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Relatos Ardientes

El pueblo donde un terremoto rompió todos los tabúes

Esta historia me la contaron a finales de los años noventa dos hermanos que entonces rondaban los treinta. La vivieron en carne propia: un terremoto arrasó su pueblo, perdido en la ladera de un valle de los Andes bolivianos, y los pocos que quedaron vivos tuvieron que enterrar a sus muertos sin ayuda y levantar las casas piedra a piedra. Nadie llegó del gobierno. Nadie supo del pueblo durante meses.

Me lo contaron con los ojos húmedos. Padres, hermanos, abuelos: a casi todos los perdieron esa noche. Aprendieron a sobrevivir solos, y eso cambió algo en ellos que solo entendí días después.

Me llamo Andrés. Tengo treinta y dos años, soy biólogo y trabajo para una multinacional norteamericana que se abastece de una planta nativa cultivada en ese pueblo. Una planta extraña, con un alcaloide parecido a la efedrina y otro compuesto del que se sabe poco. Sirve para el dolor, pero también desinhibe. Por eso me mandaron: necesitaban renovar el contrato de exclusividad otros cinco años.

Llevaba tres días allí cuando Rodrigo y Mateo, los hermanos que negociaban en nombre de la comunidad, me invitaron a cenar a su casa. Acepté. Algo raro flotaba en el aire de aquel lugar y yo quería entenderlo. El pueblo era pequeño, no más de cien personas, y la mayoría eran mujeres. Me hospedaba en un mesón limpio y humilde, y desde la primera mañana sentí que me observaban de un modo distinto al de cualquier otro lugar al que había viajado.

Llegué a la casa pasadas las ocho. Lo primero que me sorprendió fue la cantidad de niños correteando por el patio. Quince, quizá más. Ninguno tendría más de doce años.

—Pasa, amigo —dijo Rodrigo, el mayor de los hermanos, llevándome al porche—. Siéntete como en tu casa. ¿Qué quieres tomar?

Le pedí una cerveza. Desde la silla vi salir a Mateo con una chica abrazada a la cintura. No tendría más de veinte años. Vestía un pareo claro enrollado al cuerpo, los pies descalzos, la sonrisa fácil. Sus ojos negros me sostuvieron la mirada más de lo que cualquier mujer me la había sostenido en años.

—Esta preciosidad es mi hija Camila —dijo Rodrigo—. Nos ha dado tres hijos a Mateo y a mí.

Tragué la cerveza sin saber si había escuchado bien. Rodrigo se rio al ver mi cara y me apoyó una mano en el hombro.

—Vas a necesitar otra cerveza —dijo—. Esta noche te contamos lo que pasó después del terremoto. Pero queremos algo a cambio: guarda el secreto. Aquí somos felices y no queremos que nadie venga a cambiarnos la vida.

***

—Lo primero que tienes que saber —siguió Mateo, sirviéndose un trago— es que debajo del pareo no llevan nada. Ninguna. Los quince hombres del pueblo saciamos las ganas cuando aparecen, donde aparezcan: en la casa, en el campo, en el granero. Y antes de que pienses cualquier barbaridad, te aseguro que ellas lo quieren igual que nosotros. La planta que cultivamos tiene mucho que ver.

Yo escuchaba con la mirada clavada en Camila, que se había sentado en las piernas de Mateo y le mordisqueaba el lóbulo de la oreja. Llevaba toda la conversación así, sonriendo, abriendo y cerrando las rodillas con una lentitud calculada. Tenía la boca pintada de un rojo apagado, y cuando me sorprendió mirándola se rio bajito. Desde donde yo estaba se le veía un trozo de muslo desnudo hasta casi la cadera, y la certeza de que efectivamente no llevaba nada debajo me apretó los pantalones aún más.

—Habrás notado que llevas un par de horas con una incomodidad en el pantalón —dijo Rodrigo, mostrando los dientes—. Es el brebaje que te sirven en el mesón desde que llegaste. La misma planta, mezclada como nosotros sabemos mezclarla. No te asustes. Aquí nadie es forzado a nada. Pero esta noche, si quieres, una de las chicas te enseña la casa antes de cenar.

Sentí la cara caliente. Camila se levantó del regazo de su tío y me tendió la mano sin esperar respuesta. Al ponerse de pie, el pareo se le abrió un dedo y le vi el pubis liso, sin un solo vello, brillándole apenas con la humedad de estar ya mojada de escucharlos hablar.

—Papá —dijo sin mirarlo—, déjame un rato a Andrés. Le enseño la casa mientras ustedes preparan la bebida.

Subimos juntos. La escalera de madera crujía bajo cada paso. Antes de llegar al rellano, ella se dio vuelta y me besó. Fue un beso lento, con la boca medio abierta, sin prisa, empujándome la lengua hasta el fondo. Me agarró la mano y se la llevó entre las piernas por debajo del pareo. Estaba empapada. Me metió dos dedos míos dentro de su coño sin dejar de besarme y suspiró contra mi boca. Después siguió subiendo como si nada, chupándose los dedos que yo había sacado de ella.

—Te voy a comer enterito —me susurró cuando abrió la puerta del cuarto—. A menos que prefieras una más jovencita. Aquí siempre se puede pedir.

—No, por dios —contesté—. Eres preciosa.

—¿Cuántos años crees que tengo? —preguntó, desatándose el pareo con un único movimiento.

—No sé.

—Dieciocho. Y ya tengo tres.

Quedó desnuda en el centro del cuarto, con la luz de la lámpara de aceite recortándole el cuerpo. Pechos pequeños, firmes, con los pezones ya duros y oscuros. La piel cobriza. El pubis depilado y el coño abierto entre los muslos como una fruta partida, brillante de jugo. Me lancé sobre ella sin pensar, pero me detuvo con una mano en el pecho.

—Primero yo —dijo.

Me desnudó sin prisa, besándome los hombros, mordiéndome la cadera. Cuando por fin me bajó los calzoncillos, la polla me saltó tiesa contra el estómago y ella soltó un sonido gutural de aprobación, como si se hubiera encontrado un regalo. Se arrodilló entre mis piernas, me la agarró con las dos manos y me pasó la lengua desde los huevos hasta la punta, despacio, mirándome hacia arriba. Me dio dos vueltas alrededor del glande con la punta de la lengua y solo entonces se la metió entera en la boca.

Sabía exactamente cuándo apretar y cuándo soltar, cuándo subir a besarme la barbilla y cuándo bajar a recorrerme con la lengua. Me la mamaba con la garganta abierta, hundiendo la cara contra mi pubis hasta que los ojos se le llenaban de lágrimas, y después salía a tomar aire escupiendo hilos de saliva sobre el tronco y volvía a bajarse. Me chupaba los huevos uno por uno, se los metía enteros en la boca, y volvía a subir con la lengua plana por debajo de la verga. Yo tenía la cabeza hundida en la almohada y los puños cerrados sobre las sábanas.

—Me la vas a llenar de leche —dijo con la boca pegada a mi glande—. Toda. No se te ocurra tirar una gota fuera.

Volvió a tragármela. Aceleró. Cuando sentí que ya no podía aguantar, quise avisarle, pero ella me hundió las uñas en los muslos y no me soltó. Me corrí en su garganta con espasmos que me hicieron levantar el culo de la cama, y ella se tragó chorro tras chorro sin perder una gota, con los ojos clavados en los míos. Al final se sacó la polla de la boca con un plop obsceno, sacó la lengua para que le viera los últimos restos de semen, y se los tragó.

Después se acostó encima. Yo creía que necesitaría unos minutos. Ella se rio.

—No te preocupes —dijo—. Con lo que has tomado, no se te va a bajar en horas.

Tenía razón. Se guio hasta meterme dentro sin esfuerzo. Sentí cómo mi verga le abría el coño, se hundía hasta el fondo, chocaba contra algo blando. Ella soltó un gemido largo y se quedó quieta un momento con los ojos cerrados. Después se incorporó sobre los muslos y empezó a moverse. Lo hacía con calma de animal experimentado: subía hasta dejarme solo el glande dentro, bajaba de un golpe, giraba apenas la cadera para que le rozara por todas partes.

—Qué polla tienes, Andrés —jadeaba—. Qué polla, qué polla, qué rica polla…

A los pocos minutos ya estaba gimiendo sin pudor, agarrándose los pechos, pellizcándose los pezones ella misma. Se levantaba las tetas y se las lamía. Yo le clavé los dedos en las caderas, la levanté y la volví a bajar de un tirón, y ella soltó un chillido y se le contrajo el coño entero alrededor de mi verga. Se inclinó a besarme con la boca abierta, babeándome encima, y yo aproveché para agarrarla del culo y follármela desde abajo a un ritmo que la hizo perder el habla. No supe si estaba teniendo un orgasmo, dos o tres. Sentí cómo el coño se le llenaba de flujo y me chorreaba por los huevos.

—Córrete dentro —me susurró al oído, mordiéndome el lóbulo—. Rellename, quiero sentirte caliente por dentro.

Cuando por fin me dejé ir, sentí que media columna se descargaba con cada espasmo. La agarré contra mí y le vacié la polla dentro del coño en cuatro, cinco embestidas profundas. Ella se quedó encima, quieta, apretándome adentro con los músculos, como si quisiera sacarme hasta la última gota.

Y entonces oí las risitas en el pasillo.

Camila se levantó, abrió la puerta y dejó pasar a tres muchachas que llevaban un rato espiando. Eran morenas, delgadas, jóvenes. Una le pasó los dedos por el pelo a Camila como saludo. Otra se arrodilló al pie de la cama y me sonrió.

—Que la vean —dijo Camila refiriéndose a mí—. Si tú quieres, ellas querrán probarla.

Yo me dejé. Ya no podía pensar. En segundos las tres se habían soltado los pareos y estaban desnudas encima de la cama. La que se había arrodillado primero me limpió con la lengua los restos de la corrida y del flujo de Camila que aún me chorreaban por la verga y los huevos. Chupaba con ganas, tragando lo que sacaba, y cuando me tuvo la polla otra vez dura la giró hacia una de sus compañeras, que se me sentó encima sin previo aviso. Su coño estaba tan mojado como el de Camila. Se movió sobre mí despacio, mientras la tercera me subía al pecho y me pedía sin palabras, agarrándome de la nuca, que le comiera el coño desde debajo. Le pasé la lengua entre los pliegues, le busqué el clítoris hinchado y se lo chupé con fuerza mientras Camila, apartada en el borde de la cama, se dedicaba a masturbarse mirándonos con una sonrisa satisfecha. Las tres se corrieron sobre mí, una detrás de otra, gritando cada una en su idioma, y a la última la tumbé boca abajo y me la follé con la cara aplastada contra el colchón hasta que le llené el culo redondo y firme de otro chorro de semen.

***

Bajamos a cenar pasadas las nueve. En la mesa estaban Rodrigo, Mateo, Camila, dos mujeres adultas y yo. Las presentaron como Beatriz, la esposa de Mateo, y Yolanda, la esposa de Rodrigo. Pasaban los cuarenta. Ninguna escondía la curiosidad con la que me miraban.

—Mira, Andrés —dijo Camila levantando la copa al brindar—. Aquí no hay tabúes. Nadie tiene relaciones con quien no quiere, pero tampoco nadie pregunta por los parentescos.

Mateo lo explicó después, mientras cenábamos un guisado que sabía a hierbas que yo no conocía. Del terremoto sobrevivieron quince personas. Las ocho mujeres en edad fértil empezaron a tener hijos rápido, alimentadas casi exclusivamente con lo poco que sobrevivió de la última siembra: la planta a la que llaman kanchu. Veinticinco años después eran cien.

—Padres, hijos, nietos, primos —dijo Mateo encogiéndose de hombros—. Más o menos sabemos quién engendró a quién. Pero solo más o menos.

—¿Y los anticonceptivos? —pregunté.

—Ninguno —dijo Rodrigo—. Necesitamos manos para trabajar la tierra.

Estás en una pesadilla bonita, pensé. Y no quieres despertar.

***

Me asignaron habitación. Beatriz me llevó del brazo escaleras arriba. En el trayecto me pasó la mano por la entrepierna y comprobó que ya se me había vuelto a poner dura solo con el roce de su cadera contra la mía.

—Hoy vas a dormir con Lucía —me dijo en voz baja—. Cumplió dieciocho hace diez días. Esperamos que le dejes la semillita.

Empujó la puerta con suavidad. Lucía estaba en la cama, fingiendo dormir bajo una sábana de algodón. La boca le temblaba de risa contenida. Tenía el pelo largo, lacio, esparcido sobre la almohada.

—Buenas noches —murmuró Beatriz, y me besó en la boca con lengua antes de irse, dejándome un aviso claro de a qué sabía.

Lucía abrió los ojos en cuanto la puerta se cerró. Me sonrió con todos los dientes, se incorporó, dejó caer la sábana y me tendió los brazos. Estaba desnuda debajo, con las tetas pequeñas erectas y los pezones marrones apuntando hacia mí.

—Sácate la ropa —dijo—. Quiero verte.

Me desvestí frente a ella mientras me observaba apoyada en un codo. Cuando le vi los ojos abrirse al ver mi polla ya lista, entendí que estaba impaciente. Se pasó la lengua por los labios sin darse cuenta. Cuando me metí en la cama, se montó encima sin perder un segundo, pero yo le hice darse vuelta. Quería probarla primero. Le abrí las piernas con calma y me quedé mirando el coño por un instante: tenía apenas una pelusa negra y un par de labios pequeños, cerrados como los de una flor, ya empezando a brillar de humedad. La besé entre los muslos, lento, subiendo desde la rodilla, hasta que le pasé la lengua por toda la vulva de una sola vez y ella soltó un ay ahogado. La abrí con los pulgares, le busqué el clítoris con la punta de la lengua y se lo chupé con paciencia mientras le metía primero un dedo, después dos, y le sentía cómo se contraía. Estaba estrechísima. Tenía el sabor dulce de una fruta verde.

—Ay, dios mío —murmuraba—, ay, dios, cómo lo haces…

La chupé hasta que se retorció y me apretó la cabeza contra su coño con las dos manos, gimiendo alto sin miedo a que la oyeran, hasta correrse encima de mi lengua. Después, cuando ella, sin saber muy bien cómo, intentó devolver el favor a su manera, supe que la habían preparado durante meses para esa noche. Me la mamó torpe pero con hambre real, ayudándose con las dos manos, mirándome hacia arriba para ver si lo hacía bien.

La penetré despacio. Era estrecha. Sentí cada centímetro entrando en ella como si tuviera que abrirle paso. Cuando llegué al fondo se quedó sin aire y me clavó las uñas en la espalda. Empecé a moverme con cuidado, sacándola casi entera y volviéndola a meter hasta el tope. Ella apretaba sin querer y se reía cuando lo notaba. Le agarré la cintura y dejé que ella marcara el ritmo. Al rato ya estaba sentándose con fuerza sobre mi polla, las tetas pequeñas rebotándole, mordiéndose el labio, soltando palabras en quechua que no entendí pero que tenían que ser de placer.

—Más, más, más —jadeaba en español—, dámelo todo, quiero un hijo tuyo…

La tumbé boca arriba, le levanté las piernas por encima de mis hombros y me la follé profundo, viéndole la cara desencajarse cada vez que le tocaba el fondo. Me corrí dentro de ella en cuanto la sentí temblar de nuevo, apretando los dientes, empujándole el semen hasta lo más adentro posible. Ella se quedó abajo sin moverse, los ojos cerrados, respirando hondo, con las piernas todavía abiertas y un hilillo blanco escapándosele entre los muslos.

—¿Fue así de bueno la primera vez? —le pregunté después.

—Mejor —dijo—. Pero me gusta más esta.

Se durmió contra mi hombro.

***

A las cuatro de la mañana me levanté a beber agua. Beatriz estaba en el pasillo, apoyada contra el marco, como si llevara rato esperándome.

—Antes de que te la lleves —susurró—, déjame probar yo.

Me llevó al baño compartido. Era un cuarto grande de paredes encaladas, con una bañera enorme de zinc al fondo. Cerró el pestillo. Cuando se sacó el pareo, la vi por primera vez entera: pechos enormes con las areolas anchas y oscuras, cintura ancha, caderas de mujer que ha parido varias veces y no se avergüenza. El coño lo tenía peludo, tupido, y tan hinchado que se le veían los labios asomando entre el vello. Se metió en la bañera y abrió la ducha.

—Ven —dijo.

El agua tibia caía sobre los dos. Beatriz no hablaba mucho. Me jabonaba el cuerpo despacio, deteniéndose entre las piernas, agarrándome la polla con las dos manos jabonosas y masturbándome sin prisa mientras me miraba a los ojos. Se agachó, me lamió el glande resbaladizo y volvió a subir. Yo le devolví la atención. Le jaboneé las tetas gigantes, se las apreté, me incliné para chuparle cada pezón hasta ponerlo duro como una piedra. Le pasé la mano por la espalda hasta el inicio del culo, y ahí ella sonrió.

—Por ahí —dijo—. Me gusta más así.

Se inclinó sobre el borde de la bañera, se abrió las nalgas con las dos manos y me mostró el culo apretado, oscuro, brillante de agua. La preparé con paciencia. Me arrodillé detrás de ella, le pasé la lengua por el ojo del culo hasta que se relajó, se lo llené de saliva, le metí un dedo untado en jabón hasta el nudillo y esperé a que se acostumbrara. Después el segundo. Beatriz gemía con la frente apoyada en el borde de zinc, meneándome el culo en la cara y en las manos.

—Ya, ya —jadeaba—, ya te la quiero adentro, mete…

Le puse la punta y empujé despacio. Cuando el glande le pasó el anillo, soltó un gemido grave que retumbó en las paredes mojadas. Fui entrando de a poco hasta que la tuve empalada entera, con los huevos apoyados contra su coño mojado. La sostuve por las caderas y empecé despacio, viendo cómo mi verga entera aparecía y desaparecía dentro de su culo. Ella me pidió más fuerte. Le di más fuerte. Metí una mano por debajo y le busqué el clítoris entre el pelo del coño, y se lo froté al ritmo con que le follaba el culo. Estuvimos así diez minutos, quizá menos. Beatriz se corrió dos veces gritando, sin importarle si la oían, apretándome el culo alrededor de la polla con cada oleada. El vapor empañaba el espejo y el ruido del agua tapaba todo lo demás. Cuando me corrí dentro de ella, las piernas me temblaron y le vacié la última gota en el fondo del culo con una embestida larga.

Al sacarla, un chorro tibio se le escurrió entre las nalgas y le corrió por el interior del muslo hasta perderse en el agua.

—Esto no se lo cuentes a nadie —me dijo después, secándome la espalda con una toalla—. No porque me importe, sino porque a Lucía le va a dar celos.

Y se rio.

***

Dormí cuatro horas. Cuando bajé al porche, el sol ya quemaba. En la cocina solo quedaba una joven embarazada llamada Inés, con una niña pequeña agarrada de la mano. Me preparó un café fuerte y se sentó a mi lado. Era hija de Mateo, me dijo. Aunque tampoco estaba muy segura, agregó.

—Aquí esas cosas no se preguntan —dijo encogiéndose de hombros.

Llevaba el pareo abierto en una pierna, y cuando cruzó los muslos vi que tampoco ella llevaba nada debajo: el coño hinchado del embarazo, húmedo, asomaba entre los pliegues de la tela. Mandó a la niña a buscar leña al patio. Cuando volvió la mirada hacia mí, lo entendí. La invité a acercarse. Le pasé la mano por la barriga tensa y redonda, por los pechos hinchados y calientes que ya soltaban un par de gotitas de leche a través de la tela. Le abrí el pareo entero y me incliné a chupárselos, uno y otro, tragando el hilo dulce que le brotaba de los pezones anchos y oscuros. Ella suspiró y me guio la mano hasta su coño. Estaba empapada, más incluso que las otras. Le metí dos dedos y ella se derritió contra la silla con un jadeo bajo.

—Los embarazos me dejan así —susurró—. Todo el día caliente, todo el día mojada.

Me sacó la polla del pantalón sin quitarme la ropa, me la mamó un rato ahí mismo en el porche —despacio, con la barriga apoyada en mi rodilla—, y después se levantó. Me sentó en la silla del porche, se dio la espalda, se levantó el pareo y se subió encima con la torpeza graciosa de las mujeres embarazadas. Se ensartó en mi polla poco a poco, gimiendo bajito, hasta tenerla toda dentro. Se movió despacio sobre mí, apoyando las manos en mis rodillas, meneando ese culo generoso mientras yo le agarraba las tetas por detrás y le pellizcaba los pezones goteantes. La sentía apretadísima, caliente por dentro, con el coño chorreándome sobre los huevos. Cuando la sentí contraerse y gemir su orgasmo, me dejé ir con ella y le llené el coño de semen. Después me limpió con la boca, sin urgencia, arrodillada entre mis piernas, chupándome hasta la última gota que caía sobre el suelo de madera, como si fuera parte del desayuno.

***

Mi última noche tocó Yolanda. La esposa de Rodrigo. Cuarenta y muchos, cuerpo grueso, los pechos más grandes del pueblo. Subió conmigo riéndose de los comentarios de su marido en la cena.

—Hazme lo que quieras —dijo cerrando la puerta—. Soy la más guarra de esta casa, y en este pueblo eso ya es decir.

No mentía. Me empujó a la cama y empezó a desnudarme con los dientes, arrancándome los botones de la camisa uno por uno. Cuando me tuvo los pantalones abajo, se echó las tetas fuera del pareo —eran enormes, blancas, caídas y sabias— y me metió la polla entre ellas. Se escupió en el escote, me apretó la verga con las dos manos y empezó a hacerme una paja rusa mientras me sacaba la punta la lengua cada vez que le asomaba la cabeza entre los pechos. Después se la tragó entera. Me la mamó con una técnica de mujer que lleva veinticinco años follando sin descanso: chupando, lamiéndome los huevos, escupiéndome encima, volviendo a tragar. Cuando levantó mis piernas y me pasó la lengua por sitios que ninguna mujer me había tocado nunca —el perineo, el ojo del culo, empujando con la punta hasta metérmela adentro— entendí que iba a ser una noche larga.

Le devolví el favor. La puse boca arriba, le abrí las piernas gruesas y le hundí la cara entre esos muslos anchos con la cabeza pegada al colchón. El coño era espeso, jugoso, con un olor fuerte y bueno que se me pegó a la barba. Se lo comí durante un tiempo que se me hizo eterno, chupándole el clítoris y metiéndole tres dedos a la vez, mientras ella me montaba la cara y se gritaba a sí misma que sí, que ahí, que no parara. Se corrió sobre mi boca dos veces, mojándome hasta el cuello.

Después la puse a cuatro patas. Ese culo enorme me esperaba levantado, con las dos entradas a la vista.

—¿Por dónde te la meto? —le pregunté agarrándole las caderas.

—Por los dos sitios, uno detrás del otro —contestó riéndose—. Y no me preguntes más nada.

Entré primero por el coño, y le di duro, con las nalgas gruesas rebotándome contra el pubis cada vez que la embestía, con las tetas colgándole y meneándose debajo. Estaba apretada y a la vez relajada, como si supiera exactamente cómo recibirme. Cuando la sentí correrse de nuevo, saqué la polla mojada y se la puse en el culo. Empujé. Entró sin resistencia, como si me la esperara desde hacía años. La follé por el culo despacio y después rápido, agarrándola del pelo, tirándole la cabeza hacia atrás, mientras ella se metía tres dedos en el coño y se lo trabajaba sola. Nos corrimos casi juntos. Le vacié la polla en el fondo del culo y ella se derrumbó boca abajo sobre las sábanas, jadeando, con el semen escurriéndosele por las nalgas hasta los muslos.

Todavía me hizo lamérselo todo antes de dejarme dormir.

Cuando salí del cuarto al amanecer, sentí que el cuerpo no me iba a dar para subir al jeep.

***

Me despedí uno por uno. Camila e Inés lloraron, con las niñas en los brazos. Rodrigo me apretó el hombro y me hizo prometer que volvería en seis meses con la noticia del contrato firmado. Mateo me entregó un frasco con una mezcla de la planta y otra hierba que crecía junto al río, una segunda muestra para que la estudiaran en el laboratorio.

Conduje hasta el aeropuerto provincial sin escuchar la radio. Tenía el frasco en el asiento del copiloto y la cabeza llena de cosas que no iba a poder contarle a nadie. Confieso que se me escaparon algunas lágrimas en el último tramo de la carretera. Demasiadas sensaciones para tres días. Demasiado morbo, demasiado deseo, demasiado de todo.

A los seis meses volví. Pero esa, como dicen, es otra historia.

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Comentarios(8)

HoracioT_lector

Que relatazo, me tenia pegado a la pantalla de principio a fin. Muy bien logrado el ambiente del pueblo, se siente real.

Fernan_SJ

Por favor seguí con esto, necesito saber que pasó al otro dia. Dejaste todo en suspenso jaja

RamiroPlata

Me encantó el planteo. El detalle del terremoto como excusa narrativa es brillante, le da contexto a todo sin que se sienta forzado.

curiosa88

Siempre me pregunto si estos lugares realmente existen jaja. Muy bueno de todas formas, muy creible.

DiegoM_Tucuman

Se hizo corto para todo lo que prometia el inicio. Espero que haya segunda parte, quede con ganas de mas.

Nati_lect

Que inicio tan bien construido. Se nota que sabés contar una historia, no solo escribir por escribir.

Goloso

genial!!!

Luli_Baires

Lo leí dos veces. La primera sin darme cuenta hacia donde iba, la segunda disfrutando cada detalle que fuiste sembrando desde el principio. Muy inteligente el armado.

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