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Relatos Ardientes

El fin de semana que pasé en casa de mi hermana

Hay cosas que uno guarda durante años sin atreverse a ponerles nombre. Yo me llamo Adrián, tengo treinta y cuatro años y vivo solo en Valencia desde que terminó la relación más larga de mi vida. Después de eso decidí concentrarme en el trabajo y dejar lo demás en pausa. No me cuesta conocer gente, pero llevaba tiempo sin querer complicarme. Lo que voy a contar pasó hace apenas unas semanas y todavía no consigo mirarlo con calma.

Mi hermana, Lucía, es algo menor que yo. Comparte piso con una compañera en una ciudad que está a unas tres horas de la mía. Siempre habíamos sido los más unidos de la familia, los que se llamaban por cualquier tontería y se entendían con media frase. De adolescentes éramos inseparables, cómplices de todo, y esa cercanía nunca se rompió aunque la vida nos fuera separando en mapas distintos.

Lo único que había cambiado con los años era una especie de tensión que ninguno de los dos mencionaba. La noté por primera vez en la boda de una prima, hará un par de años. Lucía llevaba un vestido oscuro y, cuando bailamos una canción lenta porque nadie más se animaba, hubo un segundo en que los dos nos quedamos demasiado cerca. Nos reímos, nos separamos y no volvimos a hablar del asunto. Pero yo sé que ella también lo sintió.

Una tarde de jueves me llamó. Hablaba con la voz rota.

—Adrián, estoy fatal —me dijo—. El trabajo es un desastre, creo que me van a echar y no tengo a nadie con quien hablar de verdad.

—¿Quieres que vaya? —pregunté sin pensarlo demasiado.

Hubo un silencio al otro lado.

—¿Lo dices en serio? —respondió—. Me harías un bien enorme. Lo hablo con mi compañera y te aviso, pero seguro que no hay problema.

Su compañera de piso pasaría el fin de semana fuera, así que tendríamos la casa prácticamente para nosotros. Quedamos en que yo dormiría en su habitación para no estorbar. Colgué con una sensación extraña en el pecho, mezcla de ganas de ayudarla y de algo más confuso que preferí no analizar.

***

Llegué el viernes por la noche, molido por la semana y por el viaje. Lucía me recibió con un abrazo que duró un poco más de lo habitual. Cenamos cualquier cosa, una pasta improvisada y una cerveza, mientras me contaba todo lo que la angustiaba. La escuché sin interrumpir, como hacía siempre, y poco a poco la vi relajarse.

—No sabes lo que significa tenerte aquí —me dijo apoyando la cabeza en mi hombro un instante.

Nos fuimos a dormir sin más. Ella se puso un camisón fino para acostarse y yo me quedé en pantalón corto. Apagamos la luz, nos dimos las buenas noches y cada uno se giró hacia su lado de la cama. Pero yo tardé en dormirme. Era consciente de su respiración a un palmo de distancia, del calor que desprendía, de lo raro y lo natural que resultaba a la vez compartir cama con ella siendo ya dos adultos. Me esforcé en pensar en otra cosa y al final el cansancio pudo conmigo.

***

El sábado amaneció gris y tranquilo. Lucía propuso que preparáramos el desayuno juntos, como cuando éramos críos y nos peleábamos por quién batía los huevos. La cocina era pequeña, así que no parábamos de rozarnos al movernos: un hombro, una cadera, una mano que buscaba la sartén al mismo tiempo que la otra.

En un momento, mientras esperábamos a que se hiciera el café, volvió a hablarme de sus miedos. Se le quebró la voz otra vez y la abracé sin pensarlo. Fue un abrazo de hermanos, de los que dábamos siempre. Solo que esta vez ninguno tenía prisa por soltarse. Sentí su cuerpo entero pegado al mío, la mejilla contra mi cuello, su respiración en mi piel. Y noté, con una mezcla de vergüenza y de algo más, que mi polla empezaba a endurecerse contra su vientre, imposible de disimular a través de la tela fina del camisón.

Ella también lo notó. Lo supe porque se quedó muy quieta un segundo, con la pelvis pegada a la mía, y luego, en lugar de apartarse, se separó despacio, mirándome a los ojos de un modo que no recordaba. No dijimos nada. Servimos el café y desayunamos hablando del tiempo, como si aquel instante no hubiera ocurrido. Pero los dos sabíamos que había ocurrido.

El día pasó entre paseos por su barrio, una película tirados en el sofá y conversaciones largas. Cada tanto, sin querer, nuestras manos se encontraban. Yo me decía a mí mismo que eran imaginaciones, que estaba leyendo demasiado en gestos de toda la vida. Es tu hermana, Adrián, deja de inventarte cosas. Pero la tensión iba subiendo, lenta y espesa, como el calor antes de una tormenta.

Por la tarde fuimos a comprar algo para la cena a un mercado pequeño que había cerca de su casa. Caminábamos hombro con hombro entre los puestos y, en un momento, para que no nos separara la gente, ella me agarró del brazo. Fue un gesto mínimo, de los que hace cualquiera, pero sentí su mano apretándome y supe que ninguno de los dos pensaba en la cena. De vuelta, subiendo las escaleras del edificio, me adelantó y noté que yo no podía dejar de mirarle el culo bajo los vaqueros ajustados, la forma en que se le movía con cada escalón.

En el sofá, mientras la película avanzaba sin que ninguno le hiciera caso, Lucía acabó con las piernas cruzadas sobre mi regazo, como tantas veces de pequeños. Solo que ahora yo era demasiado consciente del peso de sus muslos rozándome la polla a medio empalmar, del olor de su champú, de la curva de su cuello cada vez que se reía de algo de la pantalla. Me limité a apoyar la mano en su tobillo, sin moverla, fingiendo una calma que no tenía.

***

Cuando cayó la noche, propuse abrir una botella de vino para relajarnos.

—Vale —aceptó ella—, pero en la habitación, que en el salón se oye todo y me da no sé qué.

Llevamos la botella y dos copas, pusimos música baja y nos sentamos sobre la cama, de espaldas al cabecero. El vino aflojó lo poco que nos quedaba de filtro. Hablamos de los veranos en casa de los abuelos, de los amigos que habíamos perdido, de las parejas que no habían funcionado. Y, en algún momento de la segunda copa, me atreví.

—¿Te puedo decir una cosa sin que te enfades? —pregunté mirando el fondo de mi copa.

—Dime.

—Anoche me costó dormir. Y esta mañana, cuando te abracé... —tragué saliva—. No sé cómo explicarlo. Hace tiempo que noto algo raro entre nosotros y nunca me he atrevido a hablarlo.

Lucía se quedó callada. Pensé que la había cagado, que me iba a pedir que recogiera mis cosas. Pero entonces dejó su copa en la mesilla y se giró hacia mí.

—Pensaba que era la única que estaba loca —dijo en voz muy baja—. Yo también lo noté. Esta mañana. Y en la boda de la prima Marta. Y no sé si es el vino o qué es, pero ahora mismo estoy sintiendo algo que no debería. Estoy mojada, Adrián. Empapada. Y es por ti.

El corazón me golpeaba en las costillas. Nos quedamos mirándonos en silencio, demasiado cerca, con la música de fondo y la respiración entrecortada.

—¿Y si lo probamos? —susurré—. Solo un beso. Para saber.

Ella no respondió con palabras. Se inclinó hacia mí, despacio, dándome todo el tiempo del mundo para echarme atrás. No lo hice. Cuando nuestros labios se rozaron, lo que llevaba años contenido se rompió de golpe.

***

El beso empezó suave y se volvió hambriento en cuestión de segundos. Lucía me metió la lengua hasta el fondo, buscando la mía, mordiéndome el labio inferior con una urgencia que no le había visto nunca. Me sujetó la nuca con una mano mientras la otra bajaba por mi pecho, por el abdomen, hasta el borde del pantalón corto. La sentí tirar de la goma, colar los dedos y agarrarme la polla entera, ya durísima, palpitando en su puño. Soltó un gemido ahogado contra mi boca al notar el grosor.

—Joder, qué dura la tienes —susurró—. Está goteando ya.

—No tenemos protección —murmuré entre besos, intentando aferrarme a un último resto de cordura mientras ella empezaba a masturbarme, subiendo y bajando la mano por toda mi verga, restregando el pulgar por el glande resbaladizo.

—Entonces solo nos tocamos —respondió sin dejar de moverse—. Nada de metértela. Pero todo lo demás sí. Todo.

Su mano marcaba un ritmo lento y firme que me nublaba el pensamiento. Le bajé el tirante del camisón de un tirón y le liberé las tetas, más pesadas y blancas de lo que había imaginado en las noches en que no debía imaginarlas, con los pezones ya erectos, rosados y duros. Me lancé sobre ellos: los chupé, los mordí, los estiré con los labios mientras ella arqueaba la espalda y me clavaba las uñas en el hombro. Le bajé el mordisco por el cuello justo donde sabía que se estremecería y Lucía gimió bajito, controlándose para que no se oyera fuera de la habitación.

—Chúpamelas más fuerte —jadeó agarrándome del pelo—. Muérdelas, Adrián, no seas suave conmigo.

Le hice caso. Le pellizqué un pezón con los dientes mientras con la otra mano le subía el camisón hasta la cintura y le arrancaba las bragas. Estaba tan mojada que se le corrían los hilillos por dentro de los muslos. Le metí dos dedos de golpe y ella soltó un quejido ronco, mordiéndose el puño.

—Estás empapada, hermanita —le susurré al oído, sorprendido yo mismo de estar diciéndolo—. Chorreando entera.

—Por ti —contestó apretando el coño alrededor de mis dedos—. Llevo años pensando en tu polla, joder. Años.

Entonces se deslizó hacia abajo, se arrodilló entre mis piernas en el suelo y me bajó el pantalón y los calzoncillos del todo. Mi verga saltó libre, dura, con el capullo hinchado y brillante. Lucía se la quedó mirando un segundo, con los ojos brillantes y la boca entreabierta, antes de agarrarla por la base con una mano y sacar la lengua para lamerla desde los huevos hasta la punta en un solo trazo largo y lento. Sentí el escalofrío recorrerme entero.

—Métetela en la boca —le pedí con la voz rota—. Por favor.

Ella sonrió y abrió los labios, dejándome ver cómo se la iba tragando poco a poco, hasta que el glande le tocó el fondo de la garganta y noté que se atragantaba un instante. Se la sacó, escupió sobre ella, la volvió a agarrar con la mano llena de saliva y empezó a mamármela en serio. Subía y bajaba con la boca cerrada, apretando los labios, chupándome como si llevara siglos con hambre. Me miraba desde abajo mientras lo hacía, con los ojos cristalinos, sin apartar la vista ni un segundo. Con la otra mano me apretaba los huevos, jugando con ellos, sopesándolos.

—Joder, Lucía... así, así, no pares...

Cuando le avisé de que no aguantaría mucho, no se apartó; al contrario, aceleró el ritmo, tragándome más profundo, con la mano y la boca sincronizadas, y notó cómo me tensaba entero. Me corrí en su boca en tres chorros largos y espesos que ella recibió sin pestañear. Vi cómo tragaba, cómo se pasaba la lengua por los labios buscando lo que se le hubiera escapado y se limpiaba una gota de la barbilla con el dedo para chupárselo después. No dejó escapar nada. Me quedé sin aire, tumbado, con el techo dando vueltas y la polla todavía palpitando contra mi vientre.

—Tu turno —dije cuando recuperé algo de voz.

La empujé con suavidad para que se tumbara boca arriba y le quité el camisón del todo. Desnuda estaba todavía mejor de lo que había fantaseado: las tetas cayéndole a los lados, la tripa plana, el coño depilado y brillante de humedad hasta las ingles. Le abrí las piernas de par en par, se las coloqué sobre mis hombros y me tumbé bocabajo entre ellas.

—Joder, qué bien hueles —murmuré antes de dar el primer lametón.

La recorrí entera con la lengua plana, de abajo hacia arriba, y ella pegó un respingo y me clavó los talones en la espalda. Volví a hacerlo, más lento, deteniéndome en el clítoris, dando círculos alrededor sin llegar a tocarlo del todo. Lucía se retorcía debajo de mí, agarrándome del pelo con las dos manos.

—No me tortures, cabrón —jadeó—. Chúpame ya.

Le hice caso. Cerré los labios alrededor del clítoris y empecé a chuparlo, primero suave, luego con más fuerza, mientras le metía dos dedos en el coño y los curvaba buscando ese punto por dentro. Ella empezó a temblar casi enseguida, moviendo las caderas contra mi cara, ensuciándome la barbilla de flujo. Le metí un tercer dedo y noté cómo se le contraía todo alrededor. —Sí, sí, sí, así, no pares...

Le pedí que se subiera, que se colocara sobre mi cara, y ella obedeció apoyándose en el cabecero, a horcajadas encima de mí, con el coño justo sobre mi boca. Le agarré las nalgas con las dos manos, apretándolas fuerte, y la aplasté contra mí. Cabalgó contra mi lengua cada vez con menos vergüenza y más urgencia, moliéndome la cara, restregándose sin pudor, mordiéndose la mano para no gritar mientras me miraba desde arriba con los ojos entrecerrados. Le metí la lengua todo lo profundo que pude y luego volví al clítoris, chupándoselo con hambre.

—Me corro, Adrián, me corro, me corro...

Todo su cuerpo se tensó de golpe, las piernas apretándome la cabeza, y se vino temblando encima de mí, dejando escapar un gemido largo y ronco que se ahogó en su propio puño. Sentí cómo el coño le latía contra mi boca, cómo me chorreaba por la barbilla y por el cuello. La sujeté ahí un rato más, chupándole el clítoris con más suavidad hasta que dejó de temblar y se dejó caer a mi lado, sudada, agotada, con las mejillas encendidas.

Nos quedamos mirándonos en la penumbra, sin saber qué éramos a partir de ese momento. Le pasé la mano por la cara, apartándole el pelo pegado a la frente, y ella me sonrió con una sonrisa que era mitad culpa y mitad triunfo. Nos besamos otra vez, ahora despacio, casi con ternura, aunque yo sabía a ella y ella a mí, y nos quedamos dormidos abrazados como si fuera lo más normal del mundo, con mi polla despertándose otra vez contra su cadera.

***

Por la mañana ninguno mencionó la palabra arrepentimiento. Lucía me preparó el café como si nada y, al pasar por mi lado, me dejó un beso en la nuca que prometía que aquello no había terminado. Al día siguiente, antes de que tuviera que volver a Valencia, pasaron más cosas. Pero esa es otra historia, y todavía no sé si me atreveré a contarla.

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Comentarios(9)

TomásCba

Excelente relato!!! Uno de los mejores que leí en mucho tiempo, te felicito de verdad

RocioLeer

Me dejaste con ganas de mas, por favor tiene que haber una segunda parte. Quede muy intrigada con lo que paso despues

CarlosBsAs

El detalle del vino y la noche tranquila le da mucho realismo. Se siente genuino, no forzado. Muy bien narrado

NicBA

buenisimo!!!

Sergio_Mdq

Y despues de ese fin de semana como quedo la relacion entre ellos? Me quedé con esa duda dando vueltas jaja

MaricelT_BA

Ese tipo de tension que se va acumulando poco a poco hasta que de repente estalla... muy bien captado. Lo leí de un tiron

JuanP_Cba

Esperando ansioso la continuación, ojalá la subas pronto. Saludos!!

DiegoCba23

Se me hizo cortísimo, queria que siguiera y siguiera jaja. Tremendo

EduMendoza2

Me recordó a situaciones de convivencia familiar donde hay complicidad que va creciendo sola. Muy creible la historia

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