El cóctel al que mi hija no me dejó llegar
Estaba en mi habitación terminando de vestirme cuando me di la última pasada de perfume. El traje me quedaba bien, el de siempre, el que reservo para las reuniones que importan. Esa noche tocaba un cóctel con un par de socios y dos inversores que llevaba meses persiguiendo, gente que decide con quién hace negocios en función de cómo te ves entrar por la puerta.
El teléfono vibró sobre la cómoda. Era un mensaje de Mariela, mi hija. Ya estoy lista, te espero donde quedamos. Sonreí sin darme cuenta. Guardé las llaves, apagué la luz y bajé al estacionamiento.
Manejé sin prisa por la ciudad encendida. Llegué cerca de la casa de mi exmujer, donde Mariela seguía viviendo mientras terminaba el posgrado, y la vi salir por el portón con esos pasos largos que tiene desde chica. A los veintiséis sigue caminando como si el mundo le perteneciera.
Hace tres años que su madre y yo nos separamos. Fue una de esas rupturas civilizadas que terminan peor que las gritadas: ninguno se odiaba, simplemente nos habíamos vuelto extraños bajo el mismo techo. Mariela ya era grande cuando pasó, así que no la traté nunca como a una nena que hay que proteger del mundo. La traté como a lo que es: una mujer que entiende perfectamente lo que hace.
Quizás por eso esto que tenemos empezó como empezó, sin que ninguno de los dos pudiera decir cuándo se torció la línea. Una cena, una copa de más, una conversación que se alargó hasta una hora a la que ningún padre conversa con su hija. Y de pronto ya estábamos del otro lado.
Se subió al auto y me dio un beso rápido en la mejilla, como si nada.
—Hola, papá —dijo, y se acomodó el cinturón.
—Hola, princesa. ¿Lista para aburrirte con mis socios?
Se rio. Arranqué y retomamos el camino mientras ella me contaba su semana: la entrega que casi no llega, la profesora insoportable, la amiga que se peleó con el novio por enésima vez. Yo asentía y metía algún comentario, pero la verdad es que la miraba más de lo que la escuchaba.
Esa noche estaba especialmente hermosa. Llevaba un vestido negro, corto, y unas medias oscuras que le subían por las piernas hasta perderse bajo la tela. Tacones. Un poco de maquillaje, lo justo. Suspiré sin querer, y ella, que nunca se le escapa una, giró la cabeza y me sorprendió mirándola.
No dijo nada al principio. Solo bajó la vista a su muñeca, miró el reloj y se mordió el labio.
—Frena un momento —pidió en voz baja.
Eran las seis y cuarenta. La tarde se estaba apagando y las calles de esa zona se vacían temprano. Reduje, busqué un hueco junto a la boca de un callejón sin gente y estacioné. Iba a preguntarle qué pasaba.
No me dejó.
Se inclinó sobre la palanca de cambios y me besó. Un beso lento, hambriento, de esos que no se dan por accidente.
Me encantaba el sabor de su boca: el labial de fresa mezclado con el frescor mentolado de su aliento. La tomé de la cintura para acercarla más y profundizar el beso. Era como sostener algo delicado y peligroso al mismo tiempo. Mariela me mordió el labio inferior con suavidad, despacio, y entendí lo que ya sabía: tenía dos semanas de ganas acumuladas, igual que yo.
Porque eso éramos hacía meses. Padre e hija de cara al mundo, amantes a puertas cerradas. Y dos semanas sin vernos eran demasiadas para los dos.
Una de mis manos buscó su rodilla y subió despacio por el muslo, por debajo del vestido. El calor de su piel a través de la trama de las medias me nubló la cabeza. Ella dejó escapar un gemido bajo, contra mi boca, y volvió a morderme.
—Llévame a tu departamento —murmuró, separándose apenas—. Olvidate del cóctel.
Y eso fue todo. El cóctel quedó cancelado en mi cabeza antes de que terminara la frase.
Ese siempre fue el peligro de encontrarnos. Cuando estábamos juntos no existía nada más: ni los socios, ni los inversores, ni la cena de la que dependían tantas cosas. Solo ella y yo. Saqué el auto del estacionamiento, mandé un mensaje rápido disculpándome con una excusa de salud y enfilé hacia casa con su mano apoyada en mi pierna todo el camino.
***
Veinte minutos después estábamos en mi habitación.
La besé contra la pared antes de llegar a la cama, sin encender más que la lámpara del rincón. Le bajé los tirantes del vestido, despacio, y le besé los hombros, el cuello, la línea de la clavícula. Ella tenía la respiración acelerada y los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás.
Le abrí el escote y bajé la tela hasta la cintura. Le besé los pechos, los mordí apenas, jugué con ellos hasta que su respiración se volvió un jadeo continuo. Me encantaba escucharla así, perder el control de a poco, ella que en la calle parece tan dueña de sí misma.
—Te extrañé —dijo, con la voz quebrada, agarrándome la cara con las dos manos para que la mirara—. Estas dos semanas se me hicieron eternas.
—Lo sé —contesté contra su boca—. A mí también.
Y era verdad. En esas dos semanas había mirado el teléfono más veces de las que estaba dispuesto a confesar, había inventado motivos para escribirle, había revisado fotos viejas como un adolescente. No era sano y lo sabía. Pero nada de lo que hacíamos lo era, y hacía tiempo que había dejado de pelear contra eso.
Mis manos volvieron bajo el vestido, a esas piernas que me habían torturado todo el viaje. Estaba tan impaciente como ella. Le aparté la ropa interior de un lado y la acaricié, y la encontré húmeda, tibia, lista. Mariela gimió con fuerza y se aferró a mi nuca.
—No pares —pidió—. Por favor.
No paré. La llevé a la cama, le terminé de quitar el vestido y las medias, y me tomé mi tiempo con ella. Bajé por su vientre besándola hasta que tuve la boca donde mis dedos habían estado, y la sentí arquearse, agarrarse de las sábanas, repetir mi nombre en voz baja como si fuera un secreto que no debía decirse ni en mi propia casa.
Cuando estuvo a punto, cuando todo su cuerpo se tensó y tembló, la dejé caer del otro lado y me subí sobre ella. Nos miramos un segundo. Siempre nos mirábamos un segundo, como confirmando que los dos queríamos cruzar otra vez esa línea.
Y la cruzamos.
Le besaba el cuello mientras nos movíamos juntos, le acariciaba la espalda desnuda, sentía su calor y la suavidad imposible de su piel. No sé en qué momento dejó de ser un juego, pensé. Estar con ella era un lugar al que no quería volver desde el resto de mi vida ordinaria. Solo ella y yo, encerrados en una burbuja que no le debía explicaciones a nadie.
Lo hicimos despacio primero, después con desesperación, después otra vez despacio, hasta perder la noción del tiempo.
En algún momento ella se puso encima y se quedó ahí, marcando el ritmo, mirándome desde arriba con el pelo cayéndole sobre la cara. Le sostuve las caderas y la dejé hacer. Me gustaba verla mandar, decidir cuánto y cómo, porque en esos minutos no quedaba nada del padre ni de la hija: solo dos personas que se buscaban con una urgencia que no le rendía cuentas a nadie.
Cuando terminó, se dejó caer sobre mi pecho, agitada, riéndose bajito de su propio descaro. Le aparté el pelo de la cara y le besé la frente. Afuera, la ciudad seguía con su noche y sus cócteles y sus reuniones importantes. Adentro no existía nada de eso.
***
Serían cerca de la una de la mañana cuando volví a abrir los ojos del todo.
Mariela estaba entre mis piernas, jugando con la boca, mirándome de reojo para ver el efecto que tenía sobre mí. Suspiré largo, dejé caer la cabeza contra la almohada y me entregué a lo que hacía. Había aprendido a leerme: sabía cuándo detenerse, cuándo apretar, cuándo provocar y retroceder para que durara más.
Sentí su impaciencia y sus ganas tanto como las mías. Cuando estuve cerca del final, en lugar de seguir, frenó, me besó despacio y terminó de la manera que más le gusta a ella, dejando que me derramara sobre su pecho. Después se rio bajito, satisfecha, como quien gana una apuesta privada.
Saciados los dos, nos acomodamos bajo las sábanas. Ella se acurrucó contra mi pecho y yo le acaricié el pelo, todavía con olor a su perfume y al mío mezclados.
Qué hermosa es, pensé, mirándola dormirse.
Y ahí, en el silencio, me asaltó lo de siempre. Esto se estaba poniendo más intenso de lo que ninguno de los dos había planeado. Yo creía que iba a ser una etapa, un desvío, algo que se apagaría solo. Pero cuanto más tiempo pasaba, más la notaba buscándome, escribiéndome a deshora, queriendo más de mí que un par de horas robadas cada dos semanas.
Tenía miedo de que mi hija se estuviera enamorando de mí. Miedo de verdad.
Y, sin embargo, sabía una cosa con certeza: no iba a ser yo quien le rompiera el corazón. Le daría lo que quisiera, todo lo que quisiera, hasta el día en que ella decidiera ponerle fin a esto. A esta relación secreta de amantes que nadie debía conocer, que yo no sabía nombrar ni cuando estaba solo, y que era, aunque me costara admitirlo, lo más vivo que me había pasado en años.
La abracé un poco más fuerte. Afuera, el cóctel al que nunca llegué seguía sin importarme en absoluto.