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Relatos Ardientes

El día que mi hermana descubrió a papá

Como te venía diciendo, a pesar de la locura de aquella primera noche, nunca llegamos a hablar del tema. La dinámica de la casa había cambiado por completo, pero ninguno se atrevía a nombrar lo que estaba pasando. Pocas dudas me quedaban ya de que papá estuviera del todo despierto en sus «episodios», aunque quizá todos manteníamos esa máscara para no romper el juego y la complicidad que habíamos ido adquiriendo. Cualquier gesto cotidiano se convertía, de un momento a otro, en algo cargado de tensión.

Te podría contar mil situaciones. Una mañana, Marina se estaba duchando y yo entré al baño a orinar. Mientras lo hacía, noté una sombra a mi derecha. No era otro que papá, con la polla fuera, dispuesto a compartir el inodoro conmigo. Tras unos segundos de duda, los dos abrimos el chorro a la vez y descargamos. Y lo que deberían haber sido un par de sacudidas para escurrir las últimas gotas se convirtió, sin palabras, en otra cosa.

No podía creer el punto al que habíamos llegado. Mi mujer a menos de un metro, el agua cayendo sobre ella, el vaho empañando el espejo, y papá acercándose cada vez más hasta que las dos pollas se rozaron. Su capullo contra el mío, los dos calientes, unidos por un fino hilo de líquido. Empezamos una especie de duelo absurdo, casi nos faltó hacer ruido de sables de luz, una contra la otra, midiéndonos en silencio para que ella no nos oyera por encima del agua.

Pero claro que nos oyó. O lo intuyó. Marina cerró el grifo justo cuando los dos teníamos la respiración entrecortada, y se quedó un instante quieta detrás de la mampara, una silueta inmóvil decidiendo si salir.

Cuando Marina salió de la ducha, los dos estábamos abrazados de lado, masturbándonos el uno al otro sin prisa. Ella nos miró mientras se secaba. Dejó la toalla y se quedó quieta, tocándose, observando cómo nos besábamos. Papá dejó caer un hilo de saliva sobre mi mano, untó la suya y juntó las dos pollas para frotarlas a la vez. Respirábamos al mismo ritmo. Marina se acercó de rodillas y bastaron un par de lengüetazos en nuestros glandes para que termináramos los dos sobre su boca, su cara y sus pechos. Papá me abrazó fuerte y me besó en el cuello.

***

—No te puedo creer, hermano. Se te ha ido la cabeza del todo, o es una broma de muy mal gusto —me dijo ella sin perder detalle de lo que le contaba.

—No te miento. Sé que es una locura, pero así está siendo esta casa últimamente.

—Me estás tomando el pelo. No sé con qué intención, pero te estás quedando conmigo —replicó ya rozando el enfado.

Y sin embargo no pudo ocultarlo: una humedad apenas visible en el short, los pezones marcándose bajo la camiseta. La conocía desde siempre, y nunca la había visto reaccionar así a nada de lo que yo dijera.

—Sígueme si no me crees —le dije.

***

Te sigo contando, porque hubo más. Otra tarde llegué de trabajar y me encontré a Marina y a papá en un sesenta y nueve sobre el sofá. Él arriba, ella abajo, tratando de tragar aquella polla que le venía grande. No lo pensé. Me desvestí ahí mismo y me acerqué al coño de mi mujer.

Papá lo recibió de buen agrado. Me agarró la polla con la mano y la dirigió él mismo hacia la entrada de Marina, no sin antes escupir encima para lubricarla. Cuando empecé a embestir, él ya había vuelto a su sitio y le lamía el clítoris a ella y el tronco a mí, todo a la vez.

No te puedo decir cuánto tiempo estuvimos así. Pareció pasar la tarde entera sin cambiar de postura, el cuarto entero oliendo a sexo, la luz de la ventana bajando poco a poco. Marina se corrió primero, mordiéndose la mano para no gritar, y al notar las contracciones apretándome yo saqué a tiempo y dejé que cayera todo en la boca abierta de papá, que esperaba justo debajo. Después ella y yo nos turnamos para chuparle la polla, que ya estaba a punto, hasta que estalló como una fuente. Nos quedamos los tres tumbados, sin hablar, recuperando el aire, las piernas enredadas sin saber de quién eran.

La lujuria nos dominaba, hermana. No te lo digo para escandalizarte, te lo digo porque ya ni siquiera sé reconocer dónde están los límites. Otro día, mientras cocinaba, no me pude resistir. Sabía que papá estaba sentado a la mesa, mirando. Le subí la falda a Marina, le bajé las bragas y empecé a embestirla de pie contra la encimera, sin que él apartara la vista ni dejara de tocarse.

Entonces papá se levantó. Se colocó detrás de mí, se agachó y empezó a lamerme el perineo y los huevos desde atrás, mientras yo seguía dentro de Marina. Me sorprendió cuando se incorporó de golpe y noté su glande presionando, intentando entrar con fuerza. Eché la mano hacia atrás, le agarré la polla y lo frené en seco.

Lo miré a los ojos. Los tenía perdidos, como ausentes, y de pronto algo cambió en ellos, como si volviera. Era un misterio saber cuándo estaba y cuándo no. Creo que al principio solo vio un agujero donde meterla, y después me reconoció y puso una pequeña barrera. Por decir algo, porque a esas alturas los límites eran algo que ya casi no conocíamos.

Nos abrazó a los dos por detrás. Yo le saqué la polla de entre mis nalgas y se la pajeé hasta que se corrió sobre mi espalda baja. Luego se arrodilló otra vez para seguir con sus huevos y con el clítoris de Marina, al menos lo que la postura le permitía. No duramos mucho más. Me corrí dentro de ella como pocas veces en mi vida. Y cuando saqué la polla, papá no perdió la ocasión de acercar la boca y limpiar lo que rezumaba.

***

Mi hermana me miraba con una mezcla de horror y otra cosa que no quería confesar. Tenía la espalda rígida, las manos cruzadas sobre el regazo, pero los muslos apretados y la respiración más corta de lo normal. Le costaba sostenerme la mirada, y cada vez que lo hacía, la apartaba enseguida hacia la ventana, como si en el cristal pudiera encontrar una salida a lo que estaba sintiendo.

—Te quedas conmigo —insistió, ya casi sin convicción.

Tuve que agarrarla de la muñeca. Hubo una breve resistencia, un tirón flojo, más por orgullo que por verdaderas ganas de soltarse. La llevé por el pasillo hasta la puerta cerrada de mi dormitorio. Pegué el oído un segundo. Después abrí con cuidado de no hacer ruido, lo justo para que se viera el interior.

Dentro estaba papá dándole duro a Marina, que estaba a cuatro patas sobre la cama. La luz de la mesilla recortaba cada movimiento. En ese momento él sacó la polla, la untó de saliva y de los fluidos de ella, y la dirigió despacio hacia el culo. Fue entrando poco a poco, hasta que estuvo todo dentro, y empezó ese sonido salvaje de los huevos golpeando contra el cuerpo de mi mujer.

Miré a mi hermana. Tenía los ojos como platos y una mano tapándose la boca. La escena le quedaba grande, demasiado para procesarla de golpe, y aun así no perdía detalle. Ni uno solo.

Fui a cerrar la puerta. Pensaba que ya había sido suficiente, que con eso bastaba para que me creyera. Pero ella me detuvo. Agarró mi mano sobre el picaporte y no la soltó. No quería que cerrara.

—Espera —susurró, tan bajo que casi no la oí.

Noté cómo su cuerpo se tensaba a mi lado, cómo se contorsionaba apenas, buscando una postura imposible. Me quedé mirándola. Una belleza que siempre había tenido delante y que nunca me había permitido ver de verdad. Estaba claramente excitada, y cuando nuestras miradas se cruzaron, ambos apartamos la vista de inmediato, avergonzados, para volver a fijarla en la cama.

Pero los cuerpos no obedecen a la vergüenza. El mío y el suyo empezaron a juntarse sin que ninguno lo decidiera. Acabamos en una especie de abrazo torpe, contorsionado, rozándonos las partes como podíamos contra el marco de la puerta. Su cadera contra la mía. Mi muslo entre los suyos.

Cuando no pudimos más, ella llevó la mano a mi paquete por encima del pantalón. Yo subí la mía a sus pechos. Nos miramos. Iba a decir algo, no sé qué, una excusa, un freno, lo que fuera. Pero ella levantó un dedo y lo apoyó sobre mis labios para silenciarme.

No digas nada. Eso decían sus ojos.

Al otro lado de la puerta, papá y Marina seguían a lo suyo, ajenos. Y yo entendí, con la mano de mi hermana cerrándose despacio sobre mí, que en esta casa ya no quedaba ni una sola línea sin cruzar.

CONTINUARÁ

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Comentarios (6)

Juanki92

increible relato, me dejo sin palabras!!!

ElisaLectora

Por favor segui con esto, me quede con muchas ganas de saber que paso despues

PilarN_

Que forma de contar una historia... el momento de la puerta se me puso la piel de gallina. Muy bien logrado.

Ramon_R

buenisimo!!

Charly_MZA

Lo que mas me gusto fue la tension que se genera antes del momento clave, eso lo diferencia de la mayoria. Seguí asi

LucasRiver

hay segunda parte?? me quede con las ganas jaja

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