El desconocido del bar y la casa frente al mar
Esta es una de esas noches que uno reconstruye después, hacia atrás, como si las horas fueran capas que se van descosiendo de a poco.
El sol entraba apenas por la ventana abierta del cuarto, y los dos cuerpos sobre la cama humeaban todavía con ese vapor leve que dejan las pieles cuando el sudor se enfría. No hacía falta decir nada. Había sucedido lo que toda la noche, hora tras hora, fue volviéndose inevitable.
Mateo no recordaba con exactitud las palabras que los habían llevado hasta ahí. Tampoco le importaba demasiado. Lo hecho, hecho estaba, y la culpa, si es que asomaba, llegaba envuelta en una calma que no quería romper.
Se giró despacio sobre el costado y miró al hombre que dormía a su lado. La luz del amanecer caía oblicua sobre el hombro, sobre el cuello, sobre el lado izquierdo de la cara. Tenía la boca entreabierta y las pestañas pegadas. Mateo se quedó un rato largo mirando ese perfil y tratando de descifrar qué había pasado en esa habitación cargada de olor a sexo, a sudor y a sal del mar que entraba por la ventana.
***
Una hora antes los dos cuerpos se habían rendido. Cayeron uno contra el otro, abrazados de costado, las frentes pegadas, las respiraciones todavía agitadas mezclándose en el mismo aliento. Mateo le pasó la mano por la nuca, le acarició el pelo húmedo, y Sebastián cerró los ojos y suspiró. Se quedaron así, suspirándose la boca, hasta que el sueño los venció sin avisar.
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Una hora y veinte minutos antes, un beso largo había cerrado la noche. Un beso que no buscaba seguir hacia ninguna parte, que ya no era preámbulo ni promesa, sino simplemente cierre. Las manos de Mateo recorrieron el cuerpo de Sebastián con una lentitud nueva, sin urgencia, reconociendo cada costilla, cada hueso de la cadera, cada pliegue del muslo. Sebastián le mordió suavemente el labio inferior y se rio bajito. El beso se hizo eterno. Se hizo tranquilo. Se hizo de los que se quedan grabados en algún rincón al que uno vuelve después, durante años, sin saber bien por qué.
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Dos horas antes, Mateo le besaba el pecho. Bajó con la boca por el esternón, se detuvo a lamer cada tetilla hasta que Sebastián arqueó la espalda contra el colchón. Siguió bajando por el centro del abdomen, marcó cada cuadrado con la lengua, se demoró un rato en el ombligo. Después bajó más todavía y se lo tomó entero en la boca. Sebastián soltó un sonido ronco, le agarró el pelo con las dos manos, le pidió que no parara con la voz quebrada.
Después los papeles cambiaron. Sebastián lo empujó con suavidad hasta dejarlo de espaldas, se acomodó entre sus piernas y le devolvió la atención con la misma minuciosidad. Le pasó la lengua por la cara interna de los muslos, le mordió la cadera con cuidado, le sopló sobre la piel mojada hasta hacerlo temblar. Cuando lo tomó en la boca, Mateo levantó la vista al techo y se quedó sin aire por un segundo.
Siguieron así un rato largo, alternando, hasta que ninguno pudo aguantar más. Acabaron casi al mismo tiempo, marcándose el uno al otro con el resultado de toda esa hora de boca y de manos.
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Tres horas antes estaban en otra cosa. Mateo, sentado en el borde de la cama, había agarrado las caderas de Sebastián y lo había acomodado contra él, de espaldas. Sebastián se mordió el labio cuando sintió la presión, soltó un quejido apagado contra la almohada y después un sonido más largo cuando Mateo entró por completo. La mano libre de Mateo le rodeó la cintura, después le bajó por el vientre, lo encontró duro y empezó a acompañar el ritmo con la palma cerrada. Sebastián abría la boca contra la sábana y dejaba salir ruidos que no parecían suyos.
Cambiaron de posición dos veces. Terminaron de costado, abrazados, las caderas de Mateo encajadas detrás de las de Sebastián, las dos manos buscándose y entrelazándose sobre el pecho. Era la primera vez en mucho tiempo que Mateo sentía que el sexo no era una transacción ni una urgencia, sino otra cosa, algo que tenía más que ver con desaparecer juntos un rato.
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Tres horas y media antes habían empezado a desnudarse. Despacio. Los dos temblaban un poco, no por frío sino por esa sensación de estar fuera de sitio que se siente cuando uno se acuesta con alguien a quien conoció hace tres horas. Mateo le sacó la camisa botón por botón, sin ningún apuro. Sebastián le bajó el cinturón mirando con atención cada gesto, como si quisiera memorizar la cara del otro en ese instante.
Se besaron tímidamente al principio, como si necesitaran volver a empezar ahora que estaban desnudos. Después los besos se hicieron más hondos, más sonoros, con la lengua entera y los dientes asomando de a ratos. Cayeron sobre la cama enredados y terminaron acomodándose en sentidos opuestos, uno con la boca en la entrepierna del otro, la respiración de ambos chocando contra los muslos contrarios. Un sesenta y nueve perfecto, sin apuro, cada uno tomándose el tiempo de descubrir cómo respondía el otro a cada cosa.
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Tres horas y cuarenta y cinco minutos antes habían cruzado la puerta de la habitación. Mateo le había señalado el corredor apenas entraron a la casa. No hubo tiempo para los tragos que se habían prometido en el taxi. Se besaban contra la pared, se mordían el cuello, iban dejando ropa por el camino: un zapato en el living, la camisa de Sebastián tirada sobre el respaldo del sillón, el cinturón de Mateo enroscado en el pomo de una puerta.
Cuando llegaron al cuarto, se quedaron mirándose un segundo de pie, en silencio, todavía vestidos a medias. Como reconociéndose. Como dándose la última oportunidad de decir «mejor no». Ninguno la tomó.
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Cuatro horas antes, el taxi había parado frente a la casa. Era una construcción baja, de muros pintados de azul claro descascarado por la sal, con un jardín pequeño al frente y un patio de atrás que se abría directo a la playa. Mateo le pagó al chofer sin contar el vuelto, abrió la reja y le hizo un gesto a Sebastián para que pasara primero.
Adentro no hubo conversación. Sebastián apenas miró el living, una mesa de madera, una biblioteca medio vacía, un cuadro torcido en la pared. Mateo cerró la puerta con el pie y lo agarró por la cintura. Se besaron contra el filo de la mesa del comedor hasta que Mateo lo empujó hacia el pasillo, sin separar la boca de la suya.
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Cuatro horas y media antes habían salido del bar. Caminaron una cuadra de la mano. No les importó si alguien los miraba. Mateo levantó el brazo libre apenas vio venir un taxi. El chofer los miró de reojo por el espejo retrovisor cuando subieron y se besaron antes incluso de decir la dirección. Después se dedicó a manejar, sin comentarios, sin preguntas, con la radio puesta en un programa de boleros viejos.
El viaje fue corto y a la vez interminable. Sebastián tenía la mano sobre el muslo de Mateo, justo encima de la rodilla, y la fue subiendo de a milímetros. Mateo le mordió el lóbulo de la oreja, le susurró algo que el otro no entendió bien pero igual respondió que sí. Llegaron a la casa con la ropa apenas en su sitio.
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Cuatro horas y cuarenta minutos antes, Mateo le había preguntado bajito, casi pegado a su oído, si quería irse con él. Estaban todavía sentados a la mesa del bar, con dos vasos a medio terminar y el ruido de fondo de la gente.
—¿Te vendrías a mi casa? —dijo Mateo.
Sebastián tardó unos segundos en contestar. No por dudar, sino por saborear la pregunta. Después asintió, despacio, levantó la chaqueta del respaldo de la silla y salió detrás de él sin decir más nada.
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Cinco horas antes, Mateo se desarmaba diciéndole cosas al oído. Le hablaba de los ojos, oscuros y enormes, le hablaba del puente de la nariz, del mentón, del modo en que cambiaba la voz cuando se reía. Sebastián escuchaba con una sonrisa media de costado, sin apurarse a responder, dejándolo decir.
Las palabras fueron transformándose en otra cosa. La mano de Mateo se fue a la rodilla de Sebastián y después subió un poco. Los dedos rozaron la tela del pantalón. El roce se hizo caricia. La caricia, beso en el cuello cuando Mateo se acercó para hablarle todavía más bajito, casi rozándole la piel con los labios.
No vine a esto, pensó Sebastián. Y sin embargo no quería que parara.
***
Cinco horas y media antes, Mateo levantó la vista de su trago por enésima vez. Llevaba un rato mirando hacia esa mesa del fondo del bar, junto a la ventana que daba al muelle. Había un hombre solo. Pelo oscuro casi rapado, ojos claros que se le veían incluso desde lejos, una camisa azul abierta en el cuello, los dedos largos golpeando despacio la madera de la mesa al ritmo de la música.
Le costó decidirse. Pidió otro trago, se lo tomó casi de un saque, dejó un par de billetes sobre la barra y caminó hasta el fondo con el corazón golpeándole un poco más fuerte de lo que le hubiera gustado admitir.
—Disculpá —dijo cuando llegó—. ¿Te molesta si me siento?
El otro lo miró con calma, sin sorprenderse demasiado, como si lo hubiera estado esperando. Apenas movió la cabeza para indicarle la silla de enfrente.
—¿Te invito otro?
—Bueno.
Hablaron del bar, de la noche, del calor que hacía en la costa esa semana. Hablaron de pavadas y de cosas que parecían más importantes. Se rieron de un tipo de la barra que insistía en cantar fuera de tono. Pidieron un tercer trago. Después un cuarto.
En algún momento, ya con el cuarto vaso por la mitad, Mateo se llevó la mano a la nuca y sonrió de costado.
—Recién me doy cuenta de que no me presenté. Soy Mateo.
El otro sonrió también, más amplio esta vez, y le tendió la mano por encima de la mesa.
—Sebastián.
Y ahí, sin que ninguno de los dos lo supiera todavía, empezaba la cuenta regresiva de las horas que vendrían después, una a una, hasta que el sol entrara por la ventana y los encontrara desnudos sobre las sábanas revueltas, todavía respirándose la boca.