Llegué a casa antes y mi hija no me esperaba
Esta historia empieza hace un par de años, cuando mi mujer hizo las maletas una mañana de marzo y se marchó sin demasiadas explicaciones. Me dejó la casa, las facturas y, sobre todo, a Marina, su hija, que entonces tenía veintiún años y estudiaba diseño en una academia del centro.
Marina era de esas chicas que no necesitan esforzarse para llamar la atención. Tenía una expresión cálida, unos rasgos suaves y una forma de moverse que mezclaba la energía de su edad con una calma que me sorprendía. Era guapa de un modo sencillo, sin maquillaje, sin poses. Yo la veía crecer y a veces me costaba reconocer en ella a la niña que había llevado al colegio.
Para cubrir todos los gastos de aquella época me partía la espalda en el taller. Entraba al amanecer y salía cuando ya había anochecido. Llegaba a casa reventado, cenaba cualquier cosa y caía rendido. Marina y yo nos cruzábamos en el pasillo más que vivir juntos.
***
Un viernes el jefe nos mandó a casa a media tarde porque se cortó la luz en la zona industrial. Conduje de vuelta con una sensación rara, la de tener horas libres que no sabía cómo gastar. Abrí la puerta convencido de que no había nadie. El coche de Marina no estaba en su sitio habitual y di por hecho que seguía en clase.
Dejé las llaves en el recibidor y entonces lo oí. Un sonido amortiguado venía del fondo del pasillo, de su cuarto. Pensé que se había dejado la radio encendida. Me acerqué sin hacer ruido, más por costumbre que por sospecha, y empujé la puerta entreabierta.
Marina estaba en la cama, completamente desnuda, con los ojos cerrados y un pequeño vibrador deslizándose entre sus piernas. No me había oído. Su pecho subía y bajaba, tenía los labios entreabiertos y una mano agarrada a la sábana.
Me quedé clavado en el umbral, incapaz de moverme. Sé que tendría que haber cerrado y haberme ido, pero no lo hice. Me quedé mirando aquel cuerpo que ya no era el de una niña, la piel suave, todo depilado, las caderas redondeadas.
Ella abrió los ojos de golpe. Durante un segundo nos quedamos los dos paralizados, sin saber qué hacer. Después reaccionó y tiró de la sábana hasta cubrirse el cuello.
—¡Papá! ¿Qué haces aquí? —gritó, roja hasta las orejas.
—Perdona, cariño, salí antes, no sabía que... —balbuceé, y cerré la puerta.
Me apoyé en la pared del pasillo y respiré hondo. Solo entonces me di cuenta de que estaba empalmado, duro como hacía meses que no lo estaba. Desde que su madre se fue no había tocado a una mujer, ni siquiera había vuelto a ver a una desnuda. Y lo que acababa de ver no se me iba de la cabeza.
Esto está mal. Es tu hija. Vete a la cocina y olvídalo.
Pero no me fui. Me quedé un rato escuchando su respiración tras la puerta, debatiéndome, hasta que pudo más la necesidad de quitarle el mal trago que cualquier otra cosa. O eso me dije. Volví a llamar con los nudillos y entré.
***
Marina seguía tapada hasta el cuello, con la cara escondida entre las rodillas.
—Cariño, lo que estabas haciendo es lo más normal del mundo —le dije, sentándome a los pies de la cama—. Tranquila. Mírame.
Levantó la vista despacio. Yo tengo cuarenta y tres años y siempre he cuidado mi cuerpo; el gimnasio y la constancia me han acompañado toda la vida, y supongo que en aquel momento eso me dio una seguridad que no sentía por dentro.
—Papá, me da muchísima vergüenza. Lo siento —murmuró.
—Ninguna vergüenza. Eres una mujer y estás conociendo tu cuerpo, disfrutando. Es sano. Yo también me masturbo, ¿sabes? No tiene nada de malo. ¿Y tu novio? ¿Hace mucho que no lo ves?
—No tengo novio —contestó, encogiéndose de hombros—. Con los estudios y el trabajo de los fines de semana no tengo tiempo ni ganas de chicos.
—La cosa mejorará, ya verás —dije, y mi mirada fue a parar al juguete que había quedado sobre la sábana. Era diminuto, de plástico barato—. ¿Y esto qué es? ¿Un pintalabios?
Soltó una risa nerviosa.
—Es lo único que me pude permitir.
—Eso no puede ser —dije, levantándome—. Ven un momento a mi habitación.
***
Marina se enrolló la sábana alrededor del cuerpo y me siguió por el pasillo. Yo abrí el armario y busqué en el fondo, detrás de las cajas de zapatos, una bolsa que llevaba años sin abrir. Saqué un par de consoladores y un succionador, todavía en sus cajas.
—Mira estos. Están nuevos. Los compramos tu madre y yo, pero ella nunca los usó, y cuando se fue los dejó aquí. No tiene sentido que tú andes con un trozo de plástico mientras estos crían polvo.
—¿Y todavía funcionarán? —preguntó, examinando las cajas con curiosidad.
—Ni idea. A lo mejor no tienen batería. Para saberlo habría que probarlos. ¿Cuál te gusta más?
Pasó el dedo por encima de las fotos, dudando, y al final señaló el succionador.
—Este. Nunca he probado uno así.
—Buena elección, cariño.
Nos sentamos uno al lado del otro en el borde de mi cama, con las instrucciones desplegadas entre los dos como si fuéramos a montar un mueble. Leímos los programas, las intensidades. Pulsé el botón y el aparato vibró en mi mano con un zumbido sordo.
—¡Sí funciona! —dijo ella, y la risa le borró del todo la vergüenza.
Hubo un silencio. La sábana se le había aflojado y le dejaba un hombro al descubierto. Tragué saliva.
—¿Te ayudo? —pregunté, y la voz me salió más ronca de lo que esperaba.
Ella me miró un instante largo, como midiendo lo que aquello significaba para los dos.
—Sí, papá, ayúdame —dijo en voz baja—. Pero antes desnúdate. Estarás más cómodo.
***
Me quité la ropa sin pensarlo demasiado, porque pensarlo era lo único que podía detenerme. Marina dejó caer la sábana del todo y se recostó contra mí, su espalda contra mi pecho, piel con piel. Sentí su calor por toda la columna.
Con una mano le recorrí los pechos, el vientre, el interior de los muslos, despacio, dibujando el camino antes de llegar a ningún sitio. Con los labios le fui besando el cuello, el hombro, le mordí el lóbulo de la oreja y la noté estremecerse. Con la otra mano llevé el succionador hasta su clítoris.
El aparato hizo su trabajo. Lo paseé por todo su sexo, que ya estaba empapado, mientras ella echaba la cabeza hacia atrás contra mi hombro y dejaba escapar el aire entre dientes. Su cadera empezó a moverse buscando más. Y justo entonces, cuando su respiración se había vuelto un jadeo continuo, el succionador se apagó de golpe. Sin batería.
—No pares, papá —dijo casi sin voz—. Estaba a punto. No pares ahora.
Solté el juguete inútil sobre la cama. No hizo falta cambiar de postura. Le pasé la mano izquierda por debajo de la nuca para sostenerle la cabeza y seguir acariciándole los pechos, y bajé la derecha hasta su sexo. Estaba ardiendo. La recorrí despacio, tanteando, y le introduje dos dedos mientras con el pulgar le frotaba el clítoris en círculos lentos.
Su respiración se aceleraba a cada movimiento. La sentía tensarse contra mí, a punto, y entonces frené. La giré con cuidado para que quedara boca arriba, mirando al techo, y le di un beso largo, con lengua, mientras mi mano no dejaba de trabajar.
Después fui bajando. Le besé el cuello, entre los pechos, el ombligo, el vientre, hasta hundir la cara entre sus piernas. La lamí con ganas, el clítoris y todo lo demás, con una avidez que hacía demasiado tiempo que no sentía. Le metí de nuevo dos dedos y fui subiendo el ritmo, los dedos dentro y la boca fuera, hasta que noté sus manos cerrarse sobre mi pelo.
—No pares, que me corro. Sigue así, sigue, no pares —repetía, y se corrió con un temblor que le subió por todo el cuerpo, apretándome la cabeza contra ella.
Saqué los dedos y la lamí entera, despacio, hasta dejarla limpia. Subí y nos dimos un beso húmedo. Sin decir nada, ella bajó la mano y me agarró el miembro. Me hizo una paja lenta, mirándome a los ojos, y fue, sin exagerar, la mejor que me han hecho nunca. Me corrí como hacía años que no me corría.
Nos quedamos quietos, recuperando el aliento, y al rato nos dormimos desnudos, haciendo la cucharita, como si aquello fuera lo más natural del mundo.
***
Por la mañana me despertó una sensación tibia y húmeda. Abrí los ojos y vi a Marina entre mis piernas, con mi pene en la boca. La miré extrañado y ella se detuvo solo lo justo para hablar.
—Noté la erección al despertarme —dijo, con una sonrisa traviesa—. Y quería darte las gracias por lo de anoche.
—Sigue, cariño, toda tuya —contesté—. Pero espera un segundo, que me pongo un anillo.
Empezó despacio, lamiendo el miembro de arriba abajo, jugando con los testículos, y poco a poco fue acelerando. Chupaba, lamía, marcaba un ritmo cada vez más intenso, mirándome de reojo para ver el efecto que me hacía.
—Me voy a correr —le advertí.
No paró. Al contrario, apretó más. Aguanté lo que pude y al final me corrí dentro de su boca, y ella se tragó casi todo y me enseñó la lengua, provocándome. Aquello me puso todavía más caliente.
Se estiró a mi lado y yo, sin mediar palabra, volví a bajar entre sus piernas. Esta vez, antes de que se corriera en mi cara, me incorporé y la penetré de una vez, con su sexo tan empapado que entré sin esfuerzo. Empecé a moverme con fuerza, hundiéndome del todo en cada embestida, mientras con el pulgar seguía frotándole el clítoris.
La follaba y la acariciaba al mismo tiempo, y la sentí cerrarse alrededor de mí. Subimos el ritmo los dos a la vez, ella clavándome las uñas en la espalda, hasta que nos corrimos casi en el mismo instante.
Nos quedamos tumbados, frente a frente, mirándonos sin decir nada. Después nos besamos largo, despacio, como dos enamorados que empiezan algo y todavía no saben ponerle nombre. Estuvimos así un buen rato, entre besos y silencios.
Al final me levanté, me puse los pantalones y fui a la cocina a preparar el desayuno. Mientras batía los huevos, la oí tararear en la habitación. Por primera vez en mucho tiempo, la casa no me pareció tan vacía.