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Relatos Ardientes

Espié a mi madre con el plomero esa tarde

Era una de esas tardes de febrero en Córdoba en las que el aire se queda quieto y el calor te pega en la cara apenas abrís la puerta. Volví de la facultad antes de lo previsto, con la cabeza espesa por el examen y las ganas de tirarme en la cama a no pensar en nada. Las obras del departamento de arriba llevaban semanas, y ese día el martilleo parecía meterse directamente en mis sienes.

Subí las escaleras puteando por lo bajo. Pero al entrar a casa lo primero que noté fue el silencio. Demasiado silencio. Mi vieja, Susana, siempre dejaba la radio prendida o hablaba sola mientras acomodaba la cocina. Ese día, nada.

La puerta de su cuarto estaba entreabierta. No era normal: ella era obsesiva con su intimidad, jamás dejaba esa puerta así. Me acerqué despacio, sin saber muy bien por qué bajaba el ritmo de mis pasos, como si algo dentro de mí ya intuyera lo que iba a encontrar.

Entonces escuché una voz de hombre. Grave, con un acento de barrio que no conocía.

—Doña Susana, si necesita algo más, me avisa… ¿Vio cómo quedó la cañería? —dijo el tipo.

Mi madre respondió con una risita que me heló la sangre. No era su risa de siempre. Era otra cosa, algo jugado, algo que jamás le había escuchado.

Susana tenía cuarenta y cinco años y era una mujer que todavía hacía girar cabezas en la calle. Cintura marcada, piernas firmes de tanto subir y bajar escaleras, una melena oscura que se ataba con cualquier cosa cuando estaba en casa. Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos: oscuros, vivos, capaces de sostenerte la mirada hasta que el incómodo eras vos. Se había divorciado hacía años y había armado toda su vida alrededor mío. O eso creía yo hasta esa tarde.

El corazón se me disparó. Asomé la cabeza apenas un centímetro, lo justo para ver, y lo que vi me sacó el aire.

Mi madre estaba de pie frente a un hombre. El plomero, Damián, era un tipo grandote, el torso transpirado y la remera pegada al cuerpo. Y ella lo miraba con una sonrisa que yo no le conocía, jugando con el cordón de la bata.

—¿Qué sería lo que se le rompió, señora? —preguntó él, acercándose.

—Algo que necesita un hombre con manos fuertes para arreglarlo —susurró mi madre, y la bata se abrió sola, revelando que no llevaba nada debajo.

Me quedé petrificado. La mujer que me crió sola, la que me repetía que tuviera cuidado, que el mundo estaba lleno de aprovechadores, estaba ahí, ofreciéndose a un desconocido. Y yo, su hijo, espiándola desde el pasillo como un ladrón.

***

Damián no lo pensó dos veces. La agarró de la cintura y la pegó a su cuerpo. La besó con una violencia que me hizo temblar a mí, que estaba a metros. Las manos del tipo recorrían la espalda de mi madre mientras ella gemía contra su boca.

—Mirá lo calentona que sos, Susana —le dijo él al oído.

—Hoy, solo para vos —respondió ella, desabrochándole el pantalón.

No podía creer lo que veía. Mi vieja se arrodilló, le bajó el pantalón y le sacó la verga, ya dura. La miró un segundo, como quien evalúa algo, y se la metió en la boca. Los sonidos húmedos se mezclaban con sus gemidos. Yo me había endurecido sin darme cuenta, sintiéndome la peor basura del mundo por excitarme con aquello. Pero no podía moverme. Era como estar clavado al piso.

Damián la agarró del pelo y le marcó el ritmo, hundiéndosela hasta el fondo. Ella se atragantaba y no paraba, con los ojos vidriosos, entregada de una forma que yo jamás habría imaginado.

—Pará, pará… quiero otra cosa —dijo él, levantándola.

La empujó suave sobre la cama y le abrió las piernas. Se arrodilló entre ellas y empezó a comérsela como si fuera lo último que iba a hacer en su vida.

—Así, así, no pares —jadeaba mi madre, retorciéndose sobre las sábanas.

Yo me la había sacado sin pensarlo. Me la frotaba despacio, sin poder despegar la vista, mirando a mi propia madre convertirse en alguien que yo no conocía. Damián se puso un preservativo que sacó del bolsillo del pantalón y se acomodó entre sus piernas.

—¿Lista? —preguntó.

—Desde hace rato —contestó ella, abriéndose más.

Entró de una sola vez. Mi vieja gritó, una mezcla de dolor y placer que me recorrió hasta los huesos. La cama empezó a golpear contra la pared, primero lento, después con todo. Él le subió las piernas a los hombros y la penetró más profundo, mientras los dos transpiraban y se mordían como dos animales.

—Dame vuelta —ordenó él.

Ella obedeció sin dudar, se puso en cuatro y él la tomó de las caderas y volvió a entrar. Yo estaba al borde, mirando ese cuerpo que nunca había visto de esa manera. No aguanté. Me corrí en la mano, ahogando un jadeo, justo cuando él terminaba con un gruñido y los dos se desplomaban sobre la cama, agotados.

Me retiré sin hacer ruido, con el corazón en la garganta, y me encerré en mi cuarto temblando. La mujer que me había criado tenía deseos, una vida entera que yo jamás había imaginado. Y yo acababa de ver el espectáculo más perturbador y más excitante de mi vida.

***

Pasé la noche en vela. Cada vez que cerraba los ojos volvía la imagen de mi madre con la cara desencajada de placer. Me sentía la peor persona del mundo, y al mismo tiempo me endurecía de nuevo como un adolescente.

A la mañana siguiente bajé a la cocina con el estómago hecho un nudo. Ella estaba ahí, de bata, preparando el café como si nada.

—Buen día, mi amor. ¿Dormiste bien? —me preguntó, sonriendo.

Casi me ahogo con la tostada. Le contesté cualquier cosa con la voz quebrada, sin poder mirarla a los ojos. Ella notó algo raro y se acercó a tocarme la frente, preocupada. El contacto de su piel me hizo temblar. En ese momento sonó el timbre.

—Son los del departamento de arriba. Me dejaron la llave para abrirles a los obreros —dijo, y se subió a abrir.

Supe, simplemente supe, que iba a volver a pasar. No me moví de la cocina. Escuché sus pasos en la escalera y, después de un rato, no resistí. Subí como un ladrón, con el pecho martillándome. La puerta del otro departamento estaba casi del todo abierta.

Y la escena era todavía más cruda. Damián no estaba solo. Lo acompañaba otro, más joven, flaco, con cara de zorro. Mi madre, entre los dos, con la bata abierta, los tocaba a ambos.

—Mirá, él es mi ayudante. ¿Le enseñás algo? —dijo Damián, riéndose.

—Claro que sí. A los pibes hay que enseñarles —respondió ella con una risa cargada de deseo.

Se arrodilló y los atendió a los dos, pasando la boca de uno al otro con una soltura que me dejó helado. Yo, escondido en el pasillo, ya no sentía vergüenza. Solo excitación. Me la saqué de nuevo y empecé a frotármela, mirando cómo mi madre se entregaba a dos hombres a la vez.

—Vení, pibe, probá esto —le dijo ella al más joven, acostándose y abriendo las piernas.

El chico, medio tembloroso, se metió entre ellas. Damián se acercó a su cara y le ofreció la verga. Los dos la usaban sin pausa, en un ritmo hipnótico. Mi madre ya no gritaba, solo emitía sonidos guturales, como si estuviera en otro lado.

No me aguanté. Se me escapó un gemido ahogado que delató mi presencia. Los tres se quedaron quietos. Mi madre, con la verga de Damián todavía en la boca, me miró con los ojos enormes.

El pánico me clavó al piso. Esperaba un grito, un escándalo, que me llamara degenerado y me echara de casa. Pero no.

Sacó la verga de su boca despacio, me sostuvo la mirada y, con una sonrisa que jamás le había visto, dijo:

—¿Te gusta lo que ves, mi amor? ¿Querés sumarte?

***

Me quedé congelado, con la sangre subiéndome a la cara. Damián y el otro pibe, que primero me miraron sorprendidos, soltaron una carcajada.

—Che, parece que el pibe tenía curiosidad —dijo el más joven, secándose la frente.

Mi madre se incorporó sin el menor pudor. El cuerpo que antes veía como el de una madre cualquiera ahora me parecía otra cosa. Me extendió la mano.

—Vení, mi amor. No tengas miedo. Vení a conocer de verdad a tu madre —me dijo con una voz ronca, llena de deseo.

Las piernas me temblaban, pero obedecieron. Me acerqué como un autómata. Damián se corrió a un costado, dándome lugar.

—A ver, mostrá qué tenés —me incitó.

Mi madre se arrodilló frente a mí y, con una delicadeza que me derritió, me tomó con las dos manos.

—Tranquilo, mamá te enseña —murmuró, antes de llevársela a la boca.

Sentí su lengua caliente, su boca húmeda, y perdí por completo el control. Empecé a moverme, primero suave, después con más fuerza, mientras ella me miraba desde abajo con una mezcla de ternura y lujuria que me partía en dos. El pibe más joven se acomodó detrás de ella y le metió los dedos.

—Dale, está para todo —se reía Damián, masturbándose.

La escena era irreal. Yo cogiéndole la boca a mi propia madre, otro tocándola por detrás, el tercero mirando. Era el centro de un torbellino, y yo estaba atrapado adentro, sin querer salir.

—Ahora vos, mi amor —dijo ella, apartándose y acostándose de nuevo—. Vení.

Me subí encima, temblando. Sentí su piel caliente, sus piernas envolviéndome, y entré. Era una sensación imposible de explicar, algo prohibido y a la vez familiar, como volver a un lugar que nunca había conocido. Empecé a moverme despacio, besándole el cuello, mientras los otros dos nos miraban.

—Dale, pibe, así se trata a una mujer —me alentaba Damián.

Y yo me dejé ir. Cogí a mi madre con toda la furia contenida de años, de fantasías secretas, de culpa acumulada. Como si quisiera borrar la línea que nos separaba.

—Así, mi amor, así —gemía ella, arañándome la espalda.

En medio de ese caos me corrí dentro de ella. Y supe, en ese instante, que nada volvería a ser igual.

***

Me derrumbé sobre su cuerpo, sin aire. Por un segundo el mundo se detuvo. No éramos madre e hijo cargando una culpa: éramos dos cuerpos que habían encontrado un placer prohibido que ni sabíamos que existía.

Pero Damián, con la verga todavía dura, rompió el silencio.

—Muy bien. Aprendiste la primera lección. Pero una mujer como tu vieja nunca se conforma con una sola —dijo, y me apartó con una autoridad que no me atreví a discutir.

La hizo montarse encima de él. El otro pibe se acomodó frente a su cara. Mi madre, en el centro, era la dueña de una orgía que ella misma había armado. Yo me sentía fuera de lugar y a la vez no podía irme. Mi verga, que se había ablandado, empezó a endurecerse de nuevo mirándola.

Después Damián la puso en cuatro frente a mí.

—Ahora va por atrás, pibe. Es un regalo.

Mi madre me miró y asintió. Nunca lo había hecho. Pero su mirada me dio el envión. Entré despacio, sintiendo la resistencia ceder, el calor, lo prohibido del lugar. Empecé a moverme mientras Damián la tomaba por delante. Los dos la penetrábamos al mismo tiempo, en un ritmo cada vez más frenético, y ella gritaba una mezcla de dolor y placer que me llevaba al límite.

Terminamos casi a la vez, los tres, en un amasijo de cuerpos sudados. Caímos sobre la cama sin decir nada, solo el sonido de la respiración agitada. Abracé a mi madre y le besé la espalda. Ella se giró, me miró a los ojos y me dio un beso largo, lleno de una ternura que me rompió el alma.

—Mi amor —me susurró—. Mi hijito.

***

Los días siguientes fueron un torbellino de silencios y miradas cómplices. En casa ya no había tensión, sino una corriente latente que se manifestaba en los roces casuales, en las sonrisas pícaras cuando me servía el desayuno. Nos buscábamos a escondidas, en la ducha con el agua corriendo para tapar los gemidos. Habíamos cruzado un abismo y no había vuelta atrás.

Un miércoles sonó el timbre. Era Patricia, la amiga de toda la vida de mi madre. Una rubia explosiva, con un cuerpo que siempre me había puesto nervioso, falda corta y blusa ajustada.

—¡Susana, mi amor! —entró como un huracán y le dio un beso a mi madre. Después me miró de arriba abajo y me guiñó un ojo—. ¿Y este, cuándo se hizo hombre?

Me retiré a mi cuarto para dejarlas con sus chismes. Pero desde ahí escuchaba sus murmullos, sus risas ahogadas, hasta que la voz de mi madre se filtró, baja y excitada.

—…y te juro, Patricia, que me vine como una loca… con mi propio hijo encima…

Me quedé helado. Le estaba contando todo. Hubo un silencio, una respiración agitada, y después la voz de Patricia, ronca:

—No me digas eso… ¿Y era bueno? ¿Te la dio bien?

—Fue lo mejor que me cogieron en la vida.

Me pegué a la puerta, con el oído contra la madera.

—Si es verdad lo que decís, yo también quiero probar —dijo Patricia, y un escalofrío me recorrió la espalda—. Quiero que me la dé igual de duro.

—Pero… es mi hijo.

—Si ya cruzaste esa línea, ¿qué más da?

La puerta de mi cuarto se abrió de golpe. Ahí estaban las dos: mi madre con la cara roja, entre avergonzada y excitada, y Patricia mirándome como una tigresa que ya eligió a su presa. Me tomó de la mano y me empujó hacia la cama.

—Ya escuchaste, pibe —dijo, sacándose la blusa—. Tu mamá dice que sos un fenómeno. Demostrámelo.

Miré a mi madre buscando una señal. Ella se sentó en el sillón de la esquina, cruzó las piernas y me hizo un gesto con la cabeza. Permiso. Complicidad.

Patricia se sacó la falda y se tiró en la cama, abriéndome las piernas. Me lancé sobre ella como una bestia. Era distinta a mi madre: más dura, más exigente, me ordenaba en lugar de pedir.

—Metela ya —me apuró, guiándome ella misma.

Entré de una. Patricia gritó, un grito de placer y de victoria. La cogí con toda la furia acumulada de esos días, mientras la cama golpeaba la pared. De reojo miré hacia el sillón. Mi madre estaba ahí, con una mano metida dentro del pantalón, masturbándose mientras me veía coger a su mejor amiga. Los ojos le brillaban, la boca entreabierta. Verla así me enloqueció.

Di vuelta a Patricia, la puse en cuatro, y la seguí cogiendo mientras sus gritos llenaban la pieza, mezclados con los gemidos ahogados de mi madre. Terminé adentro de ella con un último gruñido, justo cuando mi vieja, desde el sillón, se venía también, temblando con los ojos cerrados.

Caímos exhaustos. Patricia me besó, esta vez con una ternura inesperada.

—No está nada mal, pibe.

Mi madre se acercó, se sentó en el borde de la cama y me acarició el pelo.

—Mi hombre —susurró, con un orgullo que me llenó de algo que nunca había sentido.

***

Durante semanas, el departamento se convirtió en nuestro templo y nuestro infierno. Patricia aparecía sin avisar, siempre lista. A veces éramos tres en la cama, un enredo de cuerpos donde yo era el centro. Mi madre ya no se escondía: parecía orgullosa. Habíamos armado una forma nueva de familia, sostenida por el placer y por un secreto que nos unía más que la sangre.

Pero el verano se terminó. Las obras de arriba acabaron. Damián y su ayudante se despidieron con una sonrisa, sin saber que habían sido el detonante de todo. La rutina volvió, aunque ya no éramos los mismos.

Una noche, Patricia no apareció. Mi madre y yo cenamos en silencio. Después me tomó de la mano y me llevó a su cuarto. No prendió la luz, solo entraba el resplandor de la calle. Nos desnudamos despacio y, por primera vez, no fue una orgía ni una cogida salvaje. Entré en ella con una suavidad que me sorprendió. Nos movimos lento, besándonos, sin gritos ni insultos. Por primera vez, era como si nos estuviéramos haciendo el amor.

—Mi amor —me susurró al oído, abrazándome fuerte—. Mi hijito.

Unos días después, Patricia pasó a buscar unas cosas. Nos miró a los dos sentados en el sillón, como una pareja cualquiera, y su sonrisa ya no tenía picardía, sino una melancolía extraña.

—Me voy de viaje un tiempo. Necesito aire —dijo. Me dio un beso en la mejilla—. Cuidala, pibe. Es la mejor mujer que conozco.

Después abrazó a mi madre largo rato. Las dos se despedían de esa locura de verano que las había transformado.

Cuando Patricia se fue, mi madre se sentó a mi lado y me tomó la mano. No estaba asustado. Estaba en paz. Sabía que aquella etapa se había terminado, pero también sabía que lo que ella y yo habíamos creado se quedaría con nosotros para siempre.

La vida siguió. Volví a la facultad, ella a su trabajo. Por fuera, éramos madre e hijo. Por dentro, dos cómplices que habían atravesado el espejo y habían descubierto que del otro lado no había monstruos, solo una verdad distinta. Una verdad que solo nosotros conocíamos, y que en el silencio de las noches se manifestaba en caricias, en besos robados, en un secreto que era nuestra condena y, al mismo tiempo, nuestra salvación.

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Comentarios (6)

Raiver

tremendo relato!!! me dejo sin palabras

LoboNorte83

la descripcion del silencio al principio te mete de lleno en la historia, muy bien logrado. de los mejores que lei en este sitio

Caro_1991

y despues como fue todo? quedaste igual con tu madre o cambio algo entre ustedes?

PensamientoRoto

algo parecido me paso de adolescente, ese momento en que te das cuenta que tus viejos tienen una vida propia te cambia para siempre. me trajo recuerdos

Maxi_uy

necesito la segunda parte, no lo dejes ahi por favor

ElSilencioso_73

lo lei de una sola vez sin parar. la tension que fuiste construyendo es increible, no esperaba ese giro

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