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Relatos Ardientes

El azafato me dejó su número en una toallita

Tenía diecinueve años y volaba hacia Ámsterdam para pasar unos días con un par de amigos. En aquella época yo era el típico chaval flaco que nunca había pisado un gimnasio, alto y desgarbado, con cara de no haber roto un plato en su vida. Me habían dicho mil veces que era guapo, pero nunca terminé de creérmelo. Era tímido hasta para sostener la mirada.

Durante el vuelo me fijé en que uno de los azafatos se acercaba a nuestra fila más de lo necesario. Era atento conmigo de una manera que no lo era con mi amigo, que iba sentado en la ventanilla, dormido casi todo el trayecto. El azafato tendría unos treinta años, el cuerpo trabajado de alguien que entrena en serio, y rondaría el metro noventa. Cada vez que pasaba, encontraba una excusa para hablarme: que si necesitaba algo, que si era mi primera vez en Holanda.

Yo pensaba que eran imaginaciones mías. Un tío así no se fija en alguien como yo. Aun así, había una parte de mi cuerpo que, por más delgado que fuera el resto, llevaba un rato delatando que la conversación me ponía nervioso de la peor manera. Se me estaba poniendo dura dentro del pantalón, y cada vez que él se agachaba a preguntarme algo yo cruzaba las piernas para que no se notara el bulto.

Cuando el avión aterrizó y la gente empezó a desfilar hacia la salida, él estaba en la puerta repartiendo toallitas húmedas. Cogí una sin pensarlo demasiado y me la guardé en el bolsillo del pantalón. Ya en la cinta de equipajes, mientras esperaba mi maleta, la saqué para usarla.

En el envoltorio de plástico había un número de teléfono escrito con bolígrafo. Tardé un segundo en entender qué significaba. Lo guardé otra vez, esta vez con mucho cuidado, y decidí que le escribiría en cuanto llegáramos al hotel.

***

Se llamaba Erik. Cuando le mandé el primer mensaje, contestó enseguida, encantado de que me hubiera atrevido. Me dijo que le había parecido muy simpático, que sabía que venía de viaje con amigos, pero que si quería podía enseñarme la ciudad un día que él librara.

—Me encantaría —escribí, y borré tres versiones más largas antes de quedarme con esa.

Quedamos dos días después. Pasó a buscarme con su coche y me llevó por media ciudad: canales, una cafetería diminuta junto al agua, un mercado en el que compramos algo para llevar. Fue una mañana fácil, de esas en las que el silencio nunca pesa. Cuando ya llevábamos un par de horas dando vueltas, metió el coche en un aparcamiento subterráneo.

—Es mi edificio —dijo—. Después de comer me gusta relajarme un rato. Comemos algo y seguimos con la visita.

Subimos. El piso era luminoso y ordenado, con ventanas grandes. Me invitó a ponerme cómodo y me senté en el sofá mientras él desaparecía en la cocina. Volvió al cabo de unos minutos con una bandeja en las manos y sin camiseta.

No supe qué decir. Me quedé mirándolo más tiempo del que era prudente, recorriendo con los ojos esos brazos que se unían a un torso que parecía esculpido. Los pezones se le marcaban duros sobre las pastillas de los pectorales, y una línea de vello bajaba desde el ombligo hasta perderse debajo del pantalón. Se me secó la boca.

—Vamos a comer, que con tanto paseo me ha entrado hambre —dijo él, rompiendo por fin el silencio incómodo.

Comimos casi sin que yo abriera la boca. Él hablaba de su trabajo, de las rutas que más le gustaban, de lo raro que era vivir lejos de su país. Yo asentía y respondía con monosílabos, intentando que no se notara lo mucho que me costaba concentrarme con él medio desnudo a un palmo de distancia. Por un momento pensé que quizá él también era tímido. Esa idea se deshizo en cuanto terminamos de comer y se sentó más cerca.

Seguimos hablando un rato. Para entonces yo ya estaba más relajado, hasta que sentí su mano apoyarse en mi muslo y apretarlo despacio. Cruzamos una mirada y no hizo falta nada más. Se inclinó y me besó, mientras su mano subía directa hacia mi entrepierna, que ya empezaba a tensar la tela del pantalón.

Me metió la lengua en la boca sin preguntar, con esa hambre de quien lleva rato aguantándose, y yo se la mamé como pude, sorprendido por lo caliente que estaba yo mismo. Con la palma abierta me apretó la polla por encima del pantalón, midiéndola, notando cómo se me marcaba entera de lado. Soltó un gruñido bajo contra mi boca cuando calculó el tamaño.

—Joder, qué escondida la tenías —murmuró.

Llevé una mano a su pecho. Nunca había tocado a alguien con los pectorales tan firmes; los recorría, los apretaba, casi sin creerme dónde estaba. Le pellizqué un pezón con dos dedos y él siseó contra mi cuello, mordiéndomelo despacio, mientras me acariciaba por encima de la ropa con una calma que me volvía loco. Me lamió la oreja, bajó por el cuello, y con la otra mano me estaba desabrochando el cinturón sin dejar de besarme.

Se deslizó hasta quedar de rodillas frente a mí y me bajó el pantalón y la ropa interior de un tirón. Mi polla saltó fuera, tiesa, apuntándole a la cara. Se le escapó una sonrisa al verla, y se quedó un segundo contemplándola con la boca entreabierta, como si acabara de destaparle un regalo.

—Menuda polla —dijo, y me pasó el pulgar por el glande, recogiendo la gota que asomaba en la punta. Se lo llevó a la boca y lo chupó despacio, mirándome a los ojos.

Se acercó sin prisa, y el primer roce de su lengua me recorrió entero como una corriente. Me lamió de abajo arriba, siguiendo la vena gruesa que baja por debajo, y cuando llegó a la punta se detuvo a jugar con el frenillo con la punta de la lengua. Después vino su boca, entera, envolviéndome, tragándome centímetro a centímetro hasta que noté su nariz contra el vello del pubis. Se me escapó un jadeo tan fuerte que hasta yo me asusté. Por un instante me olvidé hasta de cómo me llamaba.

Empezó a mamármela con un ritmo lento, hondo, apretando los labios en cada subida, dejando la lengua enroscada en el glande cada vez que llegaba arriba. Con una mano me agarraba la base de la polla y la retorcía con delicadeza; con la otra me acariciaba los huevos, sopesándolos, apretándolos justo lo suficiente. Cuando ya me tenía a punto, apartó la boca, me escupió encima y volvió a tragarme entero, esta vez más rápido, más sucio. Escuchaba los ruidos húmedos que hacía su garganta cada vez que se atragantaba a propósito, y ese ruido casi me hace correrme allí mismo.

Lo estaba disfrutando como pocas veces. No había estado con muchos hombres, y desde luego con ninguno que estuviera así de bueno. Tenerlo pegado a mí de aquella forma, con ese cuerpazo arrodillado, con esa boca que parecía hecha para mamar, sentir su atención puesta solo en mí, me hacía sentir poderoso por primera vez. Le agarré la cabeza con las dos manos y empujé un poco, probando, y él abrió más la boca y gimió alrededor de mi polla, invitándome a follársela. Me la folló él a mí con la garganta durante un rato largo, hasta que tuve que tirarle del pelo para que parara antes de correrme.

Él se incorporó un momento, se bajó el pantalón y dejó libre lo suyo. Le colgaba una verga gruesa, oscura, con los cojones caídos y pesados de tanto aguante. Cuando se acercó, no lo dudé: fui yo el que se inclinó esta vez. Le pasé la lengua por los huevos primero, uno y después el otro, metiéndomelos en la boca por turnos, y él soltó un "joder, chaval" que me puso todavía más cachondo. Subí lamiéndole toda la longitud hasta la punta y me la metí entera. Era gruesa; me costó abrir la mandíbula, pero no quería soltarla.

Tenerlo a él en mi boca, escuchar cada respiración entrecortada que se le escapaba, era música. Cada sonido suyo me confirmaba que aquello estaba pasando de verdad. Le babeé la polla, se la mamé con las dos manos ayudándome, se la escupí y volví a tragármela, se la saqué chapoteando y le pasé la lengua por los huevos otra vez. Él me miraba desde arriba con la boca abierta, respirando fuerte, agarrándome del pelo para marcarme el ritmo.

—Quiero que me folles —dijo de repente.

Dejé lo que estaba haciendo y lo miré, incrédulo, con la barbilla goteándole todavía la baba.

—¿Seguro que quieres que te folle alguien como yo? —pregunté, sin terminar de creérmelo. Toda la vida había dado por hecho que con un hombre así el papel estaba repartido de antemano, y no era precisamente el que él me estaba ofreciendo.

—Si tienes eso, es para usarlo —dijo, y se mordió el labio mirándome la polla, que le rebotaba delante de la cara—. Llevo demasiado tiempo sin que nadie me rompa bien el culo. Lo necesito.

—Vale, pero yo casi siempre hago de pasivo —mentí.

Era mentira y los dos lo sabíamos a medias. La gente me veía flaco, con cara de buen chico, y daba por sentado que conmigo mandaban ellos. Lo curioso era que, en el fondo, esa noche yo también había imaginado lo otro: dejarme hacer, sentir su fuerza encima. Pero la manera en que él se ofreció, ya casi colocándose, me hizo decidir rápido.

—Me da igual cómo lo prefieras —dijo, apoyándose hacia delante—. Hoy quiero esto. Quiero sentir esa polla dentro. Tienes cara de tímido, pero llevas encima algo con lo que se folla en serio.

Se dio la vuelta en el sofá, se puso a cuatro y me enseñó el culo. Era un culo redondo, duro de entrenar, con las nalgas separadas justo lo suficiente para dejarme ver ese agujero apretado que me estaba pidiendo. Sacó un bote pequeño del cajón de la mesita y me lo tiró. Me eché lubricante en la mano, embadurné mi polla entera y le metí dos dedos untados sin avisar. Él arqueó la espalda al primer contacto y gruñó.

—Así, prepárame bien.

Le abrí despacio con dos dedos, girándolos dentro, y cuando lo noté ceder metí un tercero. Estaba estrecho, apretado como si nadie le hubiera tocado ahí en meses. Le lamí una nalga mientras seguía metiéndole los dedos, y le pasé la lengua por el agujero cuando los saqué. Él soltó un gemido largo, sucio, y empujó el culo hacia atrás pidiendo más.

No lo pensé más. Me coloqué detrás de él, le apoyé la punta contra el agujero y empujé despacio. La imagen de aquel hombre enorme entregándose de esa manera, con el culo abierto para mí, fue lo último que necesitaba para perder cualquier resto de timidez. Era cierto lo que había dicho: notaba en cada centímetro lo apretado que estaba, lo mucho que le costaba al principio y, sobre todo, lo mucho que lo estaba disfrutando él, porque cada movimiento le arrancaba un sonido bajo, un gemido gutural que me ponía a mil.

Empecé despacio, atento a su ritmo, dejando que se acostumbrara. Le metí la mitad y esperé, sintiendo cómo su culo se cerraba alrededor de mi polla como una anilla caliente. Él arqueó la espalda buscándome, empujando su culo hacia atrás para tragarse el resto, y entendí que ya estaba listo. Lo agarré por las caderas y fui ganando profundidad poco a poco, hasta que mis huevos golpearon contra los suyos. El calor de su cuerpo, la firmeza de sus piernas contra las mías, todo me empujaba a no parar.

—Así —murmuró—. Fóllame. No pares.

Erik se movía hacia atrás coordinando cada empuje con el mío, y los dos dejamos de disimular. Subí el ritmo y él respondió con la misma intensidad, gimiendo sin contenerse, pidiéndome más con palabras a medias. "Más fuerte", "métemela entera", "así, joder, así". Cada embestida hacía sonar el choque de mi pelvis contra sus nalgas, un chasquido húmedo que llenaba toda la habitación. Le agarré del pelo corto, tiré para que arqueara más la espalda, y empecé a follármelo como si llevara años esperando ese culo.

En un momento se incorporó, me hizo recostarme en el sofá y se sentó encima. Bajó de golpe, empalándose entero, y soltó un gemido ronco que casi me hace correrme. Empezó a moverse a su aire, subiendo y bajando sobre mi polla, llevándome al borde con cada subida. Yo me dejé hacer, hipnotizado por la imagen de su cuerpo encima del mío, por la manera en que sus pectorales duros se movían con cada bote, por la polla suya que le golpeaba el abdomen a cada bajada. Le agarré la verga con una mano y se la empecé a masturbar al ritmo de sus movimientos. Él echó la cabeza atrás gimiendo, todos los músculos del cuello marcados, y yo pensé que era la imagen más obscena que había visto en mi vida.

Cuando noté que perdía la cabeza, levanté las caderas y volví a tomar el mando, empujando desde abajo con todo lo que tenía. Se le escapó un jadeo largo, y me clavó las uñas en el pecho para aguantar.

Estuvimos así un buen rato, alternando, sin un plan, dejándonos llevar por lo que pedía el cuerpo. Lo puse de lado, con una pierna en alto sobre mi hombro, y se la metí desde ese ángulo mientras él se acariciaba mirándome a los ojos. Le di la vuelta, boca arriba, y le levanté las piernas contra mi pecho para follármelo en misionero, doblándolo, hundiéndome hasta el fondo con cada envite. Le lamí la polla dura mientras se la metía, y él me suplicaba que no parara. El aire de la habitación se había vuelto denso, pegajoso, con olor a sudor, a lubricante y a los dos. Yo notaba que no iba a aguantar mucho más.

—Avísame —le dije con la voz quebrada.

—Aguanta un poco más —contestó entre dientes—. Quiero que sea a la vez. Quiero que te corras dentro.

Volvió a colocarse de espaldas, a cuatro sobre el sofá, y me apresuré a buscarlo otra vez, incapaz de quedarme fuera ni un segundo. Le hundí la polla de un solo empujón y él soltó un grito ahogado. Lo sujeté con fuerza por las caderas y dejé de medirme. Empecé a follármelo con toda la fuerza que tenía, sin ritmo, sin pausa, solo empujando como un animal. Lo escuchaba pedir más, casi a gritos, mientras él mismo se acariciaba al ritmo de mis embestidas, con la polla goteando encima del sofá.

—Me corro, me corro —empezó a repetir, apretando el culo alrededor de mi polla.

Justo antes del final, noté cómo su cuerpo se tensaba alrededor del mío, esa señal inconfundible de que estaba a punto. Su agujero me apretó tanto que casi no podía moverme dentro. Saber que aquel hombre se deshacía por algo que le estaba haciendo yo fue lo que me terminó de empujar al límite. Solté un rugido y me vacié dentro de él, chorro tras chorro, tan hondo como pude, mientras él soltaba el suyo debajo, salpicando el sofá y su propia mano. Seguí moviéndome, más lento, hasta que las piernas dejaron de responderme, exprimiéndole hasta la última gota dentro.

Nos derrumbamos en el sofá, yo encima de él, los dos inmóviles, tratando de recuperar el aliento. Sentí cómo mi polla iba saliendo despacio de su culo, y con ella un hilo caliente de semen que le resbaló hasta los huevos. Nos besamos despacio un par de minutos, sin ganas de movernos, con sus manos aún acariciándome la espalda, hasta que la realidad volvió: mis amigos me esperaban y tenía que regresar.

***

Me llevó de vuelta en su coche. En el trayecto hablamos de lo que acababa de pasar, de lo bien que había estado, de las ganas que teníamos de repetir.

—La próxima quiero que seas tú —le confesé, mirando por la ventanilla para que no me viera enrojecer—. No me importaría nada que mandaras tú. Que me follaras como me acabo de follar yo a ti.

Erik sonrió y prometió que la siguiente vez sería así. Por desgracia, los días que me quedaban en la ciudad se llenaron de planes con mis amigos y no logramos encontrar otro hueco. Volví a casa con su número guardado y la promesa pendiente.

Durante semanas, muchas noches terminaban igual: con la mano en la polla pensando en él. Unas veces recordando cómo había tenido a semejante hombre rendido debajo de mí, con su culo tragándose mi polla y sus gemidos llenándome la cabeza; y otras imaginando todo lo que habría pasado si hubiéramos tenido un segundo día, con él encima, follándome como yo sabía que sabía hacerlo.

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Comentarios(8)

DiegoSur22

que situacion!! me encanto, ojalá me pase algo asi en algun vuelo jajaja

CarlitosWay91

Buenisimo relato, muy bien contado. Se hizo corto, queremos la segunda parte!!

AeroLector

A partir de ahora voy a revisar cada toallita que me den en un avion jajajaja. Muy bueno

LectoFan22

Me encanto como lo fuiste armando de a poco, la tension estuvo perfecta. Sigue escribiendo!

Claudio_Sur

Increible como algo tan simple se convierte en algo tan intenso. Muy buen trabajo

NuevoLector_BA

Primera vez que leo algo en esta seccion y la verdad me sorprendio para bien. Esta muy bien escrito

ViajeroFan_ok

Me recordo a un vuelo que hice el año pasado... a mi no me paso nada tan interesante lamentablemente jaja. Excelente relato

Nacho_Cts

Los detalles estan muy bien logrados, se siente real. Espero que sigas subiendo mas!

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