me iba borrando un poco la rabia. Me corrí sin tocarme, salpicando el suelo de cemento, y ella siguió un poco más, hasta vaciarse dentro de mí con un gruñido grave que sentí en los huesos.

Después, mientras me desataba y me secaba con una toalla suave, se puso seria.

—Trae a tus dos chicos mañana. Yo elijo. A veces uno sirve y el otro no.

***

Al día siguiente los llevé. Iván y Hugo entraron nerviosos, vestidos de calle. Roxana los miró como quien evalúa la mercancía. Les hizo desnudarse, dar una vuelta, separarse las nalgas con las manos.

—Iván, eres un buen chico, pero no sirves para esto. Demasiado macho por debajo —sentenció—. Hugo, en cambio… míralo. Cuerpo delgado, cara bonita, culo pequeño y redondo. Este sí. Este va a ser una princesa preciosa.

Hugo se puso rojo hasta las orejas, pero la polla traidora se le levantó dura como una piedra.

Roxana empezó esa misma noche. Sombra rosa en los párpados, labios rojos brillantes, pestañas postizas. Medias de rejilla, tanga de lazo, falda plisada cortísima, un top diminuto, tacones, una peluca rubia y larga. A Iván solo le puso un collar y le mandó arrodillarse a un lado, mirando.

—A ti te toca ver cómo convierto a tu amigo —le dijo—. Aprende.

Luego los hizo desfilar por el pequeño escenario del club, con la música industrial retumbando contra las paredes. Los osos miraban desde las mesas, silbaban, se tocaban por encima del pantalón.

—Mirad qué princesa acabo de crear —anunció Roxana por el micro—. Se llama Vanesa. ¿Quién puja por follársela aquí, encima del escenario?

***

La subasta fue rápida y brutal. Ganaron dos osos alemanes enormes: dos metros de músculo y grasa cada uno, barbas rubias espesas, manos como palas. Pagaron en efectivo, sonriendo con dientes blancos y perfectos.

Subieron al escenario. Vanesa —mi Hugo— temblaba de miedo y de ganas a partes iguales. Lo pusieron a cuatro patas bajo las luces rojas. El primero, el más grande, le escupió entre las nalgas y se la metió de una sola embestida. Vanesa gritó, pero empujó hacia atrás, pidiendo más sin palabras.

El segundo le metió la polla en la boca hasta el fondo, follándole la garganta mientras su compañero le destrozaba el culo por detrás. Los dos embestían a la vez, sincronizados, el tablado crujiendo bajo sus pies, los gemidos y los chasquidos de piel resonando por todo el local.

Vanesa lloraba, la saliva y las lágrimas corriéndole por la cara maquillada, el rímel deshecho. Y sin embargo su polla pequeña goteaba sin parar dentro del tanga rosa.

Yo estaba sentado en primera fila, con Iván de rodillas entre mis piernas. Roxana se colocó detrás de mí, la polla dura contra mi culo.

—Míralos, Daddy —me ronroneó al oído—. Tu princesa hecha pedazos.

Me la metió despacio mientras yo agarraba a Iván de la nuca y le follaba la boca, usándole la garganta para masturbarme con el espectáculo de delante. Roxana embestía hondo, el pecho contra mi espalda, susurrando sin parar.

—Mira cómo la rompen. Mira cómo gime tu putita.

Yo empujaba contra la boca de Iván con furia, la baba cayéndole por la barbilla, mientras los alemanes se vaciaban dentro de Vanesa: uno en el culo, los chorros espesos rebosando; el otro en la boca, llenándole la garganta hasta que tosió y le salió leche por la nariz. Vanesa se corrió sin tocarse, sacudiéndose como una hoja al viento.

Me corrí al mismo tiempo, en la garganta de Iván, que tragó ahogándose, los ojos llorosos, mientras Roxana se vaciaba dentro de mí, inundándome entero.

***

Quedamos los cuatro jadeando bajo las luces rojas. Vanesa tirada en el escenario, cubierta de semen, el maquillaje corrido, la falda levantada hasta la cintura. Iván tragando lo último de mi corrida con lágrimas en los ojos. Roxana besándome el cuello con una ternura extraña. Y yo, el viejo gordo del que iban a prescindir en la oficina, sintiendo por primera vez que la rabia del trabajo se había transformado en otra cosa más grande, más oscura y, sobre todo, más mía.

La lista de recortes sale en dos semanas. Pero ya casi no me importa. Tengo un sótano, tengo a Roxana, tengo a Iván de rodillas. Y ahora tengo también una princesa a la que subastar cuando me dé la gana.

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