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Relatos Ardientes

Espié a mi hermana sin querer y no pude parar

Quizá no fue buena idea compartir piso con Iván. Los dos estudiamos en la Complutense, los dos somos del mismo pueblo perdido de León y los dos nos conocemos desde que teníamos uso de razón. En cualquier recuerdo que rebusque de mi infancia, ahí está Iván, de una forma u otra, metiéndome en líos o sacándome de ellos.

Pero, ahora que lo pienso con calma, quizá no fue buena idea compartir piso con él en Madrid.

Déjenme que lo explique.

Hace un par de semanas, aprovechando que caía un día festivo en mitad de la semana, mi hermana Marina me propuso venir a verme. Se quedaría conmigo desde el jueves por la noche hasta el lunes. Hasta ahí, todo perfecto.

En principio, Iván tenía pensado volver al pueblo para pasar el puente largo con su familia. Pero, a última hora, sus padres decidieron escaparse ellos solos a Lisboa, así que mi amigo, antes que quedarse encerrado y aburrido en su casa, decidió quedarse en Madrid conmigo. Conmigo y con mi hermana.

Marina llegó el jueves a la última hora. Fui a buscarla a la estación de Atocha. Tengo que reconocer, aunque suene raro decirlo de la propia hermana, que Marina es una mujer guapísima. Estudió Fisioterapia y consiguió lo que siempre quiso: montar su propio centro en el pueblo, donde le sobra trabajo con tanto agricultor con la espalda destrozada. Le va bien. Vive bien.

El problema de quedarse en un pueblo así es que, como dice ella misma, no hay mucho «mercado» donde elegir. Por eso seguía soltera, y sin la menor intención de cambiar de estado.

El jueves, como digo, la recogí y nos fuimos derechos al piso que comparto con Iván. La idea era soltar su maleta pequeña y bajar a picar algo para cenar por el barrio.

Cuando llegamos, Iván estaba en casa. Ni siquiera había salido con la gente de su facultad. Así que, sin pensarlo demasiado, decidimos salir los tres a cenar y a tomar unas copas. La verdad es que lo pasamos en grande, recordando viejas anécdotas del pueblo y riéndonos como tontos mientras cenábamos y nos tomábamos después una copa detrás de otra.

Las copas fueron bastantes más que algunas, y los tres volvimos al piso un poco perjudicados. Por el camino, los comentarios picantes empezaron a brotar sin parar, sobre todo entre ellos dos. Yo siempre he sido el cohibido del grupo, el que se ríe pero no se atreve.

Marina llevaba unos vaqueros ajustados que, no voy a mentir, le marcaban un culo de escándalo. Arriba se había puesto una camiseta oscura, también ceñida, y estaba claro que no llevaba sujetador, porque, según fue avanzando la noche y bajando la temperatura, los pezones se le marcaban cada vez con más descaro bajo la tela.

Una vez en casa, tuvimos que montar en el salón un colchón hinchable, que era donde yo iba a dormir esos días, cediéndole mi cama a mi hermana.

—No seas bobo, Tato —me dijo ella, usando el mote con el que me llama media familia—. Yo duermo en el colchón y tú en tu cama. Que no me voy a partir por dormir aquí.

—Ni hablar, Marina. Te dije que dormirías en mi cama y punto. Yo me apaño en el colchón, que son tres noches nada más. Tampoco me voy a partir yo —intenté convencerla.

—De eso nada. Esta es tu casa. Yo he venido para pasar unos días con vosotros —la idea, en realidad, era pasarlos conmigo, no conmigo y con Iván, pero en fin— y no voy a consentir que duermas tirado en el suelo.

—Además, seguro que aún quedan restos de las pajas que te haces antes de dormir —soltó Iván muerto de risa.

Acabé cediendo, claro. Los tenía a los dos en mi contra y a la cabezota de mi hermana no la convence nadie. Terminamos de inflar el colchón, le pusimos unas sábanas limpias y cada uno se acostó en el lugar que le tocaba.

***

Entre las copas y el paseo nocturno, me costaba un mundo conciliar el sueño, así que acabé poniéndome los auriculares para escuchar algo de música y ver si me relajaba. Serían casi las cinco de la madrugada cuando creí oír un ruido raro. Me sobresalté un poco, pero no le di mayor importancia. Sin embargo, apenas dos o tres minutos después, volví a escuchar algo.

Decidí levantarme.

Haciendo el menor ruido posible, abrí la puerta de mi habitación para escuchar mejor desde el pasillo. Avancé despacio, descalzo, en dirección al salón. Pero, antes de llegar, volví a oírlo. Y esta vez sí reconocí qué era.

Un gemido. Un gemido de mujer.

Terminé de asomarme al salón y, como ya me temía, allí no había nadie. El colchón estaba vacío, con las sábanas revueltas. Mi hermana no estaba. Volví sobre mis pasos, con el corazón empezando a latirme más fuerte, y pegué la oreja a la puerta de la habitación de Iván. Se oía todo con una claridad incómoda.

—Dios, Iván, me vas a partir en dos —dijo mi hermana entre jadeos, con la voz ahogada.

—Llevaba mucho sin tenerte así, nena. Tenemos que recuperar todo el tiempo perdido —respondió mi amigo.

No necesité escuchar nada más. Era suficiente. Mi hermana y mi mejor amigo follaban desde hacía quién sabe cuánto, y yo no tenía ni la más remota idea. Me quedé un instante clavado en el pasillo, sin saber si reírme, enfadarme o salir corriendo.

Al final volví a mi cama, intentando ordenar lo que acababa de descubrir. Tardé horas en dormirme.

***

A la mañana siguiente fui el primero en levantarme. Marina estaba ya en su colchón, dormida, con un pijama tan corto y holgado que, sin pretenderlo, le vi medio pecho y las bragas. Despertó casi al instante, como si notara que la miraba, y poco después apareció Iván por el pasillo, recién levantado y con cara de no haber pegado ojo.

Yo no mencioné ni una palabra de lo que había oído. Ellos tampoco. Pero noté algo en el aire, una corriente rara entre los tres. Insistieron hasta lo indecible en que pasáramos el día fuera: salimos a pasear, comimos por ahí, dejamos que Marina se diera el capricho de unas compras. Cualquier cosa con tal de no quedarnos los tres encerrados en el piso. Por la tarde, después de ducharnos y cambiarnos, el plan fue calcado al de la noche anterior: cena, copas y risas. Aunque yo estaba mucho más callado de lo normal.

A la hora de acostarnos, cada uno se fue a su sitio. Pero esta vez me quedé despierto a propósito, alerta a cualquier ruido o movimiento. No tuve que esperar mucho. Fue Marina la que, apenas media hora después de darnos las buenas noches, cruzó el pasillo de puntillas y se metió en la habitación de Iván. A los pocos minutos empezaron a llegar los sonidos inconfundibles de dos cuerpos que se buscan sin pudor.

Y esta vez, a diferencia de la noche anterior, me excité.

Noté cómo la polla se me ponía dura debajo de la sábana, sin que yo hiciera nada por evitarlo. Una de mis manos bajó sola a tocarla por encima del pantalón de chándal con el que dormía. Sabía perfectamente que aquello estaba mal, que era mi hermana la que gemía al otro lado de la pared, pero el cuerpo no entiende de razones a esas horas. Cuando quise darme cuenta estaba de pie en el pasillo, con la polla fuera del pantalón, dura como una piedra y ardiendo entre los dedos.

Había otra diferencia con la noche anterior: esta vez se habían dejado la puerta entreabierta. Una rendija estrecha, suficiente para que escapara la luz tenue de la mesilla y para que la curiosidad me ganara del todo. Asomé la cabeza por el hueco, conteniendo la respiración.

Lo que vi me disparó el corazón.

Marina estaba completamente desnuda, sentada a horcajadas sobre Iván, montándolo despacio en su cama. Subía y bajaba con un ritmo lento, casi cruel, mientras él le recorría las tetas con una mano y le apretaba el culo con la otra. La luz cálida de la lámpara dibujaba cada curva de su espalda, el vaivén de sus caderas, la manera en que echaba la cabeza hacia atrás cada vez que bajaba del todo.

No pude evitarlo. Mi mano derecha tomó el control de aquel bastón en que se había convertido mi polla y empecé a masturbarme allí mismo, en el pasillo, espiando por la rendija como un adolescente. Cada gemido suyo, cada gruñido de él, me empujaba un poco más al borde.

Sus jadeos eran al principio casi imperceptibles, controlados. Pero cuando el orgasmo se les vino encima, los dos dejaron de disimular y gimieron con una intensidad que llenó la habitación. Ver y oír cómo se corrían a la vez, cómo Iván se vaciaba dentro de ella mientras Marina temblaba sobre él, fue mi perdición. Empecé a gemir yo también, incapaz de callarme, y no pude contener un chorro de semen que fue a estrellarse contra el suelo de madera del dormitorio.

El ruido me delató.

—¿Qué haces? —preguntó mi hermana, girando la cabeza de golpe al oírme, encontrándome con la polla en la mano y los ojos clavados en ellos.

—Perdón… —fue lo único que acerté a decir, paralizado en el umbral.

—Joder, Bruno —dijo Iván, y para mi sorpresa lo dijo sonriendo, sin un gramo de enfado—. Si tantas ganas tenías, haberlo dicho. Te habríamos invitado y nos ahorrábamos el numerito.

Yo no sabía dónde meterme. Quería desaparecer, fundirme con la pared del pasillo. Pero Marina, con los restos del placer todavía brillándole entre los muslos, se levantó de la cama sin prisa y caminó hacia mí. No había vergüenza en su cara, ni en la mía cabía ya ninguna excusa.

—No te quedes ahí parado como un pasmarote, Tato —murmuró, con esa sonrisa torcida que le conozco desde niños.

Me cogió de la mano, la misma que aún tenía impregnada de mi propio semen, y tiró de mí con suavidad hacia el interior de la habitación, hacia la cama que compartía con mi mejor amigo. Y yo, que toda mi vida había sido el cohibido, el que mira y no toca, esa noche dejé que me llevaran al otro lado de la puerta.

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Comentarios(1)

roman_cba

que relato!!! me tuvo pegado desde el primer parrafo hasta el final, muy recomendado

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