Mi tía me llevó a la piscina vacía esa mañana de calor
Pasaban de las once y dentro del piso ya no se podía respirar. El sol pegaba de lleno contra las ventanas, el ventilador zumbaba inútil en una esquina y todo olía a café recalentado y a lo que habíamos hecho un rato antes. Seguíamos en la cama, yo encima de ella, moviéndome despacio, como si parar fuera una decisión que ninguno de los dos quería tomar.
Mi tía respiraba contra mi cuello, las piernas abiertas alrededor de mis caderas. De pronto soltó una risa baja, ronca, que le subió desde el pecho.
—Adrián… hace un calor de mil demonios —murmuró—. ¿Y si vamos a la piscina del barrio? Está a dos calles. A esta hora no habrá casi nadie.
Le besé el hombro sin separarme de ella.
—Estoy bien así. No pienso moverme.
Lorena se rio más fuerte y apretó algo por dentro que me arrancó un gemido contra su piel.
—Ya tendrás tiempo de quedarte ahí dentro todo lo que quieras —dijo—. Pero levántate. Te prometo que no te vas a arrepentir.
Me dio un beso rápido en los labios y se separó despacio, los dos suspirando cuando salí de ella. Se levantó de la cama desnuda, con el cuerpo todavía marcado por mis manos, y empezó a buscar algo en el fondo del armario.
Sacó un bikini que yo no había visto nunca. Negro, de esos antiguos, apenas dos triángulos diminutos unidos por cordones finos. Los pezones se le marcaban clarísimos bajo la tela. Cuando se inclinó para ponerse una falda por encima, vi que la parte de abajo era un tanga ridículo, un hilo que desaparecía entre las nalgas y que por delante apenas cubría nada.
Me quedé mirándola con la boca entreabierta.
—Joder, tía… ¿vas a ir así a la piscina del barrio?
Se giró, se puso una blusa ligera sobre el bikini y me guiñó un ojo.
—Vas a disfrutar muchísimo. Confía en mí.
***
Fuimos caminando. Ella con la camisa abierta por delante, la falda ondeando con cada paso; yo con el bañador puesto debajo del pantalón y una camiseta vieja que ya se me pegaba a la espalda. El barrio estaba muerto. Era martes a media mañana y la gente o trabajaba o dormía la siesta adelantada. Solo se oía el chirrido de una persiana y el motor de un aire acondicionado goteando sobre la acera.
La piscina municipal era una de esas pequeñas de los años ochenta. Un rectángulo de agua turquesa, césped pelado alrededor, cuatro árboles raquíticos y unos setos altos que separaban las zonas. Al cruzar la verja comprobé que estaba casi desierta.
Solo había tres mujeres mayores. Una tumbada sobre una toalla, haciendo top-less al sol sin importarle nada, y otras dos sentadas cerca del borde, con gorro de baño y gafas oscuras, charlando en voz baja. Ni un niño, ni un grupo de adolescentes. Nada.
—Perfecto —dijo Lorena, y me arrastró del brazo hacia el rincón más alejado.
Elegimos un trozo de césped detrás de unos setos de ligustro tan altos que tapaban la vista desde la calle y desde casi todas las hamacas. Extendimos las toallas, una pegada a la otra. Ella se quitó la blusa primero. Los triángulos del bikini apenas le cubrían los pezones, oscuros y duros por el roce de la tela y por el frescor que subía del agua.
Luego se bajó la falda muy despacio, girándose un poco para que yo lo viera todo. El tanga era una broma: por delante, una tira estrecha que se hundía entre los labios depilados; por detrás, la tela desaparecía entre las nalgas como si no llevara nada. El culo, grande y firme, le brillaba al sol cuando se agachó para alisar la toalla.
Me miró por encima del hombro con una sonrisa torcida.
—¿Qué? ¿Te gusta el modelito?
—Vas a provocarle un infarto a esa señora de allá.
—Que mire lo que quiera —dijo—. A mí solo me miras tú.
***
Nos tumbamos boca arriba. El sol caía a plomo, pero los setos nos daban una sombra entrecortada que iba y venía con el viento. Ella sacó el bote de crema y empezó a untarse sin prisa, primero los brazos, luego el cuello, después el pecho. Cuando llegó a los senos se bajó un poco los triángulos para extender bien la crema, se pellizcó los pezones con dos dedos y volvió a colocárselos como si nada.
Yo ya tenía el bañador tirante. No había manera de disimularlo.
—Ven, ponte tú también —dijo, y me hizo darme la vuelta.
Se sentó a horcajadas sobre mis piernas. Notaba el tanga rozándome los muslos mientras me extendía la crema por la espalda con las dos manos. Bajaban lentas, amasando, hasta el borde del bañador. Metió los dedos por debajo de la goma, me rozó las nalgas y volvió a subir. Después se inclinó hacia delante, sus pechos aplastados contra mi espalda, y me habló al oído con un hilo de voz.
—Date la vuelta.
Obedecí. El bulto era imposible de ocultar. Ella sonrió, se echó más crema en las palmas y empezó por el pecho, bajando despacio por el abdomen. Cuando llegó al bañador no dudó: metió la mano dentro, me agarró con la palma resbaladiza y empezó a moverla arriba y abajo, lenta, mientras vigilaba los costados para asegurarse de que nadie nos veía.
—Shhh… quieto —susurró—. No nos están mirando.
La señora del top-less estaba a unos veinte metros, de espaldas. Las otras dos seguían enfrascadas en su conversación. El riesgo de que cualquiera asomara la cabeza por el seto lo volvía todo más intenso. Cada ruido, cada chapoteo lejano, me hacía contener el aliento.
Lorena se colocó de lado, dándoles la espalda a las demás, y se apartó el tanga por delante con dos dedos. Con la otra mano seguía moviéndome a mí, sin acelerar, midiendo cada gesto.
—Quiero que me mires mientras lo hacemos aquí, al sol —dijo—. Y que termines dentro de mí.
***
Tiró del tanga hacia un lado, me guió con la mano y se fue dejando caer sobre mí con un vaivén corto, lento, mordiéndose el labio para no hacer ruido. El clítoris se le marcaba hinchado, los pezones tensaban la tela del bikini. Jadeaba bajito, controlando el volumen como quien tose para tapar otra cosa.
Yo le sujetaba las caderas y la dejaba marcar el ritmo. Desde fuera, si alguien hubiera mirado, habríamos parecido una pareja tumbada muy junta, demasiado quieta. Por dentro, en cambio, todo se movía. Notaba el calor del sol en la cara y el de ella envolviéndome, y la combinación me tenía al borde mucho antes de lo que quería.
Cuando se corrió, tembló entera. Me apretó por dentro con una fuerza que me dejó sin aire y disfrazó el gemido con un golpe de tos. Le resbaló un hilo por el muslo. Después se inclinó sobre mí, me besó hondo —la lengua con sabor a crema solar— y aceleró el movimiento buscando que yo terminara también.
No aguanté mucho. Me corrí dentro de ella en oleadas calientes mientras me clavaba las uñas en el hombro para que no se me escapara el ruido. Lorena recogió con disimulo lo que le caía por la pierna, se lo limpió en la toalla y se chupó un dedo despacio, mirándome a los ojos con una cara de satisfacción que me dejó tonto un buen rato.
Nos quedamos tumbados, respirando fuerte, el sol secándonos el sudor. Ella se acomodó el tanga, me subió el bañador con cuidado y me dio un beso largo.
—Vamos a bañarnos —dijo.
***
Me tiré de cabeza a la parte honda. Lorena, en cambio, se metió por la escalera hacia donde cubría poco. No sabía nadar, me confesó entre risas, y nunca había querido aprender. Me ofrecí a enseñarle y ella me miró con esa picardía suya.
—¿Por qué no? —dijo.
La llevé hacia la zona en la que el agua le llegaba a la cintura. Le dije que estirara los brazos y pataleara, que se dejara sostener. Yo tenía las dos manos debajo de ella, sujetándola: una en la cadera, sobre la tela del tanga, la otra plana contra el vientre, justo donde el bañador se le había vuelto a meter entre los labios.
—No me sueltes —me pidió, fingiendo miedo, riéndose.
—No te suelto.
Y entonces, al levantar la vista, vi que la señora del top-less se había acercado hasta nosotros. Se había metido en el agua y nos observaba con una sonrisa de oreja a oreja, sin disimular lo más mínimo. Lorena empezó a charlar con ella como si nada, mientras yo, debajo de la superficie, seguía con los dedos donde no debía. La mujer no apartaba los ojos. Tenía una mano hundida bajo el agua, moviéndose despacio, y no hacía el menor esfuerzo por ocultarlo.
—Vaya suerte la tuya —le dijo a mi tía—, con un chico tan joven y tan guapo.
Lorena soltó una carcajada.
—Lo pillé en rebajas —respondió—. Y ya no quedan más.
La señora se rio, complacida, y me lanzó una mirada que no necesitaba traducción. Lorena se acercó a mi oído, todavía sostenida por mis manos, y me preguntó en un susurro si la mujer me ponía. Negué con la cabeza, despacio, sin dejar de mover los dedos. Ella sonrió contra mi mejilla, satisfecha con la respuesta.
Nos despedimos poco después. Eran casi las cinco y la piscina empezaba a llenarse: llegaban familias con sombrillas, un grupo de adolescentes con un balón, el rumor del barrio despertando de la siesta. Salimos del agua chorreando, recogimos las toallas detrás de los setos y volvimos caminando a casa, su mano buscando la mía en cuanto cruzamos la verja.
Te prometo que no te vas a arrepentir, había dicho ella esa mañana. Y, como casi siempre, mi tía tenía razón.