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Relatos Ardientes

La sobrina que baja dos plantas en cada descanso

Cuando el repartidor y el viejo Onofre se marcharon por fin, el piso del bloque sur quedó en un silencio espeso, roto solo por el zumbido del aire acondicionado que llevaba toda la tarde luchando contra el bochorno. El aparato no daba abasto. El aire seguía cargado, denso, impregnado de un olor que ya formaba parte de aquellas paredes: sudor rancio, semen seco pegado a los cojines del sofá, coño húmedo, tabaco barato y cerveza tibia derramada sobre la madera.

Lorena seguía sentada a la mesa del comedor. Tenía la mirada vidriosa, perdida en algún punto del mantel, y esa quietud engañosa de quien parece saciado cuando en realidad acaba de empezar. Veintinueve años, melena rubia recogida a medias, las gafas de pasta ligeramente empañadas, los labios hinchados y brillantes de tanto haber mamado a los dos desconocidos que su tío había hecho subir esa tarde. Un hilo espeso de semen se le había secado en la comisura y ella ni se molestaba en limpiárselo. Por fuera, la viva imagen de la corrección. Por dentro, un coño chorreando que pedía más.

Su tía Pilar la observaba desde la cocina. Cruzó el salón despacio, descalza, con un vestido fino que se le pegaba a la espalda por el calor y que apenas disimulaba las tetas caídas y los pezones oscuros marcándose bajo la tela. Al acercarse, su olor la precedió, ácido y rotundo —ese hedor inconfundible a coño maduro que llevaba toda la tarde abierto—, y golpeó a Lorena antes incluso de que la mujer llegara a su lado.

—¿Te has quedado con hambre, cariño? —preguntó Pilar, y había en su voz una complicidad que no necesitaba explicaciones. Se levantó el bajo del vestido y le enseñó el coño peludo, hinchado, brillante de semen mezclado con su propio flujo—. Mira lo que tu tita todavía tiene guardado para ti, guarra.

Lorena no contestó. No hacía falta. Se relamió los labios y sintió cómo se le apretaban los muslos bajo la falda.

Desde el sofá, Ramón seguía la escena sin moverse, con una cerveza tibia en la mano y la camiseta arremangada hasta el pecho. Su tío llevaba todo el día así, sudando, esperando, con la polla medio dura asomando por el pantalón corto, sabiendo que la sobrina volvería a caer de rodillas como cada tarde a chupársela hasta las pelotas.

—Tu tía tiene algo guardado para ti —dijo él, con esa voz ronca de fumador—. Y yo no he terminado. Todavía tengo la polla que me arde, sobrina. Ven a arreglármela.

Otra vez. Siempre otra vez. Lorena lo pensó y supo que jamás diría que no.

Pilar se apoyó en el borde de la mesa, se subió el vestido hasta la cintura y separó las piernas gordas, dejando el coño abierto a la altura de la cara de la sobrina. Lorena se acercó sin que se lo pidieran dos veces, con la misma ansia con la que entraba a aquel piso cada día. Hundió la cara contra su tía y cerró los ojos. Sacó la lengua y empezó a lamer de abajo hacia arriba, despacio, saboreando ese sabor fuerte y salado a coño usado que la volvía loca. Chupó los labios, los mordió con suavidad, se metió la lengua bien adentro y sacó un chorretón espeso que se tragó con avidez.

—Así, guarra, así se come el coño de tu tita —jadeaba Pilar, agarrándola de la nuca y restregándose contra su cara—. Chúpame bien, límpialo todo, que tu tío me lo ha dejado hecho un asco.

Lorena se apretó más contra ella, sacándole del coño el semen espeso que Ramón le había vaciado un rato antes. Se le embadurnó toda la nariz, la barbilla, las gafas. Sacaba la lengua bien larga, la clavaba en el agujero, la subía hasta el clítoris hinchado y lo chupaba como un caramelo hasta que su tía empezaba a temblar y a soltar palabrotas. El calor del cuerpo de la mujer, su olor a coño sudado, la sumisión de aquel gesto, todo la encendía de una forma que ningún hombre de su mundo profesional habría entendido.

Ramón se levantó por fin. Se bajó los pantalones de un tirón y sacó la polla gorda, congestionada, con una gota de líquido preseminal colgando de la punta. Le agarró la melena rubia con el puño, no con violencia sino con autoridad, y la mantuvo en su sitio, girándole la cara desde el coño de la tía hasta el glande enrojecido que le puso contra los labios.

—Aquí mandamos nosotros, ¿verdad que sí? —murmuró, restregándole la punta por la boca hasta dejársela pintada de baba y semen—. Abre, sobrina.

—Sí, tío —contestó ella, y la palabra le salió con un temblor que la avergonzó y la excitó a partes iguales.

Abrió la boca y Ramón le metió la polla entera de una embestida, hasta el fondo de la garganta. Lorena tragó, se atragantó, escupió saliva por las comisuras y aun así apretó los labios y empezó a mamar con hambre, subiendo y bajando la cabeza mientras su tío le empujaba la nuca. Le lamía las venas, le mimaba el frenillo con la punta de la lengua, se sacaba la polla de la boca para chuparle los huevos peludos uno a uno, se los metía en la boca los dos a la vez y volvía a engullir el rabo hasta la raíz.

—Mira cómo mama la señorita auditora —se reía Ramón—. Con esos morritos de oficinista y esa lengua de puta. Trágatela toda, sobrina, hasta que se te salten las lágrimas.

Pilar se había sentado a horcajadas sobre la mesa y se metía dos dedos en el coño mientras miraba cómo su marido follaba la boca de la niña. Se los sacaba y se los daba a chupar a Lorena entre mamada y mamada, alternando el sabor del glande de Ramón con el del coño de la tía. La sobrina no daba abasto, la baba le colgaba en hilos hasta las tetas, tenía la blusa manchada y el rímel corrido.

—Ponla ahí, Ramón, que quiero verla con el culo levantado —ordenó Pilar.

Le levantaron la falda, le arrancaron las bragas empapadas y la tumbaron boca abajo sobre la mesa. Ramón le escupió en el coño abierto, se pasó el glande por los labios chorreantes y se la clavó de un envión. Lorena gritó y le mordió el borde del mantel. Su tío la agarró de las caderas y empezó a follársela a ritmo constante, con la carne de las nalgas rebotando contra su vientre y un ruido de chapoteo que llenaba el salón.

—Qué apretada la tienes hoy, sobrina, joder, qué coño más rico —resoplaba, dándole cachetadas en el culo que le dejaban la marca roja de la mano—. Este coño es mío, ¿verdad? Dilo. Dilo bien alto para que te oigan los vecinos.

—Es tuyo, tío, es tuyo —gemía Lorena, con las gafas colgándole de una oreja—. Fóllame más, fóllame fuerte, rómpeme.

Pilar se subió a la mesa y se sentó delante de ella con las piernas abiertas. Lorena, empujada por las embestidas de Ramón, hundía la cara una y otra vez contra el coño de su tía, comiéndoselo entre gemidos ahogados. Ramón le metió el pulgar bien untado de saliva y flujo en el ojete y se lo abrió despacio, aprovechando el movimiento de sus caderas para dilatárselo. —Ahora te voy a dar por el culo, guarra —anunció, y sin más se sacó la polla del coño chorreando y se la encajó por el ano de una sola estocada.

Lorena chilló contra el coño de Pilar y este chillido se convirtió en un lamido furioso. Ramón la follaba por el culo con saña, tirándole del pelo hacia atrás, escupiéndole en la espalda, mientras Pilar le agarraba la cabeza y le restregaba el coño en la cara sin dejarla respirar. La sobrina temblaba, gemía, se corría una y otra vez en un orgasmo que le hacía chorrear el coño y apretar el culo alrededor de la polla de su tío.

—Me corro, sobrina, me corro dentro —gruñó Ramón—, te voy a llenar el ojete de leche.

Y así lo hizo. Se vació entero dentro de ella, con espasmos que le sacudían todo el cuerpo, mientras Lorena sentía cómo el semen caliente le llenaba el culo y empezaba a escurrirle por los muslos. Pilar se corrió a la vez, apretando la cabeza de la sobrina contra su coño y empapándole toda la cara.

Cuando todo terminó, Lorena se dejó caer al suelo de baldosas, agotada y extrañamente feliz, con el cuerpo brillante de sudor, el semen chorreándole del culo y del coño, la cara pintada de flujo, y la respiración entrecortada. Pilar se inclinó, le pasó el pulgar por la mejilla recogiendo un hilo de su propio flujo y se lo metió en la boca a la sobrina, que lo chupó como si fuera un caramelo. La miró con un cariño casi maternal.

—Mañana tienes la reunión en la firma —le recordó Ramón, dándole una palmada seca en la cadera manchada que resonó en todo el salón—. Y nadie, nadie, va a sospechar de dónde sales tú.

Lorena sonrió, con la boca llena todavía de restos. Esa era su mayor victoria: ser, en la intimidad, exactamente lo contrario de lo que el mundo veía en ella.

***

A la mañana siguiente, el contraste era absoluto. Lorena estaba sentada en su despacho acristalado de la planta doce, con un traje de chaqueta impecable y las gafas finas que le daban ese aire de seriedad inapelable. Auditora junior en una de las firmas más respetadas de la ciudad, revisaba columnas de cifras con la espalda recta y la sonrisa profesional perfectamente calibrada.

Y sin embargo, bajo la tela cara, su piel guardaba todavía el rastro invisible de la tarde anterior. No se había duchado. Llevaba las bragas pegadas a un coño que seguía chorreando semen viejo de su tío, y cada vez que cambiaba de postura en la silla notaba cómo una gota nueva le resbalaba entre las nalgas. Le gustaba sentir cómo el aire encerrado de la oficina reactivaba el recuerdo de sus tíos, cómo aquel secreto la acompañaba mientras firmaba balances y saludaba a los socios por los pasillos.

A la hora del almuerzo, mientras sus compañeros bajaban a la cafetería de la esquina, ella tomó el ascensor en sentido contrario. Dos plantas más abajo, en el mismo edificio, sus tíos tenían el viejo piso que habían heredado años atrás. Por eso había aceptado aquel trabajo. Por eso, y por nada más.

Cuando Lorena entró, Pilar y Ramón ya la esperaban en el salón, descalzos y acalorados por el sol del mediodía que entraba a raudales. Su tío estaba en calzoncillos, con la polla marcándose por debajo de la tela, y su tía llevaba solo una bata abierta que dejaba a la vista las tetas colgonas y el coño peludo.

—Vienes con prisa, ¿eh? —soltó Ramón, rascándose el pecho y agarrándose el paquete por encima de la ropa—. La señorita auditora con hambre de polla a media mañana.

Lorena no respondió con palabras. Dejó el bolso en una silla, se arrodilló frente a él sin importarle que la falda de tubo se arrugara, y le bajó los calzoncillos de un tirón. La polla de Ramón le cayó encima de la cara, pesada, todavía oliendo a sexo de la noche anterior. Ella cerró los ojos, se la restregó por las mejillas, por los labios, por las gafas, y luego abrió la boca y se la tragó hasta la garganta.

—Así, sobrina, sin perder tiempo —jadeó su tío, agarrándola del moño—. Que solo tienes una hora para comer y hay que aprovechar.

Lorena mamaba con hambre, escupiendo saliva, chupándole los huevos, subiendo por el tronco con la lengua plana, engullendo hasta atragantarse. Se sacaba la polla de la boca para pedir más, para restregársela por la cara, para escupir en el glande y volver a metérsela hasta el fondo. Se le corría el maquillaje, se le empañaban las gafas, se le manchaba la blusa cara de baba espesa.

Pilar, mientras tanto, preparaba lo que ella llamaba con sorna «el menú del día». Se sentó en el borde del sofá, abrió las piernas y se metió dos dedos en el coño, revolviéndolos hasta sacarlos brillantes de flujo. Con un gesto íntimo y deliberado, extendió aquellos dedos empapados hacia la boca de la sobrina.

—Para que no se te olvide quién es tu familia —dijo.

Lorena abrió la boca y aceptó la ofrenda con los ojos en blanco, chupando los dedos de su tía uno a uno mientras seguía masturbando la polla de Ramón con la otra mano. Un hilo de saliva y flujo le caía por la barbilla hasta el escote de la blusa. Pilar se levantó, le puso el coño en la cara y la sobrina se lo comió a lametazos ávidos, metiéndole la lengua, chupándole el clítoris, tragándose todo el flujo que la tía le regalaba.

—Come, sobrina, come el coño de tu tita antes de subir con esos señoritos —gemía Pilar—. Que se te queden bien pegadas las ganas.

Ramón no aguantó más. Le agarró la cabeza con las dos manos, se la clavó hasta la nuez y empezó a follarle la boca a un ritmo brutal, hasta que soltó un rugido y le vació una carga espesa entre los labios. Lorena tragó lo que pudo y dejó que el resto le chorreara por la barbilla y se derramara sobre la seda de la blusa, extendiéndose por el escote como una mancha caliente.

—Ahora sube ahí arriba y diles a esos señores trajeados qué has comido hoy —se burló él, y le soltó un eructo cargado de cerveza directamente en la cara.

Lorena se limpió con el dorso de la mano, saboreando el último resto de semen que su tío le había dejado en la comisura de los labios, se pasó los dedos por el escote embadurnado y se los chupó también, y volvió al ascensor con una sonrisa triunfal. Nadie en aquel edificio de cristal sospecharía que la auditora más prometedora llevaba en la boca la polla de su tío y en el coño el flujo reciente de su tía.

***

De regreso en la planta doce, el aire acondicionado, en lugar de aliviarla, enfrió los rastros sobre su piel y los hizo más densos, más presentes. Cada vez que se movía en la silla, algo de aquel olor a tarde prohibida —a semen espeso, a coño de tía, a saliva agria— escapaba del cuello de su blusa manchada. Bajo la falda, el coño le latía, empapado, con las bragas empapadas.

A media tarde, el socio director la llamó al cuarto de archivos, una sala estrecha y sin ventilación al fondo del pasillo. Apenas entraron, el calor acumulado hizo que la piel de Lorena se abriera y liberara una bocanada inconfundible a sexo reciente. El hombre frunció el ceño sobre los expedientes.

—Lorena, ¿qué es este olor? —preguntó, arrugando la nariz.

Lejos de asustarse, ella sintió un latigazo de placer en el coño al recordar de dónde venía aquel aroma. Se ajustó las gafas para esconder la mirada tras el cristal ligeramente velado por su propio aliento.

—Será la humedad de las tuberías, señor —respondió con una voz dulce, impecable, mientras notaba una gota tibia de semen resbalarle por el canalillo.

Justo entonces la puerta se abrió. Era Ramón. Había subido con la excusa de devolverle unas llaves, pero Lorena entendió, en cuanto lo vio entrar con la camisa abierta y aquel paso chulesco, que su tío venía a marcar territorio delante del jefe. Traía la bragueta a medio abrir y una mancha húmeda todavía visible en la tela.

—Sobrina, te dejaste esto en casa —dijo, y soltó otro eructo que inundó la sala estrecha con el olor del almuerzo.

Sin reparar en la presencia del socio, Ramón le pasó la mano por la mejilla, dejando un rastro de mugre en la piel de porcelana de Lorena. Luego se sacó la polla flácida por la bragueta, sin ningún pudor, se la refregó por el dorso de la mano y con esa misma mano le acarició los labios a la sobrina, dejándoselos untados. Se inclinó y le susurró al oído, lo bastante alto para que el ambiente se volviera irrespirable:

—Acuérdate de que esta noche te toca bajar. Llevas mi leche encima, la de la boca y la del culo, así que no te pongas digna en esa silla, ¿eh?

Cuando Ramón se fue, el socio director la miraba con una mezcla de desconcierto y repulsión, pero ella solo podía pensar en volver a bajar dos plantas para arrodillarse de nuevo y comerse otra polla. Se llevó un dedo a la boca, recogió el resto de semen que su tío le había dejado en los labios y lo saboreó con descaro delante del jefe, chupándose el dedo despacio, mirándolo a los ojos. El socio, incapaz de soportar el aire viciado a coño y semen, salió del archivo a toda prisa.

Lorena se quedó sola, con los pezones marcándose bajo la seda, deseando que las horas pasaran de una vez.

***

Sola en el archivo, con el jefe en fuga, sintió que su calentura cruzaba un punto de no retorno. El calor del cuarto convertía los rastros de su piel en una segunda capa pegajosa, igual que en casa de sus tíos. No podía esperar al final de la jornada.

Se desabrochó los dos primeros botones de la blusa y dejó al descubierto el escote, donde el rastro de semen de Ramón se había secado en una costra brillante. La rascó despacio con la uña y se la llevó a la boca, saboreando aquel concentrado salado que sabía a la polla de su tío. Luego deslizó la mano por debajo de la falda, se coló los dedos por el elástico de las bragas empapadas, recogió la humedad de la mañana mezclada con el semen que Ramón le había vaciado en el coño el día anterior y con el flujo que Pilar le había dejado antes de subir, y se chupó los dedos uno a uno, entregada por completo a su propio secreto.

Se sentó en el suelo del archivo, entre las estanterías, se levantó la falda hasta la cintura y se abrió las piernas. Con dos dedos empezó a frotarse el clítoris hinchado, mientras con la otra mano se apretaba las tetas por encima de la blusa. Se metió tres dedos en el coño chorreante y se los sacaba manchados de un flujo espeso, blanquecino, mezcla de todos los que la habían usado en las últimas horas. Se los relamía, gemía en voz baja, se los volvía a meter con más fuerza, follándose a sí misma con saña en el suelo de aquel cuarto de la firma.

Entonces recordó el regalo. Al salir del piso, Ramón le había metido algo en el bolsillo de la chaqueta con un guiño. Buscó y sacó un pequeño envoltorio de papel: un recuerdo de la noche anterior que ella había guardado como un tesoro impúdico, algo que el viejo Eladio había dejado y que su tío sabía que a ella le encantaría conservar. Al abrirlo, apareció el condón usado, todavía con la carga espesa del viejo dentro, cerrado con un nudo para no perder ni una gota.

—Qué buena merienda me has dejado, tito —susurró para sí misma.

Sin importarle que alguien pudiera entrar, deshizo el nudo, se echó el contenido en el hueco de la mano y se lo pasó por los labios como si fuera un carmín, dejándose la boca lista para cualquiera que se atreviera a buscarla. Lo saboreó, lo chupó de los dedos, se lo tragó despacio y con un gemido se metió los mismos dedos en el coño para correrse allí mismo, mordiéndose el labio para no gritar, con el culo apretado contra la baldosa fría. Se corrió con espasmos largos, apretando el coño alrededor de sus propios dedos, sintiendo el sabor del viejo en la boca y el semen de su tío secándose en la piel.

Después se ajustó la ropa, se colocó bien las gafas y salió del archivo con la frente en alto, cruzando el pasillo de la firma con paso firme y dejando tras de sí una estela que nadie sabría nombrar.

Al sentarse de nuevo en su mesa, supo que esa noche, dos plantas más abajo, sus tíos tendrían preparada una sesión aún más intensa para premiar su lealtad.

***

Al terminar la jornada, Lorena no aguantó ni un segundo más. El roce de la falda contra su entrepierna, todavía húmeda por los juegos del mediodía y por su propia corrida en el archivo, la estaba volviendo loca. Bajó las dos plantas casi corriendo, notando cómo el calor de la tarde hacía emanar de su ropa aquel olor a coño en celo que solo a ella le resultaba un imán.

Al entrar en el piso, la escena la esperaba. Ramón estaba en el sofá, desnudo, con la polla dura apuntando al techo y el ventilador removiendo el aire caliente de la estancia. Pilar, de rodillas frente a él, con la cabeza hundida entre sus piernas, se la estaba mamando con los mofletes hundidos, levantó la vista al oír la puerta con la polla del marido todavía entre los labios.

—¡Ya está aquí la auditora más sucia de la ciudad! —exclamó Ramón con una carcajada ronca, sacándose la polla brillante de saliva de la boca de su mujer—. Quítate ese traje de marca, que aquí te pagamos el sueldo de verdad.

Lorena se deshizo de la ropa cara en un instante y la dejó tirada junto a unas chanclas viejas. Se quedó solo con las gafas de pasta, las tetas erguidas y el coño depilado brillando de humedad. Se puso a cuatro patas sobre la alfombra, frente a ellos, y esperó con el culo levantado y el ojete visible.

Pilar, con los dedos ya empapados de su propio flujo y del semen de su marido que le acababa de escupir en la mano, se los introdujo en la boca de la joven. Lorena los chupó uno a uno, entregada, mientras la tía le pasaba la otra mano por el culo, abriéndole las nalgas y escupiéndole en el ojete.

—Mírala, Ramón, cómo se ofrece la niñita —se relamió Pilar—. Con el culito abierto ya. La hemos entrenado bien.

Ramón se levantó, se puso detrás de la sobrina, se agarró la polla y la restregó por el coño de Lorena, arriba y abajo, sin meterla, torturándola.

—¿Qué quieres, sobrina? Pídelo.

—Fóllame, tío, por favor, méteme la polla —gimió ella, meneando el culo—. Méteme por el coño, por el culo, por donde quieras, pero fóllame ya.

Ramón se la clavó por el coño de una embestida, hasta el fondo, y empezó a follársela a un ritmo brutal, agarrándola del pelo con una mano y del culo con la otra. Pilar se puso delante y le dio a comer el coño mientras la polla del marido le entraba y le salía por detrás. Lorena era un sándwich de carne caliente, gimiendo, tragando flujo por delante, recibiendo polla por detrás, con las gafas caídas y el pelo pegado a la cara sudada.

—Toma, guarra, toma polla, toma coño —le gritaba Pilar, restregándole la vulva por toda la cara—. Este es tu sitio, entre nosotros, esto es lo que tú eres.

Después de un rato, Pilar se dirigió al baño y le hizo una seña con la barbilla. Ramón la siguió, pesado, sin prisa, la polla enhiesta apuntando el camino, y Lorena a cuatro patas detrás como una perra bien enseñada.

—Hoy la tata tiene preparado algo que te va a encantar —dijo él, poniendo el tapón del lavabo.

La tía se acomodó sobre el lavabo, con las piernas abiertas, el coño enorme y peludo apuntando hacia abajo. Lorena pegó su cara angelical a ella, los labios entreabiertos, las gafas empañándose ya por el vapor del cuarto cerrado. Empezó a comerle el coño con hambre, chupándolo, mordisqueándolo, metiéndole la lengua bien adentro, mientras Ramón se colocaba detrás de ella y le encajaba la polla por el culo de golpe.

La sobrina gimió contra el coño de Pilar y el gemido se convirtió en un lamido furioso mientras su tío la follaba por el ojete a estocadas secas. Le agarraba las caderas, la partía en dos, le daba palmadas en las nalgas que resonaban contra las baldosas. Pilar le tiraba del pelo hacia ella, restregándole el coño en toda la cara, ahogándola con su carne.

—Come, sobrina, come lo que la tata tiene para ti —le ordenaba.

La tía se abrió más, agarró el clítoris entre dos dedos y empezó a chorrear un flujo espeso directamente en la boca abierta de Lorena, que tragaba sin dejar de comerle el coño. Ramón, por su parte, aceleró las embestidas hasta que soltó un gruñido animal y le vació la polla en el culo, cargando el ojete de semen caliente que empezó a chorrearle por las piernas.

—Toma, guarra —gruñó Ramón mientras la marcaba con las últimas gotas sobre las nalgas y la melena rubia—. Come lo que tu familia ha preparado para ti.

Se retiró, se pasó la polla chorreando por la cara de la sobrina y ella la lamió agradecida, limpiándosela con la lengua de arriba abajo, chupándole los huevos, tragándose las últimas gotas. Pilar se dejó caer del lavabo, se acuclilló junto a la sobrina y la besó en la boca, un beso profundo y sucio en el que se pasaban la saliva mezclada con todo lo que Lorena había tragado esa tarde.

Lorena, en éxtasis, recibió todo lo que sus tíos le daban, tragando sin pensar, saboreando el único hogar verdadero que conocía. Mañana volvería a ser la auditora intachable de la planta doce, con su traje impecable y su sonrisa de cristal. Pero esta noche, como cada noche, pertenecía a Ramón y a Pilar, y no había nada en el mundo que deseara más.

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Comentarios(8)

vikingo_55

Excelente relato! Quede con ganas de mas jaja

LectoraAnsiosa

Me engancho desde el primer parrafo. Se siente que podia pasar de verdad, muy bien escrito

NocheEnBaires

Por favor que haya segunda parte, el final me dejo con el suspenso

Rulo_Baires

Tremendo. Me recordo a una situacion parecida en una oficina donde trabaje, aunque nunca llego a tanto jaja. Segui asi!

curiosa_porteña

Siempre me pregunto como hacen para no ser descubiertos... muy intrigante el planteo desde el titulo

Tomi_87

La tensión del comienzo es lo mejor. Buen ritmo, bien narrado

MoraSur19

buenisimo!!

RomeoTux_2

Esperando ansioso la continuacion. Saludos desde Mendoza

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