La cuarentena en casa de mi abuela lo cambió todo
Era el 16 de marzo de 2020 cuando Rubén salió de Valencia con el motor de su vieja Honda rugiéndole entre las piernas. No le quedaba otra que volver al pueblo de su abuela Remedios, la madre de su padre. Lo habían metido en un ERE temporal, uno de esos eufemismos que dejaban dormir tranquilos a los de arriba mientras abandonaban en la cuneta a tipos como él.
Forzó aquel cacharro a un viaje de casi siete horas por carreteras secundarias, esquivando los controles de la Guardia Civil con un certificado de movilidad tan falso como el dinero que había pagado por él. Pasado Teruel, el cielo se rompió, y la lluvia buscó las costuras de su mono de cuero hasta que el frío se convirtió en un dolor metálico. Más allá de Huesca, los temblores dejaron de ser solo respuesta al agua. A que has pillado el puñetero bicho, se decía con una punzada de angustia. En ese tramo final, el pánico a la fiebre le ganó la partida al miedo a la Guardia Civil.
Cuando detuvo la moto frente a la casa de piedra vista, el pánico le devoraba las entrañas. Había cruzado media España para cuidar a su abuela, y lo que iba a hacer era llevarle la muerte en los pulmones. Si no lo mataba el bicho, lo mataría su padre.
Desde la ventana del piso de arriba, Remedios observaba la figura encorvada sobre la moto. No reconoció de inmediato a aquel motorista empapado; parecía un forastero derrotado buscando refugio. Cuando entendió que era su nieto, bajó las escaleras ajustándose la mascarilla con manos nudosas. Ya estaba en la puerta cuando él apagó el motor, vestida con esas ropas de colores cenizos que tanto detestaba, apoyada en su bastón. Hizo el amago de salir corriendo a abrazarlo, pero él la frenó en seco.
—¡Quieta ahí, abuela! —exclamó. El arrebato de autoridad lo asustó, pero el miedo al contagio era superior a cualquier protocolo familiar—. Creo que tengo fiebre… no te acerques.
—Está bien, Rubenico —contestó ella, con una resignación que le amargaba el gesto. Sus ojos buscaban al niño de siempre en aquel hombre que le daba órdenes desde el centro de la calle.
—No me llames así, sabes que no me gusta —replicó él, con una sonrisa triste que apenas ocultó el temblor de la mandíbula.
La abuela retrocedió con una agilidad que lo sorprendió. Pese a no levantar mucho más de metro sesenta, se movía con una rotundidad física que parecía llenar el recibidor. Era una mujer de formas generosas, y el vaivén de sus ropajes, por toscos que fueran, no lograba ocultar la curva de sus caderas ni el peso de un busto que desafiaba a su propia vejez. Él la siguió por el pasillo y subió tras ella la escalera, sin poder apartar la vista del balanceo de aquel trasero. Llegaron al dormitorio que había sido de sus padres, la única alcoba con baño propio además de la de la abuela: el refugio perfecto para encerrar su fiebre y, sobre todo, aquellos pensamientos que empezaban a volverse peligrosos.
Desollarse el mono de cuero fue una carnicería para sus huesos. Se estaba quitando los calzoncillos empapados cuando giró la vista hacia la puerta. Remedios estaba allí, plantada en el umbral, observándolo con una fijeza que lo dejó helado. La mascarilla ocultaba su boca, pero sus ojos se encendieron, dos ascuas que parecían alimentarse de su desnudez. Trató de convencerse de que era la fiebre la que proyectaba sus propios deseos en aquella mirada ajena.
—Abuela, pásame una bolsa para la ropa —dijo, tratando de sonar firme—. La lavo yo mismo mañana.
La abuela volvió a recortarse en el umbral con un rollo de bolsas negras, aproximándose de una manera que él consideró peligrosa. Sus ojos, fijos y brillantes sobre el filtro de la mascarilla, le practicaron una autopsia visual, recorriendo cada palmo de su anatomía con un descaro impropio.
—¡Quieta ahí! —ordenó—. Tíramelas y retrocede. Si caemos los dos, a ver quién nos cuida.
—Vale, Rubenico —respondió ella, con una voz ahogada por la mascarilla que sonó cargada de una ironía oscura, casi un desafío.
Aturdido, entró en el baño desesperado por el agua caliente. Se duchó tratando de no pensar, pero a través del vapor creyó distinguir una silueta grisácea moviéndose al otro lado del cristal ahumado. Cuando descorrió la mampara, ella estaba allí, con una toalla entre las manos y una mirada que atravesaba la distancia con la fuerza de una posesión.
—Te he traído una toalla —dijo. Sus ojos, sin embargo, no buscaban su rostro, sino que se clavaron directamente en su hombría.
—Pásamela —contestó él, frotándose la cara para despejar la bruma.
—Perdona… yo… —los dedos apretaban el rizo de la toalla—. ¿Pu… puedo preguntarte algo?
—Claro —respondió. Había empezado a secarse y, fuera por accidente o por exhibicionismo febril, no hizo el menor esfuerzo por cubrir lo que ella tanto miraba.
—¿To… todavía no… no tienes pe… pelos? —la tartamudez lo sorprendió más que la osadía de su mirada.
—¡Abuela! —concluyó él entre risas—. ¡Que tengo veinte años! Tengo vello de sobra; por eso me depilo.
—¿Te depilas? —la mirada seguía fija en aquel instrumento flácido pero rotundo—. ¿Eres… ya sabes… mariquita?
—No, abuela. Me gustan las mujeres —la fiebre le permitió usar aquel plural, lanzando un dardo que la dejó sin respiración. Ella bajó la vista, no por pudor, sino por el vértigo de sentirse incluida, aunque fuera por un descuido de la lengua, en el inventario de hambres de aquel hombre. Lo que tenía frente a los ojos no era el apéndice infantil de los veranos en el río, sino una pieza de carne cruda y rotunda. No parpadeaba, hasta que un mareo repentino lo hizo tambalearse.
—Dame la toalla, abuela —dijo, rompiendo el hechizo con un hilo de voz.
Ella reaccionó como si despertara de un sueño. Le tendió la toalla de un tirón y retrocedió hacia el pasillo con la respiración silbando tras la máscara.
—Sécate y métete en la cama, nene. Te subiré un caldo —dijo, intentando volver a ser una abuela.
***
Los tres días siguientes fueron un borrón de sábanas sudadas y el repicar del bastón de Remedios, que golpeaba el suelo con una urgencia que nada tenía de enfermería. El ritual era siempre el mismo: la puerta se abría, el olor a desinfectante invadía el cuarto y aparecía ella, con su mascarilla quirúrgica y unos guantes de látex azul que chirriaban con cada movimiento.
Se sentaba en el borde de la cama y lo obligaba a beber el caldo. Cuando el sudor se volvía insoportable, llegaba la esponja, que deslizaba por su pecho con una lentitud que les ponía a los dos los pelos de punta. El látex húmedo se pegaba a la piel del chico, una caricia sintética que sustituía al calor humano. A veces la esponja bajaba más de lo necesario, demorándose en su vientre y rozando la base de un sexo que, traicionando su voluntad, empezaba a ganar volumen bajo la mirada fija de la anciana. Un mediodía, mientras lo secaba, Rubén notó cómo los dedos de su abuela se cerraban con fuerza sobre su hombro: un espasmo de posesión que nada tenía que ver con la enfermería.
Una noche, la fiebre le dio un respiro y despertó lúcido en la oscuridad, destapado y desnudo. La puerta estaba entornada y un hilo de luz cortaba la habitación como un cuchillo. Escuchó un susurro —podía ser un rezo o una maldición— y vio la sombra de su abuela recortada contra la pared. No llevaba el bastón: se mantenía erguida, observando aquel cuerpo delgado y aquel miembro suyo, ahora despierto. Remedios se odió a sí misma por sus propias necesidades, por aquella carne que le secaba la boca.
A la mañana siguiente, cuando entró con el desayuno, algo había cambiado de manera definitiva. Dejó la bandeja y, antes de retirarse, hundió sus dedos de látex en el pelo del muchacho con una brusquedad hambrienta que quemaba más que la propia fiebre.
***
Al sexto día se sentía mucho mejor. Era noche cerrada cuando una urgencia lo puso en pie. Frente a la porcelana del baño, detectó el siseo de las tuberías tras el tabique: alguien había abierto un grifo, y no necesitó pensar para saber que aquel agua corría para Remedios.
Murmurándose un «eres un puto enfermo» que sonaba más a autoafirmación que a insulto, salió al pasillo desnudo. La luz que se filtraba por la cerradura de la puerta de su abuela le provocó un cortocircuito: se dobló por la cintura y clavó el ojo en la cuenca de metal, convertido en un mirón dentro de su propia familia.
Remedios emergió del vaho del baño, envuelta en una toalla de felpa que parecía pesarle sobre el cuerpo. Se plantó ante el enorme espejo del armario antiguo, ensimismada, y soltó el nudo de la toalla.
—Eres una vieja guarra —se siseó a sí misma—. ¿Quién va a fijarse en esta vieja gorda?
Al otro lado de la puerta, Rubén sintió que le poseía el chaval incorregible de siempre. Le daba igual que fuera su abuela: era carne desnuda. Su erección ganó violencia mientras ella se pasaba las manos por la piel madura, el pelo húmedo cayéndole por la espalda y revelando las nalgas pesadas con cada giro. Cerró el puño y empezó a castigarse con un ritmo frenético. Cuando la anciana se inclinó para recoger la toalla del suelo, el despliegue de aquellas nalgas le ofreció una perspectiva total y obscena.
—¡Aaah…! —el grito rompió el silencio de la casa mientras eyaculaba contra la madera de la puerta—. ¡Menudo culo, abuela!
El estruendo alertó a Remedios, que abrió la puerta de par en par, dejando su desnudez expuesta. Los últimos latigazos de aquella descarga se estrellaron contra sus espinillas y sus pies descalzos. El calor viscoso le quemó la piel mientras sus ojos quedaban hipnotizados por la mano del chico, que aún subía y bajaba con una inercia suicida.
—Lo… lo siento, abuela… —soltó él entre bocanadas de aire—. Llevo un año seco. Se me había olvidado cómo es una mujer.
—¿Lo sientes? —masculló ella, intentando soldar los pedazos de su autoridad antes de estallar—. ¡Dime cuánto lo sientes, marrano! ¡Sinvergüenza!
Pero al girarse hacia la cama volvió a ofrecerle, sin querer, la palidez de sus nalgas. La sonrisa de Rubén se ensanchó; su erección, lejos de amansarse, recuperó una dureza violenta.
—¡Menudo culazo tienes, abuela! —soltó, sin contenerse.
—¡Rubén! —le gritó ella, empleando aquel nombre como un arma—. ¡Soy tu abuela! ¡Me debes un respeto, niñato!
—Sí, soy tu nieto —respondió, endureciendo el gesto—, pero casi me dejo la vida en la carretera. Cualquiera de los dos puede palmar mañana mismo. Ese bicho no entiende de respetos.
La anciana quedó hipnotizada por el latido de aquella carne, mientras él, al acecho de su debilidad, empezaba a balancear las caderas con un ritmo obsceno.
—Esto no está bien… —susurró ella—. Eres mi nieto… Eres malo con tu abuela.
—Sí, soy un chico malo —replicó él con un susurro de puro veneno. Le atrapó las manos y las obligó a cerrarse sobre su propia cintura desnuda—. Soy muy malo, pero quiero ser bueno contigo… quiero ser el mejor.
Lo que cruzó la mente de aquella abuela no fue una vuelta al redil, sino un rayo seco que le calcinó las entrañas. Estalló: descargó las manos con furia sobre las nalgas del muchacho, una serie de bofetadas con las que pretendía, en vano, exorcizar el demonio que le devoraba el juicio. Pero los azotes, lejos de castigarlo, le encendían la piel, transformando el dolor en una corriente eléctrica que le bajaba hasta el bajo vientre.
—Ya está bien, abuela —sentenció él, sujetándola por los hombros—. Ahora vamos a portarnos mal de verdad.
Aquella frase terminó de demoler a la mujer: en ese instante murió la viuda respetable y quedó solo el hambre.
***
Entre caricias y besos, Rubén la condujo a la enorme cama que en tiempos había compartido con su abuelo. Tras los azotes, ella se aferraba a los glúteos del muchacho con un terror de doble filo: pánico a lo que estaba a punto de ocurrir y hambre atroz de que, por fin, sucediera.
Tumbada boca arriba, él fue besando y sobando aquel cuerpo que le parecía un sueño: la piel de mármol antiguo, la melena cana sobre la colcha, los senos plenos con los pezones oscuros endureciéndose bajo cada apretón. Besó aquel vientre prominente y hundió la lengua en su sexo veteado de plata, cálido y húmedo.
—N… no… ¿qué…? Aaah… —jadeó Remedios, aferrándose a las sábanas—. ¡Eso no se chupa! ¡Cochino! ¿Qué le haces a tu abuela?
Él, espoleado por aquel balbuceo de otra época, hundió la lengua con más saña. Remedios ya no era dueña de su cuerpo; solo existía ese músculo húmedo que la invadía y ese roce eléctrico sobre un clítoris que nunca nadie se había atrevido a besar. Era una cochinada bendita que la arrastraba hacia un abismo de placer que décadas de matrimonio no le habían permitido ni imaginar.
No pasaron ni dos minutos antes de que estallara. Fue una sacudida muda que le tensó hasta el último tendón, antes de que su cuerpo se arqueara sobre el colchón como si una corriente la recorriera de los talones a la nuca.
—¡Que me viene, Rubenico! ¡Qué gustazo, Dios mío! —gritó, enredando los dedos en el pelo de su nieto para apartarlo—. ¡Quita, que me deshago entera!
Cuando él regresó al manantial, hambriento, ella se giró hasta quedar boca abajo. Pero Rubén no se detuvo ante el pudor de la vieja: forzó la apertura de aquellas nalgas pálidas y hundió la lengua con saña en ese otro hoyo oscuro, una gruta que durante décadas solo había conocido el tránsito de salida. El sabor le supo al pecado más puro y erótico que hubiera probado en su vida.
—¡Marrano! —rugió la anciana, forcejeando contra el colchón con una rabia que ya era pura impotencia—. ¡Por ahí no, Rubenico!
Pero él mantenía el dominio con las manos clavadas en la carne y todo su peso aplastando las piernas de la mujer.
—¿Te gusta que te coma el culo, abuela? —susurró, con una crudeza que la hizo vibrar.
—¡No lo digas así! —balbuceó ella, con una voz que parecía venir de un sueño lejano—. Es una guarrada… pero… Dios… sí, me gusta.
La resistencia de Remedios se desmoronó por puro agotamiento moral. Él la izó por la cintura hasta dejarla a gatas y deslizó la lengua, lenta y caliente, hacia su sexo.
—¡Guarro! ¿Te gusta olerme? —soltó ella, la voz pastosa de deseo—. ¡Sí…! ¡Así, como si fueras un perrito!
Rubén se incorporó sobre las rodillas. Su erección era una columna de sangre tan tensa que el pellejo parecía a punto de romperse, algo que nunca le había pasado justo después de correrse. O su hambre pedía piel anciana, o era el tabú lo que le dictaba aquella violencia. Aproximó aquella columna a las nalgas que ella le ofrecía y empezó a restallar la carne contra la carne.
—¿Te gustó pegarme cuando era niño? —soltó, barriendo cualquier rastro de respeto.
La mente traicionera de Remedios la arrastró a una imagen: el culo lampiño de un crío sobre sus rodillas, recibiendo sus bofetones, fundida ahora con el presente, donde era ella la azotada. Sintió la presión ciega de aquella carne reclamando la puerta trasera, pero un resto de lucidez le advirtió a él que la partiría en dos. Retrocedió unos centímetros y, de un solo golpe, se hundió en la vagina encharcada de su abuela.
—¡Toma! —rugió él, la saliva escapándosele de la boca—. ¡Así… en todo el coño!
—¡Aaah, me partes! —aulló ella, fuera de sí—. ¡Me gusta! ¡Dame con esa polla!
Tras varios minutos de embestidas profundas, la abuela Remedios, la señora respetada de todo el pueblo, no pudo ni quiso contener aquella oleada. Aquel orgasmo, un híbrido violento de espasmo y agonía, le arrancó un aullido mientras su cuerpo se retorcía como un animal herido, y una humedad caliente se desbordó entre los dos empapando las sábanas.
—¡Abuela, sí…! —chilló él, liberando su orgasmo—. ¡Toma leche, yaya cachonda!
Incluso al borde del desmayo, ella notó las descargas calientes buscando el centro de sus entrañas, ráfagas tan violentas que juraría que le tatuaban el útero desde dentro.
***
Cuando todo quedó en calma, Rubén se dio cuenta de que su abuela estaba inmóvil. El pánico le duró los segundos justos hasta comprobar que respiraba, lenta y profundamente. La bestia que acababa de embestir se replegó, dejando paso a un nieto que sentía de repente el peso de aquella fragilidad. Con la fuerza de sus veinte años, la llevó en brazos a su propia habitación. Ella, más dormida que desmayada, se aferró a su cuello, escondiendo una cara donde la vergüenza de la señora respetable peleaba contra la satisfacción de la mujer saciada.
—No te avergüences, abuela —susurró él con dulzura—. Esto es lo mejor que me ha pasado.
La depositó en la cama, la tapó con cuidado y se tumbó a su lado, y ella lo abrazó con la complicidad de quien ya no puede volver atrás.
—Bueno, yaya —dijo, besándole la frente y apagando la luz—. Como decía mi abuelo: nadie llega al final de su vida y se arrepiente de haber querido demasiado.
Miró el resplandor del despertador. Habían dicho que serían quince días, pero las noticias hablaban de prórrogas, de un país clausurado por tiempo indefinido. Mientras sentía el calor de Remedios contra su pecho, una sonrisa cínica se le dibujó en el rostro: si el mundo se iba al carajo ahí fuera, a ellos les quedaban por delante semanas, quizá meses, de sábanas sucias y pecados compartidos. El confinamiento, para el nieto y la abuela, no era una condena. Era el salvoconducto para seguir bajando a los infiernos cada noche, cuando ellos quisieran.