Mi casero me ordenó posar desnudo en su salón
Mi acuerdo con Adrián empezó como una cuestión de dinero. El ático de la última planta tenía un alquiler ridículamente bajo para lo que era, y yo, recién llegado a la ciudad y sin un duro, firmé el contrato sin leer la letra pequeña. La letra pequeña no estaba en el papel. Estaba en su mirada, la primera tarde, cuando me tendió las llaves y dijo, sin sonreír:
—Aquí dentro las cosas funcionan a mi manera.
Tardé dos semanas en entender exactamente qué significaba eso. Y para entonces ya era demasiado tarde para querer marcharme.
Fuera del edificio yo seguía siendo el mismo de siempre. Iba al gimnasio cada mañana, levantaba pesas hasta que los músculos me ardían, bromeaba con los compañeros sobre chicas y partidos, y mantenía intacta esa fachada de tipo seguro que llevaba años construyendo. Nadie habría adivinado nada. Yo tampoco lo habría adivinado de mí mismo seis meses antes.
Pero en cuanto el ascensor marcaba la planta treinta y dos y las puertas de acero se cerraban a mi espalda, esa fachada se quedaba afuera, en la calle, con la ropa.
—La ropa de fuera contamina la estética del piso —me había dicho Adrián la segunda noche, con esa naturalidad suya que no admitía discusión—. Aquí dentro no la necesitas.
Y así, planta por planta, yo dejaba de ser una persona para convertirme en algo más parecido al mobiliario.
***
Aquella tarde llegué del entrenamiento con el cuerpo todavía caliente, los brazos hinchados y el sudor seco pegado a la piel. Adrián había traído trabajo a casa. El salón estaba sumido en ese silencio espeso que tanto le gustaba, roto solo por el repiqueteo rápido de sus dedos sobre el teclado del portátil.
Estaba sentado en su escritorio, con unas gafas finas de lectura, inmerso en algún negocio que probablemente arruinaría a alguien que jamás conocería. Ni siquiera levantó la vista cuando entré.
—Desnúdate —dijo.
No me detuve a pensarlo. Mis manos fueron solas hacia la ropa, mecánicas, entrenadas. Camiseta fuera. Zapatillas. Pantalones. Calzoncillos. Me quedé desnudo en mitad del recibidor, sintiendo el cambio de temperatura habitual, el aire frío del piso contra la piel todavía sudada.
—¿Me retiro a mi cuarto? —pregunté, con la esperanza estúpida de poder tumbarme un rato.
—No. —Por fin dejó de teclear, un segundo apenas—. Hoy la luz es perfecta. Quiero que te coloques junto a la columna, cerca del ventanal. De pie. Quieto.
—¿Haciendo qué?
—Existiendo. Decorando.
Tragué saliva y obedecí. Crucé el salón inmenso, desnudo, hasta la columna que él había señalado con un gesto de la barbilla. El sol del atardecer entraba a raudales por el cristal, bañando el suelo y las paredes de un tono ámbar que me hacía parecer una escultura de bronce.
—Postura de descanso, pero tensa —ordenó, retomando el tecleo—. Manos a la espalda. Pies a la anchura de los hombros. Pecho fuera. Mentón alto. Y no te muevas.
Me coloqué. Talones clavados en el suelo. Manos entrelazadas en la parte baja de la espalda. Los hombros atrás, sacando el pecho. Era una postura que había repetido mil veces frente al espejo del gimnasio para comprobar mis avances. Pero hacerla allí, desnudo y estático, sin un espejo que me devolviera el control, era algo completamente distinto.
Me convertí en una estatua.
***
Los primeros diez minutos fueron llevaderos. Hasta cierto punto, mi vanidad de gimnasio disfrutaba. Veía mi reflejo deformado en el cristal blindado de la ventana, la silueta recortada contra la ciudad, la sombra marcando la profundidad de mi abdomen, el corte de los costados. Me veía grande. Poderoso. Una obra hecha de carne y disciplina.
Pero después el silencio empezó a pesar.
Adrián no me miraba. O eso parecía. Seguía trabajando, ignorándome por completo, y esa indiferencia, paradójicamente, me removía por dentro más que cualquier caricia. No saber si me observaba era peor que saberlo.
Cada vez que dejaba de teclear para pensar una frase, el corazón se me aceleraba. ¿Me está mirando ahora? ¿Le gusta lo que ve? El aire acondicionado me rozaba los pezones hasta endurecerlos, y la sangre que debería sostenerme las piernas empezó, traidora, a migrar hacia otro sitio.
Intenté distraerme. Repasé mentalmente la rutina del día siguiente, la lista de la compra, cualquier cosa. Pero mi cabeza estaba secuestrada por la situación: desnudo, exhibido como un trofeo en el salón de un hombre que apenas me dirigía la palabra, y lo peor de todo era que mi cuerpo respondía con un entusiasmo que no podía gobernar.
La polla, que al principio colgaba pesada y dormida, empezó a despertar. No fue una erección de golpe, sino un llenado lento, casi cruel. Sentí cómo se engrosaba, cómo ganaba peso y calor, despegándose poco a poco y levantándose hacia delante.
Baja. Baja ahora mismo.
Pero no bajaba. La quietud era un afrodisíaco. El hecho de no poder moverme, de no poder tocarme ni disimular, amplificaba cada sensación: el roce del aire en la punta, la tensión en los muslos, el latido propio repitiéndose entre las piernas.
Adrián se aclaró la garganta. El sonido cayó en el salón como un trueno. Me tensé sin querer, y ese movimiento mínimo hizo que la erección diera un salto y alcanzara casi su tamaño completo, tiesa, obscena, rompiendo del todo la línea limpia de la «estatua» que se suponía que yo era.
Lo miré de reojo. Seguía escribiendo, impasible, como si yo no existiera. Y esa era exactamente la cuestión: yo no existía como hombre, existía como decoración. Un objeto bonito al que él había decidido encender sin tocarlo, solo con su indiferencia.
Me concentré en respirar despacio, en aguantar. Sentía el sudor frío bajándome por la columna, juntándose con el sudor viejo del gimnasio. Cada músculo que tanto me había costado construir estaba ahora al servicio de su capricho, sosteniendo una pose para nadie, o para todo el cristal de la ciudad que se asomaba al otro lado del ventanal.
***
Pasaron veinte minutos más. Los hombros me ardían de mantener la postura. Los gemelos me temblaban ligeramente. Pero lo que más me dolía era la entrepierna: estaba tan dura que la piel parecía a punto de rasgarse.
Y entonces noté la humedad.
Fría, resbaladiza, en la punta. Una gota de líquido se formó en el extremo, brillante como una lágrima, y empezó a deslizarse muy despacio, luchando contra su propio peso. La sentí descender por la cabeza, acumularse, dudar.
No. No, no, no.
Intenté apretar para detener el flujo, pero apretar solo sirvió para bombear más. Mi propio cuerpo me estaba delatando delante de él. Estaba tan excitado por ser su objeto, por servir de adorno mudo en su salón, que me lubricaba solo, sin que nadie me tocara.
La gota cayó.
No hizo ruido al chocar contra el mármol negro del suelo, pero en mi cabeza sonó como una detonación. Otra se formó enseguida. Y otra. Estaba goteando. Estaba ensuciando su suelo impecable con un deseo que no sabía contener, y el pánico se mezcló con el placer hasta marearme. Quería que parara. Y al mismo tiempo, ver mi propio fluido caer al mármol me ponía todavía más.
De repente, el tecleo cesó.
El silencio absoluto regresó al ático. Adrián cerró el portátil despacio. Se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa con un clic suave que me erizó la nuca.
No dijo nada. Se levantó, rodeó el escritorio y caminó hacia mí. Sus pasos eran lentos, calculados. Yo no podía moverme: tenía orden de estar quieto. Mantuve la vista clavada en el horizonte de la ciudad, pero sentía su presencia acercándose como una tormenta que se cierne.
Se detuvo a mi lado. No frente a mí, sino al costado, tan cerca que noté el calor de su cuerpo irradiando contra mi flanco desnudo.
Bajó la mirada. Yo también bajé la mía, incapaz de resistirme.
Allí, sobre el espejo oscuro del suelo, justo entre mis pies separados, había tres pequeñas manchas brillantes y viscosas. Y una cuarta gota colgaba, temblorosa, lista para unirse a las demás.
Adrián soltó un suspiro largo. Sonaba a decepción, pero con un fondo de burla que conocía demasiado bien.
—Te pedí que decoraras mi salón —dijo, con la voz rozándome el oído—, no que lo marcaras como un animal.
Se agachó despacio hasta quedar a la altura de mi cintura. Observó la gota que pendía de la punta, fascinado, como quien examina una joya.
—Estás goteando —susurró, y su aliento caliente me golpeó directamente, arrancándome un jadeo y una contracción involuntaria de las caderas—. Qué sucio eres. Ni siquiera te he tocado y ya te estás ensuciando solo.
Levantó la vista hacia mí. Sus ojos oscuros brillaban con una promesa que me heló y me encendió a la vez.
—¿Sabes lo que se hace cuando un perro se mea en la alfombra? —preguntó, pasando un dedo por la punta de mi polla para recoger la gota antes de que cayera. Estiró el hilo brillante entre su dedo y mi piel—. Se le enseñan modales.
Se incorporó y se limpió el dedo en mi pecho, trazando una línea húmeda y fría sobre el pectoral, como si firmara algo que ya le pertenecía.
—Ve a la cocina —su voz cambió, se volvió dura, terminante—. Tráeme un paño para limpiar esto. Y luego prepárate.
Hizo una pausa deliberada, saboreándola.
—Vamos a tener una lección sobre el control. Y te aviso —añadió, ya dándome la espalda—: no te va a gustar. Al principio.
Me moví por fin, las piernas entumecidas, el corazón desbocado. Crucé el salón hacia la cocina sintiendo el frío del mármol bajo los pies descalzos y, detrás de mí, la certeza de que me había quedado en ese ático por mucho más que por el alquiler barato.