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Relatos Ardientes

Mi abuelo me enseñó lo que mi familia me ocultaba

Me llamo Mariela y hoy tengo treinta y un años. Quiero confesar algo que guardé mucho tiempo, porque ya saben cómo es crecer en una familia conservadora y de buenos principios. Lo hago justo hoy, en el aniversario de la muerte de mi abuelo Eladio, como un pequeño tributo a su memoria.

Todo empezó cuando yo ya estudiaba en la universidad y seguía viviendo bajo el techo de mis padres. Tenía veintiún años, era virgen, y aun así me trataban como a una niña a la que había que vigilar. Mi abuelo fue la única persona normal de esa familia, y sin proponérselo me mostró un mundo de placer que hasta entonces solo había imaginado.

Mi madre no toleraba que yo y mis hermanas vistiéramos como las demás chicas, con la ropa ajustada y enseñando un poco de piel. Yo usaba faldas largas y blusas que parecían de señora mayor. Nada de maquillaje, salvo un poco de rubor y, con suerte, brillo en los labios. Sombras en los ojos o pestañas rizadas eran inaceptables para mis padres.

Cuando mis tíos venían de visita, siempre soltaban los comentarios de siempre, que ya estábamos grandes, que éramos unas mujeres muy guapas. Nosotras bajábamos la mirada y sonreíamos con discreción. Mi madre nos observaba muy seria, y pobre de la que se atreviera a contestar algo.

Mi abuelo materno era harina de otro costal. Siempre decía que parecíamos monjas vestidas de aquella manera, regañaba a mi madre porque las jóvenes de mi edad vivían de otro modo, y ella lo criticaba con dureza. Casi siempre terminaban peleados, y por alguna razón a nosotras nos castigaban sin salir durante semanas.

—Estas niñas necesitan vivir —le decía él—. No las críes con miedo.

—Usted ocúpese de su salud y déjeme a mí con mis hijas —le contestaba mi madre.

Nosotras nunca abríamos la boca. Ya sabíamos que, si ella se enojaba, el precio era no salir durante días.

***

Una tarde llegué de la facultad y encontré a mi abuelo en el comedor, platicando con mi madre. Lo saludé y me senté a comer en silencio, porque en casa estaba prohibido meterse en conversaciones de adultos. Él insistía en algo: necesitaba que alguien fuera a ayudarlo por las tardes con sus terapias.

—No puedo, papá —respondió mi madre—. Apenas me da el tiempo para la casa y para atender la tienda de abarrotes.

Él se quedó callado unos minutos y luego preguntó si alguna de nosotras podría ir. Mi madre soltó una carcajada y dijo que ninguna querría, que solo pensábamos en irnos con los muchachos.

No sé qué me pasó, pero abrí la boca y dije que yo iba sin problema. Mi madre me lanzó esa mirada que helaba la sangre. Mi abuelo, en cambio, se emocionó.

—¿Lo ves? A ella sí le importa cómo estoy.

Mi madre soltó un suspiro largo.

—Más te vale no descuidar tus clases por andar de enfermera. Y a las cinco en punto te quiero de vuelta.

Quedamos en que iría los martes y los miércoles al salir de la facultad, los días en que la enfermera no podía atenderlo. Terminé de comer y subí a estudiar. Su carácter tan estricto me daba motivos de sobra para aprovechar cualquier pretexto de salir de la casa. Por una vez, no pudo hacer nada para impedir que me saliera con la mía.

***

Llegó el martes. Salí de la facultad y fui directo a casa de mi abuelo, que vivía solo desde que mi abuela murió hacía algunos años. Mis tíos lo visitaban cada vez que se acordaban de él, que era casi nunca. Toqué a su puerta y salió a abrirme con una sonrisa enorme. Su casa olía a medicamentos y a colonia de hombre mayor.

Su terapia eran ejercicios para las piernas, porque se había caído y lastimado la cadera y la columna. A su edad le dolía todo, o al menos eso quería hacernos creer. Llevaba un pants holgado, una playera enorme, las pantuflas puestas y el pelo todavía húmedo. Parecía recién bañado.

Me explicó los ejercicios y cómo debía ayudarlo. En la sala había un tapete extendido. Dejé mi mochila en uno de los sillones mientras él se acomodaba.

—Quítate el suéter —me dijo—, vas a empezar a sudar.

—Así estoy bien —respondí, y me arrodillé frente a él.

Tomé sus tobillos y fui levantando sus piernas poco a poco, siguiendo sus indicaciones. Tuve que ser muy cuidadosa, porque empezó a gemir por el dolor. De pronto se puso a hablar de mi madre, de lo imposible que era entender su disciplina con nosotras.

—Nadie la entiende, abuelo —le dije, y los dos nos reímos por lo bajo mientras seguíamos con la rutina.

El sudor empezó a bajarme por la frente. Sentí que me sofocaba, así que al final me quité el suéter. Al sacármelo, el broche se enredó y el pelo se me soltó por completo. Mi abuelo se levantó de golpe y se quedó mirándome muy serio.

—Eres el vivo retrato de tu abuela —murmuró, y se acercó.

***

No supe qué hacer. Me quedé quieta, como ida, mientras él se aproximaba. Me abrazó y, sin decir nada, me dio un beso. Quise protestar, pero sus labios se abrieron para jugar con los míos, y poco a poco esa sensación empezó a gustarme. Le correspondí. Me apretaba contra su cuerpo y yo lo abracé igual de fuerte.

No nos separamos durante varios minutos. Su lengua y la mía se entrelazaban, sus manos se aferraban a mi cintura y sentí su erección presionando contra mi vientre. Un calor delicioso empezó a recorrerme entera.

Sus manos bajaron a mi trasero y lo amasaron con cuidado, como si temiera romperme. Hasta ese momento, solo mi novio me había tocado así, y se había ganado una buena cachetada por hacerlo. Con mi abuelo fue distinto. Su manera de tocarme me encendía.

Yo estaba de puntitas, porque él era mucho más alto. Sentí que empezaba a levantarme la falda y un torbellino de emociones me llenó la cabeza. Quería pedirle que parara, pero las palabras no me salían.

La falda subió y sus manos tomaron mis nalgas, envueltas en esas pantaletas de señora que mi madre me obligaba a usar. Al sentir mi piel desnuda me alzó del suelo y yo perdí cualquier impulso de detenerlo. Me aferré a él con brazos y piernas mientras sus dedos llegaban a donde nadie me había tocado nunca.

Como pudo, se sentó en el sillón sin que yo soltara su boca. Sus manos desabrocharon mi blusa, y yo, por instinto, empecé a jalar su playera. Nos quitamos las prendas casi a la vez. Su pecho estaba cubierto de vello plateado.

Tomó mis pechos por encima del sujetador. Nos mirábamos sin decir nada, pero cuando empezó a sobármelos no pude evitar jadear. Me quitó el sostén y mis pechos saltaron liberados. El suéter ancho y la blusa de monja los habían mantenido ocultos todo el tiempo.

Sus manos los apretaban con fuerza. Se acercó a mis pezones y empezó a chuparlos despacio. Cerré los ojos y sentí como si me conectaran cables por todo el cuerpo. Para entonces, mis pantaletas ya estaban empapadas.

Esto es lo más loco que he hecho en toda mi vida, pensé, sin querer que terminara.

***

En medio de aquel placer, mi celular empezó a sonar sobre la mesita. Volteé y vi el nombre de mi madre en la pantalla. Sentí que me habían descubierto. Me levanté asustada, recogí mi ropa y corrí al baño a vestirme sin contestar la llamada.

Frente al espejo me sentía culpable, juzgándome. El teléfono volvió a sonar. Era ella otra vez. Esta vez contesté.

—¿Por qué no me contestabas? —me regañó.

—Estaba ayudando al abuelo —mentí, tragándome las ganas de llorar.

—No llegues tarde. Pásame con él.

Salí del baño y le pasé el teléfono. Solo quería confirmar que yo estaba allí y no andaba, como ella decía, de loca por la calle. Mi abuelo la calmó y colgó. Luego me pidió que me sentara a su lado en la sala.

—Perdóname —dijo con un tono paternal—. Perdí el control al verte con el pelo suelto. Sentí que eras tu abuela. No volverá a pasar. Ya no hace falta que vengas.

—Los dos cedimos —lo interrumpí—. Y, de cierta forma, yo disfruté el momento.

Me miró sorprendido y sonrió. Le dije que seguiría yendo a ayudarlo. Terminamos los ejercicios y me fui a casa con sus besos y sus caricias dándome vueltas en la cabeza.

***

Esa noche fui a la habitación de mi hermana mayor, mi confidente de toda la vida. A mi madre jamás podría contarle algo así sin que de inmediato supusiera lo peor de mí.

—¿Y si la cosa se complica y no puedo evitarlo? —le pregunté, sin darle nombres ni detalles.

—Pues usa protección y disfruta —me dijo bajito—. Pero ni una palabra a mamá, o te encierra hasta los cuarenta.

Sus palabras me dieron una calma extraña. Volví a mi cuarto, pero me costó muchísimo dormir. Cada vez que recordaba las manos de mi abuelo, el cuerpo se me prendía solo.

***

Al día siguiente llegué apurada. Dejé mis cosas en el sillón, me quité el suéter y le pregunté si haríamos los mismos ejercicios.

—Hoy toca otra rutina —respondió, distante, como si quisiera evitarme.

Había una colchoneta en medio de la sala. Se recostó y me indicó qué hacer. Estaba convencida de que ya no pasaría nada más entre nosotros. Mientras lo ayudaba, pujaba y se quejaba del dolor. Yo sostenía sus piernas de pie, y de vez en cuando él me miraba. Noté cómo su erección crecía bajo el pants.

—Para, por favor —me pidió, avergonzado.

—No se preocupe —le dije, sonrojada.

Quiso levantarse de golpe y solo se lastimó la espalda.

—No se mueva así, se va a hacer daño —lo regañé—. Póngase boca abajo.

Lo ayudé a acomodarse y me senté con cuidado sobre la parte baja de su espalda. Empecé a sobársela. Al principio no quería, pero al sentir mis manos se fue relajando hasta dejarme hacer. Mientras lo masajeaba, recordé cómo me había tocado el día anterior. Sin decir nada, me quité la blusa y el sostén. Él, relajado, no se dio cuenta.

El calor que me desbordaba me hizo mover las caderas. Al notar mis movimientos volteó y, al verme con los pechos al aire, intentó girarse. Le puse un cojín bajo la cabeza para que estuviera cómodo boca arriba.

—No deberíamos —murmuró.

Pero yo ya estaba fuera de control. Seguí frotando mi cadera, sintiendo su bulto contra mí. Tomé sus manos y las puse en mis pechos, mientras daba pequeños brincos sobre su erección, dura como piedra.

No aguanté más. Me levanté, le bajé el pants hasta los tobillos, me quité las pantaletas y volví a montarlo. Él tomó su miembro y lo acomodó en mi entrada.

Me fui dejando caer poco a poco hasta que entró por completo. Sentí cómo se abría paso dentro de mí, apretada y virgen. Al romperse mi pureza se me escaparon unas lágrimas, pero me quedé quieta hasta que el dolor pasó. Después empecé a moverme con cuidado, mientras él me indicaba cómo hacerlo.

—Despacio —me decía—. Así, despacio.

Poco a poco gané confianza y aceleré, hasta que el placer me hizo olvidar todo lo demás. Nos entregamos por completo, y minutos después terminó dentro de mí. Me sentí más mujer que nunca. Él hacía años que se había hecho la vasectomía, así que no había nada que temer.

***

Al terminar corrí al baño a asearme. Esa tarde fue tranquila, sin alocarnos demasiado. Pero después, cada semana volví, y cada vez aprendíamos algo nuevo. Él me enseñó a disfrutar de mi cuerpo y a complacer al de un hombre de muchas maneras. Yo seguí sus enseñanzas con devoción, y para cuando terminé la carrera ya me sentía toda una experta.

Mi abuelo murió años más tarde y me heredó su casa. Hoy estoy felizmente casada. Cada año le mando hacer una misa para celebrar su memoria. Mi madre sigue siendo la misma señora santurrona de siempre, y creo que jamás supo lo que pasó entre su padre y yo. A mi hijo mayor le puse Eladio, en honor al primer hombre de mi vida.

Gracias por leer mi historia. Me animé a contarla después de mucho tiempo guardándola, y ojalá se atrevan a dejarme un comentario. Nos leeremos pronto en otra confesión.

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Comentarios (6)

Rosi_Cba

increible!!! me enganche desde la primera linea, por favor segui escribiendo asi

LucasNocturno

La forma en que describe los sentimientos es lo que mas me gusto. No es un relato cualquiera.

MatiasC77

Esperando la segunda parte!! se quedo cortisimo para mi gusto jaja

Valentina_N

Dios mio... me quede pegada leyendo. Hay algo en como lo cuenta que parece completamente real, se siente muy cercano.

TomásB_Rj

muy bueno, sigue asi

NoraCf_07

Me recordo a cosas de mi propia adolescencia que nunca conte a nadie. Toca fibras que uno no espera en este tipo de relatos.

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