El desconocido del último tren me miró sin disimulo
Hace un par de semanas quedé con unos amigos en el centro para cenar y tomar algo. Vivo en las afueras, en una de esas zonas a las que solo llega el cercanías, así que, a menos que salga de fiesta y aguante hasta el amanecer, intento no demorarme demasiado. Pasada cierta hora dejan de pasar trenes y me quedo tirado.
Esa noche, sobre la una de la madrugada, bajé a la estación a esperar. El andén estaba casi desierto. Conté tres personas, repartidas por los bancos, cada una mirando su móvil como si las demás no existiéramos. El frío se colaba por debajo de la chaqueta y yo solo quería sentarme y llegar a casa.
El tren apareció unos minutos después. Esos convoyes tienen los asientos en grupos de cuatro, enfrentados, y otros pegados a los laterales, dejando un pasillo en el centro. Mi vagón estaba completamente vacío, algo normal a esas horas entre semana. Me senté en uno de los grupos de cuatro, en el extremo, para estirar las piernas y tener controlado todo el vagón de un vistazo.
Pasaron una, dos, tres paradas. Nadie subía y nadie bajaba. Los andenes seguían vacíos, a lo sumo una silueta aislada bajo las luces blancas. Me acomodé contra la ventana, medio adormilado por el vino de la cena y el traqueteo.
Unas estaciones más adelante, subió un hombre. Tendría unos cuarenta y pocos, iba muy abrigado, con una bufanda gris que le tapaba media cara. Se sentó en el pasillo central, en los asientos individuales, y dudo que reparara en mí al principio: yo estaba apoyado en la ventana, escondido entre los respaldos. Yo a él, en cambio, lo veía perfectamente por el hueco entre los asientos.
Lo observé quitarse la bufanda y desabrocharse el abrigo. Cara normal, afeitada, nada que llamara la atención por la calle. Dejó la bufanda en el asiento contiguo y, justo cuando el tren arrancó de nuevo, giró la cabeza hacia mí. Aparté la mirada de golpe. No me gusta que la gente piense que la observo fijamente.
Al cabo de un minuto noté que él sí me miraba a mí. No de forma constante, pero más de una vez nuestros ojos se cruzaron en ese reflejo turbio de la ventana. Poco a poco lo vi echar la cabeza hacia atrás y cerrar los párpados. Pensé que se dormía. Lo raro es que lo hacía mordiéndose el labio, soltando algún resoplido contenido.
Bajé la vista hacia el hueco entre los asientos y entonces lo entendí. Tenía la mano metida dentro del pantalón y se estaba tocando. Abrí los ojos de par en par, sin saber qué hacer, pero incapaz de dejar de mirarlo. Esto no me puede estar pasando a mí.
En ese momento abrió los ojos y me pilló. Di un respingo y clavé la vista en el móvil, fingiendo que no había visto nada. Pero ya era tarde. Él sabía que lo había estado mirando y, lejos de incomodarse, agarró su bufanda y se cambió de sitio. Esta vez se acercó, ocupando otro grupo de cuatro asientos a pocos metros de mí. Ahora lo tenía casi de frente, separados apenas por un par de respaldos.
Nada más sentarse, sin pensárselo demasiado, se desabrochó el pantalón y dejó al aire un calzoncillo oscuro bastante abultado. Empezó a acariciarlo por encima de la tela, despacio, sin quitarme los ojos de encima. Yo alternaba la mirada entre sus ojos y su entrepierna. La situación me daba un morbo que no había sentido en mucho tiempo. La tenía dura sin haberla tocado siquiera, y se me hacía la boca agua.
El bulto siguió creciendo bajo su mano hasta que bajó la goma del calzoncillo poco a poco. Apareció primero una mata de vello oscuro y, enseguida, una polla gruesa, sin circuncidar, dura como una piedra, con unos huevos de buen tamaño colgando debajo. Resopló al verse descubierto, satisfecho de saberse observado.
No pude evitar soltar un suspiro al verlo masturbarse así, lento, descubriendo el glande húmedo a cada pasada. Me devolvió una sonrisa y, con un movimiento de cabeza, me invitó a acercarme. Me puse rojo de inmediato. Dudé. Me daba reparo que subiera alguien en la siguiente parada, aunque lleváramos un buen rato sin ver un alma. Pero pudo más el morbo. Me levanté y me cambié de asiento para quedar justo frente a él.
—Hola... —dije con una sonrisa tímida.
—¿Qué tal? Parece que te gusta lo que ves —respondió sin dejar de tocarse.
—Y a ti parece que te gusta que te vea —contesté, más envalentonado de lo que esperaba.
—También me gusta que me echen una mano —dijo soltándose la polla, con una risa baja.
Así que eso hice. Sin decir nada más, le agarré el rabo y empecé a masturbarlo despacio. Su cara era puro placer. Noté cómo se le aflojaba el cuerpo contra el respaldo, cómo abría un poco más las piernas. El tren seguía su marcha, las luces de las estaciones pasaban de largo, y nosotros allí, en mitad de aquel vagón vacío.
—Veo que te relames mucho los labios —dijo al rato—. ¿Quieres probarla o qué?
—No voy a negarlo... pero no sabía si hacerlo —admití.
—Eso no se pregunta. Tú hazlo —contestó entre risas.
A pesar de lo estrecho que era el espacio entre los asientos, conseguí ponerme de rodillas frente a él. Se bajó el pantalón hasta los tobillos y separó las piernas para dejarme más sitio y mejor visión. Tenerla a la altura de la cara la hacía parecer aún más grande, y las ganas de comérmela se me multiplicaron.
Empecé por los huevos, que le colgaban casi hasta rozar el filo del asiento. Con cada lametón subían y bajaban, mientras yo seguía masturbándolo con la mano. Unos segundos después me agarró de la mandíbula y guió mi cabeza hacia su polla.
—Ya has babeado bastante los huevos —dijo en un tono serio pero cargado de morbo—. Ahora te toca lo otro.
Primero le lamí el prepucio, metiendo y sacando la lengua entre la piel. Después recorrí toda la polla de abajo arriba, desde la base hasta el glande descubierto, recogiendo una gota de líquido que ya asomaba. Y por fin me la metí entera en la boca. Soltó un gemido ronco y supe que iba por buen camino.
Seguí mamando sin prisa, a veces lento, a veces más rápido, moviendo la cabeza arriba y abajo sin parar. Él no dejaba de resoplar, de acariciarme el pelo, de murmurar que así, justo así. Yo la tenía dura como una piedra, notaba el calzoncillo mojado, con unas ganas tremendas de sacármela y masturbarme al mismo ritmo.
Tras unos minutos me sujetó la cabeza por los lados y empezó a embestir con fuerza. No pude evitar alguna arcada cuando me presionó hasta el fondo, hasta dejar mi nariz pegada a su vello. Me retuvo así unos segundos, hasta que casi no podía respirar y tuve que soltarme de golpe, dejando un hilo de baba colgando entre mi boca y su polla.
Mientras recuperaba el aliento, él recogió esa misma saliva con la mano y volvió a masturbarse, ahora deprisa. Y casi sin avisar se corrió en tres chorros que le mancharon el jersey, mordiéndose el puño para ahogar los gemidos. Me quedé boquiabierto, sorprendido, sin saber qué decir. Él, sin borrar la sonrisa de satisfacción, se subió el pantalón y se preparó para bajar.
—Vaya boca tienes —dijo acomodándose la ropa—. Si no llegas a apartarte, te lleno la garganta.
—De haberlo sabido, no me apartaba —contesté, todavía con la respiración agitada.
El tren empezó a frenar al entrar en la estación. Recogió la bufanda y se levantó.
—Gracias por hacerme el viaje más ameno, guapo —dijo guiñándome un ojo.
—Espero que se repita —respondí.
Las puertas se abrieron, salió al andén y desapareció escaleras arriba sin mirar atrás.
***
Yo seguía completamente cachondo. No se me había bajado ni un poco. Volví a mi asiento del principio, comprobé otra vez el vagón con la mirada y, convencido de que estaba solo, me bajé el pantalón y empecé a masturbarme con fuerza, repasando en la cabeza todo lo que acababa de vivir. La saliva, el peso de su polla en la boca, esa forma de mirarme sin disimulo desde el otro asiento.
Apenas duré unos minutos. Me corrí con una intensidad que hacía tiempo no sentía, manchándome la ropa. Menos mal que llevaba pañuelos en el bolsillo y pude limpiarme un poco antes de llegar a mi parada.
Me puse de pie para abrocharme y entonces me di cuenta de algo. En el otro extremo del vagón había otra persona. Debió de subir en la parada anterior, mientras yo estaba demasiado concentrado en lo mío como para notarlo. Por suerte, parecía absorto en su móvil y no daba muestras de haberse enterado de nada.
Bajé en mi estación con las piernas todavía temblando y una sonrisa que no se me iba. Desde entonces, cada vez que cojo el último tren de la noche, no puedo evitar sentarme en el extremo, con vistas a todo el vagón, por si la suerte vuelve a sentarse frente a mí.