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Relatos Ardientes

El secreto que mis vecinos escondían en la playa

A los cincuenta y ocho años uno cree que ya lo ha vivido todo. Yo me llamo Ramón y, durante décadas, el sexo fue el motor de mi matrimonio. Hubo una época en que Pilar y yo frecuentábamos locales de intercambio, donde nos soltábamos sin pudor y volvíamos a casa con esa sonrisa cómplice que solo conocen las parejas que han compartido algo prohibido.

Con el tiempo, esa intensidad se fue apagando. No por falta de amor, sino por costumbre. Yo seguía buscando la excitación por otros caminos: leía relatos, alimentaba fantasías, me dejaba seducir por todo aquello que la rutina ya no me daba. Lo que voy a contar ocurrió hace dos veranos, y todavía lo guardamos como nuestro secreto mejor protegido.

Teníamos la costumbre de bajar a una playa pequeña, casi privada, a la que solo iban las familias de nuestra urbanización. Aquel día el cielo amaneció despejado, pero hacia el mediodía se encapotó y decidimos recoger antes de que cayera el chaparrón.

—Vamos pasando por las duchas y nos volvemos —le dije a Pilar.

—Ve tú primero, yo te espero en la toalla —contestó ella, perezosa bajo la sombrilla.

Las duchas comunitarias eran cinco grifos en hilera, sin separaciones, abiertos al aire. Me coloqué en un extremo, bajé un poco el bañador con disimulo y empecé a quitarme la sal. Estaba solo, o eso creía, hasta que dos mujeres entraron riéndose y se situaron en la otra punta.

Las miré de reojo. Tendrían veintipocos años, las dos esbeltas, morenas, con esa seguridad que da saberse guapa. Iban sin la parte de arriba del bikini y se enjabonaban la una a la otra sin ningún reparo, susurrando y soltando carcajadas que rebotaban contra los azulejos.

Hacía mucho tiempo que no se me ponía dura de aquella manera.

Que rían, que miren. No tengo nada que esconder.

Seguí mi ritual sin inmutarme, dejando que me vieran de costado mientras me enjabonaba. Ellas, lejos de cortarse, bajaron también sus bañadores y continuaron con el juego, dedicándome miradas que no tenían nada de inocentes. El agua les caía por la espalda y se acumulaba en la curva de sus caderas.

No quería que aquello terminara, pero el riesgo de que entrara alguien era demasiado alto. Me subí el bañador, cogí la toalla y empecé a secarme mirándolas con descaro. Para salir tenía que pasar justo por su lado, porque estaban pegadas a la única salida.

Caminé despacio. Al cruzar junto a ellas, una dio un paso atrás, calculado, de modo que su cuerpo rozara el mío. No había espacio para esquivarla, y tampoco quise hacerlo.

Al sentir el contacto me quedé paralizado. Mil pensamientos me cruzaron la cabeza. Le puse las manos en las caderas, ella se apretó contra mí, y la otra buscó mi boca con la suya entreabierta.

La besé con un hambre que no recordaba. El agua nos empapaba a los tres, y su lengua se enredó con la mía como si llevara tiempo esperando ese momento.

—Despacio —murmuré contra sus labios—, esto es una locura.

—Lo sabemos —respondió la otra, sin soltarme—. Por eso nos gusta.

Una de ellas se arrodilló y, sin mediar palabra, me bajó el bañador y se metió mi polla en la boca. La chupaba con una mezcla de avidez y precisión que me dejó sin aire. Mis manos buscaron entre las piernas de la otra mientras los gemidos de ambas quedaban ahogados por el chorro del agua.

Si alguien hubiera entrado en ese instante, habría sido hombre muerto. La idea, lejos de frenarme, me empujó al límite. Acabé sin avisar, y ella lo recibió todo sin apartarse, con una sonrisa traviesa al levantarse.

—¿Cómo os llamáis? —pregunté, todavía recuperando el aliento.

—Daniela —dijo la que me había besado—. Y ella es Lucía. Somos hermanas.

—¿Hermanas? —repetí, incrédulo.

—Y vecinas tuyas —añadió Lucía, divertida por mi cara de desconcierto—. Vivimos en el segundo, justo encima de vosotros. Nuestros padres son Gustavo y Carla.

El nombre me golpeó como un cubo de agua fría. Claro que los conocía: una pareja agradable, bastante más joven que nosotros, con la que cruzábamos saludos en el ascensor desde hacía años.

—Tengo que irme —dije, recogiendo la toalla—. Pilar espera para ducharse. Ya hablaremos.

Salí casi corriendo, con el corazón desbocado y una sonrisa que no podía borrar.

***

—Vaya, Ramón, ¿qué te ha entretenido tanto? —me preguntó Pilar cuando llegué a la toalla.

—Me encontré con unos vecinos y me lié hablando —improvisé.

Ella se levantó hacia las duchas. Ya no quedaba casi nadie en la playa y el cielo amenazaba lluvia. Recogí la sombrilla y los bártulos recreándome en lo que acababa de pasar. ¿Cómo se habían fijado dos mujeres como esas en mí?

Al llegar a casa, no pude contenerme. Me abalancé sobre Pilar nada más cerrar la puerta y le hice el amor con una energía que llevaba años dormida.

—Menuda sorpresa —jadeó ella, riéndose—. Pareces otro hombre. ¿De dónde sacas tanta marcha hoy?

Mi buen humor terminó por delatarme. Mientras comíamos, todavía con el bañador puesto, Pilar no me quitaba el ojo de encima.

—¿Ha pasado algo en las duchas con esas dos jóvenes? —soltó de repente.

Medí mis palabras. Pilar me conoce demasiado bien como para mentirle del todo.

—Me vieron enjabonándome —confesé a medias—. Se rieron, se quitaron la parte de arriba y empezaron a provocarme. Me puse tan cachondo que por eso, al entrar en casa, no pude resistirme.

Pilar sonrió, lejos de molestarse.

—Pues que sigan riéndose siempre —dijo, traviesa—. Me gusta ver que tu mujer todavía te enciende.

Después de comer la tomé de nuevo, en la siesta. ¿Quién me iba a decir que tendría tres orgasmos en menos de tres horas?

***

Al día siguiente volvimos a la playa y, por casualidad, plantamos la sombrilla junto a la de Gustavo y Carla.

—¡Ramón, Pilar! —nos saludó Gustavo con dos besos—. Hacía días que no coincidíamos.

Estuvimos charlando más de una hora. Carla y Pilar conectaron enseguida, como si se conocieran de toda la vida. Al rato aparecieron Daniela y Lucía, que nos saludaron con una cortesía perfecta, sin el menor rastro de lo ocurrido el día anterior. Yo tenía cierto temor, pero ellas disimulaban como auténticas profesionales.

—¿Y vuestro hijo? —preguntó Carla—. Hace tiempo que no lo veo.

—Trabajando en Valencia —respondió Pilar—. Lo contrató la empresa donde hizo las prácticas. Los fines de semana viene con la novia.

Las hermanas se untaban crema solar la una a la otra, dejando que el aceite resbalara por sus cuerpos mientras me lanzaban miradas de soslayo.

—Papá, ¿jugamos a la guerra de caballitos en el agua? —propuso Daniela.

—Venga, un rato —aceptó Gustavo, levantándose. Tendió la mano a Carla, pero ella la rechazó.

—Id vosotros, yo estoy a gusto charlando. Ramón, anímate tú.

—¡Sí, tú eres mi caballo! —exclamó Lucía—. Estás más fuerte que mi padre, vamos a ganarles.

Pilar me miró sonriendo, dándome permiso con los ojos, y así nos metimos los cuatro en el agua.

Estuvimos más de una hora luchando entre las olas. Al principio fue inocente, las dos mujeres forcejeando sobre nuestros hombros para mantener el equilibrio. Pero los roces se volvían cada vez más evidentes. Yo sujetaba a Lucía como podía, agarrándola de los muslos, y cuando estaba a punto de caer la sostenía con firmeza, sintiéndola apretada contra mi nuca.

Gustavo me miraba con una sonrisa cómplice. Sus hijas, para ganar, nos hacían cosquillas y más de una vez sus manos buscaban entre nuestras piernas. Él se dejaba sin reprochárselo.

Agotados, dimos por terminado el combate. Las mujeres se adelantaron hacia la orilla y Gustavo aprovechó para hablarme a solas.

—Te has puesto cachondo, ¿verdad? —dijo, sin rodeos—. Con esos cuerpos rozándote la cara. No disimules.

—Gustavo, yo… perdona —balbuceé.

—No tienes que disculparte. —Me cortó con calma—. En mi familia las cosas funcionan distinto. Carla lo sabe todo y participa. ¿Por qué crees que te ha dejado jugar?

Aquellas palabras fueron música para mis oídos.

***

Esa misma tarde nos invitaron a comer a su casa. La comida fue de las más divertidas que recuerdo: bebimos más de la cuenta y, en el sofá, mientras tomábamos café, Carla convenció a Pilar para ir juntas a hacer unas compras.

—Te espero aquí —le dije a mi mujer, intentando sonar casual.

En cuanto se cerró la puerta, Gustavo se volvió hacia mí.

—Es el momento, Ramón. Carla se ha llevado a tu mujer a propósito. Ven.

Me condujo hasta el cuarto de sus hijas. Daniela y Lucía estaban tumbadas en la cama, desnudas, devorándose la una a la otra. La imagen me cortó la respiración. Al vernos entrar, se incorporaron y se abalanzaron sobre nosotros.

—Por fin —ronroneó Lucía, colgándose de mi cuello—. Sabíamos que serías de los nuestros desde el primer día.

—Lo de las duchas no fue casualidad —confesó Daniela, mordiéndose el labio—. Te elegimos nosotras.

Resultó que todo había sido una maquinación de aquellas dos, una trampa deliciosa en la que caí encantado.

Lucía me desvistió despacio, sentada a horcajadas sobre mí, primero la camiseta y luego el pantalón. Cuando estuve desnudo, giró su cuerpo y se colocó en un sesenta y nueve perfecto. Empezó a chuparme con una maestría que me hizo perder la noción del tiempo, mientras yo hundía la lengua en ella y la sentía estremecerse.

De reojo veía cómo Gustavo entraba poco a poco en Daniela, que jadeaba debajo de él, arqueando la espalda.

—Más, más… —gemía ella—. Así, no pares.

Sus voces me encendían aún más. Coloqué a Lucía sobre la cama, la besé para calmar su respiración agitada y la fui penetrando muy despacio.

—Relájate —le susurré al oído—. Siénteme.

—Te deseo desde ayer —respondió, abrazándome con las piernas.

Entré rozando sus paredes, centímetro a centímetro, hasta el fondo. El placer era infinito. Sus piernas me rodeaban el cuello, y cogí uno de sus pies y me lo llevé a la boca. Ese fetiche siempre me ha vuelto loco, y a ella, por cómo gimió, también le encantaba.

Gustavo y Daniela nos contemplaban mientras seguían a lo suyo. Aceleré el ritmo, Lucía gemía cada vez más alto, y cuando llegó al orgasmo me llevé su otro pie a la boca y exploté dentro de ella. Nuestras convulsiones se acompasaron. No tengo palabras para describir la electricidad que me recorrió el cuerpo: fue el encuentro más placentero de mi vida.

Caímos rendidos sobre el colchón.

—Parece que cambiamos de pareja, ¿eh, Ramón? —bromeó Gustavo.

—No sé si podré, ya tengo una edad —reí.

—Tu cuerpo no opina lo mismo —contestó él, señalando con la cabeza.

Para mi asombro, volvía a estar listo apenas diez minutos después. Daniela se acercó, me besó y empezó a acariciarme hasta dejarme de nuevo a punto. Se colocó encima y empezó a cabalgar con una fuerza arrolladora.

—Te siento muy adentro —jadeaba—. Otra vez, otra vez…

Yo, tumbado, apenas podía seguirle el ritmo. La besaba para acallar sus gemidos hasta que quedó medio desmayada de placer sobre mi pecho.

***

Cuando creía que ya no me quedaban fuerzas, la puerta se abrió. Era Carla, desnuda, que se había escabullido de vuelta dejando a Pilar terminando un recado.

—Tranquilo —dijo al ver mi cara—. Tu mujer está en casa. Hemos quedado para cenar todos juntos esta noche.

Se acercó, me tomó el pie con las dos manos y se lo llevó entre las piernas, restregándolo contra su sexo con los ojos cerrados.

—Déjame —murmuró—. Me vuelve loca.

Las hijas y Gustavo contemplaban absortos la escena. Aquello terminó por encenderlos a todos. Carla se puso a cuatro patas e invitó a su marido y a mí a turnarnos con ella, gimiendo encendida mientras Daniela y Lucía le devoraban la boca y el cuello.

Parecía una película. Carla encadenaba un orgasmo tras otro, y ni Gustavo ni yo teníamos ya nada que dar. Caímos los dos, exhaustos, sobre un lado de la cama, viendo cómo las tres mujeres seguían enredadas. Siempre me gustó observar, y aquella imagen valía por mil.

—Creo que entre todos me habéis matado —dije, riéndome sin aire.

Me vestí como pude y me despedí hasta la cena. En la puerta, Carla me puso algo en la mano.

—Tómate una esta noche —dijo con una sonrisa pícara—. Tu mujer también merece disfrutar como tú.

—No sé si Pilar está preparada para algo así —dudé.

—Te vas a sorprender —respondió, guiñándome un ojo.

Subí a mi piso medio zombi, con la cabeza dándome vueltas y una única pregunta martilleándome por dentro.

¿Y qué demonios le digo ahora a Pilar?

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Comentarios (6)

RamiritoCba

Que buenisimo!! me engancho desde el principio, no pude parar de leer

NicolasK_85

Muy bien escrito, se nota que sabes como armar la tension. Lo lei de un tiron sin darme cuenta

PabloSur77

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como termina todo esto

Mili_BA

Me recordo a unas vacaciones en la costa, hay algo en los veraneos que hace que todo sea mas intenso jaja. Excelente relato!

EduardoBA

Increible!! de los mejores que lei en mucho tiempo, de verdad

Curiosa_81

El detalle de las duchas comunes le da un toque muy real, bien logrado. Me gusto mucho como lo contaste

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