Mi macho llegó justo cuando perdí la apuesta
Esa mañana me desperté solo, con el cuerpo todavía dolorido y el recuerdo demasiado fresco de la noche anterior. Bruno se había ido sin despedirse, igual que mis amigos, que solo dejaron un audio en el grupo del chat.
«Damián, nos fuimos para ahorrarte la charla incómoda después de la paliza que te metió Bruno. Mañana hablamos con calma en la facultad. Pasá buena noche y ponete crema, que si no mañana no te sentás.»
No pude evitar que se me subieran los colores al escuchar esa última parte. Me tiré de nuevo en el sofá y recién entonces caí en que Bruno tampoco estaba. Ese imbécil me había abierto por primera vez y se había ido como si nada, dejándome con el ardor entre las piernas y la cabeza hecha un lío.
***
Al día siguiente, en la universidad, todo transcurrió con una normalidad que me daba risa. Con Tomás y con Iván no tocamos el tema en toda la jornada, hasta que el profesor de la última materia faltó y nos quedaron dos horas libres en un aula vacía.
—Damián, no sé si querés hablar del tema —arrancó Tomás, apoyado en el respaldo de la silla—, pero ¿qué tal estuvo lo de ayer?
—Mirá qué directo saliste —le contesté, sin saber dónde meter la mirada.
—La verdad, yo también tengo curiosidad —se sumó Iván—. Aunque, si me guío por los gemidos que pegabas, debió de estar de maravilla.
Los dos se largaron a reír en mi cara, sin un gramo de piedad.
—¿Podrían dejar de burlarse de mí, por lo menos? —protesté.
—No nos estamos burlando —dijo Tomás, poniéndose serio de golpe—. En serio queremos saber si te gustó o no.
—¿Y para qué les sirve saberlo? —insistí, cruzándome de brazos—. ¿Quieren probar ustedes también o qué?
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier respuesta. Las sonrisas se les borraron de la cara como si las hubiera limpiado con un trapo.
—No te vamos a mentir —admitió Iván, bajando la voz—. Lo que vimos ayer nos puso tanto que terminamos haciéndonos una paja ahí mismo, frente a tu puerta.
Eso no me sorprendió en lo más mínimo. Algo así me había imaginado cuando los escuché respirar pesado del otro lado.
—Te lo voy a decir sin rodeos —remató Tomás, mirándome fijo—. Queremos probar tu culo nosotros también.
Ahí sí me quedé con la boca abierta. Una cosa era que un tipo medio desconocido como Bruno me hubiera dado vuelta, y otra muy distinta que mis dos amigos de toda la vida me lo pidieran a la cara, en una mesa de la facultad.
—¿Ustedes qué? —atiné a decir.
—Vimos lo bien que la pasó Bruno —explicó Iván, como si fuera lo más razonable del mundo— y queremos comprobar qué tan rico se siente estar adentro tuyo.
—Ni en pedo dejo que me vuelvan a meter algo por ahí —corté—. Aunque lo haya disfrutado ayer, lo mío es metérsela, no al revés.
—Ay, vamos, Damián, no te pongas así —rogó Iván con una sonrisa torcida—. Apiadate de tus amigos.
—A ver, ustedes son mis amigos desde el jardín. Sería rarísimo. Con Bruno casi ni nos conocíamos, no es lo mismo.
Tomás chasqueó los dedos, como si se le hubiera prendido una lamparita.
—¡Ya sé! ¿Y si jugamos y apostamos, igual que hicieron ustedes ayer?
La propuesta me hizo sonreír de costado. Si había algo en lo que confiaba ciegamente, era en mi pulso para los videojuegos.
—O sea que quieren que les meta mi verga, porque es obvio que les voy a ganar.
—¿En serio no aprendiste nada de lo que pasó ayer? —preguntó Iván, levantando una ceja.
—Sí: aprendí varios trucos y aprendí a leer mejor al rival —me jacté.
Los dos volvieron a reírse, aunque esta vez con un brillo distinto en los ojos.
—De acuerdo, habrá que verlo —dijo Tomás—. ¿Entonces aceptás?
Lo pensé unos quince segundos largos, esos en los que uno cree que está decidiendo con la cabeza cuando en realidad ya decidió con otra parte. Y acepté.
***
Al salir de la facultad nos fuimos a mi casa, como el día anterior, pero esta vez con las condiciones pactadas desde el arranque. Si ellos ganaban tres de cinco rondas, los dos me cogían a la vez. Si ganaba yo, los desvirgaba a los dos, uno tras otro.
A la media hora íbamos parejos: una ronda Iván, una yo, otra Iván, otra yo. Todo se decidía en la última, y como le tocaba el saque a Iván —el único contra el que esa tarde no había podido cerrar una partida—, se me ocurrió una idea para desestabilizarlo antes de empezar.
—Siento que esta vez sí te gano, Iván —dije, estirándome en el sillón con una calma fingida.
—¿Y esa confianza de dónde la sacás? —respondió, picado.
—Dejen de dar vueltas y empiecen —los apuró Tomás, frotándose las manos—, que ya quiero meter mi verga en ese culo.
A esa altura yo ya tenía clarísimo que ninguno de los dos era tan hetero como juraba en las previas.
—Quiero doblar la apuesta —solté de repente.
Los dos se miraron, desconcertados.
—¿Doblarla con qué? —preguntó Tomás—. Si ya tenés todas las de perder.
—Si pierdo, dejo que me usen el resto de la semana, cuando quieran y donde quieran.
Eso les sacó una sonrisa de oreja a oreja. Pero no terminé ahí.
—Pero si gano yo, uno de ustedes dos desvirga al otro delante de mí.
No pudieron contener la carcajada. Para ellos era una apuesta regalada.
—De verdad que cada vez me sorprendés más —dijo Iván, secándose una lágrima de risa—. Aceptamos igual, porque vas a perder seguro.
—Ya veremos. Vayan preparando esos culos vírgenes —les contesté.
Empezó la última partida y la victoria la tenía cantada. Iba dominando cada movimiento, leyéndole las intenciones a Iván antes de que las ejecutara. Y entonces, faltando nada para cerrar, el maldito control se quedó sin batería. La pantalla me marcó desconectado y la ronda se la llevó él de pura suerte.
—¡No! —grité, tirando el control al sillón—. ¿Por qué siempre pasa algo justo cuando estoy por ganar?
—Dejá el drama —se burló Tomás, ya de pie—. Mejor subí y prepará ese culito, que entre nosotros arreglamos los turnos.
Decidí no discutir. Subí a mi cuarto a hacer lo mismo que había hecho la noche anterior para Bruno. Pero justo cuando estaba por entrar al baño, el celular empezó a vibrar sobre la cómoda.
—¿Qué querés, imbécil? —atendí, al ver el nombre en la pantalla.
—¿Esa es forma de hablarle a tu macho? —La voz de Bruno sonaba tranquila, casi divertida.
—No sos mi macho, ni lo vas a ser nunca.
—Ese culito ahora me pertenece, y solo lo prueba quien yo diga.
—Pues no va a ser así, porque Tomás e Iván están por disfrutarlo en un par de minutos.
Apenas lo dije, me arrepentí. Pero ya era tarde.
—¿Que ellos qué? —Su tono cambió por completo—. Eso no va a pasar.
Cortó la llamada y me dejó ahí parado, con la toalla en una mano y el teléfono pegado a la oreja, sin entender muy bien qué acababa de provocar.
***
Entré al baño y me tomé mi tiempo en prepararme, unos quince minutos largos. Cuando salí, supuse que me encontraría a mis dos amigos esperándome desnudos en la cama. Pero no. Quien estaba ahí, recostado contra el respaldo y completamente desnudo, era Bruno, idéntico a como lo había visto la noche anterior.
El asombro me duró lo que tardé en bajar la vista. Por más que quisiera negarlo, ese cuerpo y esa verga gruesa tenían la capacidad de apagarme el cerebro y dejarme con una sola idea fija: darle placer. Ni me acordé de preguntar por mis amigos. Fui directo a arrodillarme entre sus piernas y empecé a recorrerlo con la lengua, desde la base hasta la punta, despacio, saboreándolo.
—¿Qué era lo que decías hace un rato por teléfono? —preguntó, hundiéndome los dedos en el pelo—. Quiero escucharte decir que soy tu macho.
—Sos mi macho —murmuré contra su piel— y me encanta que me uses a tu antojo.
Eso último lo agregué a propósito, para calentarlo más, y funcionó. Me agarró la cabeza con las dos manos y empezó a moverse, marcándome el ritmo, llenándome la boca de una manera que me hacía perder la noción de todo lo demás.
A esta altura ya no tenía sentido seguir mintiéndome. Me gustaban los hombres, y este en particular me tenía de rodillas. Era capaz de ser cualquier cosa que él quisiera con solo mirarlo a los ojos.
Me tomó de los brazos y me tiró boca arriba sobre el colchón. Se arrodilló entre mis piernas, me las levantó y empezó a darme la lengua con tanta destreza que mis gemidos llenaron el cuarto en cuestión de segundos.
—Gemí para mí —me ordenó, levantando la cara con una sonrisa—. Gemí, muñequita.
En otro momento, que me hablara en femenino me habría sacado de quicio. Pero en ese instante, con su boca trabajándome, de la mía solo salía un hilo de voz: sí, soy tu muñequita, llename con esa verga enorme.
Apoyó la punta contra mi entrada y fue empujando despacio. Esta vez dolió bastante menos que la anterior. Cuando llegó al fondo y sus caderas chocaron contra mis nalgas, arrancó un vaivén lento y profundo que me arqueó la espalda.
—Dios… —jadeé, agarrándome de las sábanas—. Esto se siente como el cielo.
—Eso es. Disfrutá del placer que te da tu macho —respondió, sin apurar el ritmo.
Y de a poco fue subiendo la intensidad, hasta clavármela rápido y duro, justo como me volvía loco. Le enrosqué las piernas en la espalda y lo atraje hacia mí, buscándole la boca. Creí que se apartaría, que el beso era una línea que no iba a cruzar. Me equivoqué. Me besó con todo, con lengua y todo, y al hacerlo sus caderas se descontrolaron de tal forma que no aguanté más y me vine sobre los dos pechos.
Pensé que él terminaría también, como la noche anterior. Pero en vez de eso me empujó las piernas contra los hombros, abriéndome todo lo que se podía, y se montó encima para martillarme como un poseído.
—¿Querés que tu hombre te deje preñada? —gruñó, sin bajar el ritmo.
Yo solo podía asentir, porque los gemidos no me dejaban hablar.
—Te voy a dejar bien llenita, muñequita —prometió.
Sus embestidas se volvieron más cortas y profundas, y entendí que ya estaba al borde.
—Ahí tenés… —apenas pudo decir—. Ahí tenés todo, disfrutalo adentro.
Cuando terminó de vaciarse, salió despacio y se dejó caer a mi lado en la cama. Yo recién ahí pude estirar las piernas y, cuando logré controlar la respiración, me di vuelta para abrazarlo, apoyando la cara contra su pecho.
—¿Qué hiciste con Tomás e Iván? —pregunté, todavía agitado.
—No te preocupes por ellos —contestó, acariciándome la nuca—. Mañana te cuentan.
Me besó en la cabeza, se levantó y empezó a vestirse sin apuro.
—Mañana, después de la facultad, quiero que me esperes en la plaza del centro —dijo, abrochándose el pantalón—. Tengo una sorpresa que te va a gustar tanto como a mí.
Me guiñó el ojo con esa sonrisa de chulo que me desarmaba por completo. Se despidió con un último beso y yo me quedé estirado en la cama, negándome a salir todavía de ese estado en el que Bruno me dejaba por segunda vez, sin saber muy bien si lo que sentía era miedo o ganas de que mañana llegara cuanto antes.