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Relatos Ardientes

El pueblo donde un terremoto rompió todos los tabúes

Esta historia me la contaron a finales de los años noventa dos hermanos que entonces rondaban los treinta. La vivieron en carne propia: un terremoto arrasó su pueblo, perdido en la ladera de un valle de los Andes bolivianos, y los pocos que quedaron vivos tuvieron que enterrar a sus muertos sin ayuda y levantar las casas piedra a piedra. Nadie llegó del gobierno. Nadie supo del pueblo durante meses.

Me lo contaron con los ojos húmedos. Padres, hermanos, abuelos: a casi todos los perdieron esa noche. Aprendieron a sobrevivir solos, y eso cambió algo en ellos que solo entendí días después.

Me llamo Andrés. Tengo treinta y dos años, soy biólogo y trabajo para una multinacional norteamericana que se abastece de una planta nativa cultivada en ese pueblo. Una planta extraña, con un alcaloide parecido a la efedrina y otro compuesto del que se sabe poco. Sirve para el dolor, pero también desinhibe. Por eso me mandaron: necesitaban renovar el contrato de exclusividad otros cinco años.

Llevaba tres días allí cuando Rodrigo y Mateo, los hermanos que negociaban en nombre de la comunidad, me invitaron a cenar a su casa. Acepté. Algo raro flotaba en el aire de aquel lugar y yo quería entenderlo. El pueblo era pequeño, no más de cien personas, y la mayoría eran mujeres. Me hospedaba en un mesón limpio y humilde, y desde la primera mañana sentí que me observaban de un modo distinto al de cualquier otro lugar al que había viajado.

Llegué a la casa pasadas las ocho. Lo primero que me sorprendió fue la cantidad de niños correteando por el patio. Quince, quizá más. Ninguno tendría más de doce años.

—Pasa, amigo —dijo Rodrigo, el mayor de los hermanos, llevándome al porche—. Siéntete como en tu casa. ¿Qué quieres tomar?

Le pedí una cerveza. Desde la silla vi salir a Mateo con una chica abrazada a la cintura. No tendría más de veinte años. Vestía un pareo claro enrollado al cuerpo, los pies descalzos, la sonrisa fácil. Sus ojos negros me sostuvieron la mirada más de lo que cualquier mujer me la había sostenido en años.

—Esta preciosidad es mi hija Camila —dijo Rodrigo—. Nos ha dado tres hijos a Mateo y a mí.

Tragué la cerveza sin saber si había escuchado bien. Rodrigo se rio al ver mi cara y me apoyó una mano en el hombro.

—Vas a necesitar otra cerveza —dijo—. Esta noche te contamos lo que pasó después del terremoto. Pero queremos algo a cambio: guarda el secreto. Aquí somos felices y no queremos que nadie venga a cambiarnos la vida.

***

—Lo primero que tienes que saber —siguió Mateo, sirviéndose un trago— es que debajo del pareo no llevan nada. Ninguna. Los quince hombres del pueblo saciamos las ganas cuando aparecen, donde aparezcan: en la casa, en el campo, en el granero. Y antes de que pienses cualquier barbaridad, te aseguro que ellas lo quieren igual que nosotros. La planta que cultivamos tiene mucho que ver.

Yo escuchaba con la mirada clavada en Camila, que se había sentado en las piernas de Mateo y le mordisqueaba el lóbulo de la oreja. Llevaba toda la conversación así, sonriendo, abriendo y cerrando las rodillas con una lentitud calculada. Tenía la boca pintada de un rojo apagado, y cuando me sorprendió mirándola se rio bajito.

—Habrás notado que llevas un par de horas con una incomodidad en el pantalón —dijo Rodrigo, mostrando los dientes—. Es el brebaje que te sirven en el mesón desde que llegaste. La misma planta, mezclada como nosotros sabemos mezclarla. No te asustes. Aquí nadie es forzado a nada. Pero esta noche, si quieres, una de las chicas te enseña la casa antes de cenar.

Sentí la cara caliente. Camila se levantó del regazo de su tío y me tendió la mano sin esperar respuesta.

—Papá —dijo sin mirarlo—, déjame un rato a Andrés. Le enseño la casa mientras ustedes preparan la bebida.

Subimos juntos. La escalera de madera crujía bajo cada paso. Antes de llegar al rellano, ella se dio vuelta y me besó. Fue un beso lento, con la boca medio abierta, sin prisa. Después siguió subiendo como si nada.

—Te voy a comer enterito —me susurró cuando abrió la puerta del cuarto—. A menos que prefieras una más jovencita. Aquí siempre se puede pedir.

—No, por dios —contesté—. Eres preciosa.

—¿Cuántos años crees que tengo? —preguntó, desatándose el pareo con un único movimiento.

—No sé.

—Dieciocho. Y ya tengo tres.

Quedó desnuda en el centro del cuarto, con la luz de la lámpara de aceite recortándole el cuerpo. Pechos pequeños, firmes. La piel cobriza. El pubis depilado. Me lancé sobre ella sin pensar, pero me detuvo con una mano en el pecho.

—Primero yo —dijo.

Me desnudó sin prisa, besándome los hombros, mordiéndome la cadera. Cuando me tomó con la boca, supe que no era la primera vez que lo hacía. Sabía exactamente cuándo apretar y cuándo soltar, cuándo subir a besarme la barbilla y cuándo bajar a recorrerme con la lengua. Yo tenía la cabeza hundida en la almohada y los puños cerrados sobre las sábanas. Cuando me corrí en su boca, lo recibió sin moverse, con los ojos clavados en los míos.

Después se acostó encima. Yo creía que necesitaría unos minutos. Ella se rio.

—No te preocupes —dijo—. Con lo que has tomado, no se te va a bajar en horas.

Tenía razón. Se guio hasta meterme dentro sin esfuerzo, se incorporó sobre los muslos y empezó a moverse. Lo hacía con calma de animal experimentado: subía, bajaba, giraba apenas la cadera. A los pocos minutos ya estaba gimiendo sin pudor, agarrándose los pechos. Yo le clavé los dedos en las caderas y ella se inclinó a besarme con la boca abierta. No supe si estaba teniendo un orgasmo, dos o tres. Cuando por fin me dejé ir, sentí que media columna se descargaba con cada espasmo.

Y entonces oí las risitas en el pasillo.

Camila se levantó, abrió la puerta y dejó pasar a tres muchachas que llevaban un rato espiando. Eran morenas, delgadas, jóvenes. Una le pasó los dedos por el pelo a Camila como saludo. Otra se arrodilló al pie de la cama y me sonrió.

—Que la vean —dijo Camila refiriéndose a mí—. Si tú quieres, ellas querrán probarla.

Yo me dejé. Ya no podía pensar.

***

Bajamos a cenar pasadas las nueve. En la mesa estaban Rodrigo, Mateo, Camila, dos mujeres adultas y yo. Las presentaron como Beatriz, la esposa de Mateo, y Yolanda, la esposa de Rodrigo. Pasaban los cuarenta. Ninguna escondía la curiosidad con la que me miraban.

—Mira, Andrés —dijo Camila levantando la copa al brindar—. Aquí no hay tabúes. Nadie tiene relaciones con quien no quiere, pero tampoco nadie pregunta por los parentescos.

Mateo lo explicó después, mientras cenábamos un guisado que sabía a hierbas que yo no conocía. Del terremoto sobrevivieron quince personas. Las ocho mujeres en edad fértil empezaron a tener hijos rápido, alimentadas casi exclusivamente con lo poco que sobrevivió de la última siembra: la planta a la que llaman kanchu. Veinticinco años después eran cien.

—Padres, hijos, nietos, primos —dijo Mateo encogiéndose de hombros—. Más o menos sabemos quién engendró a quién. Pero solo más o menos.

—¿Y los anticonceptivos? —pregunté.

—Ninguno —dijo Rodrigo—. Necesitamos manos para trabajar la tierra.

Estás en una pesadilla bonita, pensé. Y no quieres despertar.

***

Me asignaron habitación. Beatriz me llevó del brazo escaleras arriba.

—Hoy vas a dormir con Lucía —me dijo en voz baja—. Cumplió dieciocho hace diez días. Esperamos que le dejes la semillita.

Empujó la puerta con suavidad. Lucía estaba en la cama, fingiendo dormir bajo una sábana de algodón. La boca le temblaba de risa contenida. Tenía el pelo largo, lacio, esparcido sobre la almohada.

—Buenas noches —murmuró Beatriz, y me besó en la boca antes de irse.

Lucía abrió los ojos en cuanto la puerta se cerró. Me sonrió con todos los dientes, se incorporó y me tendió los brazos.

—Sácate la ropa —dijo—. Quiero verte.

Me desvestí frente a ella mientras me observaba apoyada en un codo. Cuando me metí en la cama, se montó encima sin perder un segundo. Yo le hice darse vuelta. Quería probarla primero. Le abrí las piernas con calma y la besé entre los muslos, lento, hasta que dejó de hablar y empezó a gemir suavecito. Tenía el sabor dulce de una fruta verde. Cuando ella, sin saber muy bien cómo, intentó devolver el favor a su manera, supe que la habían preparado durante meses para esa noche.

La penetré despacio. Era estrecha. Apretaba sin querer y se reía cuando lo notaba. Le agarré la cintura y dejé que ella marcara el ritmo. Al rato ya estaba sentándose con fuerza, mordiéndose el labio, soltando palabras que no entendí pero que tenían que ser de placer. Me corrí dentro de ella y ella se quedó arriba sin moverse, los ojos cerrados, respirando hondo.

—¿Fue así de bueno la primera vez? —le pregunté después.

—Mejor —dijo—. Pero me gusta más esta.

Se durmió contra mi hombro.

***

A las cuatro de la mañana me levanté a beber agua. Beatriz estaba en el pasillo, apoyada contra el marco, como si llevara rato esperándome.

—Antes de que te la lleves —susurró—, déjame probar yo.

Me llevó al baño compartido. Era un cuarto grande de paredes encaladas, con una bañera enorme de zinc al fondo. Cerró el pestillo. Cuando se sacó el pareo, la vi por primera vez entera: pechos enormes, cintura ancha, caderas de mujer que ha parido varias veces y no se avergüenza. Se metió en la bañera y abrió la ducha.

—Ven —dijo.

El agua tibia caía sobre los dos. Beatriz no hablaba mucho. Me jabonaba el cuerpo despacio, deteniéndose entre las piernas, mirándome a los ojos. Yo le devolví la atención. Le pasé la mano por la espalda hasta el inicio del culo, y ahí ella sonrió.

—Por ahí —dijo—. Me gusta más así.

Se inclinó sobre el borde de la bañera. La preparé con paciencia, con el jabón corriéndole por los muslos. Cuando entré, soltó un gemido grave que retumbó en las paredes mojadas. La sostuve por las caderas y empecé despacio. Ella me pidió más fuerte. Le di más fuerte. Estuvimos así diez minutos, quizá menos. El vapor empañaba el espejo y el ruido del agua tapaba todo lo demás. Cuando me corrí dentro de ella, las piernas me temblaron.

—Esto no se lo cuentes a nadie —me dijo después, secándome la espalda con una toalla—. No porque me importe, sino porque a Lucía le va a dar celos.

Y se rio.

***

Dormí cuatro horas. Cuando bajé al porche, el sol ya quemaba. En la cocina solo quedaba una joven embarazada llamada Inés, con una niña pequeña agarrada de la mano. Me preparó un café fuerte y se sentó a mi lado. Era hija de Mateo, me dijo. Aunque tampoco estaba muy segura, agregó.

—Aquí esas cosas no se preguntan —dijo encogiéndose de hombros.

Llevaba el pareo abierto en una pierna. Mandó a la niña a buscar leña al patio. Cuando volvió la mirada hacia mí, lo entendí. La invité a acercarse. Le pasé la mano por la barriga, por los pechos hinchados. Ella me sentó en la silla del porche, se subió encima con la torpeza graciosa de las mujeres embarazadas, y se movió despacio sobre mí hasta que las dos sentimos lo que había que sentir. Después me limpió con la boca, sin urgencia, como si fuera parte del desayuno.

***

Mi última noche tocó Yolanda. La esposa de Rodrigo. Cuarenta y muchos, cuerpo grueso, los pechos más grandes del pueblo. Subió conmigo riéndose de los comentarios de su marido en la cena.

—Hazme lo que quieras —dijo cerrando la puerta—. Soy la más guarra de esta casa, y en este pueblo eso ya es decir.

No mentía. Me empujó a la cama y empezó a desnudarme con los dientes. Cuando levantó mis piernas y me pasó la lengua por sitios que ninguna mujer me había tocado nunca, entendí que iba a ser una noche larga. Le devolví el favor con la cabeza hundida entre sus muslos durante un tiempo que se me hizo eterno. Después la puse a cuatro patas y entré donde ella me pidió que entrara. Estaba apretada y a la vez relajada, como si supiera exactamente cómo recibirme.

Cuando salí del cuarto al amanecer, sentí que el cuerpo no me iba a dar para subir al jeep.

***

Me despedí uno por uno. Camila e Inés lloraron, con las niñas en los brazos. Rodrigo me apretó el hombro y me hizo prometer que volvería en seis meses con la noticia del contrato firmado. Mateo me entregó un frasco con una mezcla de la planta y otra hierba que crecía junto al río, una segunda muestra para que la estudiaran en el laboratorio.

Conduje hasta el aeropuerto provincial sin escuchar la radio. Tenía el frasco en el asiento del copiloto y la cabeza llena de cosas que no iba a poder contarle a nadie. Confieso que se me escaparon algunas lágrimas en el último tramo de la carretera. Demasiadas sensaciones para tres días. Demasiado morbo, demasiado deseo, demasiado de todo.

A los seis meses volví. Pero esa, como dicen, es otra historia.

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Comentarios (5)

HoracioT_lector

Que relatazo, me tenia pegado a la pantalla de principio a fin. Muy bien logrado el ambiente del pueblo, se siente real.

Fernan_SJ

Por favor seguí con esto, necesito saber que pasó al otro dia. Dejaste todo en suspenso jaja

RamiroPlata

Me encantó el planteo. El detalle del terremoto como excusa narrativa es brillante, le da contexto a todo sin que se sienta forzado.

curiosa88

Siempre me pregunto si estos lugares realmente existen jaja. Muy bueno de todas formas, muy creible.

DiegoM_Tucuman

Se hizo corto para todo lo que prometia el inicio. Espero que haya segunda parte, quede con ganas de mas.

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