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Relatos Ardientes

El regalo de cumpleaños que me dio mi suegro

En la empresa donde trabajo nos regalan el día libre cuando cumplimos años. El año pasado, el día que cumplí treinta y nueve, Martín estaba fuera por trabajo. Volvía recién por la tarde y habíamos quedado en salir a cenar con los chicos para celebrar.

Me levanté temprano, alisté a los niños y los mandé al colegio. Cuando cerré la puerta detrás de ellos, el departamento quedó en un silencio que se sentía distinto, cargado. Tenía toda la mañana para mí. Y, aprovechando que Martín no estaba, había arreglado «almorzar» con alguien que no era él.

Pero la mañana se hacía larga. Me serví un café, lo dejé enfriar, encendí la radio y la apagué a los dos minutos. Tenía una inquietud en el cuerpo que el café no calmaba, una expectativa que me erizaba la piel sin razón clara. Caminaba de la cocina al living como si esperara algo, aunque mi cita no era hasta el mediodía.

Me di una ducha larga, más larga de lo necesario, dejando que el agua caliente me corriera por la espalda mientras pensaba en qué iba a ponerme. Me pasé el jabón entre las piernas y me di cuenta de que el coño ya lo tenía hinchado, empapado por dentro, latiendo solo. Me metí dos dedos apenas para probarme, para confirmar cuánto deseo llevaba encima esa mañana, y los saqué brillantes de mi propia humedad. Sonreí. Iba a llegar a la cita ya derretida. Después me probé tres conjuntos distintos y los descarté todos. Me sentía rara, como una chica antes de un primer encuentro, y a los treinta y nueve eso me daba a la vez gracia y un poco de vértigo. Al final me quedé en bata, descalza, con el pelo todavía húmedo y la cama deshecha a mis espaldas.

Me senté frente al tocador y me maquillé apenas, lo justo para sentirme arreglada sin que se notara el esfuerzo. Mientras me pasaba el delineador me miré a los ojos en el espejo y me hice la pregunta que llevaba toda la semana evitando: ¿de verdad quiero hacer esto? No me contesté. Guardé el delineador y bajé las persianas a media altura, dejando entrar una luz tibia que doraba toda la habitación.

A las nueve y media tocaron la puerta.

Abrí sin pensar, segura de que era el portero o un paquete. Frente a mí estaba mi suegro.

No dijo nada al principio. Me abrazó, entró, y apenas la puerta se cerró a nuestras espaldas nos estábamos besando. Su lengua me buscaba con esa avidez de siempre, entraba en mi boca y jugaba con la mía mientras sus manos bajaron por mi espalda hasta apretarme las nalgas por debajo de la bata, con esa firmeza que conocía de memoria. Me clavó los dedos en la carne, me abrió apenas y me sentí gotear de nuevo. Él sabía que yo estaría sola toda la mañana, pero no me había avisado que vendría. Fue una sorpresa, y una de las buenas: mi primer regalo de cumpleaños iba a ser él.

Que sea él el que cruza esa puerta y no el otro, pensé, quizás era lo que estuve esperando toda la mañana.

Me puso una caja envuelta en las manos.

—Andá al cuarto, ponételo y volvé —me dijo, con una sonrisa de costado.

Se acomodó en el sofá como si estuviera en su propia casa. Obediente, fui al dormitorio y abrí el paquete. Adentro había un babydoll turquesa, de seda finísima, con un encaje que se transparentaba al menor movimiento. Era hermoso. Era caro, de esos que no se compran sin pensar en alguien. Me sentí halagada de un modo que me dio un poco de vergüenza.

Me desnudé rápido y me lo puse. Cuando me miré en el espejo del placard casi no me reconocí. El turquesa contra mi piel, la tela cayendo justo donde tenía que caer, la tanga del juego marcándome apenas la raja del coño. Se me veían los pezones duros a través del encaje, dos puntas oscuras que empujaban la seda. Me quedaba perfecto, como hecho a medida de mis formas. Me sentí hermosa. Me sentí una puta cara y bien plantada, y me gustó. Me sentí deseada antes de que nadie me hubiera tocado todavía.

Salí descalza al living. Mi suegro levantó la vista y se quedó callado un segundo de más.

—Estás increíble —dijo por fin, y la voz le salió más ronca de lo que él habría querido.

Se puso de pie y nos besamos de nuevo, esta vez sin apuro, saboreándolo. Su mano se coló por debajo del babydoll y me agarró una teta entera, apretándola, pellizcándome el pezón entre dos dedos hasta hacerme gemir dentro de su boca. Yo estaba rebosante de una felicidad rara, culpable y plena a la vez. Tenía en mi casa al hombre que mejor me hacía sentir, y sabía que lo íbamos a follar en mi propia cama, en la cama que compartía con su hijo. Ese detalle siempre me daba un morbo que no me animaba a confesar en voz alta.

Él se separó, fue hasta el mueble bar de Martín y se sirvió un whisky con hielo. Volvió al sofá, hizo girar el vaso para que tintinearan los cubos y me pidió que pusiera algo de música.

Mi suegro es más joven de lo que cualquiera imaginaría. Apenas cincuenta y dos, el pelo todavía oscuro, las manos grandes y seguras. Le puse lo que le gusta: rock de los ochenta, en inglés, esas guitarras que él tarareaba sin darse cuenta. Me senté a su lado y nos quedamos un rato así, besándonos despacio, mis dedos en su nuca, los suyos recorriéndome los muslos por debajo de la seda, cada vez más arriba, hasta rozarme la tanga empapada. Cuando llegó al coño y sintió el charco que yo tenía ahí, se rio bajito contra mi boca.

—Mirá cómo estás. Ya estás chorreando y todavía no te toqué en serio.

Corrió la tanga a un lado y me metió el dedo mayor de un solo empujón. Me arqueé contra el sofá, se me escapó un gemido que no supe contener. Movía el dedo despacio, hasta el fondo, sacándolo brillante y volviendo a entrar. Después metió dos. Me follaba con la mano sin dejar de besarme, y con el pulgar me daba vueltas al clítoris, pequeños círculos que me subían el calor por el vientre.

—Levantate —me pidió en voz baja—. Quiero verte bien cómo te queda.

Me puse de pie frente a él. No sé de dónde me salió, pero le bailé un poco, al ritmo de la música, girando para que viera la espalda, la tela subiendo apenas con cada movimiento. Me subí el babydoll hasta la cintura y le mostré el culo, la tanga hundiéndose entre las nalgas, y me lo palmeé sola para él. Él me miraba con una concentración que me encendía más que cualquier caricia, con el bulto marcándose contra el pantalón. Cuando ya no aguanté, le tendí la mano. La tomó, dejó el vaso sudando sobre la mesa y dejó que lo llevara al dormitorio.

***

Me senté al borde de la cama. Le desabroché el cinturón, le bajé el pantalón y el boxer de un solo tirón. Quedó libre frente a mí, la polla dura y gruesa, venosa, con la cabeza brillante ya mojada de líquido preseminal. Esa parte de él que me volvía un poco loca cada vez. Me arrodillé en la alfombra y se la agarré con la mano, se la sacudí despacio de arriba abajo para verla ponerse todavía más tiesa, y me pasé la punta por los labios antes de metérmela en la boca.

Empecé a chupársela despacio, chupándole primero solo la cabeza, dando vueltas con la lengua alrededor del glande, saboreando el gusto salado que me dejaba. Después la fui bajando entera, poco a poco, hasta sentirla golpear contra el fondo de la garganta. Me atragantaba y me arrancaba lágrimas, pero no la soltaba. Levantaba la vista para mirarlo a los ojos mientras se la mamaba. Me gustaba verle la cara, ver cómo apretaba la mandíbula y cómo se le entrecerraban los párpados con el placer que yo le daba. Le bajé la boca hasta los huevos, se los chupé uno por uno, se los mimé con la lengua mientras le seguía haciendo la paja con la mano. Un hilo de saliva me colgaba del mentón cuando volví a la punta.

—Pará —dijo después de un rato, tirando suavemente de mi pelo—. Levantate, que si seguís me vas a hacer acabar en la boca y todavía no.

Lo obedecí, como siempre. Con una calma que me ponía nerviosa, me fue acomodando en cuatro patas al borde de la cama. Yo seguía con el babydoll puesto y la seda cayéndome sobre la espalda me hacía sentir todavía más expuesta, más suya. Corrió la tanga hacia un costado y, en lugar de ir directo a donde yo esperaba, empezó a humedecerme con saliva más atrás, en el culo, en un lugar al que solo llegaba después de un buen rato. Me sorprendió. Pero entendí enseguida que ese era el regalo, una forma distinta de celebrarme.

Se arrodilló detrás de mí y me lamió sin prisa. Sentir su lengua explorando ahí, apretando el agujero, abriéndome de a poco, ensuciándome de saliva, me prendió fuego. Se hundió entre mis nalgas con toda la boca, me chupó el culo como si fuera un coño, me metió la lengua adentro y la sacó, y volvió a meterla, mientras con dos dedos me abría el otro agujero y me lo recorría entero. Sentí cómo me babeaba, cómo la saliva me chorreaba hasta el clítoris. Yo ya estaba ardiendo, temblando contra las sábanas, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar. Me metió el pulgar en el culo mientras seguía trabajándome con dos dedos en el coño, y con esa mano sola casi me hace acabar. Para cuando se incorporó y empezó a empujar la polla contra mi coño, yo estaba lista, entregada, sin una sola defensa en pie.

Entró despacio y aun así sentí cómo me llenaba entera, cómo me abría por dentro para hacerse lugar. Hubo un ardor primero, después un placer enorme que me subió por la espalda. En unos pocos empujones ya la tenía toda dentro. Sentía sus muslos pegados a mis nalgas, sus huevos golpeándome el clítoris con cada embestida, su cuerpo entero contra el mío, y por un momento no supe dónde terminaba yo y dónde empezaba él.

Se quedó quieto. Un minuto, tal vez más. Yo gemía bajito, deshecha, esperando, sintiéndolo latir dentro de mí. Entonces empecé a moverme sola, hacia adelante y hacia atrás, frotando mis nalgas contra su vientre, cogiéndomelo yo, marcándole el ritmo que quería. Él me dejó hacer un rato, mirando cómo me lo tragaba entero cada vez, cómo salía la polla brillante de mi coño y cómo la volvía a chupar hasta la base. Después me tomó de la cintura con las dos manos y, sin ningún aviso, empezó a embestir con una violencia que me cortó la respiración. Cachetada seca, culo contra pelvis, otra vez, y otra, cada empujón sacándome el aire.

Hundí la cara en las sábanas que olían a Martín y por un segundo esa mezcla —el perfume de mi marido en la cama, la polla de su padre reventándome por dentro— me dio un escalofrío que no sé si fue de culpa o de placer. Después dejé de pensar. Solo quedaba el calor, el ruido húmedo de nuestros cuerpos chocando, el chapoteo de mi coño empapado tragándose la verga hasta los huevos, y la seda del babydoll resbalándome por la espalda con cada empujón. Me metió una mano por debajo y me pellizcó los pezones a través del encaje, me los apretó fuerte, y yo grité contra el colchón.

Me incorporé un poco, apoyada en las manos, y él aprovechó para tirarme del pelo y arquearme contra su pecho. Sentí su aliento en mi nuca, su barba raspándome el hombro, sus dientes mordiéndome justo donde el cuello se vuelve clavícula. Su mano libre bajó a mi coño y empezó a frotarme el clítoris al ritmo de cada estocada, dos dedos en círculo, apretando. Yo le clavaba las uñas en los antebrazos y le rogaba que no parara, que me la metiera hasta el fondo, que me rompiera, aunque ninguno de los dos estaba cerca de querer parar.

Me decía cosas al oído mientras se movía. Que yo era su nena, su tesoro, su bombón. Y en la misma frase, con la misma voz, que era su puta, su nuera, su ramera, la concha más rica que se había cogido en la vida. Ternura y crudeza mezcladas, todo a la vez, mientras me hacía arder. No sé qué me prendía más, si lo que hacía o lo que decía.

—Sos mía —repetía—. Mi nuera, mía. Este coño es mío. Decilo.

—Tuyo —jadeaba yo—, es todo tuyo, seguí, no pares, dame más.

Me la sacó de golpe, brillante hasta la base, y me hizo darme vuelta. Me acostó boca arriba, me abrió las piernas contra su pecho y me volvió a entrar de una sola embestida hasta el fondo. Desde ahí me miraba mientras me cogía, viéndome la cara deshacerse a cada embate. Me chupó los pezones sobre la seda, me dejó dos manchas oscuras de saliva en el babydoll, y siguió golpeándome adentro con esa cadencia que sabía que me iba a hacer acabar. Yo me apretaba las tetas sola, me lamía los labios, le pedía más con los ojos.

—Vení, papi —le dije, y era la primera vez que se lo decía—, acabá adentro, quiero sentirte llenarme.

Yo le respondía que sí a todo, sin pensar, porque en ese momento era verdad.

***

Por primera vez nos vinimos juntos. Lo sentí estremecerse al mismo tiempo que yo me deshacía debajo de él, sentí cómo se le hinchaba la verga adentro y cómo empezaba a descargar chorro tras chorro, caliente, muy adentro, mientras mi coño se cerraba en espasmos alrededor y le exprimía hasta la última gota. Los dos cayendo sobre la cama, su peso aplastándome contra el colchón, su polla todavía enterrada en mí soltando los últimos temblores, mi respiración entrecortada contra la almohada. Nos quedamos así un rato largo, sin separarnos, sintiendo cómo su leche caliente empezaba a chorrear por mis muslos manchando las sábanas de Martín, escuchando la música que seguía sonando en el living como si nada hubiera pasado.

Y entonces, con la boca todavía pegada a mi nuca, lo dijo.

—Te amo.

Fue la primera vez. La primera y la única, hasta hoy. Nunca lo volvió a repetir y yo nunca se lo pedí. No hizo falta. Me alcanzó con haberlo oído una vez, ahí, en mi cama, en la mañana de mi cumpleaños, con su semen todavía adentro mío.

Después se vistió en silencio, terminó el whisky aguado de un trago y me besó en la frente antes de irse, como si fuera un secreto que los dos sabíamos guardar. La caja del babydoll quedó abierta sobre la cómoda. Mi cita del mediodía me escribió para cancelar y ni siquiera le contesté. No me hacía falta nadie más. Me quedé desparramada en la cama, con el babydoll turquesa arrugado en la cintura y el coño chorreando la corrida de mi suegro sobre las sábanas de mi marido, y me dormí una siesta feliz.

Esa tarde, cuando Martín volvió del viaje y salimos a cenar con los chicos, su padre estaba sentado a la mesa, del otro lado, brindando por mí con una copa de vino y una sonrisa serena. Nadie sospechaba nada. Bajo el mantel, mientras todos cantaban, su pie rozó el mío una sola vez. Apenas un segundo. Fue mi segundo regalo del día, y el único que pude conservar en secreto para siempre.

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Comentarios(9)

MentirosaHonesta

tremendo!!! me quede pegado hasta el final sin poder soltar

Susana_R

Por favor seguí con esta historia, quede con muchas ganas de saber que paso despues

Aguila_FC

Que arranque tan potente. Me atrapa desde el primer parrafo, muy buena pluma.

RobertoP_ba

La tension que construís desde el comienzo es increible. Me recordo a una pelicula que vi hace años pero esto tiene mucho mas realismo. Muy bien narrado.

CuriositoSur

el giro del inicio ya te genera una incomodidad deliciosa, de esas que no te dejean soltar el relato

NarradorSur

jajaja el detalle de que esperaba a alguien más me mató. Muy buena idea

LectorNocturno_Mdz

De las categorias mas tabú que existen y sin embargo cuando esta bien contado se disfruta de otra manera completamente distinta. Espero leer mas relatos con esta misma calidad.

Carlitos85

buenisimo!!!

Paloma_R

Me senti completamente dentro de la escena desde el primer parrafo. Muy real y muy bien escrito, sigan asi.

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