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Relatos Ardientes

Papi vino a cenar y se quedó a dormir

La noche de finales de noviembre mordía con un viento helado cuando Darío aparcó el coche frente al caserón de Gonzalo. Apagó la radio, se subió el cuello de la chaqueta y subió los tres escalones de la entrada. Hacía meses que no veía a su viejo amigo, pero tenía muchas más ganas de ver a otra persona que vivía en esa casa.

—¡Pero mira quién está aquí! —Gonzalo abrió la puerta y lo recibió con un abrazo torpe y sincero—. ¡Dichosos los ojos! Pasa, anda, que ahí fuera se congela uno.

El vestíbulo era amplio, de techos altos y suelo de mármol. Darío apenas tuvo tiempo de admirar la casa cuando captó un movimiento rápido y un grito —«¡Papiii!»— le cayó encima. Lo cogió en el aire por puro reflejo, sintiendo el peso del chico contra su cuerpo, y dieron un par de vueltas tranquilas sin perder el equilibrio mientras Gonzalo regañaba a su hijo por semejante recibimiento.

Papi. Hacía tiempo que nadie lo llamaba así.

—Así que Papi, ¿eh? —le susurró al oído, aprovechando los giros para rozarle la mejilla con la barba de dos días—. ¿Quién te ha contado eso?

—A mi padre se le escapó una noche. Había bebido —contestó el chico en el mismo tono, los ojos brillantes, mientras restregaba con disimulo la entrepierna contra el abdomen duro de Darío.

Los padres miraban divertidos desde el otro extremo del salón, sin imaginar los sobeteos que se traían los dos delante de sus narices; solo veían la espalda de Darío y un trozo de la cabeza del chaval asomando sobre su hombro. Él aprovechó para colar un dedo bajo la cinta del pantalón y acariciarle la raja del culo. El chico soltó un suspiro que enmascaró como una risa.

Lo bajó al suelo antes de que aquello fuera demasiado lejos. Teo era un chico menudo pero fibroso, de rasgos finos, piel pálida y el pelo castaño cayéndole en mechones sobre la frente. Diecinueve años recién cumplidos y una sonrisa que prometía mucho más de lo que un padre querría ver.

—Hola, «Papi» —lo saludó Lorena, la madre, imitando a su hijo entre risas mientras lo abrazaba.

—Por favor, cariño, no lo llames así —pidió Gonzalo, visiblemente incómodo.

—Es el mote que me ponían las chicas en la universidad —explicó Darío con una sonrisa inocente. Sobre todo mientras me las follaba. Y a algún que otro tío, aunque eso era más discreto. Las paredes del piso que había compartido con Gonzalo eran finísimas, y su amigo había tenido asiento de primera fila durante años sin saberlo.

—¿Y cómo va el tema faldas, Darío? —preguntó Gonzalo, ofreciéndole una cerveza—. ¿Ninguna te ha echado el lazo todavía?

—Qué va. Aprecio demasiado mi libertad —respondió él, todavía con el calor del cuerpo del chico pegado a la piel—. Por cierto, ¿seguro que no os importa que mi hermano se pase luego? Andaba por la zona y le da pena no verme.

—Claro que no —rió Gonzalo—. Tendrá que apañarse con el sofá, pero por una noche no pasa nada.

***

El timbre volvió a sonar media hora después. Darío se ofreció a abrir y, al cruzar el salón, le hizo una seña a Teo.

—Ven, chaval. Voy a presentarte a alguien.

Abrió la puerta y entró Adrián, su hermano mayor, de complexión más ancha y el mismo pelo castaño. Se abrazaron entre risotadas.

—No me lo iba a perder —dijo Adrián, y entonces reparó en el chico que esperaba unos pasos atrás—. Y tú debes de ser el hijo. Mi hermano me ha hablado mucho de ti. O eso creo.

Darío empujó suavemente a Teo por la espalda, acercándolo hasta pegarlo al recién llegado.

—Anda, dale el mismo recibimiento que me has dado a mí. No seas tímido —dijo en voz baja—. ¿A que es guapo?

Teo apoyó las manos en el pecho de Adrián, lo midió un segundo y lo besó. Le sorprendió la rapidez con la que aquel desconocido le metió la lengua, como si lo conociera de toda la vida. Mientras se besaban, Darío le acariciaba la nuca, colando los dedos en esa mata de pelo caliente, sin perder detalle a un palmo de distancia.

—Eso es… buen chico —murmuró—. Demuéstrale lo que sabes.

Cuando se separaron, Adrián se relamió.

—Vaya recibimiento más sabroso. Tú y yo nos vamos a llevar muy bien —dijo, y luego, alzando la voz para que lo oyeran los padres desde la cocina—: ¡Encantado de conocerte!

***

Nadie en esa cocina sabía cómo había empezado todo. Darío sí lo recordaba perfectamente.

Dos meses atrás, a finales de septiembre, había tenido una tarde libre y decidió pasarse por los baños del aparcamiento de un centro comercial, a probar suerte. Lo había hecho cientos de veces. Estaba bueno y no solía tener problemas para echar un polvo, aunque muchas tardes solo encontraba a un par de jubilados haciendo tiempo y poco más.

Aquel día el baño estaba animado. En cuanto entró, oyó el sonido inconfundible de alguien follando en una de las cabinas, y a dos hombres junto a los lavamanos que fingían lavarse las manos sin quitarle ojo. Se colocó en un urinario, se sacó la polla y se la sacudió despacio, sin prisa, escuchando los gemidos amortiguados que salían del cubículo del fondo.

Un chico de ojos azules y pelo rizado entró y se puso a su lado. Se miraron sin disimular, se sonrieron, y enseguida empezaron a masajearse las pollas el uno al otro mientras los del lavamanos se acercaban a mirar. Darío ya pensaba en metérsela a aquel desconocido cuando la puerta de la cabina del fondo se abrió.

El chico que salió se plantó frente al espejo a enjuagarse la boca, y Darío se olvidó por completo del de los ojos azules.

A ese sí que lo conocía.

Era el hijo de Gonzalo. Lo había visto mil veces en las fotos de perfil de su viejo amigo, posando con su mujer y su crío. Solo que en las fotos el «crío» ya era un chaval de diecinueve años con una boca que, a juzgar por lo que acababa de oír, sabía muy bien lo que se hacía.

Soy un cabrón con suerte, pensó, más divertido que otra cosa. Se subió los pantalones, le dedicó una mirada de disculpa al de los ojos azules y se acercó al chico justo cuando este escupía el agua.

—¿Qué tal la faena? ¿Todo bien? —preguntó con una sonrisa chulesca.

—Genial —respondió el chico, relajado. No tenía ni idea de quién era.

—¿Y cómo está el viejo Gonzalo? —soltó Darío.

La sonrisa se le congeló al chaval. Lo miró confundido mientras Darío daba un paso más y se pegaba a él con la cara del que en el póker sabe que tiene la mano ganadora.

—¿Qué tal si me enseñas eso que estabas haciendo ahí dentro? —insinuó.

El chico tardó un segundo en entenderlo, y entonces la preocupación dio paso a una sonrisa tranquila. Deslizó un dedo por el paquete de Darío hasta la cinta del pantalón.

—Encantado de la vida —contestó.

Se metieron en la cabina grande, la de los discapacitados, el triple de espaciosa que las demás. Apenas sonó el pestillo, Darío lo acorraló contra la pared, le sujetó la nuca y lo besó hondo, saboreando a aquel cabroncete. El chico vaciló un instante y luego se dejó llevar, frotando la lengua contra la suya.

—Mejor vamos al asunto —dijo Darío, desabrochándose la bragueta.

El chico se puso de rodillas y se la engulló en el acto. Darío suspiró del gusto: el chaval tenía técnica, mucha técnica, y la lengua hacía cosas que delataban kilómetros de oficio. Le sujetó la cabeza con una mano y marcó el ritmo, despacio primero, más hondo después.

Un golpe sordo en la cabina de al lado le hizo girar la cabeza. El chico de los ojos azules se había subido a la taza y asomaba la cabeza por encima del tabique para mirar el espectáculo, cascándosela sin el menor disimulo.

—Solo quiere mirar —murmuró Darío—. Démosle un buen show, encanto. Sigue así.

Cuando lo levantó del suelo, le dio la vuelta y lo apoyó contra la pared. Le bajó el pantalón de un tirón, le separó las nalgas y se acuclilló un momento para prepararlo con la lengua, arrancándole un gemido ahogado. Después se incorporó, apuntó y empujó.

—Coge aire, chico.

—¡Aaah! —gimió el chaval mientras su cuerpo se abría.

—Oh, sí —celebró Darío, hundiéndose hasta el fondo—. Este es de los buenos.

Empezó a embestirlo con ganas. El chico no era virgen ni de lejos, y eso le encantó: podía ir en serio, sin contemplaciones. El de los ojos azules seguía mirándolos desde arriba, sin pestañear, y mientras hubiera un mirón vigilando la entrada podían hacer todo el ruido que quisieran.

El chirrido de la puerta principal lo cambió todo. Alguien acababa de entrar. El chico se llevó una mano a la boca por puro instinto, pero Darío se la cubrió él mismo con la suya, pegándose a su espalda.

—Shhh… —le susurró al oído, sin sacársela—. Ahora no podemos parar.

Eran solo los pasos arrastrados de un viejo que iba de cabina en cabina probando las puertas. Darío siguió moviéndose despacio, tortuosamente despacio, metiéndola y sacándola en silencio mientras el chaval temblaba contra él y le lamía la palma de la mano. El viejo tardó una eternidad en mear, en lavarse las manos —¿quién coño se lava las manos en un sitio así?— y en largarse.

En cuanto la puerta volvió a cerrarse como un cañonazo, Darío le destapó la boca y aceleró sin piedad. El chico gimió por fin a pleno pulmón, sin contenerse, mientras el mirón se corría contra la pared de la cabina contigua.

—Cómetelo todo —gruñó Darío, sintiendo el hormigueo que anunciaba el final. Se la sacó, le dio la vuelta al chaval y lo puso otra vez de rodillas. El chico abrió la boca, listo, y él descargó con un rugido ronco, vaciándose en esa garganta mientras el otro se lo tragaba todo y luego le limpiaba la polla con la lengua, como un campeón.

—Los chicos de hoy en día sois la leche —dijo, acuclillándose para besarlo y saborear su propia corrida en aquella boca. Era una guarrada, y le encantaba.

Antes de salir, mientras se lavaban juntos como si nada, Darío le pasó un dedo mojado por la mandíbula.

—Por cierto, ¿cómo decías que te llamabas?

—Teo —respondió el chico, divertido. Allí nadie solía preguntar el nombre.

El teléfono de Teo sonó entonces: su padre lo esperaba. Salió a toda prisa. Y diez minutos después, en uno de los pasillos del centro comercial, Darío se «topó» de pura casualidad con su viejo amigo Gonzalo y con su hijo.

—¡No puede ser! ¿Gonzalo? —exclamó, abriendo los brazos.

—¿Este es tu hijo? —preguntó luego, estrechándole la mano a Teo y reteniéndola un segundo de más—. Vaya, si ya es todo un hombre.

—Como mucho un chavalín —rió Gonzalo.

—No tan chavalín —protestó Teo—. Tengo diecinueve, papá.

—Ya lo creo que sí —dijo Darío, repasándolo con la misma mirada con que se lo había follado media hora antes.

Invitó a padre e hijo a una cafetería, pagó la merienda y, mientras Gonzalo se ponía al día, Teo y él intercambiaron los móviles con la excusa de ir juntos «al baño». En las semanas siguientes se mandaron fotos y mensajes sin pasarse, lo justo para mantener el fuego encendido. Hasta que a Darío no le costó nada inventar una excusa para que Gonzalo lo invitara a cenar. Y a quedarse a dormir. Y, de paso, colar también a su hermano en la fiesta.

***

—Vosotros, chicos, poneos cómodos —dijo Gonzalo desde la cocina—. Y tú, jovencito, pon la mesa.

Teo puso la mesa a toda prisa, asomó la cabeza para avisar de que ya estaba lista y volvió al salón, donde los dos hermanos lo esperaban repantingados en el sofá con las piernas bien abiertas. Adrián le tendió la mano y le señaló el hueco que quedaba entre ellos.

En cuanto se sentó, las cuatro manos cayeron sobre él. Adrián le pasó el brazo por los hombros mientras Darío le sobaba el pecho y el abdomen por encima de la camiseta.

—¿Cómo va esa cena? —preguntó Darío, como si Teo fuera el camarero.

—Aún tardará un poco —respondió el chico sin inmutarse.

—Qué mal está el servicio —se burló él, deslizando la mano hasta la entrepierna del chaval para sobársela—. Vamos a tener que ponerte en cintura.

—Lo que tú digas… Papi.

Adrián le giró la barbilla con dos dedos y lo besó, lento y profundo, mientras Darío los miraba sin la menor vergüenza, en primera fila. Cogió la mano de Teo y la guió hasta su propia bragueta para que palpara lo que había debajo. El chico notó algo grande, muy grande, y se le escapó un gemido contra la boca de Adrián.

—Eso es —ronroneó Darío, apretándole el bulto que ya tensaba el vaquero del chaval—. Dáselo todo, hermano. Vamos a calentarlo hasta que no aguante más.

Desde la cocina llegaban el ruido de los platos y la voz tranquila de Gonzalo. A apenas unos metros, su hijo se dejaba manosear por dos hombres que le doblaban la edad, mordiéndose el labio para no gemir mientras la cena terminaba de hacerse.

Diez sobre diez, pensó Darío, besándole el cuello. La noche no había hecho más que empezar.

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Comentarios (5)

Lautaro_Bsas

Muy bueno!!! no pude soltar el cel hasta que termine de leerlo

FrancoTK

La tension desde el primer parrafo es increible. Se nota que sabes manejar bien el ritmo. Seguí así!!

NorbertoMdp

jajaja el titulo me confundio de entrada, pensé que iba en otro sentido... y despues wow. Tremendo giro

Rodrigo_pm

Espero una segunda parte. Quede con ganas de saber cómo siguio todo esa noche y al dia siguiente

GonzaRio

Muy bien narrado, se siente natural sin ser burdo. De lo mejor que lei ultimamente en esta categoria

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