El hombre del metro me arrinconó en la última parada
El metro iba lleno a esa hora, esa franja muerta de la tarde en la que ya no es horario de oficina pero todavía no es noche. Yo viajaba de pie, sujeto a la barra fría, con los auriculares puestos aunque hacía rato que no escuchaba nada. Me había vestido como me gusta cuando salgo solo: skinny jeans negros que se me pegaban a las piernas y una musculosa holgada que dejaba los hombros al aire. A mis veintiún años todavía me cuesta admitir cuánto disfruto que la ropa me marque, que alguien me mire dos veces y se quede dudando.
El vagón frenó de golpe y la inercia me empujó hacia atrás. Choqué contra alguien. Un cuerpo grande, sólido, de esos que ocupan el espacio sin pedir permiso. Lo noté antes de poder girarme siquiera: el calor que despedía, el peso que me sostenía sin que él hiciera ningún esfuerzo aparente.
Quise acomodarme, dar el paso adelante que el reglamento invisible del transporte público exige. Pero no había a dónde ir. El vagón estaba apretado y, en cada balanceo, mi espalda volvía contra su pecho, mi cintura contra algo más bajo que empezaba a endurecerse. La primera vez pensé que era casualidad. La segunda dejé de pensarlo.
Él no se apartó. Yo tampoco.
El tren entró en un túnel largo y el ruido metálico cubrió todo. Sentí su aliento bajar por mi nuca, cálido entre el frío del aire acondicionado.
—Despacio… —murmuró, apenas un hilo de voz contra mi oreja—. Bajamos en la próxima.
No supe si me hablaba a mí o pensaba en voz alta. La frase quedó flotando, como si todo el vagón hubiera contenido la respiración al mismo tiempo. Asentí. Un gesto mínimo, casi automático, más para salir del momento que para responderle. Pero los dos sabíamos lo que ese gesto significaba.
¿Qué estás haciendo?, me pregunté. No me contesté.
El tren chirrió al frenar en la estación. Las puertas se abrieron con un siseo y la gente empezó a empujar hacia afuera. Intenté avanzar con el resto, pero su mano grande y áspera se cerró sobre mi cadera y me guió con una presión firme, sin violencia, sin prisa.
—Por acá, chico —dijo.
No era una sugerencia. Era una orden disfrazada de susurro, y algo en mí ya había decidido obedecer mucho antes de que terminara la frase.
Bajamos juntos a una plataforma abarrotada. Él me mantuvo cerca, su cuerpo enorme funcionando como un escudo contra la multitud que se movía en todas direcciones. Recién entonces pude mirarlo bien. Era mayor, mucho mayor que yo, con la cara curtida y los brazos forjados por algún trabajo de los que no se hacen en una oficina. Me miraba como si ya supiera todo de mí, como si pudiera leer en mi ropa ajustada cada noche que me había probado prendas que no me correspondían frente al espejo, fantaseando con sentirme completo.
—Vení —dijo, y me llevó hacia un pasillo lateral, lejos de los molinetes.
El olor cambió. Humedad, desinfectante barato, el eco lejano de los trenes filtrándose por los azulejos. Llegamos a los baños de la estación, un lugar mal iluminado, con las paredes agrietadas y un grifo que goteaba en alguna parte sin que nadie lo arreglara nunca.
Empujó la puerta con el hombro. Echó un vistazo rápido para asegurarse de que estábamos solos y giró el pestillo. El clic metálico resonó más fuerte de lo que debería.
—Acá no nos molesta nadie.
Me hizo girar contra la pared. El azulejo frío me golpeó las palmas y su pecho se apretó contra mi espalda, cubriéndome entero.
—Te vi en el tren —dijo, la voz grave y ronca pegada a mi oído—. Moviéndote así, con esos jeans, haciéndote el distraído. Me volviste loco.
Sus manos bajaron por mis costados, abarcando la tela tensa, reconociendo cada curva como si tuviera derecho. Sentí su erección dura contra mí, empujando, reclamando un territorio que yo todavía no le había dado del todo.
—Decime que querés esto —exigió, mordiéndome el lóbulo de la oreja.
—Sí… —La palabra me salió temblorosa, más aguda de lo que pretendía—. Quiero.
Se rió bajito, un sonido gutural que vibró en mi nuca.
—Buen chico.
Sus dedos se colaron bajo la musculosa, subieron por mi pecho hasta encontrar los pezones y los apretó sin delicadeza. El pellizco me arrancó un quejido entre el dolor y otra cosa que no era dolor para nada.
—Ahh… —arqueé la espalda contra él, las piernas ya flojas.
El eco de un tren lejano cubrió el momento. Me desabrochó los jeans con prisa y los bajó hasta las rodillas junto con la ropa interior, dejándome expuesto al aire fresco del baño. Su mano áspera me rodeó y empezó a acariciarme, lento al principio, el sonido húmedo de la piel mezclándose con el goteo del grifo.
—Mirá lo duro que estás ya —susurró contra mi cuello—. Y eso que recién empiezo.
—Por favor… —Empujé las caderas contra su mano sin pensar, buscando más fricción, más de todo.
Retiró la mano de golpe. Lo escuché bajarse el cierre, el roce de la tela, y después sentí su sexo libre, grueso y caliente, apoyado contra mí.
—Abrí las piernas y agachate un poco —ordenó.
Obedecí. Apoyé los antebrazos en la pared y arqueé la espalda. Él escupió en su mano y se preparó con movimientos lentos, obscenos, el sonido húmedo resonando en el baño vacío. Después frotó el resto contra mi entrada, haciendo círculos pacientes, midiéndome.
—Relajate —murmuró—. Voy despacio al principio.
Presionó. Sentí la punta ancha y caliente forzando el paso, y todo mi cuerpo se tensó.
—Mmm… ahh… es mucho… —gemí, mordiéndome el labio.
—Shh. Sentilo entrar.
Empujó con una presión constante, sin retroceder. El anillo de músculo cedió de a poco, estirándose alrededor de él hasta que la cabeza entró por fin con un chasquido húmedo y mi cuerpo se cerró detrás, abrazándolo.
—Nnghh… —me escapó un sonido que no reconocí como propio—. Me estás abriendo…
—Así, chico. Ya está lo peor —gruñó, y avanzó otro centímetro.
Sentí cada relieve deslizándose dentro de mí, rozando paredes que nadie había tocado con tanta intención. El calor de su carne me invadía despacio, llenándome de a poco, y a cada centímetro yo dejaba escapar un jadeo entrecortado.
—Oh… la siento toda… —murmuré cuando por fin se enterró por completo, su cuerpo apretado contra el mío, el vello áspero rozándome la piel.
—Toda adentro —ronroneó, y giró las caderas, moviéndose dentro de mí, encontrando un punto que me hizo ver luces.
—Uhh… ahí… —gemí sin control, las piernas temblándome, todo mi cuerpo contrayéndose alrededor de él.
Entonces empezó a moverse de verdad. Salía casi del todo, dejándome vacío un instante, y volvía a clavarse de golpe. El sonido de piel contra piel llenó el baño, mezclándose con el grifo, con el eco de los trenes, con mis propios jadeos que ya no me molestaba en contener.
—Sí… así… más fuerte —chillé con cada embestida, la voz rota.
Me sujetó de las caderas con las dos manos y aceleró. El ritmo se volvió brutal, exacto, cada golpe arrancándome un gemido nuevo. Yo apretaba las palmas contra el azulejo frío como si la pared pudiera sostenerme, pero ya no me sostenía nada.
—Te vas a venir así —dijo entre dientes, sin pedir permiso—. Con la mía adentro.
No hizo falta que me tocara. El placer me subió desde algún lugar profundo y reventó sin aviso. Me corrí contra la pared, el cuerpo convulsionando, cerrándome a su alrededor con una fuerza que lo hizo gemir.
—Nnghh… ahí va… —gruñó, hundiéndose hasta el fondo una última vez.
Lo sentí terminar dentro de mí, caliente, cada pulsación acompañada de un sonido grave que le salía del pecho. Se quedó así unos segundos, apretado contra mi espalda, los dos respirando como si hubiéramos corrido kilómetros.
Cuando se retiró, lo hizo despacio. Me apoyé en la pared, las piernas aún temblando, sin saber muy bien cómo había llegado hasta ahí desde un vagón de metro en una tarde cualquiera.
—Buen chico —murmuró, y me dio una palmada suave antes de subirse el cierre.
Giró el pestillo y se fue sin mirar atrás, como si nada de eso hubiera pasado. Yo me quedé un momento más en aquel baño sucio y mal iluminado, escuchando un tren entrar a la estación, pensando que la próxima vez que alguien se apretara contra mí en un vagón lleno, no iba a hacer falta que me dijera nada.