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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la noria con mi prima esa noche

La llegada de los tíos a la costa siempre había sido un fastidio para Tomás. Su prima Camila venía con ellos cada verano y, aunque por lo general se quedaban apenas un fin de semana, era tiempo más que suficiente para que él recordara por qué la evitaba. La consentida de la familia, la que conseguía lo que quería con una mueca, la que nunca había escuchado un «no» en su vida.

Ese año, para colmo, coincidía con su cumpleaños. Camila estrenaba los treinta y dos, y las cajas de regalo invadieron la habitación de invitados como si fuera una mudanza. Tomás intentó escabullirse de cualquier responsabilidad, pero su madre lo arrinconó en la cocina y le ordenó, sin margen de réplica, que llevara a su sobrina favorita al parque de atracciones recién reformado esa misma noche. Mientras el resto preparaba la cena sorpresa, ese sería su regalo: hacer de niñera de una mujer adulta.

—Es tu prima, Tomás. Un par de horas, nada más —zanjó su madre.

Camila bajó las escaleras vestida con unos vaqueros desgastados y un suéter color teja de manga larga, demasiado abrigado para el calor pegajoso de la noche. Llevaba la melena castaña suelta, cortada a la altura de la mandíbula, y un piercing diminuto le brillaba en la nariz cada vez que pasaba bajo una farola. Tenía la costumbre de morderse el labio cuando algo la divertía, y esa noche parecía divertirse mucho.

Él intentó buscar una excusa, llamar a algún amigo, inventar un plan alternativo. Nadie le contestó el teléfono. Lo único que logró fue que sus padres pagaran las dos entradas.

***

El parque era un hervidero de luces, música chillona y olor a azúcar quemado. Camila lo arrastró de una atracción a otra, eufórica, mientras Tomás aprovechaba los pocos minutos en que ella subía sola para sentarse en un banco y respirar. Su prima le salía cara: dos perritos calientes, un refresco gigante, una bolsa de algodón de azúcar que devoró en tres mordiscos. Y cuando creyó que por fin podían marcharse, ella señaló la noria.

—Esa. Quiero subir a esa.

Era de las pocas atracciones cuyo precio no entraba con la entrada. Veinticinco euros por dar vueltas lentas en una cabina que parecía de otra década. Tomás claudicó solo para dejar de oír sus quejas.

La cabina olía a metal viejo y a chicle. Subieron despacio, balanceándose, mientras Camila se terminaba el último perrito caliente con una glotonería casi infantil y se limpiaba las comisuras con el dorso de la mano. Apenas habían superado la mitad de la altura cuando las luces de toda la noria parpadearon dos veces y se apagaron de golpe.

El silencio fue inmediato. La música del parque seguía sonando muy abajo, lejana, como de otro mundo. Diez segundos después, una voz masculina chisporroteó por la megafonía pidiendo disculpas y anunciando una avería en la maquinaria.

—Genial —murmuró Tomás—. Lo que faltaba.

Camila se puso de pie de un salto y la cabina entera se meció con un crujido metálico que le erizó la piel a su primo.

—Pues yo tengo ganas de otra cosa —dijo, y empezó a ir de una ventana a otra, asomándose al vacío sin que le importara lo más mínimo el peligroso vaivén.

—¿Quieres estarte quieta? Ya has oído al tipo, en unos minutos lo arreglan y bajamos.

—No quiero bajar todavía. —Arrugó la nariz, y el piercing captó el único reflejo que entraba desde las luces lejanas del paseo marítimo.

Tomás miró hacia las cabinas contiguas, desesperado. En la de al lado distinguió apenas una silueta encorvada, alguien absorto en la pantalla de un móvil. Estaban solos, suspendidos en el aire, encerrados durante lo que ya empezaban a ser demasiados minutos.

De pronto Camila forzó la manilla de una de las ventanas, la abrió de par en par y se inclinó hacia afuera sacando medio cuerpo al exterior.

—¡Camila! —Tomás se lanzó hacia ella y la sujetó por la cintura con las dos manos, pegándola contra su pecho—. ¿Qué demonios haces?

—Quería ver a la gente de allá abajo —respondió ella, esbozando una de sus muecas de fingida inocencia, sin hacer el menor esfuerzo por soltarse de él.

Tomás notó entonces lo cerca que estaban. La respiración de su prima contra su cuello, el calor del cuerpo de ella filtrándose por la tela. La soltó como si quemara, volvió a sentarse y apoyó la cabeza contra el cristal frío con los ojos cerrados.

—Siéntate y espera. No es tan difícil.

—Sigo teniendo hambre —dijo ella, dejándose caer a su lado.

—Aquí arriba no puedo hacer nada al respecto.

—Eso no es del todo cierto —murmuró Camila.

Tomás sintió cómo la cabina volvía a balancearse, esta vez por un movimiento mucho más lento y deliberado. Antes de que pudiera reaccionar, la mano de su prima se posó sin rodeos sobre su entrepierna. Él la apartó de un manotazo seco.

—¿Se puede saber qué te pasa?

—Tienes una bastante grande ahí mismo. —Se besó el dorso de la mano que acababa de recibir el golpe, sin dejar de mirarlo a los ojos en la penumbra—. Te la vi el verano pasado, cuando te cambiabas en la piscina. No he podido quitármela de la cabeza desde entonces.

Esto no está pasando, pensó Tomás. Pero su cuerpo ya había empezado a traicionarlo.

—Somos primos, Camila.

—Lo sé perfectamente —respondió ella con una risita baja—. Por eso nadie tiene por qué enterarse nunca.

***

El aire de la cabina se había vuelto denso. Tomás sabía que debía detener aquello, levantarse, golpear el cristal y pedir a gritos que arreglaran la avería. En lugar de eso, se quedó inmóvil, observando cómo los ojos claros de su prima brillaban fijos en él, con una determinación que no le había visto nunca.

Camila se inclinó muy despacio y empezó a besarlo. Primero apenas un roce en la comisura, una caricia tímida que no se correspondía con la audacia de sus manos. Avanzó hacia el centro de su boca con paciencia, milímetro a milímetro, hasta que Tomás entreabrió los labios y respondió. Las lenguas se buscaron en la oscuridad, lentas al principio, cada vez más urgentes, mientras la mano de ella encontraba de nuevo el bulto bajo el vaquero y lo acariciaba sobre la tela con una presión que crecía.

—Desde aquella tarde no he dejado de imaginar este momento —susurró Camila, separándose apenas unos centímetros, con una media sonrisa.

Tomás le acarició la mejilla con el pulgar. Cualquier resistencia que le quedara se había evaporado.

—Pues deja de imaginarlo —dijo él con la voz ronca.

Ella bajó la cremallera sin prisa, disfrutando del sonido metálico en el silencio de la cabina. Tomás se dejó caer contra el respaldo, incapaz de hacer otra cosa que mirarla. La tela blanca de su ropa interior asomó por la abertura, y los dedos de Camila se colaron dentro para acariciarlo, arrancándole un escalofrío que le recorrió toda la espalda.

—Veo que todavía no estás del todo convencido —murmuró ella—. Eso tiene arreglo.

Se deslizó del asiento y cayó de rodillas entre las piernas abiertas de su primo, sobre el suelo sucio de la cabina. Liberó su miembro de un tirón y se quedó un instante quieta, observándolo en la penumbra con los labios entreabiertos.

—Es enorme —dijo, y su voz se quebró un poco.

—Creía que tenías mucha hambre —respondió Tomás, y deslizó la mano por la nuca de ella con suavidad.

Camila se mordió el labio y el brillo regresó a sus ojos justo antes de inclinar la cabeza. El primer roce húmedo de su lengua sobre la punta hizo que Tomás dejara escapar un gemido contenido contra el cristal. Ella empezó a recorrerlo en círculos lentos, sin apartar la mirada de su cara, registrando cada gesto de placer como si fuera un trofeo que pensaba cobrarse despacio.

Las yemas de sus dedos jugaban abajo mientras la lengua seguía su trabajo paciente. De pronto soltó una risa baja y se lo introdujo hasta la mitad, marcando un ritmo que iba y venía, cada vez más profundo. La cabina entera se mecía con sus movimientos, suspendida en lo alto de la noria como una jaula de hierro a punto de rendirse.

Tomás se aferró al borde del asiento con una mano y enredó los dedos de la otra en el pelo castaño de su prima. Sus caderas empezaron a acompañarla con embestidas pequeñas, contenidas, mientras el placer se le acumulaba en la base de la columna como una tormenta a punto de romper.

—No pares —jadeó él—. Por favor, no pares.

Camila no tenía la menor intención de hacerlo. Recorrió toda su longitud con la lengua, se demoró abajo con lametones rápidos y precisos, y volvió a subir hasta engullirlo de nuevo en la oscuridad cálida de su boca. Cuando notó que él se tensaba entero, aceleró sin piedad, decidida a llevarlo hasta el final.

Tomás se corrió con un gruñido ahogado, mordiéndose el puño para no gritar y delatarlos ante la cabina de al lado. Camila lo recibió todo sin apartarse, tragando despacio, gimiendo cada vez que lo hacía, hasta quedar satisfecha. Después se incorporó, se limpió las comisuras con el dorso de la mano y le dedicó una sonrisa felina.

—Es lo mejor que he probado en mucho tiempo —dijo.

—Todavía nos queda el resto del fin de semana —respondió él, intentando recuperar el aliento.

Ella se limitó a mirarlo con los ojos encendidos mientras Tomás se subía la cremallera con dedos torpes.

***

—Mira cómo te has puesto las rodillas —exclamó él, fijándose por primera vez en las manchas de grasa que le cruzaban los vaqueros—. El suelo de este cacharro está asqueroso.

Sacó un pañuelo de papel del bolsillo y empezó a limpiarle la suciedad con una lentitud que poco tenía de inocente, los dedos demorándose más de lo necesario sobre la tela tensa de sus muslos. Cuando levantó la vista para tirar el pañuelo, descubrió que el vaquero estaba húmedo en otro sitio muy distinto.

—Y esto también habría que solucionarlo —dijo en voz baja.

Sin darle tiempo a reaccionar, Camila se desabrochó ella misma el botón del pantalón y dejó asomar el filo de un tanga diminuto. Tomás se inclinó y empezó a besar el borde de la tela, una y otra vez, mientras su prima volvía a temblar, esta vez por una razón muy distinta al frío.

Pero justo cuando él comenzaba a descender, las luces de la cabina se encendieron de golpe y los engranajes de la noria chirriaron al ponerse otra vez en marcha. La avería estaba resuelta.

Tomás se recostó de inmediato contra el asiento con una sonrisa torcida.

—Será mejor que dejemos la muda para cuando lleguemos a casa, primita.

Le guiñó un ojo y observó cómo el suelo del parque volvía a acercarse despacio, vuelta a vuelta.

—Ni se te ocurra dejarme a medias —protestó ella, abrochándose los pantalones a regañadientes.

—No pienso hacerlo —respondió Tomás, y por una vez en su vida no le importó en absoluto que su prima hubiera venido a pasar el fin de semana.

Camila apoyó la frente contra el cristal y miró hacia las luces del parque, calculando ya en qué probador, en qué rincón apartado, en qué hueco a oscuras podría cobrarse lo que la noria les había interrumpido. Tenían toda la noche por delante, y el verano acababa de empezar.

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Comentarios(4)

Carlos_mdp

Que relato!! no podia soltar el celular hasta terminarlo. muy bueno

Nocturnox33

esperando ansioso la segunda parte, esto no puede quedar ahi jaja

VeroRios_Mdq

me recordo algo que me paso en un viaje hace como 4 años, esas situaciones inesperadas son las mejores. gracias por compartirlo

LuchoBA

buenisimo!!!

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