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Relatos Ardientes

La sobrina que baja dos plantas en cada descanso

Cuando el repartidor y el viejo Onofre se marcharon por fin, el piso del bloque sur quedó en un silencio espeso, roto solo por el zumbido del aire acondicionado que llevaba toda la tarde luchando contra el bochorno. El aparato no daba abasto. El aire seguía cargado, denso, impregnado de un olor que ya formaba parte de aquellas paredes.

Lorena seguía sentada a la mesa del comedor. Tenía la mirada vidriosa, perdida en algún punto del mantel, y esa quietud engañosa de quien parece saciado cuando en realidad acaba de empezar. Veintinueve años, melena rubia recogida a medias, las gafas de pasta ligeramente empañadas. Por fuera, la viva imagen de la corrección.

Su tía Pilar la observaba desde la cocina. Cruzó el salón despacio, descalza, con un vestido fino que se le pegaba a la espalda por el calor. Al acercarse, su olor la precedió, ácido y rotundo, y golpeó a Lorena antes incluso de que la mujer llegara a su lado.

—¿Te has quedado con hambre, cariño? —preguntó Pilar, y había en su voz una complicidad que no necesitaba explicaciones.

Lorena no contestó. No hacía falta.

Desde el sofá, Ramón seguía la escena sin moverse, con una cerveza tibia en la mano y la camiseta arremangada hasta el pecho. Su tío llevaba todo el día así, sudando, esperando, sabiendo que la sobrina volvería a caer de rodillas como cada tarde.

—Tu tía tiene algo guardado para ti —dijo él, con esa voz ronca de fumador—. Y yo no he terminado.

Otra vez. Siempre otra vez. Lorena lo pensó y supo que jamás diría que no.

Pilar se apoyó en el borde de la mesa y Lorena se acercó sin que se lo pidieran dos veces, con la misma ansia con la que entraba a aquel piso cada día. Hundió la cara contra su tía y cerró los ojos. El calor del cuerpo de la mujer, su olor, la sumisión de aquel gesto, todo la encendía de una forma que ningún hombre de su mundo profesional habría entendido.

Ramón se levantó por fin. Le agarró la melena rubia con el puño, no con violencia sino con autoridad, y la mantuvo en su sitio.

—Aquí mandamos nosotros, ¿verdad que sí? —murmuró.

—Sí, tío —contestó ella, y la palabra le salió con un temblor que la avergonzó y la excitó a partes iguales.

Cuando todo terminó, Lorena se dejó caer al suelo de baldosas, agotada y extrañamente feliz, con el cuerpo brillante de sudor y la respiración entrecortada. Pilar se inclinó, le pasó el pulgar por la mejilla y la miró con un cariño casi maternal.

—Mañana tienes la reunión en la firma —le recordó Ramón, dándole una palmada seca en la cadera que resonó en todo el salón—. Y nadie, nadie, va a sospechar de dónde sales tú.

Lorena sonrió. Esa era su mayor victoria: ser, en la intimidad, exactamente lo contrario de lo que el mundo veía en ella.

***

A la mañana siguiente, el contraste era absoluto. Lorena estaba sentada en su despacho acristalado de la planta doce, con un traje de chaqueta impecable y las gafas finas que le daban ese aire de seriedad inapelable. Auditora junior en una de las firmas más respetadas de la ciudad, revisaba columnas de cifras con la espalda recta y la sonrisa profesional perfectamente calibrada.

Y sin embargo, bajo la tela cara, su piel guardaba todavía el rastro invisible de la tarde anterior. No se había duchado. Le gustaba sentir cómo el aire encerrado de la oficina reactivaba el recuerdo de sus tíos, cómo aquel secreto la acompañaba mientras firmaba balances y saludaba a los socios por los pasillos.

A la hora del almuerzo, mientras sus compañeros bajaban a la cafetería de la esquina, ella tomó el ascensor en sentido contrario. Dos plantas más abajo, en el mismo edificio, sus tíos tenían el viejo piso que habían heredado años atrás. Por eso había aceptado aquel trabajo. Por eso, y por nada más.

Cuando Lorena entró, Pilar y Ramón ya la esperaban en el salón, descalzos y acalorados por el sol del mediodía que entraba a raudales.

—Vienes con prisa, ¿eh? —soltó Ramón, rascándose el pecho—. La señorita auditora con hambre a media mañana.

Lorena no respondió con palabras. Dejó el bolso en una silla, se arrodilló frente a él sin importarle que la falda de tubo se arrugara, y esperó instrucciones. Ramón se levantó la camiseta y le ofreció el costado, la piel húmeda tras horas de calor. Ella cerró los ojos y respiró hondo, dejándose llevar por ese olor que le ordenaba la cabeza y le borraba las cifras de la mañana.

Pilar, mientras tanto, preparaba lo que ella llamaba con sorna «el menú del día». Se sentó en el borde del sofá y, con un gesto íntimo y deliberado, recogió en los dedos su propio fluido y los extendió hacia la boca de la sobrina.

—Para que no se te olvide quién es tu familia —dijo.

Lorena abrió la boca y aceptó la ofrenda con los ojos en blanco, mientras un hilo de saliva le caía por la barbilla. Ramón quería su parte. Se acercó por detrás y la marcó a su manera, derramando sobre la seda de la blusa de su sobrina un rastro caliente que se extendió por el escote.

—Ahora sube ahí arriba y diles a esos señores trajeados qué has comido hoy —se burló él, y le soltó un eructo cargado de cerveza directamente en la cara.

Lorena se limpió con el dorso de la mano, saboreando el último resto que su tía le había dejado en la comisura de los labios, y volvió al ascensor con una sonrisa triunfal. Nadie en aquel edificio de cristal sospecharía que la auditora más prometedora llevaba grabada en la piel la marca de sus tíos.

***

De regreso en la planta doce, el aire acondicionado, en lugar de aliviarla, enfrió los rastros sobre su piel y los hizo más densos, más presentes. Cada vez que se movía en la silla, algo de aquel olor a tarde prohibida escapaba del cuello de su blusa.

A media tarde, el socio director la llamó al cuarto de archivos, una sala estrecha y sin ventilación al fondo del pasillo. Apenas entraron, el calor acumulado hizo que la piel de Lorena se abriera y liberara una bocanada inconfundible. El hombre frunció el ceño sobre los expedientes.

—Lorena, ¿qué es este olor? —preguntó, arrugando la nariz.

Lejos de asustarse, ella sintió un latigazo de placer en el bajo vientre al recordar de dónde venía aquel aroma. Se ajustó las gafas para esconder la mirada tras el cristal ligeramente velado por su propio aliento.

—Será la humedad de las tuberías, señor —respondió con una voz dulce, impecable, mientras notaba una gota tibia resbalarle por el canalillo.

Justo entonces la puerta se abrió. Era Ramón. Había subido con la excusa de devolverle unas llaves, pero Lorena entendió, en cuanto lo vio entrar con la camisa abierta y aquel paso chulesco, que su tío venía a marcar territorio delante del jefe.

—Sobrina, te dejaste esto en casa —dijo, y soltó otro eructo que inundó la sala estrecha con el olor del almuerzo.

Sin reparar en la presencia del socio, Ramón le pasó la mano por la mejilla, dejando un rastro de mugre en la piel de porcelana de Lorena. Luego se inclinó y le susurró al oído, lo bastante alto para que el ambiente se volviera irrespirable:

—Acuérdate de que esta noche te toca bajar. Llevas mi marca encima, así que no te pongas digna en esa silla, ¿eh?

Cuando Ramón se fue, el socio director la miraba con una mezcla de desconcierto y repulsión, pero ella solo podía pensar en volver a bajar dos plantas para arrodillarse de nuevo. Se llevó un dedo a la boca, recogió el resto que su tío le había dejado en la oreja y lo saboreó con descaro delante del jefe, que, incapaz de soportar el aire viciado, salió del archivo a toda prisa.

Lorena se quedó sola, con los pezones marcándose bajo la seda, deseando que las horas pasaran de una vez.

***

Sola en el archivo, con el jefe en fuga, sintió que su calentura cruzaba un punto de no retorno. El calor del cuarto convertía los rastros de su piel en una segunda capa pegajosa, igual que en casa de sus tíos. No podía esperar al final de la jornada.

Se desabrochó los dos primeros botones de la blusa y dejó al descubierto el escote, donde el rastro de Ramón se había secado en una costra brillante. La rascó despacio con la uña y se la llevó a la boca, saboreando aquel concentrado salado que sabía a su tío. Luego deslizó la mano por debajo de la falda, recogió la humedad de la mañana mezclada con lo que Pilar le había dejado antes de subir, y se chupó los dedos uno a uno, entregada por completo a su propio secreto.

Entonces recordó el regalo. Al salir del piso, Ramón le había metido algo en el bolsillo de la chaqueta con un guiño. Buscó y sacó un pequeño envoltorio de papel: un recuerdo de la noche anterior que ella había guardado como un tesoro impúdico, algo que el viejo Eladio había dejado y que su tío sabía que a ella le encantaría conservar.

—Qué buena merienda me has dejado, tito —susurró para sí misma.

Sin importarle que alguien pudiera entrar, se llevó el envoltorio a los labios y lo paseó por ellos como si fuera un carmín, dejándose la boca lista para cualquiera que se atreviera a buscarla. Después se ajustó la ropa, se colocó bien las gafas y salió del archivo con la frente en alto, cruzando el pasillo de la firma con paso firme y dejando tras de sí una estela que nadie sabría nombrar.

Al sentarse de nuevo en su mesa, supo que esa noche, dos plantas más abajo, sus tíos tendrían preparada una sesión aún más intensa para premiar su lealtad.

***

Al terminar la jornada, Lorena no aguantó ni un segundo más. El roce de la falda contra su entrepierna, todavía húmeda por los juegos del mediodía, la estaba volviendo loca. Bajó las dos plantas casi corriendo, notando cómo el calor de la tarde hacía emanar de su ropa aquel olor que solo a ella le resultaba un imán.

Al entrar en el piso, la escena la esperaba. Ramón estaba en el sofá, desnudo, con el ventilador removiendo el aire caliente de la estancia. Pilar, de rodillas frente a él, con la cabeza hundida entre sus piernas, levantó la vista al oír la puerta.

—¡Ya está aquí la auditora más sucia de la ciudad! —exclamó Ramón con una carcajada ronca—. Quítate ese traje de marca, que aquí te pagamos el sueldo de verdad.

Lorena se deshizo de la ropa cara en un instante y la dejó tirada junto a unas chanclas viejas. Se quedó solo con las gafas de pasta, lista para lo que sabía que venía. Se puso a cuatro patas sobre la alfombra, frente a ellos, y esperó.

Pilar, con los dedos ya empapados de su propio fluido y del de su marido, se los introdujo en la boca de la joven. Ramón se levantó, carraspeó y la marcó otra vez sobre el pecho, y Lorena sonrió mientras extendía la mezcla por su piel con las dos manos, fundiéndola con el sudor de la tarde, sintiéndose por fin en casa.

Después, Pilar se dirigió al baño y le hizo una seña con la barbilla. Ramón la siguió, pesado, sin prisa.

—Hoy la tata tiene preparado algo que te va a encantar —dijo él, poniendo el tapón del lavabo.

La tía se acomodó y Lorena pegó su cara angelical a ella, los labios entreabiertos, las gafas empañándose ya por el vapor del cuarto cerrado. Ramón la agarró del pelo y la mantuvo en su sitio, y la sobrina se entregó a aquel ritual fétido y caliente con la misma devoción con la que firmaba balances doce plantas más arriba.

—Toma, guarra —gruñó Ramón mientras la marcaba sobre la melena rubia—. Come lo que tu familia ha preparado para ti.

Lorena, en éxtasis, recibió todo lo que sus tíos le daban, tragando sin pensar, saboreando el único hogar verdadero que conocía. Mañana volvería a ser la auditora intachable de la planta doce, con su traje impecable y su sonrisa de cristal. Pero esta noche, como cada noche, pertenecía a Ramón y a Pilar, y no había nada en el mundo que deseara más.

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Comentarios (6)

vikingo_55

Excelente relato! Quede con ganas de mas jaja

LectoraAnsiosa

Me engancho desde el primer parrafo. Se siente que podia pasar de verdad, muy bien escrito

NocheEnBaires

Por favor que haya segunda parte, el final me dejo con el suspenso

Rulo_Baires

Tremendo. Me recordo a una situacion parecida en una oficina donde trabaje, aunque nunca llego a tanto jaja. Segui asi!

curiosa_porteña

Siempre me pregunto como hacen para no ser descubiertos... muy intrigante el planteo desde el titulo

Tomi_87

La tensión del comienzo es lo mejor. Buen ritmo, bien narrado

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