El parchís que mi familia jugaba con otras reglas
Nunca fui el chico más sociable del mundo, por decirlo de una forma suave, pero había días en que echaba de menos algo de compañía de mi edad. Aquel domingo era uno de esos.
Supongo que no ayudaba que fuese una tarde oscura, fría y empapada de lluvia de pleno invierno. Normalmente disfrutaba de hacer mis cosas a mi aire, encerrado con mis aficiones, pero ese día el ánimo me pedía gente, conversación, cualquier cosa que no fuera la pantalla del ordenador. Acababa de cumplir los dieciocho, terminaba el instituto y miraba ya hacia la universidad confiando en que allí todo, las amistades incluidas, sería distinto.
A lo lejos oí la puerta de la calle y a mis padres saludando y haciendo pasar a alguien.
Mis padres me tuvieron ya mayores, y creo que por eso mi crianza fue algo distinta a la del resto. Me costaba socializar y compartir gustos con los de mi clase. Aunque no quiero culpar a nadie de lo que seguramente yo mismo podría haber corregido.
Mi padre, Andrés, rondaba los sesenta y tres, prejubilado de la construcción. Era bajo, apenas pasaba el metro setenta, cosa rara porque toda su familia y yo mismo superábamos el metro ochenta y cinco. Tenía barriga cervecera, poco amor por el deporte y un humor rancio con el que, muy a tu pesar, acababas riéndote.
Mi madre, Marisa, era algo más joven, cerca de los cincuenta y ocho, aunque chapada a la antigua y de la misma generación que mi padre. Era un poco más alta que él. No tenía una figura esbelta, pero sí cierto porte elegante. Risueña y pesada a partes iguales: si no te había repetido veinte veces que comieras, no era un día normal en aquella casa.
Yo compartía rasgos sutiles con ambos, una especie de versión corregida de los dos. Alto, demasiado delgado para mi gusto, pero atlético y buen estudiante. Mi gran defecto era la seriedad y lo que me costaba soltarme.
La visita de aquel día era una prima de mi padre, una mujer que en mi recuerdo siempre había tenido la misma edad imposible de calcular, quizás sesenta y seis. El luto perpetuo que arrastraba no ayudaba a precisar. Era más alta que mi madre, entrada en carnes y de pecho muy voluminoso. La llamábamos tía Amparo por costumbre.
Oí mi nombre a lo lejos. Mi madre me reclamaba para saludar y, muy a regañadientes y a la tercera llamada, dejé el cuarto y fui al salón.
—¡Pero qué alto estás, todo un hombretón! —dijo la tía Amparo tras los dos besos protocolarios que tanto me incomodaban.
—Muy alto, pero muy delgado. No come nada —apostilló mi madre.
—Y aquí sigo, a pesar de todo —repliqué, intentando llevarle la contraria.
Hice amago de volver a mi habitación, pero mi padre me cortó el paso.
—Sal de la cueva y pasa la tarde aquí, que tenemos visita —dijo en un tono que no admitía réplica.
El repiqueteo de la lluvia en la ventana me entretenía más que su conversación, que iba de muertes y divorcios de conocidos de la familia.
—Estamos aburriendo al chico —dijo la tía Amparo, supongo que al ver mi cara de estar pidiendo una pastilla de cianuro—. ¿Qué tal si jugamos al parchís? ¿Te acuerdas de los fines de semana enteros que pasábamos jugando, Bruno?
Haciendo memoria, recordé que era cierto. Y el recuerdo no me desagradó. Creo que me lo pasaba bien, y lo asociaba justo a tardes como aquella: domingos lluviosos de invierno.
Cuando mi madre sacó el tablero, los recuerdos empezaron a aflorar. No tanto las reglas: que si contar veinte al comer, que si volver a la casilla de salida, que si necesitabas un cinco para arrancar. Supuse que me pondría al día en un par de rondas.
Las primeras tiradas fueron soporíferas. Salir de casa, los primeros avances. Parecía el viaje de Frodo hasta Mordor. Algo de emoción llegó cuando mi padre estuvo a punto de comer una ficha a la tía Amparo, pero se quedó a una casilla, justo delante de ella.
En la jugada siguiente, mi tía sacó un uno y le comió la ficha a mi padre. Al fin alguien avanzaría veinte y acabaría con aquella tortura.
—Y ahora cuento veinte y… Bruno ya está mayorcito —dijo mirando a mi madre—. Quizás podríamos jugar como jugábamos nosotros, ¿no?
—Calla, calla, que estás loca —la silenció mi madre.
—Vamos, mujer, ya sabes que este juego solo es divertido con niños o con nuestras reglas, y aquí ya no hay niños. —Me señaló—. Un domingo de lluvia se presta a un poco de diversión, ¿no creéis? —Miró a mi padre y a mi madre alternativamente.
—Mandan las damas. A mí me da igual —dijo mi padre, escurriendo el bulto.
—Claro, claro que te da igual —respondió mi madre con retintín—. Está bien. Ya veremos cómo acaba el experimento. No le viene mal a Bruno salir del cascarón y saber cómo es el mundo real.
Aquello me sorprendió y no lo entendí.
—Perfecto —dijo la tía Amparo, entusiasmada—. Pues te como ficha, cuento veinte, y tú tienes que «comer ficha» durante veinte segundos. —Señaló a mi padre, dueño de la pieza capturada.
—No recordaba lo de los veinte segundos —dijo él, un poco extrañado.
—Le da más dinamismo —contestó risueña mi tía, mientras se apartaba un poco de la mesa camilla y hacía por debajo un movimiento que no terminé de ver ni de entender.
Para mi sorpresa, mi padre se puso de rodillas y se acercó a ella. Al principio no veía nada, así que tuve que incorporarme un poco del asiento.
No podía estar viendo lo que creía que veía.
Mi tía estaba con las piernas abiertas, la falda subida, mostrando un sexo enmarcado por un vello claramente de otra época, y mi padre con la boca y la lengua trabajándole entre los muslos. Ella empezó a respirar agitada mientras mi madre llevaba la cuenta del tiempo sin dejar de mirarme de reojo.
—Tranquilo, hijo, que solo es un coño. Ya habrás visto muchos en esa maquinita tuya —dijo mi madre con un guiño que me dejó todavía más perplejo.
Cuando la alarma de los veinte segundos sonó, se separaron. Mi padre se limpió la barbilla y todos se acomodaron con la normalidad de quien retoma una partida cualquiera, como si nada hubiera pasado.
Mi madre tiró los dados y estuvo a punto de comerme. Yo estaba taquicárdico, con la boca seca, sin saber qué hacer ni dónde mirar.
—Te has librado por poco —dijo la tía Amparo en tono pícaro, acompañada de la risa nerviosa de mi madre y la sonrisa de mi padre.
Incapaz de decir palabra, lancé el dado y me quedé justo detrás de la ficha de mi padre. El sudor frío, mientras contaba las posiciones, casi me hizo enfermar.
—Uy —dijo mi madre.
Seguimos unas cuantas tiradas sin que pasara nada, y eso tranquilizó mi ritmo cardíaco. Casi llegué a olvidar lo anterior, como si hubiera sido producto de mi imaginación.
El siguiente en tirar fue mi padre, que comió ficha a mi madre. Volvió el sudor frío y abrí los ojos como platos.
—Te como, cuento veinte y aquí hay trabajo —dijo desabrochándose el pantalón, bajando la cremallera y sacando una polla gorda que ni de lejos imaginaba que tuviera.
Sentí una mezcla rara de excitación, vergüenza y, por primera vez, interés genuino por ver cómo evolucionaba todo aquello.
Mi madre pasó por delante de mí gateando y, tras un cruce de miradas con mi padre, empezó a lamerle el tronco. Yo estaba completamente erecto ante la escena. El morbo pudo conmigo y no quise perder detalle. Nunca me había imaginado a mi madre haciendo algo así, y menos a un palmo de mí.
Los veinte segundos pasaron más rápido de lo que a ninguno le habría gustado. Mi padre protestó airado, jurando que antes el tiempo de las pruebas era más largo.
Cada uno volvió a su sitio, aunque mi padre se dejó el pantalón desabrochado y la polla medio a la vista. Se le veía durísima.
Seguimos tirando sin novedad, pero para mí el juego ya había cambiado. No tenía claro qué quería. O quizás sí, y me engañaba a mí mismo. Sin duda quería comer ficha. Y quería que fuese la de mi madre. Aunque pensaba que me moriría de vergüenza.
Tras varios amagos por ambos lados, los astros se alinearon a mi favor.
—A ver, son seis —empecé a contar—. Te como una a ti, mamá, cuento veinte. Te como otra a ti, tía, cuento veinte. Y me quedo casi en la rampa de salida.
Tuve miedo de preguntar «¿y ahora qué?». Pero la duda no duró mucho. Las dos mujeres se acercaron a mí. Mi madre me acarició el pelo con delicadeza mientras la tía Amparo me desabrochaba el pantalón y me bajaba la ropa interior. Mi polla saltó como un resorte, apuntando al techo.
—Vaya con la energía juvenil —dijo mi madre, y todos rieron.
—¿Entonces, cuarenta segundos? —preguntó mi padre.
Mi tía asintió con media polla ya en la boca. Mi madre se arrodilló y empezó a lamerme el tronco sin apartar los ojos de los míos.
Me moría de vergüenza y de deseo a la vez. La tenía más dura que nunca; más fina que la de mi padre, pero más larga.
La tía Amparo intentó una garganta profunda. No llegaba a la base y le provocaba arcadas, y al salir escupía sobre mí y seguía con la mano, completamente pringada de saliva. Mi madre tomó el relevo, chupando con una calma casi tierna, sin dejar de mirarme.
No sabía cuánto más podría aguantar sin correrme. Las dos empezaron a besarse con mi sexo entre sus bocas, subiendo y bajando, hasta que la alarma sonó y ambas se levantaron de golpe.
Me quedé a medias, ya imaginando el final en sus caras. La decepción debió de notárseme, porque mi padre me dijo:
—Tranquilo, las cosas buenas se hacen esperar.
Seguimos jugando y mi padre consiguió llevar una de sus fichas a casa.
—¡Toma! —celebró. Yo no sabía qué tocaba ahora—. Bien, veamos… —Fingió pensar un segundo—. Amparo, pierdes prenda de arriba y me haces una cubana.
Yo no perdía detalle, entre la duda, la excitación y la sensación de irrealidad.
La tía Amparo se descubrió de cintura para arriba, dejando caer dos pechos enormes, vencidos por los años, pero de un volumen brutal. Desde luego, mi padre sabía elegir.
—Y yo creo que esto vale sesenta segundos —dijo mi madre, sumándose a la fiesta.
—Me parece justo —contestó mi tía.
Mi padre se quitó del todo el pantalón y se acercó con aquel monstruo hacia su prima, que no apartaba la vista, alternando miradas entre la polla y sus ojos. Cuando lo tuvo delante, se escupió en el canalillo, luego sobre él, y tras varias chupadas se lo colocó entre los pechos. Agarrándose las tetas, empezó un vaivén hipnótico.
Mi padre jadeaba y le apretaba el hombro a la mujer.
Yo estaba excitadísimo, con un bulto evidente en el pantalón. Mi madre se acercó con disimulo y me respiraba al oído, lo bastante lejos para parecer casual y lo bastante cerca para que notara su aliento. Para mi sorpresa, su mano se posó en mi muslo y empezó a subir y bajar con la palma estirada, buscando rozar apenas mi erección.
Los sesenta segundos llegaban a su fin. Vi cómo mi tía aceleraba el ritmo y a mi padre a punto de no aguantar más, justo cuando saltó la alarma.
—Te has salvado por poco —dijo mi tía limpiándose la comisura.
—Pues sí, un poco más y te dejo el pecho como un Pollock —respondió mi padre, dejándose caer agotado en la silla.
Mi madre no quiso demorarse ni dejarlos descansar, y volvió a lanzar los dados.
No pasó nada en las siguientes jugadas, aunque yo no podía dejar de mirar los pechos de mi tía y, para mi sorpresa, también la polla de mi padre.
La siguiente tirada afortunada fue para mi madre. Y a mí me puso a temblar.
Me comió, contó veinte. Comió a mi padre, contó veinte.
—Bueno, bueno, bueno —dijo relamiéndose—. Aquí hay trabajo. Quiero cuarenta segundos de lengua de los dos, pero bien trabajada. Nada de medias tintas.
No podía creer lo que oía. No podía moverme. La tenía como una piedra, pero el sudor frío era mortal.
Mi padre se levantó y me hizo levantarme a mí.
—Venga, hijo, que no es tan difícil —dijo, ayudándome a arrodillarme mientras mi madre nos enseñaba un sexo chorreante, de labios bien definidos y vello pulcramente recortado. Desde luego, era apetecible.
Mi padre empezó por el clítoris y poco a poco fue metiendo la lengua, mientras mi madre comenzaba a gemir de placer.
Yo no sabía qué hacer y lamía tímidamente el muslo y la ingle, pero ambos me agarraron la cabeza y me la clavaron en su entrepierna. El olor y la humedad me llenaron la nariz y la boca, y empecé a lamer aquel sabor tan particular.
Mi padre y yo nos turnábamos, aunque a ratos coincidíamos los dos buscando el interior con las lenguas enredadas. Después él se centró en el clítoris y yo busqué profundidad. Habíamos entrado en modo equipo justo cuando se acabaron los cuarenta segundos. Pero oíamos los gemidos de mi madre y decidimos, casi por telepatía, terminar lo empezado.
Él le introdujo los dedos mientras yo le lamía el clítoris. Recorría sus labios, escupía para lubricar, y acabábamos lengua contra lengua sobre el mismo punto.
Los espasmos no tardaron en llegar. Fue un orgasmo intenso, y cuando la sensibilidad pudo con ella, nos apartó las cabezas con suavidad y nos regaló un beso dulce a cada uno.
—Os perdono el tiempo extra porque la escena ha valido la pena —dijo la tía Amparo, con la mano acariciándose entre las piernas—. Creo que merecemos cinco minutos de descanso y algo de beber.
Se levantó y fue hacia la cocina.
Mi padre y yo nos quedamos en nuestros sitios, los dos durísimos, viendo cómo mi madre se recomponía e intercambiaba miradas con nosotros. Oíamos a lo lejos el ruido de los vasos y las botellas, pero nosotros estábamos a otra cosa, perdidos en aquel cruce de miradas y con muchas ganas de más.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no quería que la tarde terminara.