El guión que preparé para el cumpleaños de mi hermana
Me llamo Adrián, tengo veinticuatro años y acabo de terminar la carrera de arquitectura. Pero si hay algo que me define de verdad, no es ningún título: es el cine. Desde que tengo memoria, todo lo veo como una escena que se puede grabar, encuadrar y corregir.
De pequeño obligaba a mis hermanos a representar las historias que me inventaba. Hacía de guionista, de director y hasta montaba el decorado en el salón con sábanas y lámparas. Mi madre acababa entrando al juego sin darse cuenta, simulando acciones que yo le iba marcando.
Con los años contagié esa pasión a toda la familia. Ya no era yo el que insistía: eran ellos los que esperaban con curiosidad qué papel les tocaría cada fin de semana. Lo grababa todo como un profesional y después repasaba las tomas, marcando lo que no me convencía.
Tocábamos todos los géneros: terror, suspense, acción. Y de vez en cuando, casi como una broma entre adultos, alguna escena subida de tono. Nadie se escandalizaba. Cada uno se metía en su papel y nos reíamos como críos.
Cuando mi hermana cumplió los veinte, decidió celebrarlo con sus amigos. Yo, en cambio, le tenía preparada una sorpresa muy distinta, y me encargué de que lo supiera.
—Lucía, ¿a qué hora vuelves de la fiesta? —le pregunté esa mañana.
—Después de cenar, sobre las once. ¿Por qué lo quieres saber?
—Porque tengo algo preparado para ti. Llega puntual, no me falles.
Lucía coqueteaba con algún chico de vez en cuando, pero no tenía novio. Y eso, lo confieso, jugaba a mi favor para lo que tenía pensado.
***
Era sábado y vino a cenar mi novia. Estaba toda la familia reunida en casa. Quiero que os hagáis una idea del reparto que tenía entre manos.
Mi padre, Roberto, cuarenta y nueve años, todavía con buen tipo gracias al deporte. Mi madre, Carmen, cuarenta y cuatro, igual de cuidada, con una figura que no aparentaba su edad. Mi hermano Marcos, de veintiuno, un auténtico seductor de ojos claros y melena rubia que volvía loca a cualquiera que se cruzara con él.
Y por último, mi cómplice de siempre, mi mayor admiradora: mi hermana pequeña, Nuria. A sus diecinueve años era una preciosidad, rubia y con unos ojos que parecían pintados.
¿Qué escena pensáis que había preparado? Seguro que ya lo imagináis.
Tenía el escenario montado y a todos bien aleccionados, incluida mi novia, Sofía. Cada uno conocía su guión. La idea era simple: la acción transcurriría en nuestra propia casa, de la forma más natural posible.
Le habíamos organizado una fiesta sorpresa a Lucía. Al abrir la puerta, se encontraría a toda su familia esperándola, incluido un supuesto novio.
Mi hermano Marcos haría de ese novio. Mi padre interpretaba a un suegro descarado, de manos largas, que tocaba más de la cuenta. A mi madre la vestí de manera provocadora para que hiciera el papel de mujer liberal y sin reparos.
La idea era una familia atrevida, sin tabúes, y yo me divertía de antemano solo de pensar en las situaciones que les iba a tocar representar.
Para mi sorpresa, nadie cuestionó su papel. Al contrario: los notaba a todos inquietos, casi impacientes, esperando el momento de empezar.
***
Se vistieron con la ropa que les indiqué y el resultado era de lo más sugerente. Mi novia, que era la mejor amiga de Lucía, tenía un papel concreto: recordarle una y otra vez que esa noche era la perfecta para dejarse llevar por primera vez. Llevaba un top minúsculo y una falda tan corta que apenas tapaba el tanga rojo.
Mi madre se puso un vestido ceñido, sin sujetador, enseñando más pecho del que escondía. Marcos, un pantalón ajustado que marcaba todo. Y mi padre, unos pantalones cortos con la consigna de tocarse constantemente, como un hombre incapaz de contenerse.
La única que protestó fue Nuria.
—Adri, yo no tengo papel. No es justo —dijo cruzándose de brazos.
—Hermanita, tú tienes el papel más importante. Te necesito a mi lado, como siempre. Eres mi favorita y lo sabes.
La atraje hacia mí y bajé la voz.
—En mi cabeza siempre eres la protagonista. Te quiero conmigo, detrás de la cámara. Vístete cómoda, como yo, que vamos a movernos mucho.
Esbozó una sonrisa enorme y me abrazó, besándome en la mejilla con más efusividad de la cuenta. No pude evitar agarrarle ese culo precioso y pegarla a mí. Noté cómo se me endurecía la polla bajo el pantalón al sentirla tan cerca.
Ella se separó despacio, todavía sonriendo, y su mirada me dejó claro que le había gustado tanto como a mí.
***
Cenamos sobre las nueve. Todos estaban exultantes, divertidos, comentando entre risas los momentos que íbamos a vivir. Lo que ninguno sospechaba era que esa confianza fingida podía convertirse en algo real. Esa, en el fondo, era mi intención.
La última copa de vino, la que serví antes de que llegara Lucía, la preparé yo mismo. A cada copa le añadí una dosis pequeña de un afrodisíaco que me había conseguido un amigo veterinario, midiendo bien la proporción que él mismo me indicó. Lo justo para encender a todos sin que se dieran cuenta.
Ya vestidos y con la copa en la mano, llegó la hora.
A las once en punto oímos la llave entrar en la cerradura. Salí a recibir a Lucía, le entregué su guión y la besé con cariño.
—Pero ¿de qué vas, hermanito? No me jodas —dijo entre risas mientras leía.
—No seas tonta, lo vamos a pasar en grande. Todos están emocionados, hasta papá y mamá. Espera a verlos.
Tardó un rato en leerlo entero. Tenía cara de asombro, pero en sus ojos había algo más: le gustaba lo que estaba leyendo.
—Anda, bébete esto —le ofrecí la copa que ya tenía lista—. La ropa está sobre tu cama. Saluda rápido y empezamos.
Lanzó un beso a todos y se fue a cambiarse.
***
Salió tal como lo había imaginado. Si habéis visto alguna película ambientada en la antigüedad, recordaréis esas túnicas de una sola pieza que llevaban las mujeres, esas que con solo dejarlas caer dejaban el cuerpo al descubierto. Eso le había preparado. Le indiqué que no llevara nada debajo y sabía que me haría caso.
Cada uno estaba en su sitio. Mi padre y mi madre flanqueaban a Sofía. Marcos esperaba recostado en el sofá, en penumbra, fingiendo ser el enamorado que aguardaba a su chica.
—Acción —susurré.
Con la luz tenue, Lucía entró descalza y se acercó a Marcos.
—Hola, preciosa —dijo él—. Hoy te conviertes en mujer. Te deseo. Eres mi musa.
Ella se inclinó y lo besó muy despacio, con dulzura. Se abrazaron y sus bocas dejaron de despegarse. Parecía real. La tensión que desprendían llenaba toda la sala.
Mientras tanto, mi padre no dejaba de sobarle el culo a Sofía, que parecía encantada con el trato. Mi madre se había sacado los pechos y se los ofrecía a mi novia para que los lamiera. Sofía le acariciaba el bulto a mi padre con una mano y chupaba los pezones de mi madre con un descaro que no parecía fingido.
En el sofá, Lucía seguía de pie. Soltó la túnica y se quedó completamente desnuda.
Qué cuerpo. Mientras intentaba controlar el encuadre, no podía dejar de tocarme por encima del pantalón. Fue entonces cuando Nuria, a mi lado, me bajó la cremallera y empezó a chupármela detrás de la cámara.
—Joder, niña, no pares —murmuré—. ¿Quién te ha enseñado a hacerlo así?
En la oscuridad nadie podía vernos. Le levanté la falda corta que llevaba, aparté el tanga empapado y empecé a acariciarle el coño con los dedos.
***
Al ver a su hermana desnuda, Marcos la agarró y la colocó sobre él. También se desvistió y empezó a restregar la polla por el sexo de Lucía. Todos parecían fuera de sí, gimiendo, suspirando, y en cuestión de minutos estaban completamente desnudos.
Mis padres tomaron a Sofía de la mano y los tres se marcharon a su habitación. Eso no estaba en el guión, pero no dije nada. Aquello empezaba a escribirse solo.
En el sofá tenía la escena principal, y la estaba grabando. Mis hermanos se besaban con ansia mientras la polla de Marcos buscaba el sitio.
—Sí, sí, fóllame, Marcos —gemía Lucía—. Sí, así.
Las embestidas eran salvajes. Gozaban como animales. Entre lo que veía por el visor y lo que Nuria me hacía con la boca, supe que iba a acabar pronto y se lo dije.
—Dame tu leche, hermano —me pidió ella sin soltarme—. La quiero toda.
Me corrí como no recordaba haberlo hecho en mucho tiempo. Ella se lo tragó todo y me dejó la polla reluciente.
—Nuria, ha sido increíble —jadeé—. Ahora coge la cámara y ve a filmar el cuarto de los papás.
—Vale, pero luego me follas tú. Hoy no te escapas.
—Trato hecho. Pero no dejes de grabar, hermanita. Es importante que quede todo.
***
Se fue con la cámara y yo me uní enseguida a mis hermanos. Mientras seguían follando, acerqué la polla a la boca de Lucía. La tenía floja, pero con el simple roce de sus labios volvió a cobrar vida.
—¿Qué? ¿Te gusta tu regalo? —le dije sonriendo.
—Sí, sí. Quiero más, quiero más.
Tenía un orgasmo detrás de otro. Marcos era incansable, y yo sabía que mi hermana iba a disfrutar como nunca.
—Te voy a reventar ese culo precioso —le advertí.
—No preguntes, hazlo —respondió—. Quiero sentir dos a la vez.
Me puse detrás. Le lamí el ano, me embadurné con lubricante y metí un dedo para prepararla bien.
—Ya, ya, entra —pedía ella.
Estaba apretada, pero no se quejó ni un segundo.
—Marcos, entra tú ahora. Vamos a coger el mismo ritmo —le dije.
Él levantó la mano y me hizo un gesto con el pulgar. En un sándwich perfecto, la estábamos destrozando de placer. Lucía solo gemía, estiraba las piernas, soltaba bufidos.
—Dios, me muero de gusto —repetía—. Sí, otro, otro más.
No sé cómo aguantaba tanto Marcos, pero yo ya no podía más y avisé.
—Espera, yo también me corro —dijo él—. Los dos a la vez. Ahora, fuerte.
Los tres nos corrimos casi al mismo tiempo. Lucía rompió a llorar, nos abrazó, nos besó con una satisfacción que se le notaba en los ojos.
—Ha sido el mejor regalo de mi vida, y con los dos hombres que más quiero. Gracias, Adrián.
***
En ese momento volvió Nuria con la cámara.
—Lo sabía, cabrones. ¿Y yo qué?
—¿Lo grabaste todo? —pregunté.
—Todo. Y no veas cómo disfrutaban. He tenido que masturbarme yo sola y aún ando caliente.
—Ven aquí, preciosa —le dije.
Se desnudó y empezamos a besarla entre los tres. Ella estaba encendida, pero mis dos orgasmos seguidos me habían dejado fuera de juego. Marcos no perdió la ocasión y empezó a comerle el coño con desesperación.
Cogí a Lucía y la llevé a su habitación. No se tenía en pie. La acosté y le di un beso largo.
Pasé un momento por el cuarto de mis padres. Los tres estaban desnudos, profundamente dormidos. Aquel afrodisíaco tenía ese efecto: te dejaba rendido después del acto.
Volví al salón, donde Marcos ya estaba follando a Nuria con cuidado. Me coloqué detrás de ellos y empecé a lamer a mi hermana por detrás, con suavidad.
Sin pretenderlo, mis lamidas alcanzaron también la polla de Marcos. Lejos de quejarse, él me animaba.
—Sí, así, sigue.
Nunca lo había imaginado, pero estaba disfrutando de hacerlo. Cuando ya estaban bien lubricados, la polla de Marcos entró despacio, y Nuria lo gozaba al máximo.
Giré el cuerpo y busqué su boca mientras Marcos le sujetaba las caderas marcando el ritmo. Le mordía las orejas, le lamía la cara, le acariciaba los pies, y mis dedos buscaron su ano.
—Qué gusto —gemía ella como un gato—. Ya, ya, otro.
Fueron quince minutos que la dejaron deshecha. Marcos sacó la polla y la acercó a la mía.
—Ahora, mi niña, mételas las dos en la boca —le dijo—. Te vamos a regalar dos a la vez.
Así lo hizo. Juntó las dos pollas, abrió bien la boca, y a la primera sacudida empezamos a corrernos los dos sobre su cara.
—Joder, hermano, eres un artista —dijo Marcos riéndose—. Eres mi ídolo. Vaya nochecita.
—Aún falta lo mejor, hermanito —le contesté—. Lo tengo todo grabado, y sé que esta es la primera noche de muchas.
***
El cine siempre ha sido mi obsesión, y gracias a él he conseguido muchas cosas. Pero aquella noche había superado todas mis expectativas.
Yo sabía que mi novia era atrevida y que le tiraban los hombres maduros, así que, a su manera, también la había complacido a ella. Al final, ese era mi objetivo: que nadie quedara con ganas.
Guardé la grabación con cuidado, como quien guarda el mejor rodaje de su vida. Sonreí pensando en el próximo guión. Algo me decía que, a partir de esa noche, ya nadie en esta casa necesitaría que le diera la señal de acción.