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Relatos Ardientes

Mi madre aprendió a aliviarme después del accidente

Marlene tuvo a sus hijos demasiado joven, y a sus cuarenta y dos años todavía parecía la hermana mayor de Vanesa. Piel clara, el pelo oscuro siempre recogido en una coleta, la cintura estrecha y dos pechos que rellenaban cualquier prenda. Pero lo que de verdad hacía girar cabezas era su trasero, grande y firme, imposible de disimular. Yo lo había notado mil veces y mil veces me había obligado a olvidarlo.

Aquella tarde estábamos en urgencias por mi culpa. Me había roto el brazo derecho haciendo el idiota en el parque, y ahora tenía la muñeca y el antebrazo dentro de una escayola que olía a yeso fresco.

—¿Y cómo vas a tomar apuntes en la facultad con el brazo así? —preguntó Vanesa, sentada a mi lado.

—Aprenderé a escribir con la izquierda. Y si no, fotografío la pizarra —contesté, mirando cómo la enfermera daba los últimos retoques al vendaje.

—A ti solo se te ocurre romperte por hacer el payaso —suspiró mi madre.

—Listo. En cuanto el médico firme el alta, pueden irse a casa —dijo la enfermera, y salió de la sala.

—Mamá, váyanse adelantando. En cuanto me den el papel las alcanzo —dije.

—Te esperamos, hijo.

—Mejor vamos, mamá, nos tomamos un helado mientras tanto —insistió Vanesa.

—Está bien. Cualquier cosa, nos escribes —cedió Marlene, y las dos se marcharon.

Me quedé solo unos minutos hasta que la enfermera volvió con el alta en la mano. Era una mujer de unos treinta y tantos, de mirada despierta y sonrisa fácil.

—Oye —dijo, deteniéndose de golpe—, ¿esa era tu madre?

—Sí.

—¿Tu madre madre? ¿La que te parió?

—Bastante seguro de que sí.

—Madre mía. Es preciosa. Ahora entiendo por qué estás así.

—¿Así cómo? —pregunté.

Ella bajó la vista hasta mi entrepierna. Bajo el pantalón de chándal se marcaba una erección que parecía a punto de romper la tela.

—Perdón, no era mi intención… —balbuceé, rojo de vergüenza.

—Tranquilo, es de lo más normal —dijo ella, sin apartar los ojos—. Con una madre así, a cualquiera se le pondría dura.

—¿En serio lo dices por ella?

—No te hagas. ¿Has visto el cuerpo que tiene? Y ese trasero. No me digas que un hombre como tú nunca se ha fijado.

—La verdad… puede que me haya fijado más de lo que debería.

Lo había soltado sin pensar, y por una vez no me arrepentí.

—¿Sabes una cosa? —dijo ella, volviendo a mirar hacia la puerta—. Hay un baño al fondo del pasillo. Privado. Échale el pestillo. Cuando golpee tres veces, me abres.

Y salió sin esperar respuesta.

***

Esperé un par de minutos, me levanté y caminé hasta el baño que me había señalado. Cerré con pestillo. Mi corazón iba a toda velocidad. Tres golpes secos sonaron en la puerta. Abrí, y ella se coló dentro.

—A ver qué te traes ahí, con un brazo roto y una urgencia que no puede esperar —dijo, mordiéndose el labio.

Me senté en el borde y me bajé el pantalón. Mi erección saltó como un resorte.

—Por Dios bendito —murmuró ella, abriendo mucho los ojos—. Y por mi trabajo he visto unos cuantos.

—¿Te gusta? —pregunté, envalentonado.

—Me encanta. Es enorme.

Se arrodilló entre mis piernas. La luz blanca del baño le caía sobre el pelo recogido.

—Hacía tiempo que no tenía una así de cerca —dijo, y la tomó con la mano—. ¿Puedo?

—Hazlo —respondí.

Se la pasó por la mejilla primero, untándose con el líquido que ya brotaba de la punta. Luego abrió la boca y se la metió entera, despacio, hasta que sentí su garganta.

—¿Te gusta cómo te lo hago? —preguntó entre lametones—. Imagina que soy ella si quieres. No me ofende.

—No deberías decir eso —jadeé.

—Pero te pone, ¿verdad?

No contesté. Con la mano izquierda le sujeté la nuca y empujé un poco más. Ella no se resistió; al contrario, se acomodó y aceleró el ritmo. La cabeza subía y bajaba y los dos sabíamos que aquello iba a durar poco.

—Me voy a correr —avisé.

Ella se la sacó de la boca a tiempo, se desabrochó la blusa y se bajó el sujetador. Apretó mi miembro entre sus pechos y empezó a moverse de arriba abajo.

—Termina aquí —dijo—. Y piensa en quien quieras.

Apreté los dientes. El placer me subió por la espalda como una corriente y me derramé entre sus pechos, manchándole también el cuello y la barbilla.

—Madre mía, cuánto guardabas —rió ella, limpiándose con una toalla de papel—. Anda, vístete y sal antes de que alguien pregunte. Yo recojo este desastre.

Me acomodé la ropa como pude con una sola mano. Antes de abrir, ella me detuvo.

—Un consejo —dijo—. No desperdicies lo que tienes en casa. Las madres entienden más de lo que crees. Háblale claro.

***

Salí con el alta en la mano y me reuní con ellas en la calle.

—¿Listo? —preguntó Marlene al verme.

—Sí, vámonos.

—¿Te divertiste? —soltó Vanesa mientras caminábamos hacia el coche.

—¿Cómo dices? —giré la cabeza, incrédulo.

—Que si la enfermera te lo hizo pasar bien. Solo mírate el pantalón.

Bajé la vista. Tenía una mancha pequeña y delatora en el chándal.

—Yo… —empecé.

—Tranquilo, no me debes explicaciones —me cortó ella, encogiéndose de hombros—. Mamá siempre dice que los hombres necesitan que los atiendan, y que es nuestro deber echarles una mano.

Me quedé mudo el resto del camino. ¿Mi madre decía esas cosas?

***

En casa la noche transcurrió con una normalidad sospechosa. Cenamos, cada uno se fue a su cuarto, y a eso de la medianoche me levanté al baño. No podía dormir. Las palabras de la enfermera y de mi hermana me daban vueltas en la cabeza.

«No desperdicies lo que tienes en casa. Háblale claro.»

Sin darme cuenta volvía a estar duro. Me apoyé en el lavabo y empecé a tocarme despacio, recordando la tarde. La puerta estaba entornada, pero la casa dormía. O eso creía.

—Hijo.

La voz de mi madre me heló. Me giré de golpe. Marlene estaba en el umbral, con una bata fina y el pelo suelto por primera vez en todo el día.

—Yo… solo estaba… —tartamudeé.

—No me debes explicaciones —dijo, y empezó a cerrar la puerta.

—¡Mamá! —la llamé.

Ella volvió a abrir.

—¿Qué pasa, cariño?

—Pasa, por favor. Necesito hablar con alguien de confianza. Y tiene que ser aquí.

Marlene dudó, pero entró. Tomó la silla del rincón y se sentó, dándome la espalda mientras yo seguía de cara al lavabo.

—Cuéntame qué te pasa —dijo.

—Con el brazo roto, todo me cuesta el doble.

—Eso lo entiendo, pero…

—Déjame terminar. Lo que viste recién… me estaba aliviando. Es que en el hospital me pasó algo.

—¿Qué te pasó? No me asustes.

—La enfermera llamó a un urólogo. Dicen que tengo una… —busqué la palabra— una afección. Que si no descargo seguido, la presión se me sube y puede derivar en algo serio.

—¿Y por qué no me habías dicho nada? —se alarmó.

—Porque no iba a enseñarte… eso a mi madre.

—Es tu salud, tonto. A mí no me ocultas las cosas. Date la vuelta.

—¿Estás segura?

—Date la vuelta y acércate.

Me giré, todavía erecto, y di un paso hacia ella. Marlene se llevó una mano a la boca.

—Santo cielo —murmuró—. ¿Por qué no me lo contaste? Mira cómo lo tienes.

—¿Se ve muy mal? —pregunté, fingiendo preocupación.

—No… al contrario. Pero si es una afección, debes decírmelo. —Tragó saliva, sin apartar la vista—. Jamás había visto uno así, la verdad.

—¿Nunca?

—Nunca, hijo.

—¿Crees que asustaré a las mujeres?

—Todo lo contrario. Creo que les vas a gustar más. —Su voz se había vuelto un susurro—. A todas nos gustan… así.

***

—Qué pena que sea por una afección —dije, dejando que la trampa hiciera su trabajo.

—Mencionaste algo de la presión —dijo ella, intentando sonar práctica—. ¿Hay forma de remediarlo?

—Sí. Tengo que descargar seguido para compensar. Pero ahí está el problema.

—¿Cuál?

—Que el brazo bueno es el derecho, y lo tengo inservible. Con el izquierdo no consigo sensibilidad. Llevo días sin poder.

Marlene se quedó callada un momento, mirándome fijo.

—¿Y qué pretendes que haga yo, hijo?

—No sé. Tú eres mujer. Quizá tú podrías… ayudarme a conseguir el estímulo.

—¡Pero qué barbaridad dices! —se levantó de golpe, aunque no se movió hacia la puerta—. ¿Cómo voy a ayudarte yo con eso?

—No te pido que me toques. Solo… que me dejes mirar. Para conseguir el estímulo que con la mano no logro.

Ella se quedó pensando un tiempo larguísimo. Luego suspiró.

—Siéntate tú en la silla. Yo me quedo de pie —ordenó, en voz muy baja—. Y no hables fuerte, que vas a despertar a tu hermana.

Nos cambiamos de sitio. Y entonces, despacio, mi madre empezó a desabrocharse la bata.

—¿Qué haces, mamá?

—Lo que pediste. Solo para que consigas tu estímulo. Nada más.

Bajo la bata llevaba un conjunto de encaje rojo que jamás le había visto. Se giró, dándome la espalda y ese trasero que me había quitado el sueño tantas veces.

—Ahora hazlo —dijo sin mirarme.

—¿Mirándote a ti?

—Pues claro, tonto. ¿A quién si no?

Empecé a moverme con la mano izquierda, los ojos clavados en la curva de su espalda y en el encaje que apenas le cubría.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó.

—Muchísimo. Tienes un cuerpo increíble, mamá.

—No te cortes. Di lo que te excite de verdad. Sin vergüenza.

—Me da apuro contigo.

—Con apuros no vas a terminar, hijo. Dime esas cosas que les gustan a los hombres. A mí me las dice tu padre, me las dicen por la calle. ¿Por qué tú no? Si alguien tiene derecho a mirarme, eres tú.

—¿En serio puedo?

—Te parí yo. Si alguien tiene derecho a desearme, es mi propio hijo. Anda, suéltalo.

—Me encantaría tenerte así, contra mí —dije, acelerando—. Tienes el mejor trasero que he visto nunca.

—Esa no me la esperaba —rió bajito—. ¿Tanto te gusta el trasero de tu madre?

—Me vuelve loco.

—Da unos pasos atrás —se me escapó—. Por favor.

Marlene retrocedió hasta quedar a centímetros de mí. Me puse de pie sin pensarlo y froté mi miembro contra sus nalgas por encima del encaje.

—¡Hijo! No, eso no estaba hablado —protestó, pero no se apartó.

—Con la mano no siento nada, mamá. Ayúdame, por favor.

—Solo te frotas —cedió, con la respiración agitada—. De aquí no pasa.

Seguí frotándome contra ella, despacio, sintiendo cómo el encaje se humedecía.

—¿Lo estás disfrutando, al menos? —preguntó ella, y su voz ya no era de reproche.

—Demasiado.

—Ya lo veo. Me has dejado toda mojada.

—¿Ayudando al hombre de la casa, mamá? —dijo una voz desde la puerta.

Los dos nos quedamos de piedra. Vanesa estaba apoyada en el marco, observando, con una sonrisa que no juzgaba nada.

—¡Hija! Por Dios, no es lo que parece —Marlene se separó de mí intentando taparse con la bata.

—Tranquila, mamá. No vengo a reclamar. De hecho, me gustaría que siguieran.

—¿Qué?

—Tú misma me dijiste una vez que las mujeres venimos a este mundo a cuidar a los hombres que queremos —dijo Vanesa, entrando sin prisa—. No voy a hacer un drama por verte cumplir tu propia regla.

—No quiero que esto te marque, hija.

—No me marca nada. Además —añadió, mirándome a mí—, hace tiempo que sé que te gusta mamá, hermanito.

—¿Eso es verdad? —Marlene se volvió hacia mí.

—Eres preciosa, mamá. Hasta la enfermera del hospital dijo que parecías una diosa.

—Le gustas hasta a las mujeres, mami —rió Vanesa.

—¿Y por qué nunca me lo dijiste, cielo? —preguntó Marlene, ya sin rastro de enfado.

—¿Cómo iba a decirte que me gustaba el trasero de mi propia madre?

—Habría sido comprensiva. Mientras no tengas a nadie, me toca a mí cuidarte. —Me acarició la mejilla con una ternura que me desarmó—. Mientras tengas a tu madre, nunca te va a faltar dónde descargar.

—Aprovecha la oferta, hermanito —dijo Vanesa desde la puerta, cruzándose de brazos como quien se acomoda para un buen espectáculo.

Marlene se giró del todo, dejó caer la bata al suelo y me sostuvo la mirada con una decisión nueva, como si acabara de cruzar una línea que llevaba años bordeando.

—Cierra con pestillo —me dijo—. Y baja la voz. Lo que pase esta noche se queda entre nosotros tres.

Eché el pestillo con la mano sana. Y por primera vez entendí que aquella afección inventada en el hospital iba a curarme la vida entera.

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Comentarios (6)

DarkReader09

impresionante, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

Florencia_ok

Me encanto como lo contaste. La situacion del baño... tremenda jajaja, no me lo esperaba para nada

CuriosaLectura

Hay segunda parte?? Quede con ganas de mas

solitaria_bn

Esa tension que describes se siente muy real. Sigue escribiendo!

NocheLobo

La tension desde el primer parrafo es increible. No pude parar de leer, me engancho hasta el final. Seguí así!

Marcos86

Por favor continualo, necesito saber como sigue esto. No me dejes asi

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