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Relatos Ardientes

Lo que me ofreció el camionero al amanecer

Aquel sábado me desperté con una erección que parecía no caber en mi propio cuerpo. Más dura de lo normal en mí. Cuando la palpé a oscuras sobre el colchón, la tenía como una barra de hierro a punto de partirse, latiendo con una tensión que rozaba el dolor.

Supuse que solo estaba reaccionando a todo lo que el resto de mí había planeado para ese fin de semana. Estuve tentado de hacerme una paja rápida para salir descargado, pero al mirar al otro lado del cuarto me dio una pereza enorme tener que hacerlo en silencio, sin moverme apenas. Adri tenía el sueño demasiado fino.

Había escondido el despertador bajo la almohada a propósito, para amortiguar el ruido. Aun así lo oí suspirar y soltar un «joder» murmurado entre sueños. Apenas se movió, pero se me quitaron las ganas de tentar a la suerte.

Me solté la polla y salí de la cama asumiendo que tendría que irme de casa tal cual estaba: caliente como nunca. Casi en pelotas, me calcé las zapatillas sin calcetines en cuanto puse los pies en el suelo.

La noche anterior lo había dejado todo listo para tardar diez minutos como mucho. La mochila junto al escritorio, la ropa en una silla. La agarré y me la llevé al pasillo. El sábado amanecía con una temperatura ideal; a finales de agosto, no podía esperar otra cosa.

Caminé de puntillas hasta el baño. Entorné la puerta y encendí solo la lucecita del espejo. Me lavé la cara e intenté mear, pero estaba demasiado empalmado y no salió nada. Además noté el calzoncillo húmedo de sueños guarros, así que me lo quité.

Como el bañador llevaba una rejilla por dentro, me lo puse a pelo. El roce de la tela no ayudó a que se me bajara; montaba una carpa de circo. Decidí ignorar mi estado y confiar en que se relajara solo con los minutos.

Justo cuando iba a apagar la luz, se abrió la puerta y apareció Adri con cara de seguir medio dormido.

—Menos mal que no ibas a hacer ruido —protestó en un susurro.

—Si casi no he respirado —respondí, encogiéndome de hombros.

—Tú no, pero ese puto despertador sí. Me ha jodido el sueño entero.

No me sentí culpable. Sabía que se volvería a dormir en cuanto tocara la almohada. Iba casi tan empalmado como yo, con esos calzones anchos que se ponía en verano. Pasó por mi lado y se plantó frente al váter.

—Bueno, yo me piro —anuncié, medio de espaldas para que no viera el bulto de mi bañador.

—Guay. Pásalo bien y folla mucho —dijo con una sonrisa, antes de añadir—: Anda, ciérrame la puerta.

Lo dejé encerrado para que se la cascara a gusto. Entré al cuarto solo a por la mochila y, al pasar otra vez frente al baño, pegué la oreja por puro morbo. Escuché un chapoteo leve y sus suspiros. Una paja exprés: correrse, mear y volver a la cama.

***

El primer aviso de que ese no era un fin de semana cualquiera fue el madrugón. El segundo, salir a la calle todavía de noche.

Antes de las seis y media ya estaba junto a la gasolinera, con la mochila al hombro y la polla algo menos dura que al despertar. El paseo por las calles vacías del pueblo le había bajado los humos.

Me acerqué a un árbol de tronco grueso, lejos de la rotonda. Comprobé que no había nadie. A esa hora la gasolinera parecía un edificio fantasma; los surtidores, apagados bajo la luna menguante, eran como centinelas dormidos.

Ni me bajé el bañador. Metí la mano por la pernera y saqué medio cipote por la rejilla. No quise menearlo mucho, para no ponerlo otra vez rígido. La meada salió a trompicones al principio, como si le costara abrirse paso, y luego se volvió una cascada salvaje que rebotaba contra la corteza. Suspiré aliviado.

Me la sacudí a conciencia. No me apetecía cargar con un manchurrón mal escurrido. El roce, como era de esperar, volvió a despertarla un poco cuando la guardé.

Fue entonces, antes de separarme del árbol, cuando un fogonazo de luz me alumbró de pleno. Por un instante me sentí pillado en falta, como si hiciera algo malo. Solo estaba meando. Ni eso, porque ya había terminado.

Por la rotonda vi moverse un camión enorme, lento y aparatoso, girando la cabina para meterse en el recinto. No tenía mucho sentido entrar con las persianas bajadas. En aquella época todavía no había gasolineras de autoservicio, menos en un pueblo como el mío. O te atendían en persona o te quedabas sin nada.

Aun así, el camión enfiló sus faros directamente hacia mí. Me sentí casi desnudo y me colgué la mochila por delante, por si el conductor no había visto ya las formas de mi bañador.

El camión se detuvo justo al pasar a mi altura, cuando dejó de cegarme. Con el motor aún rugiendo, se encendió la luz interior y vi al conductor por la ventanilla bajada.

No fue un flechazo. No fue amor a primera vista. Pero en ese par de segundos antes de hablar, alguna ley física de atracción nos enredó sin remedio.

El camionero era un completo desconocido. Un tío barbudo con una gorra verde calada hasta las cejas. No tenía nada que ver con los chavales que me gustaban entonces, más o menos de mi edad. Lo intuí más cerca de los treinta que de los cuarenta. Un hombre maduro, en cualquier caso. Maduro e interesante.

Bajo aquel pelaje desordenado se adivinaba un rostro guapo. De esos hombretones desaliñados a los que apetece afeitar, desnudar y meter bajo la ducha.

—¿Qué hay, chaval? ¡Buenos días! Soy Bruno —tuvo que alzar la voz sobre el motor. Un vozarrón grave que me llenó de expectativas.

—Buenos días, Bruno. Yo soy Nico —le regalé mi nombre con una sonrisa.

—Encantado. Parece que te vas de viaje, ¿no?

—Sí, aunque corto. Solo el fin de semana.

—Yo también soy de viajes cortos. ¿Y por casualidad buscas a alguien que te lleve?

Debí de darle pinta de aventurero, de chaval que se ha ido de casa sin despertar a nadie. No era nada de eso. Pero allí solo, a las afueras, en una gasolinera desierta antes del alba, sacó sus conclusiones.

—No, gracias, no necesito transporte —le dije sonriendo—. Pero seguro que ahí arriba se viaja muy cómodo.

—La verdad es que sí —asintió—. Y con unas vistas cojonudas. Hay veces, como ahora mismo, en que las vistas desde aquí son inmejorables.

El rugido del motor nos daba una intimidad falsa. Aquel halago tan burdo, sutil como un elefante, me encendió el pecho. Y se me ocurrió, sin pensarlo, mejorarle un poco «las vistas».

Sin descolgar la mochila, me levanté la camiseta y tiré del cuello para sacármela por la cabeza. La dejé colgando de la nuca y lo miré desafiante. Nunca había respondido de forma tan física a las provocaciones de un desconocido.

¿Qué coño haces, idiota? ¿Te crees modelo de anuncio? Anda y tápate. En cualquier otro momento habría pensado algo así. No era un chaval acomplejado, pero tampoco me sobraba la chulería. Fue la mirada hambrienta de Bruno lo que me hizo sentir una pieza deseada, carne de escaparate.

—Hostia, chaval, pues sí... Parece que sí se podían mejorar las vistas —bromeó, devorando mi pose con los ojos.

No sonó a burla. Podría haberse reído de mi pecho lampiño, de mis brazos flacos. Pero le gustaba de verdad lo que le enseñaba, incluido el bulto que empujaba la tela roja.

—Vas lanzado como un cohete, ¿eh, cabrón?

Asentí, porque era absurdo negarlo.

—Estoy algo caliente, sí. Hoy me he levantado pasado de vueltas —reconocí sin pudor.

—Ni lo jures. A tu edad me pasaba a todas horas. —Sin dejar de sonreír, abrió la portezuela. Estaba a unos tres metros.

La abrió pero no se movió mucho. Dejó que lo admirara desde el suelo. Llevaba una camiseta sin mangas que enseñaba unos brazos anchos, el doble que los míos, cubiertos de tatuajes que no distinguía a esa distancia.

—Aunque con mi edad a veces sigue pasando. Que se te pone dura y no sabes muy bien por qué.

Vi con claridad el bulto que se le marcaba entre las piernas, dentro de un pantalón de chándal claro. Deduje que se lo había recolocado antes de abrir, para causarme buena impresión. No hizo falta decir más. Yo estaba hambriento de polla y él hambriento de mí.

***

Dejé la mochila en el suelo y caminé hasta la cabina. Tenía dos peldaños de hierro; me bastó con subir al primero. Mi cabeza quedó a la altura de su muslo. Lo miré de cerca y me pareció aún más guapo. Le habría arrancado la barba a mordiscos, pero él tenía otro plan para mi boca.

—Si llego a saber que un chaval cachondo iba a subir a comérmela en esta gasolinera, no me habría hecho una paja hace una hora —dijo, vacilón, plantándome una mano en la cabeza—. O al menos me habría limpiado mejor.

Agradecí su honestidad con una sonrisa. A otro quizá le habría echado para atrás oír aquello. A mí no me quitó ni una pizca las ganas. Menos cuando noté sus dedos hundiéndose entre mi pelo; ahí dejó de importarme lo mal peinado que iba.

Con ese aire chulesco, empezó a empujarme la nuca hacia su entrepierna. Tuve que ponerme de puntillas cuando separó los muslos y me hundió la cara entre ellos.

—Seguro que aún se huele, ¿a que sí? —murmuró, apretando.

Saqué la lengua a ciegas. Encontré sus huevos bajo la tela del chándal y aspiré aquel olor mientras él me guiaba. Los tenía duros y altos. Le mordisqueé el tronco por encima del pantalón y eso le hizo suspirar.

Intuí que escondía una buena verga. La recorrí con la lengua y los dientes, con la tela de por medio, mientras sus gemidos ahogados me volvían loco. Nunca le había comido la polla a nadie sin quitarle antes la ropa. A él parecía gustarle así, porque no hizo amago de bajarse el chándal.

—Qué bien tragas, chaval... Abre un poco más esa boca.

Le empapé el pantalón hasta casi transparentarlo. Me pregunté si esa manía de follarse una boca con la ropa puesta era cosa de su edad o un fetiche suyo de camionero. Daba igual. Él estaba feliz.

Entonces tiró de mi pelo para que subiera. Con la otra mano se había quitado la camiseta sin que yo me diera cuenta, cegado entre sus muslos. Olía fuerte alrededor del ombligo. Me dejó la cara ahí y, al abrir los ojos, vi que había apagado la luz de la cabina. No evitaba que se viera mi culo asomado por la puerta, pero daba algo más de discreción.

Me pidió sin palabras que le lamiera la tripa, firme y velluda. Enseguida entendí lo que me ofrecía el muy cerdo: el regusto a lefa seca en aquel vello me dio un morbo brutal. Un sabor agrio que rasqué de su pelambrera. No me cabía duda de dónde había caído su corrida de hacía una hora.

Me entregué a lamidas más profundas mientras me llevaba pecho arriba. Quería dejarle claro que me molaba ser la fregona de su última paja. Tenía los pectorales tan firmes como el vientre, igual de poblados de pelo. Hasta el mentón me supo a gloria: el cabrón no se había limpiado ni la barba.

Fue raro besar a alguien con la boca tan acolchada. Nada que ver con la pelusilla de los chavales con los que había estado antes. Me gustó el sabor a refresco de cola de su lengua. La mía lo devoró como un caramelo. Con ese morreo entendí lo que era liarse con un tío maduro: besaba a lo bestia, como si me follara la boca.

Menos mal que estaba bien afirmado en el segundo peldaño, porque me temblaban las piernas cuando me tiró de la camiseta y la dejó caer al asfalto.

—Eres un chico muy guapo, Nico... aunque eso ya lo sabes —me susurró al oído antes de lamerme el cuello—. Por eso te lo digo sin rodeos. Me encantaría follarte. Aquí mismo y ahora mismo.

Aquellas palabras me estremecieron. Más cuando una mano bajó por mi espalda, se coló dentro del bañador y llamó al timbre de mi entrada con la yema de un dedo gordo. Lo tenía seco, como mi agujero, pero aun así me hizo palpitar de deseo.

Me sujetaba con un brazo ancho y fuerte. Sentir cómo jugaba con mi culo me dio seguridad para soltarme y desatar el cordón del bañador.

—¿Vas a quitártelo? —susurró entre mis labios.

—Claro. Salvo que prefieras agujerearlo con la polla.

Mi respuesta lo encendió. Nos enganchamos otra vez de las bocas mientras me bajaba la prenda. Su manaza amasaba mis nalgas y metía la palma entre los muslos. Sin miedo a caer, levanté una rodilla para salir del bañador y la apoyé en el borde de la cabina. Después la otra, sin preocuparme de dónde caía la tela.

Separé nuestras bocas, ya desnudo del todo salvo por las zapatillas. Más excitado que nunca, en cuclillas en el borde, con un dedo empezando a abrirse paso en mi culo.

Me agarré a su cuello con una mano y al volante con la otra, y por fin me icé hasta la cabina. Saqué la cabeza por encima del techo. A lo lejos veía la carretera; la rotonda quedaba tapada por el remolque.

Frente a mí, la gasolinera fantasma. Y sin embargo sentí un gozo increíble cuando él, sin que se lo pidiera, se metió mi polla en aquella boca peluda. Hizo lo que yo no había podido: comérmela sin nada de por medio.

Supuse que se había sacado la gorra, y lo confirmé al subir la mano por su nuca. Cerré los ojos. Me volvió loco el cosquilleo de su barba contra mis huevos y el del bigote en mi pubis medio rasurado.

Bruno tragaba como una boa, succionando la base con una fuerza que parecía querer arrancármela. Me apretaba el culo contra él con las dos manos, como si quisiera comerme entero. Ni me molesté en embestir; me dejé hacer, agarrado a su nuca.

Llevaba empalmado casi una hora, durísimo, sin descargar más que la meada del árbol. Con poca estimulación que recibiera, el final estaba cantado.

—No, no... para, tío... que me corro —jadeé.

Me tenía bailando de placer entre sus manos y su cara, de puntillas en el borde, con la piel erizada. Le avisaba para que parase, pero Bruno no me hizo caso. O no me oyó, o le dio igual.

Arqueé la espalda y miré abajo. Estaba tan anclado a él que la lefa le iba a entrar directa a la garganta. Mi mirada fue la última advertencia. No se echó atrás. Sus ojos clavados en los míos, lo vi parpadear con el primer disparo, el más fuerte.

Me corrí a lo bestia, de forma animal, todo dentro de su boca. Él se lo tragó como un lobo, con los ojos empañados, viendo cómo tenía yo el mejor orgasmo de mi corta vida. Con un dedo dentro de mi culo, multiplicándolo todo por mil.

Entonces lo vi. Entre la neblina de mis jadeos, una mancha de humedad crecía en su pantalón claro, traspasando el algodón. Bajo el chándal, su verga había empezado a derramarse sola.

—¿Te estás corriendo sin tocarte? —balbuceé sin fuerzas.

La respuesta me la dieron sus ojos, brillando con algo más que lágrimas. Su cara de placer y sufrimiento fue el mejor remate para mi corrida.

***

Un impulso instintivo me sacó del trance. Solté su cabeza, me agarré al asiento y le puse la otra mano en el hombro. Él tuvo que escupir mi polla y sacarme el dedo. Levanté una pierna y la pasé sobre las suyas, esquivando el volante y la palanca de cambios.

Todo fue muy rápido. Acabé sentado en sus muslos y enseguida me deslicé un poco más arriba. Cuando mi culo abierto rozó el bulto mojado de su pantalón, le rodeé el cuello y empecé a moverme. Me encantó oír sus gemidos.

Su polla aún latía, soltando lefa despacio. Ahora que ya no estaba asfixiado, me sentí feliz de haber llegado a tiempo. Hundí la cara en su barba y busqué sus suspiros con la lengua, moviendo las caderas para sentirlo palpitar contra mi agujero.

Corté el morreo y le solté lo que me salió del pecho:

—Bájatelo y métemela.

—Pero qué dices, chaval... si ya me estoy corriendo.

—Ya lo sé. Por eso. Hazlo antes de que se te ablande.

Las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Bruno solo negaba con la cabeza, sonriendo como un autómata, vencido por los últimos coletazos de su corrida. Tuve que servirme su rabo yo mismo.

Me elevé haciendo palanca con los muslos, metí la mano bajo el chándal y di con él: el capullo gordo, duro y todavía soltando lava. Lo apoyé contra mi raja y, con los dedos resbaladizos, me metí la punta entera sin esfuerzo. El dedo de antes me había dejado el culo con hambre, así que la hundí un poco más.

—Aguanta un poco, ¿vale? Solo un poco más, sin que se te baje. Hasta que la tenga toda dentro.

Los restos de corrida fueron la única lubricación que hizo falta. Apoyado en sus hombros, empecé a dejarme caer, soltando peso poco a poco, gimiendo según me sentaba sobre su verga. Bruno me agarró de las caderas y dejó de quedarse quieto. Quiso ser él quien la acabara de meter.

—Pues al final sí que te estoy follando, chaval —murmuró, antes de besarme otra vez como un salvaje.

Entre mi propio peso y sus empujones cada vez más rápidos, me echó un polvo más que decente. Quizá porque me había corrido antes que él, o porque a mi edad la energía no se acababa nunca, no tardé en tenerla otra vez como una piedra.

Separé nuestras bocas para cabalgarlo mejor, más a saco, al notar que su empalmada aflojaba un poco. Aun así, la tenía tan gorda que seguía sintiéndome bien lleno.

Fue al mirar abajo, mientras daba brincos como un jinete y mi polla rozaba la alfombra de su pecho, cuando supe que iba a vaciarme otra vez. Me dio un morbo enorme imaginar que se iría de allí sin limpiarse, con mi corrida encima como una calcomanía, mezclada con lo que él me estaba dejando dentro. Con eso bastó. Ni lo avisé.

Como buen cerdo, cuando notó el derrame solo infló el pecho y sonrió de oreja a oreja. Cerré los ojos y se lo di todo. Bueno, lo poco que había sobrado de la primera corrida. No era mucho, pero bastó para dejarle el pelambre del pecho manchado y brillante. Para dejarlo sucio y contento.

***

Después no hubo mucho más.

Me disculpé con Bruno y le dije que tenía que irme. Eran las seis y media en punto. El coche de Hugo me esperaba seguro en la rotonda, aunque el remolque me tapaba la vista de esa zona.

Podría haberle contado que ese día cumplía años, que me iba a la playa a celebrarlo con mi mejor amigo. Y hasta podría haber añadido un detalle: que el plan más importante del fin de semana era estrenarme por detrás con Hugo. Pero no le dije nada de eso. Preferí que no supiera que él había sido «el primero» en muchas cosas.

Solo le besé la barba una última vez antes de saltar desde lo alto de la cabina como un Tarzán flaco y sin taparrabos. Me vestí a toda prisa. La última imagen que me llevé de él fue poniéndose la camiseta y sonriendo. Sin asearse, claro. El muy guarro.

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Comentarios (5)

alternativo360

muy bueno!! sigue escribiendo mas de esto

CuriosoDeNoche_

Y que paso despues?? Por favor una segunda parte, no puedo quedarme con las ganas asi...

Pablito32

Esto me recordó a algo que me paso una vez de madrugada en la ruta, aunque no llegue tan lejos jajaja. Muy buen relato

FedericoLT

Me gusto mucho el ritmo, se nota que sabes contar una historia sin apuros. Seguí así!

RuteroSolitario

Las gasolineras de madrugada tienen algo especial che. Muy bien narrado, se siente real

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