Mi sobrino me chantajeó con un secreto que yo escondía
Hacía meses que las cuentas de casa no cuadraban.
Mi marido se había metido en una serie de inversiones que sonaban infalibles y resultaron un desastre. Estábamos al borde de la ruina y el banco ya hablaba de quedarse con la casa.
No me quedaba nadie a quien recurrir salvo mi hermana mayor. Me moría de vergüenza solo de pensarlo, pero ya no había orgullo que valiera. Nos llevábamos cuatro años y, durante mucho tiempo, ella había sido la oveja negra de la familia.
Mis padres la repudiaron cuando se enamoró de un inmigrante senegalés sin papeles, mucho mayor que ella. Para los Bermúdez fue un escándalo que la hija mayor terminara con un hombre que se ganaba la vida vendiendo en una manta sobre la acera. Lo irónico es que, con los años, a Patricia le fue muchísimo mejor que a mí.
Aquel hombre arrancó desde la nada y acabó montando una de las empresas de importación más rentables de la zona. Tuvieron un hijo de piel tan oscura que mi madre se santiguó la única vez que pisó el hospital para conocerlo.
Yo, en cambio, hice todo lo que se esperaba de mí. Estudié la carrera correcta, me casé con el chico perfecto, el hijo de los mejores amigos de mis padres. El mismo chico perfecto que acababa de arruinarme y que, por más que lo intentábamos, nunca había conseguido dejarme embarazada.
Mi sobrino, Malik, salió un genio. Desde pequeño apuntaba maneras: un crío obsesionado con los videojuegos que terminó convertido en un fenómeno de la informática. A sus diecinueve años ya tenía varias empresas y facturaba más de un millón al año. De casta le venía al galgo.
Vivíamos puerta con puerta, en dos chalés colindantes de un barrio acomodado a las afueras. El suyo, claro, era el doble de grande que el mío.
El día que me planté frente a su verja tenía un nudo en la garganta. Era julio y el sol me hacía sudar a chorros.
No me abrió Patricia, sino la chica del servicio, que me invitó a pasar. Crucé el salón hasta la zona de la piscina y allí estaba Malik, en bañador, sentado bajo el cenador y tecleando en el portátil.
Levantó la vista en cuanto salí al jardín. Una sonrisa blanquísima contrastó con su piel oscura.
—¡Hola, tía Marina!
—Hola, cariño. —Eché un vistazo, pero no parecía haber nadie más—. ¿Y tu madre?
—Mamá no está.
Cerró el ordenador y se acercó. Tenía un cuerpo trabajado, fibroso, de los que se ganan corriendo y remando, no en una sala de pesas.
—Estás muy en forma —dije, y sin pensarlo apoyé la mano en su abdomen.
—Me gusta cuidarme. Como a ti —respondió, juguetón.
Era verdad. Siempre fui constante con el gimnasio. Mi hermana, en cambio, había abandonado el deporte y arrastraba unos kilos de más desde hacía tiempo.
—¿Te bañas conmigo? —preguntó. La piscina era preciosa, con una gruta artificial y una pequeña cascada.
—Qué va. Venía a hablar con Patricia, pero si no está…
—Te noto preocupada. ¿Puedo ayudarte?
—No, te lo agradezco, pero son cosas de mayores.
Él se rio.
—Soy mayor. Ya tengo diecinueve.
—Me refiero a que… Déjalo.
—¿Tienes problemas de dinero?
Listo como él solo.
—Sí. Pero tranquilo, no quiero preocuparte.
—No me preocupas. Ven, cuéntamelo. Eres mi tía favorita.
—Soy tu única tía —reí.
—Eso también.
Me arrastró de la mano hasta el cenador y le pidió a la chica que preparara un par de margaritas bien cargados. Cuando los tuvimos en la mano, me obligó a brindar.
—Las penas con tequila bajan mejor —dijo. Bebimos los dos. Total, tampoco pensaba conducir—. Anda, cuéntamelo.
Le puse al día de todo: la bancarrota, las amenazas del banco y, sin saber muy bien por qué, terminé confesándole que Rubén y yo arrastrábamos una mala racha porque no conseguía quedarme embarazada.
—Perdona, menuda chapa te he soltado.
—No pasa nada, para eso está la familia. Estás demasiado tensa. Igual por eso no te quedas.
—O porque follo poco. —Abrió mucho los ojos—. Ay, perdón, no debí decir eso. Es el margarita, que me suelta la lengua.
—A mí me gusta que te sueltes conmigo, tita. —Nos sonreímos. Me abaniqué con la mano—. Ya te dije que hacía calor. Báñate conmigo.
—No me he traído bañador.
—¿Y qué? Te he visto desde mi ventana más de una vez. Sé que te gusta tomar el sol en topless.
—¡Malik!
—¿Qué? No pasa nada. Las tienes muy bonitas.
En un visto y no visto me sentí en el aire. Mi sobrino me cargó en brazos y se tiró al agua conmigo.
Yo solo llevaba un vestido veraniego de algodón, de andar por casa, que en cuanto se empapó se me deslizó por los hombros. Me quedaba grande, así que terminé en bragas y sin nada arriba.
Malik buceó, atrapó el vestido y lo lanzó lejos, fuera de la piscina.
—¡¿Qué haces?! ¡Estás loco! —protesté, intentando cubrirme el pecho. Lo tenía demasiado generoso para esconderlo con las manos.
—Vamos, tía, no seas boba. Juguemos un rato.
Empezó a zarandearme, a hacerme ahogadillas. Juro que noté un pellizco en un pezón.
Nadé hasta las escaleras y, justo antes de salir, un tirón firme me dejó también sin bragas.
Cuando alcancé el borde estaba completamente desnuda, y Malik me miraba como un depredador.
—¡Esto no es divertido! —gruñí. Subí los escalones tapándome por delante con una mano y el pecho con la otra, enseñándole el trasero sin remedio.
—¡¿Malik?! —La voz de mi hermana cruzó el jardín. Mierda. ¿Qué le iba a explicar? Miré a mi sobrino, que señaló con la barbilla hacia la gruta, al fondo de la piscina. Era el único escondite posible. Corrí hacia allí y me sumergí en el agua, oculta de su vista, con el corazón a punto de salírseme del pecho.
—Estoy en la piscina —respondió él, tranquilo.
Por una rendija de roca vi a Patricia salir acompañada de su instructor. No recordaba que hoy tenía clase.
—Hola, cariño. ¿Te importa que Sergio y yo demos aquí la clase? Hace un día buenísimo.
—Qué va, mamá. No os molesto. Iba a meditar un rato bajo la cascada y que me masajeen las cervicales.
—Buena idea. Siempre estás tenso de tanto trabajar. Uy, ¿y esto?
Ay, no. Mi hermana había encontrado mi vestido.
—Salió volando antes y cayó al agua. Creo que la tía Marina estaba tendiendo.
—Vale, yo lo guardo y luego se lo acerco.
—Seguro que le encanta verte. Te dejo, voy a relajarme.
Maldito traidor. ¿Cómo iba a salir de ese embrollo?
Malik nadó hacia mí con la misma sonrisa de cazador.
—¡¿Qué has hecho?! —farfullé. Él no se cortó: me acorraló contra la roca húmeda.
—Negociar, tía Marina. ¿Sabes que la primera vez que me toqué fue mirándote las tetas desde la ventana? Me pones a mil. Siempre he fantaseado con que fueras mía.
—No puedes hablar en serio.
Cogió mi mano y la llevó a la dureza que tensaba su bañador. Era enorme. Se me secó la boca.
—Muy en serio. El idiota de tu marido no sabe follarte, así que lo haré yo.
—No, no, no —susurré, sin gritar, para que mi hermana no me oyera.
—Ya lo creo que sí. Y a cambio voy a solucionarte todos los problemas.
Parpadeé, incrédula.
—¿Mis problemas?
—Sanearé tus cuentas. Me ocuparé de vuestras deudas. Y a cambio serás mía. —Tragué saliva—. Vas a protagonizar todas las fantasías que llevo años guardando, y te prometo que vas a acabar más que satisfecha, tita. Sé que te masturbas, que ves porno, que lees relatos en cierta web y que te ponen cosas que tu maridito ni imagina. ¿Recuerdas? Soy informático.
El pulso se me disparó.
—Aceptas el trato, o le mando un correo a mi tío contándole todo lo que haces a sus espaldas.
—¡No! —Eso no solo sería mi fin. También el de mis padres.
—Me lo imaginaba.
Se quitó el bañador bajo el agua.
—¿Esto no está bien, Malik?
—Claro que lo está. Ya lo verás.
Me apartó las manos, bajó la cabeza y atrapó uno de mis pezones. Lo succionó con fuerza y un estremecimiento me recorrió entera. Me tragué el jadeo antes de que escapara.
—Mira qué duro se te ha puesto.
Lo mordió con suavidad y chupó más fuerte, mientras amasaba mi otro pecho sin delicadeza alguna.
Nunca había estado con otro hombre que no fuera mi marido. Y muchísimo menos con mi sobrino.
Malik siguió manoseándome los pechos hasta que noté el calor agolparse entre mis piernas. Me subió las piernas a su cintura, lo rodeé sin querer, y su miembro empezó a frotarse contra mí, deslizándose entre mis labios y abrasándome de pura necesidad.
—Joder —se me escapó.
—¿Te gusta, eh? Tranquila, tita. Voy a darte todo lo que has fantaseado.
Se sujetó y empujó sin previo aviso.
Sentí un dolor profundo, como si me partiera por la mitad. Tuve que morderle el hombro para no gritar. Me llevó así, ensartada, hasta debajo de la cascada, y empezó a bombear. El agua le golpeaba la espalda y a mí me dolía muchísimo.
—Relájate, tita. La tengo demasiado grande para lo estrecha que estás, pero te acostumbrarás.
Siguió moviéndose. Los ojos se me llenaron de lágrimas y era incapaz de aflojar la tensión.
Su boca buscó la mía y empezó a besarme. Le clavé las uñas en los brazos. Me sentía empalada, humillada, sometida.
Jamás había mirado a Malik con esos ojos, y ahora me estaba poseyendo mientras, a unos metros, mi hermana recibía su clase de yoga.
—Qué bien follas, tía Marina. Me encanta tenerte así.
El agua ralentizaba sus embestidas. Le di gracias por ello.
—Me duele —me quejé.
—Y eso me pone a mil. No hay placer sin un poco de dolor.
Mordió cerca de mi pezón y chupó tan fuerte que supe que me había dejado marca. Después salió de mí, y un alivio inmediato me recorrió.
—Súbete a esa piedra. A cuatro patas. Quiero comerte por detrás.
Nadie me había pedido jamás algo así.
—No puedo hacer eso.
—¿Llamo a mi madre y le digo que has venido a forzarme?
—¡Eso no es verdad!
—¿Y a quién crees que va a creer? Sube, tía.
No me quedó más remedio que obedecer y adoptar aquella postura. Apoyé la frente en la roca para mantener el equilibrio mientras él me colocaba las manos sobre las nalgas, abriéndome para él.
Su lengua, ancha y caliente, recorrió primero un punto prohibido y luego bajó, hambrienta, tirando de mis labios. No quería admitirlo, pero mi cuerpo empezaba a responder. Ya no había dolor: solo un placer obsceno que me hacía temblar.
—Qué rica estás, tía.
Me devoró con una devoción que me dejó sin aire, alternando la boca y los dedos hasta dejarme empapada. Si de verdad había hurgado en mi historial, sabía perfectamente con qué fantaseaba. Y, al parecer, él compartía la fantasía.
Estuvo preparándome largo rato, con paciencia, hasta que decidió que estaba lista. Me hizo cambiar de postura, ponerme en cuclillas, y me reclamó por detrás.
Tuve que morderme el antebrazo para que el grito no atravesara todo el jardín.
Ardía, dolía, y sus gemidos roncos palpitaban contra mi oído.
—Tócate —ordenó—. Date placer mientras yo te lo doy a mi manera.
No tenía elección. Froté, froté y froté, hasta que las embestidas brutales empezaron a mezclarse con algo parecido al placer.
Jadeé.
—Eso es, tita. Relájate. Mira qué bien me recibes. Te está gustando, lo sé.
La sensación era abrumadora. Apenas podía respirar. Sus manos enormes abandonaron mis caderas para buscar mis pechos y estrujarlos mientras seguía empujando. Él por detrás, yo por delante.
—Voy a hacerte mía como nunca.
Salió, me dio la vuelta y me sentó en la roca. Me subió las piernas a sus hombros y dejó que el chorro de la cascada golpeara justo donde más lo necesitaba, mientras volvía a entrar en mí por delante.
Buscó mi boca de nuevo, con sus labios gruesos y su lengua, para acallar mis gritos. Metí una mano entre los dos y me acaricié al ritmo en que él me embestía sin piedad. Sentía que iba a partirme. Malik no aflojó ni una sola vez, hasta que noté el primer latigazo de calor en lo más hondo. Un golpe, otro, otro más. Siguió empujando hasta vaciarse del todo.
Cuando terminó, bajó mis piernas pero no se apartó. Me sujetó las muñecas para que no pudiera moverme, los ojos fijos en mi cara, en mi pecho, en cada gesto, dejando que el agua hiciera el resto del trabajo.
No pude controlar los espasmos que me sacudieron. Me tensé, me apreté contra él como si quisiera retenerlo, y ahogué el grito de liberación enganchada a su mirada oscura.
—Eso es, tita. Eres mía. Y a partir de ahora yo cuido de lo que es mío.
Me quedé mucho rato dentro de la gruta.
Malik salió y me dejó allí, desnuda, sola, llorando por lo que acababa de permitir.
***
Una hora más tarde, cuando mi hermana terminó la clase, él volvió a buscarme con una toalla para envolverme.
—Rápido. Mamá se está duchando, puedes volver a casa.
—¿Desnuda?
—Ella tiene tu ropa. No puedo darte nada más. Además, me pone que algún vecino pueda verte así.
—¡Por Dios, Malik!
—Shhh. —Me besó y coló la mano bajo la toalla. Mi cuerpo reaccionó al instante, traicionándome—. ¿Lo ves? Ya sabe quién es su dueño. Vuelve a casa. Esta noche ceno con vosotros.
—No puedes.
—¿Por qué? Quiero que me toques por debajo de la mesa mientras tu marido cena tan tranquilo. Quiero verte temblar mirándole a los ojos.
Con cada frase me sentía más excitada, y sus dedos lo notaban. Entraron en mí sin ninguna dificultad.
—¿Lo ves, tita? Ya te estás entregando a mí.
Sacó los dedos, me los llevó a la boca y me hizo limpiarlos antes de acompañarme hasta la puerta y besarme una vez más.
—Hasta esta noche.





