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Relatos Ardientes

El masajista discreto a dos calles de mi casa

Valencia, plena ola de calor. En el barrio de Ruzafa el aire no daba tregua: una humedad pegajosa que se te metía en los huesos y no te dejaba ni pensar. Yo estaba en casa, hundido en el sofá, masticando el bajón de una separación todavía reciente. La soledad pesa el doble cuando el sol no se pone nunca y las horas se estiran como chicle.

Me armé un porro para anestesiar un poco el aburrimiento. Como siempre, el humo empezó a correrme una carrera por la cabeza, despertando ideas que de sobrio mantengo bajo llave. Fumé en la terraza, apoyado en la barandilla, mirando cómo las luces de los balcones de enfrente se iban encendiendo una a una. Abajo, alguien arrastraba una silla, alguien reía. El barrio entero parecía estar vivo menos yo.

Volví adentro cuando la cabeza ya me daba vueltas en ese punto justo donde todo se vuelve posible. La camiseta se me pegaba a la espalda por el sudor. Me la quité de un tirón y la dejé caer al suelo, y solo con eso, con sentir el aire del ventilador sobre la piel desnuda, ya supe en qué iba a terminar la noche.

Yo me considero un tipo heterosexual de los de toda la vida. Nunca me quedé mirando a un hombre por la calle, nunca sentí que me faltara nada. Pero hay algo en el efecto de la hierba que me suelta una fiera distinta. Cuando fumo, el morbo de acostarme con otro hombre deja de ser una idea y se vuelve una necesidad física, casi violenta. No era mi primera vez. Pero algo me decía que esta iba a ser la más salvaje de todas.

Con la excitación trepándome por el cuerpo, abrí la app. Es mi ritual secreto, mi plan para las noches en que el mundo entero se me viene encima. Siempre busco lo mismo: turistas, gente de paso que se lleve mi secreto en la maleta al día siguiente y no vuelva a aparecer jamás. Pero esa tarde el radar estaba seco. Empecé a filtrar perfiles sin foto, discretos como yo, hombres que juegan a moverse entre las sombras.

De repente, una notificación. Un masajista que buscaba chicos discretos. Me escribió que era como yo: hetero, pero con el mismo morbo por los hombres cuando le subía la calentura. Vivía a doscientos metros de mi portal.

La cercanía me dio un escalofrío. El riesgo de cruzármelo en la panadería al día siguiente, de reconocerlo en la cola del súper, me revolvió el estómago. Pero la calentura le ganó al miedo por goleada.

«Si nos vemos por la calle, no nos conocemos», fue el único pacto. Él aceptó enseguida. Y allá fui, cruzando las callejuelas estrechas de Ruzafa con el corazón golpeándome la garganta y las piernas medio temblando.

***

Cuando me abrió la puerta sentí un pinchazo pequeño de decepción: era bastante más bajo que yo, nada que ver con la imagen que me había armado en la cabeza. Pero ya estaba metido en el baile, y a esas alturas frenar no era una opción.

Entré a su habitación y el ambiente ya estaba montado. En el monitor corría una película porno entre hombres, con el volumen bajo. En el centro del cuarto había una camilla profesional, de las de verdad, con un par de frascos de aceite alineados al lado. El tipo se tomaba en serio su papel.

—Desnúdate y ponte boca abajo —me soltó, profesional pero directo, sin rodeos.

Le hice caso en el acto. Mientras me sacaba la ropa, él puso una música suave de fondo, una cortina de calma para todo lo que se venía después. Me tumbé en la camilla y apoyé la cara en el hueco acolchado.

Sentí las primeras gotas de aceite caliente caer sobre mi espalda y di un respingo, más por la descarga eléctrica de los nervios que por la temperatura. Sus manos empezaron a trabajarme los músculos, firmes, sabiendo exactamente dónde apretar. Yo ya estaba empalmado contra la camilla, disfrutando cada amasada, ese viaje lento de sus dedos desde la nuca hasta la zona lumbar.

A ratos se colocaba justo frente a mi cara mientras me masajeaba los hombros. Desde abajo podía verle el bulto marcado en el pantalón, rozándome casi la nariz. Esto se está yendo de las manos rápido.

El juego subió de tono cuando sus dedos empezaron a derivar hacia mis piernas. Subían por la parte interna de los muslos, me acariciaban los testículos con la punta de los dedos y terminaban aterrizando entre mis nalgas. Fue un roce suave al principio, casi de reconocimiento, recorriendo cada pliegue, tanteando el terreno sin invadirlo todavía.

***

No aguanté más. Estiré la mano hacia su entrepierna y le rocé el paquete a través de la tela. Él entendió el mensaje al instante: se bajó el pantalón y me dejó la verga a la altura de los ojos, esperando. Me la metí en la boca sin pensarlo dos veces.

Era incómodo por la postura en la camilla, con el cuello torcido y el ángulo imposible. Pero me sentía como una puta, entregado del todo, y esa sensación me volaba la cabeza mientras notaba cómo sus dedos empezaban a presionar mi retaguardia con más decisión.

Notó que me molestaba un poco, así que paró, buscó más aceite y volvió a entrar despacio. Esta vez fue pura seda, sin un solo tirón de dolor. Me hablaba al oído mientras lo hacía, con la voz baja, diciéndome que me relajara, que me dejara llevar, que él se encargaba de todo. Y le creí. Por primera vez en semanas dejé de pensar en la separación, en la casa vacía, en los mensajes que no me llegaban. Solo existían sus manos y su voz.

De la camilla saltamos a la cama. Se la chupé un buen rato; no era una verga enorme, pero me alcanzaba de sobra para perder por completo el juicio. Después me tocó a mí recibir. Me la chupó mientras me seguía acariciando el culo con un dedo, y aunque la tenía a punto de estallar, yo solo podía pensar en lo que estaba pasando ahí atrás. Estaba completamente entregado.

—Date la vuelta —me pidió.

Y ahí empezó la mejor experiencia de mi vida. Me puso boca abajo, me levantó la cadera con las dos manos y se dedicó a comerme el culo como si fuera el último banquete de su vida. Fue increíble. Nunca me lo habían hecho así: profundo y superficial, alternando, haciendo un tubo con la lengua para penetrarme apenas.

Me puso en cuatro, me agarró firme de las caderas y hundió la cara entre mis nalgas sin pudor. Sentía su saliva chorrearme por los testículos, su barba raspándome la piel. Estaba fuera de mí, gimiendo contra la almohada sin reconocer mi propia voz.

—Méteme —le rogué.

En ese estado se la pedí a pelo, quería sentirlo todo sin nada de por medio. Por suerte él fue el responsable de los dos y se puso el preservativo igual. Cuando lo sentí entrar de golpe, mordí la almohada con todas mis ganas. Era un dolor hermoso, una corriente que me recorría entero hasta hacer tope contra su cadera.

Empezó despacio, lubricando con más aceite, entrando y saliendo mientras yo veía las estrellas. El porro seguía haciendo su trabajo, potenciando cada embestida hasta volverla algo casi insoportable de tan bueno.

Me dio la vuelta, me subió las piernas sobre sus hombros y me taladró mirando al techo, con el cuerpo abierto del todo. Yo siempre digo que no beso a hombres, que esa es mi línea. Pero en ese momento, con él dentro de mí, nuestras lenguas se trenzaron solas. Era demasiado placer para andar poniéndole filtros a nada.

Volvimos a la postura de cuatro y le dio con todo, sin tregua. Sentí cómo su respiración cambiaba, cómo el gemido se le hacía más profundo y largo. Estaba a punto de acabar.

Apreté el culo con todas mis fuerzas para sentir su descarga, aunque hubiera látex de por medio. Y con apenas tocarme un poco, yo también exploté. Fue muchísimo, dos sacudidas largas y después un vacío total, una calma rara que me dejó tirado sobre el colchón. Me imaginaba mi culo abierto, enrojecido y resbaladizo de aceite, todavía latiendo.

***

Después, lo de siempre. La marea baja. La excitación se va de golpe y llega la culpa, aunque esta vez fue más leve, como si me hubiera perdonado de antemano antes incluso de empezar.

Nos limpiamos en silencio, nos vestimos sin mirarnos demasiado, nos dimos la mano y un «hasta nunca» que los dos entendíamos a la perfección.

Caminé las dos calles de vuelta a casa con el cuerpo pasado por encima, las piernas flojas y una sonrisa idiota que no me podía quitar. Me habían destrozado el culo de maravilla y, aunque me seguía dando miedo cruzármelo algún día entre los puestos del mercado, me sentía extrañamente liberado.

Fue mi tarde con el masajista de Ruzafa. Y créanme: no la voy a olvidar mientras viva.

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Comentarios (5)

NocheLobo

Genial!!! uno de los mejores relatos de la categoria, se nota que fue real

MatiCba

Lo de la cercania le agrega una tension que no se suele ver en estos relatos. Me enganche de principio a fin

PatricioRL

me recordo a una situacion similar que tuve hace años, eso de cruzarte al dia siguiente es lo mas incomodo jaja. Muy buen relato

FacundoSur

Por favor escribi mas! quedé con ganas de saber como le fue en la panaderia despues

curiosaBA

Muy buen relato. Al final te lo cruzaste en el barrio???

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