La tregua que firmé con el amigo de mi hermano
La mayoría de las historias de amor que conozco empiezan con un rescate. Un príncipe que llega a tiempo, una luz que cae justo sobre los dos y una promesa de para siempre. La mía no fue así. Nadie vino a salvarme, y yo tampoco salvé a nadie.
Lo que tuvimos fue más bien una tregua. Un alto al fuego callado entre dos personas rotas que, por una sola noche, decidieron dejar de hacerse daño. Me gusta recordarlo, no porque fuera perfecto, sino porque fue lo más verdadero que me ha pasado.
Tengo diecinueve años y nunca me sentí especial. Soy de estatura normal, de cuerpo flaco, con los ojos castaños y cansados de tantas noches frente a la consola. No toco la guitarra, no juego bien al fútbol, no tengo una sonrisa que detenga el tráfico. Durante mucho tiempo creí que un chico tan común como yo solo podía aspirar a un amor común. De esos que no llegan nunca.
Durante casi dos años, ese amor que no llegaba tuvo un nombre: Bruno.
Bruno era todo lo que yo no era. Alto, seguro, con esa clase de belleza que hace que la gente se gire en la calle. Era mi mejor amigo, o eso decía él. También fue la primera persona con la que hice algo más que mirar.
Solo me buscaba cuando estaba borracho, o cuando estaba demasiado caliente para fingir que no le servía. Entonces me hablaba bajito, muy cerca del oído, y yo me derretía como un idiota. Bastaba que arrastrara un poco las palabras para que yo lo siguiera a su cuarto sin pensarlo.
Me acuerdo de una de esas tardes. Sus padres no estaban, habíamos bebido medio botellón de ron barato y él se dejó caer en la cama con las piernas abiertas, mirándome como quien espera que le sirvan algo.
—Ven —dijo, y se bajó el cierre del pantalón sin más—. Sacámela. Ya sabés lo que quiero.
Me arrodillé entre sus piernas como tantas otras veces. Le desabroché el botón y le bajé el bóxer de un tirón, y su polla saltó dura, gruesa, con la punta ya brillante de líquido preseminal. La agarré con la mano y sentí latirla contra mi palma, caliente, pesada. Se la lamí primero desde la base hasta el glande, despacio, saboreando el gusto salado de su piel, y le di una vuelta lenta con la lengua por la corona, sintiendo cómo se le contraía el vientre.
—No juegues, mamámela bien —gruñó, agarrándome el pelo.
Abrí la boca y me la metí entera, hasta que la punta me golpeó la garganta y se me llenaron los ojos de lágrimas. Él echó la cabeza hacia atrás y enredó los dedos en mi nuca, marcándome el ritmo, empujando cada vez que yo bajaba, follándome la boca sin ninguna delicadeza. Yo tragaba saliva alrededor de su verga y le pasaba la lengua por debajo cada vez que subía, chupándolo con hambre, con esa hambre estúpida de agradar.
—Así, justo así —jadeaba—. Nadie me la chupa como vos. Sos una puta boquita perfecta.
Y yo me lo creía. Me tragaba su placer y sus palabras al mismo tiempo, convencido de que aquello significaba algo. Le solté la verga un segundo para lamerle los huevos, chupándoselos uno por uno mientras lo masturbaba, y volví a bajar hasta el fondo, ahogándome un poco cuando me sostuvo la cabeza y me empujó todavía más. Lo chupé hasta que se le tensaron los muslos, hasta que sentí el temblor en el estómago que anunciaba lo que venía. Se corrió con un gruñido largo, agarrándome la nuca para que no me apartara, descargando chorro tras chorro contra el paladar. Me quemaba la garganta, espeso y amargo, y aun así tragué todo, hasta la última gota, porque sabía que si escupía se enojaba.
Después se quedó tirado, satisfecho, con los ojos cerrados, la polla todavía a medio empalmar apoyada contra el muslo. Yo me limpié la boca con el dorso de la mano y me acerqué, buscando algo más. Un beso. Solo eso.
Bruno giró la cara.
—Eso no —dijo, suave pero firme—. Besar no se hace con cualquiera. Besar es otra cosa.
Cualquiera.
Esa palabra se me clavó adentro y no se fue durante meses. Yo podía arrodillarme, podía tragármelo entero, podía dejar que me usara como quisiera. Pero para que me besara, había que ser alguien especial. Y yo no lo era.
El resto del tiempo Bruno desaparecía con tipos mayores, de esos que conocía en los bares y que no tenían problema en ser un cuerpo más de su lista. Con ellos hacía las cosas guarras que conmigo no hacía «por respeto», decía. Se dejaba coger a cuatro patas, se tragaba pollas ajenas en los baños, se corría encima de desconocidos. Conmigo se cuidaba. Conmigo, en realidad, solo se ahorraba la culpa.
—Contigo es distinto —me juraba—. A vos te quiero cuidar.
Tardé demasiado en entender que cuidar y querer no son lo mismo.
***
Ese invierno todo se rompió de golpe. A mi hermano Damián lo internaron una madrugada, vomitando, doblado de dolor, y lo que parecía una infección resultó ser algo mucho peor. Mis padres prácticamente se mudaron al hospital. La casa se quedó en silencio, y yo dentro de ella, sin saber qué hacer con tanto miedo.
Fue entonces cuando empezó a aparecer Andrés.
Andrés era el mejor amigo de mi hermano, tenía veintisiete años y una calma que parecía imposible en medio de todo aquel desastre. Al principio solo pasaba a llevarme al instituto porque mis padres no podían. Después se quedaba a cocinar. Después, simplemente, se quedaba.
Lavaba los platos sin que nadie se lo pidiera, doblaba la ropa con una precisión rara, dejaba la comida lista. Se movía por mi casa como si siempre hubiera pertenecido a ella. Y me miraba de reojo, atento, como si temiera que yo fuera a deshacerme en cualquier momento.
Una de esas tardes, mientras doblábamos camisetas en silencio, me contó que lo había criado su abuela, que de su padre apenas se acordaba, que la soledad era una vieja conocida suya. No lo dijo con pena. Lo dijo como quien ya hizo las paces con su historia.
—¿Y vos? —me preguntó de pronto, sin levantar la vista—. ¿Quién te cuida a vos en todo esto?
No supe qué contestar. Nadie me había hecho esa pregunta nunca. Yo siempre era el que se arrodillaba, el que esperaba, el que sobraba en las conversaciones de los demás. Que alguien se preocupara por mí me descolocó más que cualquier otra cosa.
—Nadie —dije al final, y me sonó tan patético que me dieron ganas de tragarme la palabra.
Andrés dejó la camiseta a medio doblar. Me miró un segundo largo, de esos que pesan, y no dijo nada. Solo me apretó el hombro con la mano, y la dejó ahí un rato más de lo necesario.
***
La noche que firmamos la tregua, mis padres se habían quedado en el hospital. Damián había tenido un mal día y necesitaban estar con él. Andrés me trajo de vuelta a casa y, cuando apagó el motor, no se bajó.
—¿Puedo pasar? —preguntó. No sonó a invitación. Sonó a que él tampoco quería estar solo.
Adentro nos sentamos en el sillón, ni demasiado cerca ni demasiado lejos. Él miraba al frente, con los hombros tensos, como si cargara algo que no sabía dónde dejar.
—No soy bueno con esto —dijo—. Con saber qué decir cuando todo pesa tanto.
—No tenés que decir nada —respondí.
Me miró entonces, de verdad, y algo cambió en el aire. Vi en sus ojos el mismo cansancio que yo arrastraba, la misma soledad, las mismas ganas de que por una vez alguien se quedara. Dos personas rotas reconociéndose.
—Estoy harto de hacerme daño —murmuró—. Y de hacérselo a los demás.
Yo también, pensé. Yo también, desde hace mucho.
No sé quién acortó la distancia. Quizá los dos a la vez. Lo que sí recuerdo es su mano en mi mejilla, áspera y tibia, y su boca acercándose despacio, dándome tiempo de huir si quería.
No hui.
Andrés me besó. Me besó de verdad, lento, hondo, con la lengua buscando la mía sin prisa, sosteniéndome la cara con las dos manos como si yo fuera algo que valía la pena sostener. Y por primera vez en mi vida no me sentí un cualquiera. Me sentí elegido.
Se me escapó un sonido contra su boca, mitad alivio, mitad ganas. Él lo tomó como un permiso. Me recostó sobre el sillón con cuidado, su peso encima del mío, y siguió besándome el cuello, la clavícula, cada centímetro que iba descubriendo mientras me sacaba la ropa. Me subió la remera despacio y me lamió los pezones uno por uno, mordiéndolos apenas, haciéndome arquear la espalda contra el sillón.
—Despacio —dijo contra mi piel—. Tenemos toda la noche.
Nadie me había dicho nunca «despacio». Con Bruno todo era rápido, urgente, una transacción a oscuras. Andrés, en cambio, se tomaba su tiempo en todo. Me recorría el pecho con los labios, me pasaba la lengua por el ombligo, me mordía suave el borde de la cadera y me chupaba la piel del vientre bajo hasta dejar marcas rojas, mientras yo le suplicaba sin palabras, arqueándome contra él, la polla ya durísima aprisionada contra la tela del jean.
Me desabrochó el pantalón con calma, besándome el bulto por encima del bóxer, respirando caliente contra mi verga hasta que se me escapó un gemido agudo. Cuando por fin me bajó la ropa interior y me tomó la polla en la mano, yo ya estaba temblando, con la punta mojada de puro deseo. Me la acarició despacio, mirándome a los ojos, pasando el pulgar por el glande, extendiendo el líquido preseminal por toda la longitud, observando cada gesto de mi cara. Y solo entonces se inclinó y se la metió en la boca.
El placer me golpeó de golpe. Su lengua se enroscó alrededor de mi verga, subiendo y bajando con una lentitud que me estaba matando, chupándome con hambre pero sin prisa, como si le gustara el sabor. Se la sacó de la boca para lamerme desde los huevos hasta la punta, uno por uno se los metió, tirando suave, y después volvió a tragarme entero, hasta que la sentí golpear el fondo de su garganta. No era solo lo que hacía con la lengua, era que lo hacía por mí, no a cambio de nada. Le clavé los dedos en el pelo, igual que Bruno me los había clavado a mí tantas veces, y por primera vez entendí lo que se sentía estar del otro lado. Que alguien quisiera darte placer.
—Para —jadeé, tirándole del pelo—, o me corro ya, esto se acaba antes de empezar.
Andrés se rió bajito contra mi verga, se levantó a besarme otra vez y me dejó saborearme en su boca. Guió mi mano hasta su entrepierna. Lo desnudé con torpeza, ansioso, y cuando le liberé la polla se me cortó el aire: la tenía gruesa, larga, con las venas marcadas y los huevos apretados contra la base. Se la trabajé despacio mientras nos besábamos, sintiendo cómo se le cortaba el aliento contra mi boca cada vez que apretaba el puño. Bajé por su pecho, por el vientre, y me la metí en la boca sin pensarlo. Estaba caliente y espesa contra la lengua, y él gimió hondo, agarrándome el pelo con cuidado, sin forzarme, dejándome hacer a mi ritmo. La chupé con ganas, mirándolo desde abajo, y me di cuenta de que él también me miraba a mí, como si le importara mi cara.
—Quiero más —le dije, subiendo a besarlo otra vez. Me sorprendió mi propia voz, firme por una vez—. Quiero todo. Quiero que me la metas.
Nos fuimos a mi cuarto trastabillando, medio desnudos, besándonos contra las paredes del pasillo. Me tiró en la cama boca arriba, me abrió las piernas y se agachó entre ellas. Me humedeció la entrada con la lengua primero, lamiéndome despacio, hundiendo la punta un poco, y yo casi grito de la sorpresa. Nadie me había hecho eso nunca. Me lamió, me chupó, me abrió con la lengua hasta que se me escapaba la voz, hasta que me retorcía en las sábanas apretándome la polla para no correrme ahí mismo.
Después escupió en sus dedos y me preparó con una paciencia que me hizo querer llorar. Primero uno, entrando despacio, girándolo dentro de mí, esperando a que yo me relajara. Después dos, abriéndome con cuidado, buscando ese punto por dentro que me hizo gemir alto cuando lo tocó. Tres, ya con más ritmo, follándome con los dedos mientras me besaba la boca, mientras me susurraba que estaba precioso así, abierto para él. No dejó de mirarme la cara ni un segundo, atento a si me dolía, a si quería parar.
—¿Estás bien? —preguntaba—. Decime si paro.
—No pares —contesté, agarrándolo de la nuca—. Cogeme. Por favor, no pares.
Se puso encima, se escupió en la mano y se untó la polla, y apoyó la punta contra mi entrada. Cuando entró en mí, lo hizo centímetro a centímetro, sosteniéndome la mirada, dándome su mano para que yo se la apretara. Sentí cómo me abría, cómo me llenaba, esa presión gruesa y caliente que subía y no paraba. Dolió un poco al principio, quemó, y él se quedó quieto hasta el fondo, hundido entero, dejando que me acostumbrara a tenerlo dentro. Después fue todo lo contrario: una marea lenta y caliente que me subía por dentro mientras él se movía, hondo y pausado, sacándomela casi entera antes de volver a hundirla despacio, repitiendo mi nombre como si fuera importante.
Me besaba entre embestida y embestida. Esa era la diferencia. Me besaba todo el tiempo, en la boca, en la frente, en la sien, en los párpados, como si besarme fuera parte del acto y no un premio que había que merecer. Metía la lengua en mi boca al mismo tiempo que la polla se hundía entre mis piernas, y yo lo sentía todo doble, adentro y adentro.
El ritmo fue creciendo. Me agarré a sus hombros, le enredé las piernas en la cintura para que entrara más profundo, y dejé de pensar. Cambió el ángulo, me levantó una pierna al hombro y desde ahí empezó a follarme más fuerte, más hondo, golpeando algo dentro de mí que me hacía ver luces cada vez que embestía. La cama crujía, mi espalda se pegaba a las sábanas empapadas, y yo gemía sin vergüenza, jadeando su nombre como una plegaria.
—Así, así —me salió—, no pares, más fuerte.
—Estás tan apretado —jadeó él contra mi cuello, mordiéndome—. Me estás volviendo loco.
Me giró boca abajo sin salir de mí, me levantó las caderas y volvió a hundírmela de un envión que me arrancó un grito. Desde atrás me cogió más profundo todavía, con las manos apretándome la cintura, embistiendo contra mi culo con un ritmo que hacía chocar sus muslos contra los míos, un ruido húmedo y obsceno que llenaba el cuarto. Se recostó sobre mi espalda, me buscó la boca por encima del hombro y me besó ahí, torcido, mientras seguía follándome, y esa fue la cosa más íntima que había sentido en mi vida.
Después me giró otra vez boca arriba, me quería ver, dijo, quería mirarme la cara. Se acomodó entre mis piernas y volvió a entrar hasta el fondo. Metió la mano entre los dos y me masturbó al compás de sus caderas, la palma resbalando por mi polla mojada de preseminal, apretándome justo debajo del glande de esa forma que me hacía perder la cabeza. Yo ya no aguantaba más, sentía todo apretarse por dentro, la corrida subiendo desde los huevos, imparable.
—Mírame —pidió, agitado, aumentando el ritmo—. Quiero verte cuando te corras.
Lo miré, y me corrí así, con sus ojos clavados en los míos, la polla latiendo en su mano, derramándome en chorros calientes entre los dos cuerpos, manchándonos los vientres, gimiendo su nombre roto. Me apreté entero alrededor de él con el orgasmo, y eso lo terminó de romper. Un par de embestidas más, brutales, hasta el fondo, y se vino dentro de mí con un temblor largo, gruñendo contra mi cuello, llenándome con esa tibieza espesa que sentí escurrirse por dentro. Se dejó caer despacio sobre mi pecho, todavía dentro, los dos sin aire, empapados, temblando.
Se quedó ahí un rato, respirando contra mi cuello, saliendo de mí con cuidado recién cuando se le calmó el pulso. Sentí correrme por los muslos un hilo tibio de su semen y no me dio asco, ni vergüenza; me dio ganas de llorar de alivio.
***
Nos quedamos abrazados en la oscuridad mucho rato, sin hablar, su corazón golpeando contra mi costado. No me prometió nada. No dijo «esto es para siempre», ni «mañana lo arreglamos todo». Y estuvo bien que no lo dijera, porque habría sido mentira.
—Gracias —murmuró al fin, contra mi pelo.
—¿Por qué? —pregunté.
—Por dejarme parar de hacerme daño un rato.
Entendí entonces lo que éramos. No un rescate, ni un príncipe, ni un final feliz de película. Solo dos personas rotas que, por una noche, habían decidido tratarse con cuidado en vez de seguir lastimándose. Una tregua. Un alto al fuego.
No sé qué pasó después con nosotros, ni si lo que vino valió la pena o terminó doliendo, como casi todo. Pero esa noche aprendí algo que Bruno nunca me dejó aprender: que yo también podía ser alguien a quien se besa despacio. Que no estaba condenado a ser un cualquiera.
Y aunque no haya sido perfecto, fue real. A veces, con eso basta.