Redacté por escrito mi entrega a mi nuevo amo
Desperté empapado, la sábana pegada al abdomen, la piel húmeda como después de un esfuerzo violento. No recordaba haberme tocado. No recordaba haberme corrido. Pero ahí estaba la prueba, secándose sobre mi vientre, y un dolor sordo, profundo, en un lugar que no podía nombrar sin que se me cortara la respiración.
Eran las siete y tres minutos.
El teléfono vibraba en la mesilla. Lo tomé con la intención de borrar los mensajes de la noche anterior. Aquellas órdenes. Quería eliminarlas, fingir que Lucien no había invadido mi cama, mi cabeza, mi cuerpo. Pero lo primero que leí fue un mensaje nuevo.
LUCIEN: No se le ocurra borrar nada.
Tragué saliva. Debajo, otro, enviado a las siete y uno.
LUCIEN: Estoy en la Delegación. ¿Dónde está, señor embajador? Le espero. No se retrase.
Salté de la cama como si el colchón me quemara. Me tambaleé un segundo, desnudo, ardiéndome la entrada al moverme. Fui directo al baño, abrí el grifo y me metí bajo el agua sin esperar a que saliera caliente. El chorro cayó sobre mí como una condena.
Y entonces, inevitable, me vino la imagen: su torso desnudo, su olor en mi cara, su voz en mi oído. Póngaselos. Son mucho mejores para entrenar. Sentí cómo se me endurecía de nuevo. Me llevé la mano. Pero recordé otra orden suya: No se corra hasta que yo lo diga.
Retiré la mano. Apoyé la frente contra la pared mojada y jadeé.
—Joder —susurré—. No tengo tiempo. No tengo permiso.
Me enjaboné deprisa, como si purgara una culpa, y me sequé sin detenerme. El armario estaba lleno de trajes perfectos, cortes italianos, tejidos ingleses. Elegí uno gris oscuro, camisa blanca, corbata azul noche. Pero debajo llevaba sus calzoncillos. Grises, ajustados, sudados, todavía húmedos del día anterior. Me los puse sin discutir. Eran parte del uniforme. Lucien los había dejado para mí, y yo obedecía.
Salí de la residencia sin desayunar. Crucé el recinto con paso firme aunque el corazón me latía a destiempo. Las palmeras no se movían. Saludé al guardia con una inclinación leve y fingí compostura. Cada paso me recordaba que llevaba su tela pegada a la piel, como una promesa. O una marca.
En el pasillo de mi despacho me esperaba Tien, mi asistente, con la tablet en la mano.
—Buenos días, embajador —dijo con su voz suave—. El señor Fabre ha preguntado por usted. Parecía impaciente.
—Gracias.
Tien me miró un segundo más de lo habitual y ladeó apenas la cabeza.
—Le noto distinto, señor. El gesto. El paso. El aroma, quizá. —Sonrió—. Ya sabe que puede pedirme lo que quiera.
Sentí un escalofrío. No supe si era una insinuación, una broma o una casualidad.
—Estoy bien, Tien. Gracias.
Entré en mi despacho y cerré con un clic seco. Me apoyé en la puerta, respirando hondo. Y entonces, sin aviso, la manilla giró.
Lucien entró sin llamar. Cerró tras de sí y me miró. No dijo nada. La luz entraba oblicua, cálida, atravesando las cortinas beige como un juicio. Él, sereno. Peligrosamente sereno. Traje claro, camisa abierta hasta la clavícula, el pelo aún húmedo. Bajó la mirada hacia su entrepierna, alzó una ceja y, con un gesto mínimo de la mano, me llamó. Acércate.
Tragué saliva. Di un paso. Luego otro. Me tomó por la nuca con una mano firme y caliente. No tiró. Me guio, como quien lleva a su perro preferido al lugar exacto donde quiere que huela.
Me arrodillé. Su paquete quedó a la altura de mi cara, marcado bajo la tela con una claridad obscena. Aspiré a fondo. Olía a sudor seco, a cuerpo encerrado, a testosterona sin filtro. Mi sexo latía, atrapado en sus calzoncillos. Sí. Suyos. Yo los llevaba, pero eran suyos. Como yo.
—¿Los lleva puestos, Monsieur l'ambassadeur? —preguntó.
—Bien sûr, Lucien.
—Buen chico —murmuró, igual que en su mensaje.
Se apartó, caminó hasta mi escritorio y se sentó en mi silla. Cruzó las piernas.
—Tengo un trabajo para usted, embajador. Quiero que redacte un informe.
—¿Sobre qué tema? —pregunté, intentando recomponer la compostura.
—Sobre logística íntima —dijo, como si hablara de un protocolo aduanero—. Cómo vamos a organizar los ciclos de entrenamiento para que usted lleve siempre unos calzoncillos míos. Usados. Del día anterior. Y los conserve al día siguiente para mantener el efecto de mis feromonas. Lo estructurará como un informe interno. Objetivos. Calendario semanal. Roles. Procedimientos de recogida y devolución. Limpia, por supuesto.
Parte de mí quería negarse, fingir indignación, retomar el control. Pero otra parte ya estaba empapada.
—Lucien… —empecé.
—No finja resistencia —me interrumpió con una sonrisa fina—. Le he visto cruzar el recinto con la cabeza alta y mis calzoncillos pegados a las pelotas. Está obedeciendo, como corresponde. Solo quiero que lo formalice. Al final deben constar ambas firmas.
—Esto es una locura.
—No. Esto es diplomacia avanzada. El arte de convertir lo privado en institucional. —Se inclinó, los ojos azules clavados en los míos—. ¿Qué lleva puesto ahora mismo?
Bajé la mirada.
—Tus calzoncillos.
—¿Y por qué?
—Porque me lo ordenaste.
Sonrió, se levantó y caminó hacia la puerta.
—Lo quiero esta mañana —dijo. Y se fue.
Me senté en la silla, que aún conservaba su calor, y escribí. Un informe con membrete de la delegación, tono impecable, indecente en el fondo e irreprochable en la forma. Objetivo general. Continuidad de veinticuatro horas. Exposición sensorial residual. Ritualización de la obediencia. Fases de entrenamiento, uso prolongado, recuperación y limpieza en la residencia oficial. Roles del instructor y del sujeto asignado. Resultados esperados: concentración, disciplina, refuerzo del vínculo jerárquico.
Al final añadí la línea de validación. Dudé sobre cómo firmar. Pensé en hacerlo como siempre: Mateo Salinas, embajador, jefe de misión. Pero mi mano escribió otra cosa.
VISTO BUENO: EL AMO — L. FABRE.
Imprimí el documento y lo firmé con mi Montblanc, la misma pluma con la que rubricaba notas verbales y posiciones de alto nivel. La tinta fluyó suave. Mi firma quedó perfecta, sobria, oficial, como si acabara de aprobar un tratado.
—Tien —dije por el teléfono, ya con la voz recompuesta—. Dígale al señor Fabre que puede venir. El informe está listo.
—Sí, mi señor.
Colgué despacio. Mi señor. A saber qué mosca le había picado.
***
Lucien entró sin llamar, se sentó en mi silla como si le perteneciera y leyó durante unos segundos sin cambiar la expresión. Luego levantó la vista con cortesía quirúrgica.
—Señor embajador, esto es inaceptable. Vago. Previsible. Se limita a repetir lo que ya hacemos. No es un informe: es una transcripción de mis instrucciones. Y mal redactada.
Me ardían las mejillas, pero asentí.
—Tiene un recurso único: mis feromonas. ¿Dónde está la propuesta estratégica? ¿La visión? Le falta audacia. Le falta hambre. Le falta imaginación. —Dejó el papel sobre el escritorio—. Lo quiero en quince minutos.
Y se fue.
Escribí como si me fuera la carrera en ello. El nuevo informe era otra cosa. Donde el sudor, la ropa usada y las emisiones corporales dejaban de ser residuos para convertirse en herramientas. Añadí un apartado sobre contacto directo con la prenda antes de las reuniones formales, otro sobre integración sensorial durante el sueño y una cláusula de intercambio controlado en eventos oficiales. No sabía si era brillante o una locura.
Estaba imprimiendo cuando la puerta se abrió de nuevo.
—Lucien, justo acabo de…
—Cállese. Enséñeme el resultado.
Me levanté y le cedí el sitio. Él se sentó y tomó los papeles. Y yo me arrodillé a su lado. Sin pensarlo. Sin que me lo pidiera. Como si ese fuera ya mi lugar natural. Su mano libre cayó sobre mi nuca. No como castigo. Como una caricia de propiedad tranquila que me paralizó y me deshizo a la vez.
Terminó de leer y respiró hondo.
—Esto sí. Mucho mejor. Fírmelo.
Tomé la pluma, aún de rodillas, y firmé en la línea marcada.
—Esta tarde, en el gimnasio, comenzamos la aplicación provisional —dijo—. No firmaré como amo hasta ver un compromiso efectivo. Y si de veras espera que acepte el cargo que me ha otorgado, tendrá que ganárselo.
—Por supuesto —murmuré.
La puerta se abrió. Tien entró sin golpear. Nos miró: a Lucien sentado, a mí arrodillado junto a su silla, la pluma todavía en la mano. No dijo nada.
—Ahora no te necesitamos, Tien —dijo Lucien—. Puedes retirarte.
Tien sostuvo la mirada un instante de más.
—Como desee, señor.
Y se fue. Lucien salió detrás de él, no sin dedicarme una mirada que me dejó desarmado, indefenso, excitado.
***
Tardé en volver a concentrarme. El tiempo justo para recolocarme el traje, los pensamientos, la dignidad. Estaba redactando un comentario real sobre la situación política del país cuando alguien golpeó la puerta. Era Tien.
—Le noto tenso, señor —dijo, sin moverse—. Me gustaría hacer algo para que se relaje.
Levanté la vista, desconcertado. No respondió. Caminó hacia mí con la serenidad de siempre, pero algo era distinto. Se detuvo a mi lado y, sin pedir permiso, se arrodilló. Justo en el lugar donde yo me había arrodillado ante Lucien. El corazón me dio un vuelco.
Con un gesto cuidadoso me desató un zapato, lo retiró y tomó mi pie con ambas manos. Empezó a masajearlo, los pulgares firmes, circulares.
—¿Qué hace? —pregunté, no con enfado, con incredulidad.
Alzó la mirada. Sus ojos negros eran serenos, pero había una chispa nueva.
—Desde que llegó el señor Fabre hay algo diferente en usted. Siempre ha sido elegante, embajador. Pero ahora es irresistible. Hay algo nuevo en su olor. No puedo resistirlo.
Me quedé helado.
—Tien, no puede ser. Lucien tendría que autorizarlo.
Sus dedos se detuvieron en mi tobillo. Suspiró, asintió una sola vez y se incorporó con la misma calma con la que había llegado. Me colocó el zapato, ajustó los cordones y se retiró sin una palabra más.
El móvil vibró.
LUCIEN: ¿Algo que contarme, embajador?
Pensé en mentir. No pude.
EMBAJADOR: Sí.
LUCIEN: Buen chico. Esta tarde, a las seis en punto. No quiero retrasos.
Volví a mirar la alfombra. El punto exacto donde Tien se había arrodillado. El mismo donde yo había estado. El mismo donde —lo sabía ya— volvería a estar.
***
Los vestuarios estaban vacíos. Lucien ya se cambiaba, de espaldas, con la tranquilidad metódica con la que redactaría un informe clasificado. Me detuve en la puerta. Llevaba sus calzoncillos pegados al cuerpo desde hacía más de veinticuatro horas.
—¿Sigues llevando los de ayer? —preguntó sin mirarme.
—Sí. Todo el día.
—Bien. Así debe ser. ¿Tiene algo que contarme?
—Sí. Esta mañana, después del informe…
—Es más apropiado que lo haga de rodillas, embajador.
Obedecí sin pensarlo. Me arrodillé ante él y confesé lo de Tien: el masaje, el pie, las palabras. Que le había dicho que necesitaría su autorización.
Lucien terminó de atarse las zapatillas y se cruzó de brazos.
—Embajador, no puede usted tener esclavos. No si me ha pedido firmar como amo. Porque si yo soy el amo, entonces usted es mi esclavo. ¿Va a sostenerlo con hechos, o fue solo una fantasía decorativa?
Guardé silencio. Lo pensé. Lo sentí.
—Sí —dije al fin—. Es eso lo que quiero.
No sonrió, pero se relajó.
—Bien. Eso hay que ganárselo. —Se puso la camiseta—. Habrá notado que mis feromonas hacen efecto. Desde que me sirve, la gente cae rendida a sus pies. No es usted: soy yo, a través de usted. Por ahora le prohíbo aceptar esos honores. Esto no es deseo. Es devoción. Al adorarle a usted, me adoran a mí.
—Quiero comprenderlo —dije—. Y creo que empiezo a hacerlo.
—Vamos a entrenar.
Entramos en la sala de pesas. El espejo del fondo devolvía una imagen casi clínica: él impecable, yo desencajado.
—Quítese la camiseta. —La doblé sobre el banco. El aire me tocó la piel como una inspección—. Press de hombro. Lento. Si tiembla, que sea por obediencia, no por debilidad.
Se colocó detrás, demasiado cerca, corrigiéndome los omóplatos.
—Espalda recta. La sumisión no implica perder la dignidad: solo ponerla al servicio correcto.
A la décima repetición me ardían los brazos.
—Cinco más. No por usted. Por mí.
Las hice. Pasamos a las flexiones. A la quince, los brazos me fallaban. Apoyó la punta del pie en mi espalda baja, sin fuerza, con intención.
—¿Quiere un premio, embajador? Si hace diez más, le permitiré lamer mi zapatilla.
El suelo dejó de existir. Solo quedaba esa frase. Plantó un pie delante de mí: la zapatilla negra, técnica, con la punta húmeda de sudor. Me pareció gloriosa. Empecé. Una. Dos. Cada repetición era un infierno, pero no por el dolor: por la promesa. A la décima caí de bruces. Me rodeó la nuca con una mano.
—Ahora su premio. Se lo ha ganado.
Saqué la lengua. La pasé por la punta, luego por el lateral. El sabor era denso: goma, sudor, tierra seca. A mí me supo a gloria. Seguí lamiendo mientras su mano me sujetaba con una firmeza casi afectuosa. Así se educa a un embajador.
Pasamos a abdominales. Se sentó frente a mí.
—Míreme. Aprenda a esforzarse sin apartar los ojos de su dueño.
Llegué a la última repetición con el cuello tenso y el aliento cortado. Me desplomé. Lucien plantó un pie junto a mi hombro.
—¿Quién manda, embajador?
—Tú.
—¿A quién quiere obedecer?
—A ti.
—¿Y usted qué quiere ser?
La voz me temblaba, no por el esfuerzo.
—Tu esclavo.
Asintió. Tomó una botella de agua, la destapó y, delante de mí, escupió dentro. No fue un gesto sucio. Fue exacto, controlado, como una ofrenda medida.
—Beba. Despacio. Como una comunión.
Tomé la botella con ambas manos y bebí. El líquido estaba tibio, el sabor distinto, salado. La piel me ardía. Los calzoncillos empapados me rozaban como una orden constante.
—Está progresando —dijo—. Aún es un proyecto mediocre, pero con potencial. Vamos. Vestuario.
***
La puerta se cerró tras nosotros con un clic suave. Lucien se quitó la camiseta y se bajó los pantalones. Debajo, un suspensorio negro, tenso, empapado, la tela de la entrepierna oscura de sudor. Las nalgas al aire brillaban bajo la luz blanca.
—Acérquese. Huélalo.
Me arrodillé sin pensarlo y llevé la cara a su entrepierna. El olor era inmediato: denso, salado, dulce en su acidez. Aspiré.
—Me encanta.
—Lo sé. Esto es lo que llevará usted mañana.
Bajó el suspensorio con un gesto lento, milimetrado. Su sexo cayó pesado, libre, contra el muslo. No era solo carne: era mandato. Yo me bajé los calzoncillos empapados, la liberación torpe y temblorosa. Estiré el brazo para ofrecerle la prenda mojada.
—Mañana, embajador. Lavados. Planchados. Con respeto. —Me tendió el suspensorio negro, aún caliente—. Póngase esto.
Me lo puse despacio. La tela húmeda me abrazó los muslos, la parte trasera se hundió entre mis nalgas, la delantera me apretó con una presión densa. No era solo prenda: era su presencia, una orden continua contra la piel. Algo había cambiado. Ya no era un embajador con ropa interior ajena. Era un esclavo con el suspensorio de su amo.
Lucien se sentó en el banco, piernas abiertas, el torso brillante.
—Ahora, la comunión del sudor.
Me arrodillé frente a él. Incliné la cabeza y empecé por el esternón, lamiendo el sudor que goteaba entre sus pectorales. Subí por el cuello, lo saboreé. Luego las axilas: profundas, cálidas. Él jadeó una vez, casi imperceptible, y me guio la nuca sin decir palabra. Mi lengua bajó por su abdomen, recogí con devoción el sudor pegado al vello. Limpio. Sumiso. Fiel.
Me incliné un poco más. Su sexo descansaba a escasos centímetros de mis labios. Iba a tomarlo, a demostrar que entendía. Pero su palma me detuvo con un gesto tan suave como absoluto.
—Todavía no. Eso no se lo ha ganado.
Se incorporó, tomó una toalla y se secó la frente con calma.
—Hoy ha comulgado con dos especies, embajador: la saliva y el sudor. Mis feromonas ya están dentro de su cuerpo. Pero aún falta. Tendrá que comulgar con el resto.
Recogió su ropa, se vistió y se peinó con los dedos, como si nada importante hubiera ocurrido. Se detuvo en la puerta.
—El culto de Fabre.
—¿Perdón? —pregunté con voz ronca.
—El informe está bien. Pero hay que subirlo de nivel. Creo que debe usted inventar una nueva religión. Para mí. Lo quiero en mi despacho mañana a primera hora.
Y se fue, dejándome de rodillas, con su suspensorio entre las piernas y la mente en llamas, tratando de entender cómo se escribe un dogma.
***
Pasaban de las once. La residencia dormía. Yo estaba en la cocina, frente al fregadero, con sus calzoncillos en las manos. El ritual decía que debía lavarlos, plancharlos, devolverlos limpios. No me parecía correcto encargárselo a nadie más. Eran míos. Mi deber. Los enjuagué a mano, con agua tibia, movimientos lentos, como si fueran seda ceremonial.
No podía dormir. Solo quería verlo. El pabellón de Lucien estaba junto a la residencia. Crucé el jardín descalzo y me asomé a la rendija de las cortinas. Y allí estaba. Tumbado en el sofá, desnudo, la mano entre las piernas, acariciándose con una cadencia perfecta. Me quedé paralizado, ardiendo.
Entonces giró la cabeza. Me había visto. Alzó una mano. Ven.
Llegué a la puerta. Me abrió, de pie, erguido, glorioso.
—De rodillas —dijo, sin levantar la voz.
Obedecí. Se sentó, abrió bien las piernas y se masturbó despacio, mirándome, ofreciéndome su cuerpo como espectáculo. Yo temblaba, con el suspensorio empapado y la boca abierta. Y entonces, con un gruñido apenas audible, se corrió. Cayó sobre el suelo de madera, junto al sofá. No se limpió. Solo respiró hondo.
Me incliné. Iba a avanzar a cuatro patas. Pero su voz me detuvo.
—No. Aún no puede comulgar con la tercera especie.
Se levantó y caminó hacia el dormitorio.
—Pero por su devoción se ha ganado dormir a mis pies. Vamos.
Le seguí. Se tumbó de lado y, con un gesto, señaló una alfombra gruesa junto a la cama. Me acosté allí, en el suelo, a un metro de su cuerpo, la nariz aún oliendo su orgasmo. No necesitaba más. Estaba completo. Dormí con el suspensorio puesto, empapado, en paz.
Cuando desperté, el sol entraba por la ventana. Lucien ya no estaba. En la mesilla, una nota con su letra precisa: «Quiero el informe sobre el culto de Fabre. Ya.»