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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el baño del almacén en mi descanso

Marcos tenía treinta y seis años, medía algo más de metro ochenta y conservaba un cuerpo decente a base de robarle horas al gimnasio cuando el cansancio se lo permitía. No era fácil. Las jornadas de ocho horas en el centro logístico lo dejaban molido, con la espalda agarrotada y las piernas pesadas, y casi nunca le quedaban ganas de nada al salir.

Esa tarde todavía le faltaba una hora para el descanso, y la esperaba con una impaciencia rara. El turno había arrancado con una avalancha de pedidos, una de esas mañanas en las que no levantas la cabeza de la cinta transportadora. Y para colmo, su mujer llevaba dos semanas enfadada con él por una tontería que ya ni recordaba bien. Dos semanas sin tocarse, sin acercarse siquiera. Y a él lo de hacérselo solo nunca le había convencido demasiado.

Cuando el ritmo bajó y el almacén quedó medio vacío, su cabeza empezó a divagar. Miraba el reloj de la pared esperando que las agujas marcaran las dos, y mientras tanto la imaginación se le fue por su cuenta. Acabó en un recuerdo concreto: una antigua compañera que, meses atrás, se la había chupado entre dos estanterías del fondo, los dos a punto de ser pillados por el encargado justo cuando ella recibía el final en la boca. El recuerdo, mezclado con el aburrimiento y las dos semanas de sequía, le dibujó en el vaquero el contorno claro de su paquete.

No se dio cuenta de cuánto se le notaba.

Al sonar la señal del descanso, fue a fichar como siempre. Un compañero al cruzarse le dedicó una sonrisa torcida, de esas que esconden algo. Marcos no le dio importancia y se dirigió al baño de los trabajadores antes de bajar a comer. Entró, se acercó al urinario, se sacó la polla, que seguía medio dura, y entonces lo entendió: había ido marcando bulto hasta el reloj de fichar, paseándose por las oficinas con la erección a la vista de todo el mundo.

Se rumoreaba cosas de uno de los nuevos, un chaval de veintidós años llamado Dani que había entrado a la empresa hacía poco. Decían que se comía las pollas de los compañeros como si nada. Marcos lo había dudado siempre. Era cierto que el chico tenía un punto amanerado, pero con esa cara de niño bueno no le encajaba que tuviera tanto vicio escondido.

Le estaba costando mear. Todos los hombres lo saben: con la polla empinada la cosa se complica. Se concentró, respiró hondo y por fin empezó a soltar el chorro. Fue justo en ese momento cuando la puerta se abrió y entró Dani, que se colocó en el urinario de al lado sin respetar la norma no escrita de dejar uno libre en medio.

El chaval bajó la mirada hacia la polla de Marcos, gruesa, de unos quince centímetros, con su buena mata de vello. Marcos lo notó, pero Dani apartó los ojos enseguida, así que pensó que había sido casualidad y decidió no darle más vueltas. Terminó de mear, se sacudió un par de veces y empezó a guardársela.

—Cuidadito, Marquitos, que llevas la pistola cargada cerca de una hora —le soltó Dani, todavía orinando a su lado.

Marcos se quedó inmóvil, con el pantalón sin abrochar, sin saber qué responderle.

—Me han dicho que tu mujer y tú andáis en una época complicada. ¿Tiene algo que ver con que vayas por la oficina con todo apuntando al frente? —insistió el chico, haciéndose el gracioso.

—Puede que algo tenga que ver —respondió Marcos entre risas, intentando quitarle hierro—. No tengo quien me eche una mano y las pajas me aburren.

—Pues mira —dijo Dani mientras se guardaba la suya—, yo me ofrezco voluntario.

—¿Qué dices, tío? No soy gay —contestó Marcos cortante, dando un paso hacia atrás.

Dani se acercó despacio, con una sonrisa de vicioso, mirándolo fijo a los ojos, y le agarró el paquete por encima de la ropa.

—No hace falta que seas gay para que me arrodille y te la coma —le dijo, apretándole los huevos con la mano—. Tú dame la orden y te la voy a chupar tan bien que aún te van a sobrar veinte minutos para comer de lo rápido que te corres.

Marcos no dijo nada. Se quedó en silencio unos segundos, sin apartarse, segundos que Dani aprovechó para seguir sobándole el bulto. Quería decirle que no. Quería decirle que ni de coña iba a dejar que un tío se la comiera. Pero cada segundo que tardaba en quitarle la mano de encima le hacía más difícil negarse. Notó cómo los dedos del chaval subían y bajaban desde los cojones hasta la punta, que empezaba a presionar dolorida contra la tela del calzoncillo.

Llegó un punto en el que dejó de pensar. Total, mientras consiga descargar, qué más da si la boca que se traga la leche tiene barba o no.

—Venga, chúpamela —le dijo Marcos, en el tono más grave y masculino que le salió.

—¡A la orden, machote! —respondió Dani con sorna, y de un tirón le bajó el calzoncillo hasta las rodillas, dejando al aire la polla gorda y un buen par de huevos cargados tras dos semanas de abstinencia.

El chaval se abalanzó sobre ella y se la tragó entera de golpe, arrancándole a Marcos un gemido que no esperaba. No se imaginaba que su polla fuera a desaparecer completa en aquella boca tan rápido, ni que el calor húmedo lo recorriera de esa manera.

Se notaba que Dani tenía oficio. Ninguna mujer se le había acercado a lo que estaba sintiendo en ese momento. Desde la polla le subía una especie de descarga eléctrica que le erizaba la piel hasta la nuca. El chico alternaba: jugaba con el glande dando vueltas con la lengua y, cuando menos lo esperaba, se la hundía hasta el fondo con una succión profunda que le sacaba a Marcos un gruñido nuevo cada vez.

Marcos sintió la necesidad de tomar el control. Le agarró la nuca con una mano y empezó a follarle la boca a su ritmo. Gemía mientras notaba los huevos rebotando contra la barbilla del chaval, que recibía cada embestida con ganas, sin apartarse ni un milímetro. Lo dejó marcar el ritmo un rato más mientras se bajaba los pantalones del todo y empezaba a masturbarse a sí mismo sin sacarse la polla de la boca.

Al cabo de un rato, Dani se la sacó un momento y siguió con la mano.

—Ahora, como te prometí, llega el momento de que te corras, que tienes que comer algo, hombre —le dijo justo antes de volver a metérsela.

Marcos había llegado al baño pensando en pasar allí los treinta minutos enteros del descanso. Tenía aguante de sobra y daba por hecho que con una mamada de cinco minutos no se correría ni de broma, por buena que fuera. Y desde luego aquella era la mejor que le habían hecho en su vida.

***

Dani fue subiendo poco a poco, succionando la punta con paciencia, usando la lengua de mil maneras distintas, despacio, mirándolo a la cara para estudiar cada gesto. Le apretó los huevos con una mano mientras se la sacaba otra vez.

—¿Listo? Avisa, eh, que esto te va a gustar mucho y quiero estar preparado para tragarme toda la corrida —le dijo, muy serio de repente.

Y volvió a comérsela, repitiendo cada movimiento que antes había comprobado que le volvía loco, pero ahora con mucha más fuerza de succión. Marcos estaba alucinando. Aquello ya no solo era la mejor mamada de su vida; era que el placer lo desbordaba hasta el punto de no poder controlarse. No pasaron ni treinta segundos más cuando sintió que se acercaba el final.

—Joder, cabrón, no sé qué cojones me estás haciendo, pero me corro YA —dijo entre gemidos.

Marcos pensaba que ese era el límite del chaval, que no podía mejorar más la técnica. Pero Dani siguió comiéndosela mientras empezaba a masajearle con los dedos la zona entre el ano y los huevos. Al sentir aquello, Marcos no aguantó ni un segundo más y empezó a descargar la leche de dos semanas en la boca del muchacho, que apretó los labios alrededor del glande para no perder ni una gota, tragándose lo que seguramente fue la corrida más abundante de toda su vida.

Cuando la polla dejó de soltar, Dani la limpió con la lengua y le subió el calzoncillo con cuidado, casi con cariño.

—Te lo dije —comentó sonriendo—, aún te quedan veinte minutos para comer sin riesgo de sacarle un ojo a nadie por el pasillo.

Le dio dos palmaditas en el paquete, se dio media vuelta y salió del baño como si nada hubiera pasado.

Marcos se subió los pantalones y se acomodó la polla, que empezaba a desinflarse. Estaba completamente aturdido. Sentía como si aquella descarga le hubiera vaciado no solo la leche de las dos últimas semanas, sino también la de las dos próximas. Llevaba meses sin estar tan relajado, después de la que sin duda había sido la mejor experiencia sexual de su vida.

Esa tranquilidad se le esfumó de golpe al recordar que se la había dejado comer por un hombre. No paraba de darle vueltas a la misma idea. ¿Esto me convierte en bisexual?

Se abrochó el cinturón y bajó a comer antes de que terminara el descanso. Necesitaba reponer fuerzas para volver al trabajo y, sobre todo, tiempo para pensar en lo que acababa de pasar. A lo largo de la tarde, mientras movía cajas en piloto automático, lo fue aceptando poco a poco. Y, casi sin querer, una última pregunta se le coló en la cabeza y ya no lo dejó en paz el resto del turno.

Si esto me ha hecho con la boca, ¿qué sería capaz de hacerme con el resto?

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Comentarios (3)

SebasLector

Buenisimo!!! me dejo con ganas de mas, por favor seguí escribiendo

DiegoNorte_

el final fue cruel jaja, justo cuando se ponía interesante... continuacion porfa

viajero_baires

me recordó algo que me pasó hace tiempo en un trabajo parecido. Estas cosas pasan mas de lo que uno cree

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