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Relatos Ardientes

El padre de mi amiga se ofreció a llevarme a casa

La fiesta de graduación de la universidad había terminado pasada la medianoche, y Renata, mi mejor amiga desde el primer semestre, insistió en que su padre nos llevara a casa. Ella había bebido demasiado champán durante el brindis y apenas podía caminar derecha, así que él apareció con el coche y nos pidió que subiéramos sin discutir.

Me senté en medio de los dos, con Renata recostada contra la ventanilla y su padre al volante. Cuando llegamos a su casa, ella bajó tambaleándose, le dio un beso torpe en la mejilla y entró. Yo me quedé en el asiento, ahora a solas con él, y algo en el aire cambió de inmediato.

—Tú sí que te has puesto guapa este último año —dijo mientras arrancaba de nuevo—. Cada vez que vienes a casa me cuesta más no mirarte.

Me reí, nerviosa, sin saber qué responder. Tenía algo más de cuarenta años, las sienes plateadas y una voz grave que parecía llenar todo el coche.

En un semáforo, posó la mano sobre mi rodilla como si fuera lo más natural del mundo.

—La verdad es que estás más buena que mi propia hija —murmuró, y la mano subió un poco por mi muslo.

Debería apartarlo, pensé. Pero no lo hice.

Me puse colorada y el corazón se me subió a la garganta. Nunca había estado en una situación así, jamás un hombre me había tocado de aquella manera, y aunque sabía que estaba mal, no moví la pierna ni le pedí que se detuviera.

Él lo tomó como un permiso. Condujo unas calles más y detuvo el coche en una avenida solitaria, bajo un árbol que apenas dejaba pasar la luz de las farolas. Apagó el motor. El silencio se volvió denso, eléctrico.

Su mano se deslizó entre mis piernas con una lentitud que me hizo contener el aliento. Por primera vez en mi vida sentí que me encendía de verdad, un calor que subía desde el vientre y me nublaba el juicio. Sin darme cuenta, separé un poco las rodillas, dejándolo avanzar más allá de lo que jamás había permitido a nadie.

—¿Ya has estado con un hombre mayor? —preguntó al notar lo mojada que estaba.

—No, señor —respondí con la voz temblando, delatada por completo por mi propia excitación.

Tomó mi mano y la llevó hasta su entrepierna, apretándola contra el bulto duro que tensaba la tela del pantalón. Se sentía enorme, grueso y caliente. Temblé de pura anticipación al notar cómo palpitaba bajo mis dedos.

Se bajó el cierre y la liberó, guiando otra vez mi mano hasta tenerla directamente sobre la piel desnuda. Luego me empujó con suavidad hacia su regazo. Sin que dijera una palabra, me la llevé a la boca.

Me sorprendió lo mucho que me gustaba. Sin experiencia alguna, guiada solo por el instinto, lo chupé con una determinación que nos asombró a los dos. Él echó la cabeza hacia atrás y se le escapó un gruñido ronco.

Mientras tanto, sus dedos no dejaban de trabajar entre mis piernas, hundiéndose en mí todo lo profundo que el ángulo permitía. Después los humedeció y buscó más atrás, presionando despacio hasta meterme uno, y luego dos. Al principio me pareció extraño; al poco rato, me arrancaba gemidos que no sabía que era capaz de soltar.

—Date la vuelta, te la voy a meter —dijo con la voz tomada por el deseo.

Sin pensarlo demasiado, obedecí. Me acomodé como pude en el asiento trasero, en cuatro, y separé las piernas en una señal que él entendió de inmediato.

Se colocó detrás de mí y empezó a entrar despacio. Yo me estremecí, entre el ardor y el placer, sin saber del todo lo que vendría, pero demasiado encendida como para que algo me importara. Me entregué a aquel hombre sin reservas.

Me hizo suya por completo, primero por delante y luego, con paciencia y saliva, también por detrás. El placer me hacía ver luces. Para sorpresa de ambos, empecé a moverme contra él con un descaro que no me conocía, hasta que terminó con un estremecimiento largo y yo, por primera vez en mi vida, me corrí con una intensidad que me dejó deshecha sobre el asiento.

Caí rendida sobre sus piernas, exhausta, como una muñeca de trapo. Aun así me quedaron fuerzas para limpiarlo despacio con la boca antes de que se acomodara la ropa.

—Eres increíble —dijo, acariciándome el pelo—. Nunca lo habría imaginado.

—Gracias —me escuché responder, todavía agitada.

Nos quedamos un rato abrazados, recuperando el aliento, antes de que arrancara para llevarme a casa. Al despedirnos me dio un beso largo en plena boca: mi primer beso, mi primera vez, algo que sabía que no olvidaría jamás.

***

Lo que no sabía era que mi padre nos había visto desde la ventana. Apenas crucé la puerta, me esperaba de pie en el recibidor, con el gesto endurecido.

—¿Se puede saber por qué te estabas besando con un hombre casi de mi edad? ¿Quién es? —preguntó, furioso.

—Es el padre de Renata, mi compañera. Se ofreció a traerme —respondí, nerviosa.

—¿El padre de esa? —soltó con una mueca, y por su tono comprendí que él ya se había acostado con ella alguna vez. Estamos a mano, pensé.

—Me habría gustado ser yo el primer hombre de tu vida —dijo, y su voz cambió por completo—. Pero se me adelantó ese tipo. En fin.

Me quedé petrificada. Antes de que pudiera reaccionar, me tomó del brazo.

—Ahora me toca a mí. Ven, vamos a tu cuarto.

Y yo, sin terminar de entender del todo lo que pasaba, me dejé llevar.

No hace falta detallar todo lo que ocurrió aquella madrugada en mi habitación. Solo diré que mi padre llevaba mucho tiempo deseándome en silencio, esperando un momento que nunca encontraba, hasta esa noche.

A partir de entonces, el padre de Renata se ofrecía a llevarme a casa a diario. Siempre parábamos un rato en alguna calle tranquila antes de que me dejara en la puerta. Y, como por casualidad, mi padre siempre me esperaba despierto para subir conmigo a mi cuarto poco después.

Así, de un día para otro, sin haber tenido siquiera un novio, me había convertido en la amante secreta de dos hombres mayores.

***

Quizá por esa extraña tensión que se había instalado entre mi padre y yo, noté que él y mi madre empezaron a distanciarse. No sabía si era culpa mía o si algo más pasaba entre ellos.

El caso es que, un buen día, mi padre tuvo que salir de viaje un par de semanas. Y fue entonces cuando mi madre empezó a recibir a un hombre en casa.

Al principio no le di importancia. Solo escuchaba detrás de la puerta cómo mi madre gemía, jadeaba y terminaba con unos suspiros largos que no le conocía. Se notaba que aquel hombre la llenaba de una manera que mi padre, quizá, ya no.

Una tarde, llevada por la curiosidad, decidí espiar. Abrí la puerta de su habitación con cuidado de no hacer ruido y me quedé helada ante la escena. Mi madre, arrodillada sobre la cama, y él detrás, sujetándola por las caderas, embistiéndola sin tregua mientras ella se retorcía y gemía.

No es lo mismo hacerlo que verlo. Una oleada de calor me recorrió entera y, sin poder apartar la vista, empecé a tocarme por encima de la ropa. En cada movimiento él salía casi por completo y volvía a hundirse de golpe, arrancándole a mi madre un grito ahogado.

Me pareció que era aún más grande que los otros dos hombres con los que había estado. Y, sin proponérmelo, sentí unas ganas tremendas de tenerlo dentro de mí.

Cuando quise reaccionar, descubrí que el amante de mi madre me estaba mirando mientras yo me acariciaba. Solo me sonrió y, sin dejar de moverse, me hizo un gesto silencioso, como preguntándome si quería.

Salí corriendo de allí, muerta de vergüenza, colorada hasta las orejas. Me encerré en mi cuarto y me masturbé pensando en aquella escena, imaginando que la mujer arrodillada en la cama era yo.

Entonces se abrió la puerta. Era él, todavía desnudo, con la respiración agitada. No hicieron falta palabras. Se arrodilló frente a mí y empezó a besarme entre las piernas hasta que creí que perdería la cabeza. Le sujeté la cabeza con las dos manos, ardiendo.

Quiso colocarse sobre mí, pero yo, fuera de mis cabales, me di la vuelta y me puse en cuatro. Me moría por que aquel desconocido me lo hiciera tal como se lo había hecho a mi madre apenas unos minutos antes.

Sin decir nada, entró de una sola vez. El placer me hizo gritar, igual que la había escuchado gritar a ella, y entonces entendí por fin por qué sonaba así. Me tomó durante un largo rato, cambiando el ritmo, hasta que sentí que estaba a punto. Terminó con un estremecimiento profundo y yo me dejé ir casi al mismo tiempo, en un placer imposible de describir.

—Tu madre ya debe de estar saliendo del baño, será mejor que me vaya —dijo, dándome un último beso en la boca que me dejó con más ganas de las que estaba dispuesta a admitir.

Así fue como, apenas tres meses después de mi graduación, sin haber tenido jamás un novio formal, me encontré convertida en la amante secreta de tres hombres mayores. Y, lo confieso, no me arrepentía de nada.

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Comentarios(6)

Gaston_BA

tremendo relato!!! me tuvo enganchado de principio a fin

ValeMariano77

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber que paso despues

SilviaMirada

La tension que se siente desde el principio es lo mejor del relato. Bien contado, sin ser burdo. Sigue asi!

CarlosF_ok

jaja me imagine la cara de la amiga si se enterara. Tremendo

LauraConf

Me recordo a una situacion parecida que viví hace tiempo... esas tensiones en silencio son las mejores jaja

MatiasRdr

suena demasiado real para ser pura fantasia, muy bien narrado

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