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Relatos Ardientes

El verano en que mi familia cruzó todos los límites

Me llamo Gustavo y tengo cincuenta y ocho años. Me prejubilé hace un par de ellos, cuando la empresa donde trabajaba ofreció una salida con condiciones demasiado buenas como para dejarlas pasar. Desde entonces reparto el tiempo entre la ciudad y una parcela que tenemos en las afueras, con piscina, un huerto y unos cuantos frutales que siempre piden trabajo.

Mi hija Lucía tiene veintisiete años, es economista y, hasta hace poco, vivía conmigo. Su prima Marina, hija de uno de mis hermanos, tiene veintiocho, es mi ahijada y la mejor amiga de Lucía. Son inseparables desde niñas. Luego están las dos hijas de mi hermano mayor: Elena, de treinta y uno, profesora en la universidad y casada con un ejecutivo que viaja medio mundo; y Verónica, de treinta y tres, divorciada y profesora también, que vive sola desde el divorcio.

Durante años, esas cuatro fueron lo más parecido a tener cuatro hijas. En verano se bañaban en la piscina sin demasiados pudores, y yo las veía con la naturalidad de quien las había visto crecer. Jugábamos en el agua, las tocaba sin querer en mil forcejeos, y nunca pasó por mi cabeza nada que no fuera cariño. Para mí eran tabú, sencillamente.

Todo cambió cuando, a los pocos meses de prejubilarme, mi mujer murió de repente. Se me vino el mundo encima. Pasé semanas sin ganas de nada, hundido en una tristeza que no sabía gestionar.

—Estoy aquí para lo que necesites, papá —me repetía Lucía, que muchas tardes se quedaba conmigo con Marina, jugando a las cartas para arrancarme una sonrisa.

Lo que empezó a sacarme del pozo fue el campo. A principios de junio volví a ocuparme de la piscina, del huerto, de las pequeñas tareas que llenan las horas. Y con el calor volvieron ellas, casi todas las tardes.

***

Esta vez fue distinto desde el principio. Sin mi mujer al lado, las cuatro se volcaron en mimarme aún más, y yo me dejaba querer. Pronto noté que Verónica era la más atrevida. Me abrazaba por detrás dentro del agua, me llenaba la cara de besos y me susurraba al oído:

—Ay, qué tío más guapo tengo… Me lo voy a comer a besos.

Con ella me excité por primera vez. Llevaba más de un mes sin sexo, y sus caricias eran más intensas que de costumbre, o al menos a mí me lo parecían. De pronto empecé a verlas como las mujeres deseables que eran para cualquiera, y eso se convirtió en un problema: por mucho bañador holgado que usara, el bulto terminaba notándose.

Una tarde de sábado, Lucía y Marina se marcharon temprano al estreno de una obra de teatro, y Elena no había venido. Verónica y yo nos quedamos solos. Creo que los dos lo presentíamos. Éramos un viudo en buena forma y una mujer joven y divorciada, sin cuentas que rendir a nadie.

Me metí en el agua para disimular, pero ella entró detrás y volvió a su juego de siempre. Sentí sus pezones endurecidos contra mi espalda y todo lo demás dejó de tener remedio. Su mano se deslizó por delante, palpó el bañador y se detuvo donde no debía.

—Vaya, vaya… ¿Qué tenemos aquí? —dijo con media sonrisa.

—Lo siento, cariño. Uno no es de piedra —respondí, haciéndome el inocente.

—No te disculpes. Me encanta que se te ponga así por mí.

Nos fuimos moviendo hacia los escalones. Ella se sentó en uno de ellos, tiró del bañador hacia abajo y se quedó mirándome con los ojos muy abiertos.

—Madre mía… No me lo puedo creer.

Sin más preámbulos se inclinó y empezó a chuparla con avidez. La dejé disfrutar un par de minutos antes de cambiar las tornas: me senté yo en la escalera y ella, de espaldas, se quitó la parte de abajo del bikini y descendió poco a poco sobre mí. Le entró entera, y enseguida marcó su propio ritmo, subiendo y bajando mientras yo le sujetaba el pecho con las dos manos.

—No me lo puedo creer… —jadeaba—. Qué gustazo me está dando mi tío…

El final llegó casi a la vez. Sentí las contracciones de su cuerpo apretándome dentro mientras yo me dejaba ir. Después nos quedamos quietos, recuperando el aliento, y terminamos abrazados en el agua, besándonos como dos amantes que acaban de descubrirse.

—Gracias por dejarme disfrutar de tu cuerpo —le dije.

—Las gracias te las doy yo —respondió—. Nunca había tenido algo así.

Esa noche cenamos y dormimos juntos por primera vez. Un viudo y una divorciada, dos adultos sin ataduras, con la única particularidad de ser tío y sobrina y de llevarnos veinticinco años.

***

A partir de ahí, follábamos cada vez que podíamos, en el campo o en su casa. Yo estaba feliz: tenía resuelta mi necesidad y, además, con una mujer de absoluta confianza. Pensaba que jamás se lo contaría a nadie. Me equivoqué.

Una tarde, descansando los dos, me confesó que se lo había dicho a su hermana. Me quedé de piedra.

—¿Cómo se te ocurre? Habíamos quedado en que era nuestro secreto.

—Tranquilo —me dijo—. Elena no va a contar nada. Es más… también quiere acostarse contigo.

—¿Que ella quiere qué? Está casada, Verónica, no es lo mismo.

—Su marido la tiene abandonada, entre viaje y viaje. Y ya tenemos un plan para que os quedéis solos mañana.

Al día siguiente, tal como lo habían pensado, Elena y yo nos encontramos a solas. No tardé en comprobar que ella sabía perfectamente lo que quería. Se metió en el agua, repitió el mismo gesto que su hermana y, al rodearme con la mano, soltó una carcajada.

—Pues va a tener razón Verónica… —dijo divertida.

Yo ya había decidido olvidarme de que estaba casada.

—Salgamos del agua, así me ves mejor.

La cogí en brazos y la llevé a la habitación. Quería disfrutarla con la piel seca. La tumbé en la cama, recorrí su cuerpo entero con la boca y bajé hasta hacerla terminar contra mis labios. Luego me coloqué entre sus piernas y entré con ganas.

—Sí… esto es mucho mejor de lo que imaginaba —gemía—. Más fuerte…

Cuando noté que estaba al límite, ella me clavó las uñas en la espalda.

—Termina dentro… lo quiero todo dentro de mí…

Y eso hice. Pero lo que dijo después casi me corta el aliento.

—Lo siento tu calor… Mi tío me está embarazando…

—Eso era por el morbo, ¿verdad? —le pregunté después, preocupado, tumbado a su lado.

—Pues no —sonrió—. Dejé los anticonceptivos. Quiero quedarme embarazada, y me haría ilusión que el padre fueras tú.

—Estás loca. Si tienes sexo con tu marido, lo lógico es que sea él.

—Él salió esta mañana de viaje y no vuelve hasta dentro de cinco días. Justo mis días fértiles. Para cuando regrese, ya estaré embarazada de ti.

Lo tenía todo calculado. Y aquello, dicho por ella con esa cara de niña traviesa, en lugar de espantarme me encendió. Me lancé de nuevo sobre su cuerpo.

—¿Quieres que te embarace? Por mí no va a quedar.

Durante aquellos cinco días nos vimos cada mañana y cada tarde. Cuando su marido volvió, ya casi había pasado su periodo fértil. Semanas después, la prueba dio positiva. Él, feliz, sin sospechar nada.

***

Llegó septiembre y el calor seguía. Con Verónica me veía casi a diario; con Elena, cuando podíamos. Lucía y Marina permanecían ajenas a todo… hasta que una tarde coincidimos solos Marina y yo, porque mi hija tenía peluquería y Elena estaba en una revisión médica con su hermana.

Marina era, quizá, la más despampanante de todas. Tenía un cuerpo perfecto y los mismos ojos claros de su madre. Pensé que la piscina sería el mejor sitio para tantear el terreno.

—Métete, que el agua está buenísima.

Ella se levantó de la tumbona, y verla acercarse así me dejó sin defensas. Le encantaba bucear y pasar entre las piernas de quien estuviera en el agua.

—Abre las piernas, tío, que paso.

La dejé pasar una vez. A la segunda, demasiado caliente para pensar con claridad, me liberé del bañador bajo el agua.

—¿Cierro ya o vas otra vez? —pregunté.

—Déjalas abiertas —dijo con una sonrisa cómplice—. Ahí voy.

Se zambulló, y lo que sentí no me lo esperaba: sus dedos acariciándome, su boca encontrándome bajo el agua apenas unos segundos. Salió a la superficie, me rodeó el cuello con los brazos y me besó, enredando las piernas en mi cintura. Solo nos separaba la fina tela de su bikini.

Aparté esa tela, ella empujó hacia abajo y la realidad se volvió incontestable. Soltó un gemido largo contra mi oído, como si fuera justo lo que había venido a buscar. La sujeté por las caderas y, sin salir de ella, subí los escalones y la llevé en volandas hasta la habitación.

La dejé sobre la cama, nos secamos a medias y seguimos sin freno. Terminamos casi a la vez, entre gemidos, sin pedir permiso ni darlo. Solo entonces caí en la cuenta de que Marina se lo contaría a Lucía sin falta. Y, lejos de asustarme, la idea me encendió todavía más.

Después, recuperando el aliento, hablamos. Me confesó que había llegado dispuesta a coquetear y a llegar tan lejos como yo me atreviera.

—Pili y yo no tenemos secretos —dijo—. Llevamos tiempo hablando de ti, de lo solo que debías de sentirte.

—¿Y cómo crees que va a reaccionar ella?

—Va a querer estar contigo también.

—Pero es mi hija…

—Yo soy tu ahijada y casi como una hija, y aquí estamos. ¿Cómo crees que se sentiría Pili si lo haces conmigo y no con ella? Hasta habíamos pensado que fuera ella la primera; se me adelantó la ocasión.

Me explicó que Lucía pensaba pedírmelo directamente.

—Esta noche, cuando te acuestes, le diré que vaya a tu cama desnuda. Espérala desnudo tú también. Así no hará falta decir nada y os ahorráis el corte.

—Pero que quede claro —añadió riendo— que conmigo sigues.

—Faltaría más.

***

Lucía llegó a casa una hora más tarde, con una naturalidad que me hizo dudar de si habría hablado con su prima. Cenamos, charlamos de mil cosas y, por fin, llegó la hora de acostarse.

Entré en mi cuarto, dejé la puerta abierta, me desnudé y me cubrí de cintura para abajo con la sábana. Esperé. Al poco, mi hija entró completamente desnuda y se deslizó a mi lado sin decir palabra.

Me tocaba a mí dar el siguiente paso. La acaricié despacio: el pecho, el vientre, hasta encontrarla húmeda y dispuesta. Cuando hundí los dedos en ella, soltó un suspiro hondo.

—Papá, hazme tuya. Quiero que entres en mí. Hazlo ya, por favor.

Me coloqué entre sus piernas, que abrió del todo, y solo alcancé a susurrar:

—Te quiero, mi vida.

Entré de una sola vez. Ella gimió de satisfacción y me abrazó.

—Yo también te quiero, papá. Ahora estamos más unidos que nunca. Hazme el amor.

Y empecé a moverme dentro de ella. Ver su cara de felicidad era algo que no podré olvidar. Había estado con sus tres primas, todas igual de hermosas, pero esto era distinto. El morbo de saber que aquella joven preciosa era mi hija hacía el placer más intenso que con ninguna otra.

—Así… más fuerte, papá —jadeaba.

Llegamos al final a la vez, besándonos. Cuando solté su boca para tomar aire, ella gritó:

—Lo siento dentro… el calor de mi padre…

—Todo para ti, mi vida.

—Sí… más unidos que nunca…

Después, ya tranquilos, le pregunté preocupado si lo de quedarse embarazada había sido un desvarío del momento.

—Claro, papá —rió—. Fue un impulso. Pero me estoy cuidando, no hay riesgo.

—Menos mal —admití—, porque por un instante yo también lo deseé.

No tardó en buscarme de nuevo con la mano. En cuanto estuve listo otra vez, se sorprendió.

—Sole tenía razón… No me lo puedo creer que lo haya tenido dentro.

—Y lo vas a volver a tener ahora mismo —le dije—. Ponte a cuatro. Voy a quererte como a la mujer que eres.

***

En esa postura entraba hasta el fondo, y cada vez que llegaba al final ella soltaba un quejido que pronto se volvió placer. Después, ya rendidos los dos, empezamos a hablar de verdad.

Le conté todo: cómo había empezado con Verónica, lo de Elena y su embarazo, cómo Marina había facilitado lo nuestro. Lucía me dijo que ella y Marina llevaban tiempo sospechando algo con Verónica, y que les parecía bien, porque al fin y al cabo los dos estábamos libres. Lo del embarazo de Elena, eso sí, no se lo imaginaban.

—Las dos habíamos hablado de cómo te sentirías —reconoció—, viudo y rodeado a diario de cuatro mujeres. Era lógico que terminara pasando, porque todas te queremos mucho y todavía eres joven.

Le pregunté qué iba a pasar entre nosotros a partir de entonces.

—Acepto compartirte con mis primas —dijo—, pero yo seré la que ocupe el sitio de mamá. Dormiremos juntos, como un matrimonio. Y cuando estemos así, no me trates como a una hija, sino como la mujer en la que me convierto contigo.

Y así siguió mi vida. Cuatro mujeres preciosas a las que querer de mil formas, y mi hija durmiendo conmigo cada noche, dispuesta a recoger lo que sus primas hubieran dejado. Verónica quiso embarazarse también, por no ser menos que su hermana, y la dejé encinta cuatro meses después. Elena tuvo una niña preciosa.

Marina se quejaba de ser con la que menos tiempo pasaba, así que los fines de semana empezó a quedarse a dormir en casa. Y fue entonces cuando ella, Lucía y yo empezamos a compartirnos los tres a la vez.

Creo que soy de los pocos hombres que puede decir que tiene a toda su familia rendida a su lado, y que ninguno de nosotros querría que las cosas hubieran sido de otra manera.

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