Bajo la melena del ladrón, el patricio vio a su amante
Aurelio se reclinó en su diván con un gesto entre ufano y cansado. Sus sirvientes lo habían despertado en plena noche para informarle de que un hombre había asaltado su domus. Menudas agallas hacían falta para algo así. Lo habían sorprendido en la despensa, con la cabeza metida en una vasija de fruta en almíbar. No buscaba oro ni plata, solo comida. Intentó huir por el mismo hueco por el que había entrado, pero su fuga se vio truncada y lo redujeron a golpes.
Según su esclavo más fiel, capturarlo había resultado todo un desafío. Era un hombre fuerte y violento que se resistió a cada paso con uñas y dientes. Lo que para el servicio fue un problema, para Aurelio se presentaba como una oportunidad. Pensó que, si lograban domarlo, aquel vigor podría servirle como mano de obra en su hacienda de Apulia. La villa clamaba por reparaciones urgentes y un cuerpo recio valía más que dos brazos flacos.
Antes de nada, debía comprobar si el malogrado ladrón era apto. Se acomodó en su fastuoso triclinio y ordenó que lo trajeran ante su presencia. A los pocos minutos, dos de sus hombres más corpulentos lo arrastraban sujeto por los brazos. El prisionero se resistía a cada tramo. Su lucha desigual resultó inútil. Le clavaron un puñetazo en el estómago que le arrancó la rebeldía de golpe y terminaron por arrojarlo a los pies del señor.
Tiraron de su cabeza para obligarlo a arrodillarse. Aurelio lo observó con un gesto de asco. Su pelo era una melena leonina, alborotada y greñuda, que no conocía el agua desde hacía semanas. Lo mismo cabía decir de su barba, que ocultaba buena parte de su rostro y lo hacía parecer una bestia atrasada. Su túnica se había convertido en un guiñapo de tela gris, hecho jirones durante el intento de huida.
Aun así, tenía buenos brazos y un pecho poderoso, con algunas cicatrices y la piel tirante por el hambre. Pudo ser soldado o gladiador caído en desgracia. Poco importaba. Pagaría su crimen con una vida de esclavitud.
—Así que tú eres el hombre que ha tenido la osadía de allanar mi morada en plena noche —dijo el patricio.
No recibió respuesta, ni un simple ademán. La cabeza del ladrón colgaba laxa, como si estuviera al borde del desmayo. Aurelio se sintió insultado.
—¡Mírame a la cara cuando te hablo, desgraciado!
Los esclavos le tiraron del pelo para forzarlo a alzar la mirada. Entonces Aurelio se quedó sin aliento. Bajo tanta maraña, su rostro era casi irreconocible, pero sus ojos… Oscuros, profundos, penetrantes. Una sensación de recuerdo lo asaltó como una bofetada. Conocía esos ojos. No podía ser. Se negaba a creerlo. Y, sin embargo, algo en su fuero interno gritaba lo contrario.
—¿Tienes algo que decir en tu defensa? —inquirió, intentando recuperar la compostura.
Rezó por lo bajo a todos los dioses para que sus sirvientes no notaran su vacilación. El ladrón no abrió la boca. Se limitó a soltar un gruñido gutural, más propio de un lobo que de un hombre.
—¿Nada en absoluto? En ese caso, veremos si la esclavitud te devuelve el juicio. Atadlo en la bodega para que recapacite esta noche —ordenó.
En cuanto se lo llevaron, Aurelio se retiró a sus aposentos procurando disimular el desconcierto. Su esposa seguía dormida y no advirtió nada. Nunca en su vida había deseado tanto estar equivocado como esa noche. Esos ojos. Si estaba en lo cierto, aquel ladrón intempestivo no era otro que Casio.
***
Casio era un plebeyo cuya familia servía en la villa de su padre, la misma que él había heredado en Apulia y que ahora pendía de la ruina. Tenían más o menos la misma edad y, cuando aún vivía allí, habían compartido una relación estrecha. No solo afectiva, también de índole carnal. Aurelio se encaprichó de él y lo tomó de amante. En aquella época juntaron sus cuerpos desnudos muchas veces, escondidos entre los arbustos de la vasta heredad.
Mantener una relación entre hombres con un plebeyo no estaba mal visto, pero ambos lo guardaron en secreto por una razón sencilla: Aurelio era el pasivo. Nadie podía aprobar que un patricio se rebajara al papel sumiso. Él no podía evitarlo. Casio era un amante nato, y los dioses lo habían bendecido con una potencia viril que pocos varones igualaban.
Aquel vínculo prevaleció hasta que Aurelio se vio obligado a comenzar su servicio militar. Después se asentó en Roma, con visitas esporádicas a la villa que heredó a la muerte de su padre. Lo buscó en su primer regreso, ansioso por reanudar sus encuentros. Lo único que logró averiguar fue que, debido al abandono progresivo de la hacienda, Casio se había marchado con su familia y nadie sabía adónde. La noticia lo dejó desolado. Continuó con su vida y acabó por enterrar el recuerdo de Casio… hasta esa noche en que el pasado decidió volver.
***
La noche dio paso al día. La mañana llegó con una gran duda: qué hacer con el ladrón. Podía no ser Casio. Podía ser un hermano desconocido, un primo, algún pariente lejano. O un completo extraño cuyos ojos se le parecían demasiado. Y el peso de las expectativas era real: él mismo había anunciado su intención de someterlo a la vida esclava delante de todos.
—Bañadlo y cortadle esas marañas que llama «pelo» —resolvió cuando su sirviente de confianza le preguntó—. Si va a servir en mi casa, quiero un hombre decente y no una alimaña.
Así ganaría tiempo y se cercioraría, de una vez por todas, de si era Casio. Se marchó a atender sus negocios. Al volver al mediodía, le informaron de que el prisionero estaba listo y exigió verlo de inmediato.
Tras un afeitado apurado, un corte de pelo, un baño y una prenda limpia, parecía otra persona. Y no quedaba ninguna duda: era Casio. Aurelio lo miró a los ojos con un deseo contenido durante años, pero todo lo que encontró de vuelta en aquellos ojos que una vez amó fue hostilidad pura.
—Dejadme a solas con él —dijo en tono cortante.
—Pero, señor…
—Lo habéis maniatado con fuerza, ¿no es así? Entonces, marchaos. Es una orden.
Hubo un instante de vacilación antes de que el sirviente asintiera con humildad y se retirara con los demás. En cuanto Aurelio comprobó que la puerta estaba cerrada a cal y canto, se lanzó al reencuentro tantas veces soñado.
—¡Oh, Casio!
Le rodeó los hombros con los brazos e intentó unir sus labios a los suyos, pero el otro se sacudió su presencia de encima.
—¿Qué es lo que sucede? —preguntó, desconcertado.
—¡¿Que qué me pasa?! ¡Que me quieres esclavizar! ¡Eso pasa!
—¡Oh, Casio, perdóname! No sabía que fueras tú. Tenía la sospecha, no la certeza.
No hubo respuesta. Casio rehuyó su mirada y volvió el rostro a un lado. Aun así, Aurelio reconoció la pena que lo embargaba.
—¿Qué te ha pasado? ¿Cómo has llegado a esta situación?
—Es una larga historia… —murmuró.
—Quiero conocerla.
Casio suspiró. Con voz grave y entrecortada le relató su vida durante todos esos años de separación.
***
Después de que Aurelio partiera a completar su carrera militar, Casio se sintió solo. Siguió trabajando en Apulia hasta que encontró esposa. Para entonces ya había perdido toda esperanza de reencuentro y el futuro no pintaba mejor. Tomó la decisión de mudarse a Roma. Quería darle la mejor vida posible a su mujer y, durante bastante tiempo, lo consiguió, a pesar de los tiempos aciagos que les tocó vivir.
Su matrimonio solo adolecía de un problema: ella parecía incapaz de concebir. Muchos fueron los intentos y los fracasos hasta que, por fin, quedó encinta. Llegó el día del parto y, con él, las complicaciones. Durante tres días tortuosos, Casio gastó el poco dinero que tenía buscando a alguien, quien fuera, que al menos salvara la vida de su esposa. El niño nació muerto y ella terminó por sucumbir al agotamiento.
Casio quedó solo, arruinado y sin un lugar al que volver. De eso hacía apenas unos meses. Desde entonces no era más que un vagabundo, sin dinero ni más posesiones que la ropa que vestía y la sangre que corría por sus venas. Nadie le daba trabajo por considerarlo maldito. Recurría al pillaje para encontrar comida y sobrevivir. Ignoraba por completo que aquella casa fuera la de Aurelio.
Mientras lo contaba, las lágrimas afloraron en el rostro de Casio. Aurelio, acongojado por el relato, solo alcanzó a decir con voz queda:
—Lo siento mucho… Si lo hubiera sabido…
Un silencio pesado se impuso entre ambos. Aurelio deseaba ayudarlo. Añoraba su cariño, su calor, los momentos que habían compartido. Pero liberarlo no era una opción. De lo contrario, su credibilidad quedaría en entredicho. Sus sirvientes lo verían como un hombre débil y podrían atreverse a robarle o, peor aún, a rebelarse. Le quedaba un solo camino: seguir con lo que había planeado, aunque le repugnara.
—No tienes por qué seguir vagando por las calles. Te quedarás aquí conmigo. Te daré cobijo, comida y empleo. Tan solo…
—¿Tan solo qué?
Le costó encontrar las palabras. No, se dijo. No podía endulzarle la verdad con una capa de miel, como si fuera un dulce de repostería. Tenía que ser directo.
—Serás uno más de mis esclavos. Si tu comportamiento es intachable, frecuentarás mi círculo de confianza. Y podremos recuperar lo que tuvimos antes.
Casio lo miró de frente. En sus ojos brillaba la desolación de quien no podía caer más bajo. Aurelio le acarició el pecho, aquel pecho que tanto gozo le había dado en el pasado. Había cambiado mucho. Se había endurecido y mostraba los estragos de una vida que se había cebado con él.
—Por favor —añadió—. No quiero perderte de nuevo.
Casio suspiró. No podía sino rendirse al destino que la diosa Fortuna le había impuesto.
—Está bien…
Aurelio se levantó con un gozo contenido. Se prometió a sí mismo que jamás lo haría arrepentirse.
***
Cuando abrió la puerta, había vuelto a su papel de patricio inflexible. Ordenó a sus hombres que lo desataran y le dieran trabajo. Les advirtió que no lo maltrataran: no quería un esclavo lisiado que no pudiera rendir, dijo. Casio mantuvo la pantomima del hombre derrotado, aunque tal vez no fuera del todo falsa. Cada vez que pasaba ante su señor o ante alguno de sus superiores, bajaba la cabeza como signo de humillación absoluta.
Aurelio dejó pasar un mes por precaución. Un mes en que apenas pudo contener el deseo cada vez que veía a Casio cruzar el patio. El buen hacer de su amante consiguió que la vigilancia sobre él se relajara. Justo lo que necesitaba. Cumplido el plazo, lo hizo llamar a sus aposentos. A solas.
Casio se presentó con la cabeza gacha. Aurelio se levantó, cerró la puerta y lo ciñó por la cintura. Su pasión seguía allí, escondida de miradas intrusas, aguardando el momento de salir. Sin embargo, la frialdad del otro lo llenó de reticencias.
—¿Qué sucede? —preguntó.
—Hace tanto de lo nuestro… No sé si sigo siendo el mismo hombre…
Aurelio sostuvo su rostro entre las manos. Levantó su mirada para volver a contemplar esos ojos que llevaba tanto tiempo anhelando.
—No lo eres. Yo tampoco. Pero eso no significa que mis sentimientos hayan cambiado.
Acercó los labios a los suyos. Un beso tímido, un roce ligero cargado de nostalgia. El breve contacto fue la chispa que prendió la llama tanto tiempo apagada, una llama que creció deprisa en intensidad.
—Te he echado mucho de menos… —mascullaba Aurelio en los pequeños espacios entre sus labios.
Se enredaron en un baile lujurioso sin música. Las manos de Casio le recorrían el vientre y las caderas con la misma destreza de antaño. Ese era el Casio que recordaba, el macho que no temía ejercer su dominio sobre un varón que estaba muy por encima de él en la escala social. Cosquilleos familiares le recorrían el cuerpo y adivinaban el siguiente movimiento. Un tirón de la tela hacia arriba y lo dejó desnudo. Así lo hacían siempre: se quitaban la ropa el uno al otro.
Luego procedió él. La tela que vestía Casio era áspera y pobre, como correspondía a un hombre que, de cara al mundo, solo era una herramienta con mente. Un triste y necesario engaño. Lo que había debajo valía mil veces más.
Aurelio confió en que su amante todavía lo encontrara hermoso. El tiempo no había sido generoso con él. Los años y la vida acomodada habían deformado su físico con arrugas y una franja de grasa que le abombaba el vientre. Casio, en cambio, se había convertido en todo un hombre de pelo en pecho. El trabajo había moldeado su cuerpo y la comida asegurada de ese último mes le había devuelto el vigor. Y, lo más importante, conservaba intacta su fuerza viril. Aurelio la tomó con una mano y la observó con deseo y añoranza.
—No sé si seré capaz… Ningún varón ha frecuentado mi lecho desde la última vez que nos vimos…
—Tú eres mi amo —respondió Casio—. Solo obedezco tus órdenes.
La jerarquía de dueño y esclavo lo apenaba en cierto modo. Pero era la única manera de mantenerlo a su lado y que no se marchara jamás.
—Solo ten cuidado.
Una sensación extraña, de viaje en el tiempo, se apoderó de él. Eso mismo le había dicho la primera vez que yacieron juntos.
***
Aurelio se tendió boca abajo en su lecho. Casio se acomodó sobre él, en el hueco entre sus piernas abiertas. El patricio se retorció con el primer empuje. Había pasado tanto tiempo… La entrada no fue forzada, sino lenta, dejando que el cuerpo retomara su antigua costumbre y se abriera a su propio ritmo. Apretaba los dientes para que ningún ruido escapara de su garganta y delatara su intimidad. Un par de minutos después, Casio estaba dentro de él, sus caderas contra sus nalgas como cuando eran jóvenes.
Una grata sensación de recuperación los invadió a ambos, como si aquella fuera la pieza que les faltaba para recomponer sus vidas. Casio se removía en su interior con lentitud, dentro y fuera, sin pausa y sin prisa. Sus manos sabias lo llenaban de gozo, acariciaban todos los puntos exactos que lo hacían vibrar. Al mismo tiempo, le dejaba besos ligeros en la mejilla.
—¿Cómo te sientes? —le susurró al oído.
—Como si la mismísima Venus me hubiera concedido mi deseo más preciado: Júpiter compartiendo mi lecho.
—Que así sea.
Aurelio no comprendió. Casio lo levantó de los hombros y lo obligó a incorporarse. Con movimientos lentos se había arrodillado y lo había sentado sobre sus piernas y, sobre todo, sobre su miembro. Era un esclavo, la herramienta de su señor; en esa ocasión, también su trono. Aurelio dejó escapar un grito ahogado. Tanta carne empujada desde abajo resultaba abrumadora y, a la vez, gloriosa. El pecho fuerte y peludo de Casio se constreñía contra su espalda, ceñido por un abrazo firme que se negaba a soltarlo. El vello le arañaba la piel.
Traviesos rayos de sol se colaban por la ventana e incidían en su desnudez compartida. Apenas los calentaban, pues el ardor de sus cuerpos superaba con creces el poder del astro. Aurelio sentía cada movimiento de aquella unión fundida. Retorció la cabeza para que sus labios volvieran a juntarse y formar un vínculo completo, una cadena cuyos eslabones se soldaban para que ninguna fuerza pudiera separarlos. Los embates llegaban desde abajo, como olas de mar que bañaban ese férreo lazo sin la fuerza suficiente para destruirlo.
La presión placentera sobre su vientre resultó excesiva para Aurelio, con la práctica y la resistencia perdidas tras tantos años. Un toque exacto y su simiente voló como un géiser. Apretó los labios contra los de Casio para que su gemido no resonara ni llegara a oídos indeseados. Hasta que no se vació no se atrevió a mirar el rastro que había manchado la ropa de cama.
—Esto es nuevo… —murmuró.
Antes lo derramaba en el polvo, nunca mientras Casio seguía dentro de él. La visión trajo a su mente la idea de que pudieran descubrirlos. Ya no eran unos muchachos ni se hallaban en un rincón apartado donde nadie pudiera encontrarlos. Se separó de Casio solo para sentirse vacío al instante. Se arrodilló a su lado sobre el lecho, tomó su miembro y lo masturbó hasta que su esencia también salió disparada. Una parte se adhirió a su mano, cálida y pegajosa, y le devolvió recuerdos dichosos.
—Me alegro tanto de haberte encontrado de nuevo —le susurró Aurelio al oído—. Nunca creí que volveríamos a yacer juntos. Había perdido toda esperanza…
—Ya estoy aquí. Y, si tú no quieres, no volveré a separarme de tu lado.
El patricio recostó la cabeza en su hombro. Aquello lo arrastraría por un camino peligroso. Si alguien se enteraba, si llegaba a oídos de sus rivales políticos… O de su esposa…
Estaba dispuesto a correr el riesgo. Quería a Casio a su lado, y esta vez no pensaba dejarlo escapar.