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Relatos Ardientes

Lo que le hacía a mi vecina delante de mi madre

Con los años, Amparo dejó de apartarse. Al principio se pegaba a la pared del ascensor como si pudiera atravesar el espejo rayado y desaparecer. Después, simplemente, dejó de intentarlo.

Se quedaba quieta, respirando fuerte por la nariz, con la barbilla un poco alta para que nadie le notara nada en la cara. Dejaba que mis dedos la abrieran, que la hiciera correrse en silencio a dos palmos de su marido, de la portera o de cualquier vecino que compartiera el trayecto con nosotros.

Yo tenía veintisiete años por entonces y trabajaba de fontanero por el barrio. Cuando mis padres decidieron irse a vivir al pueblo de mi abuela, el piso del sexto se quedó solo para mí, y algo dentro de mí subió de intensidad. No sé si fue saber que ya nadie de mi familia andaría cerca para enterarse, o si fue que Amparo me ponía a cien con solo verla cruzar el portal, el culo contoneándose bajo la falda, fingiendo que no me veía.

Llevábamos años con aquel juego mudo. Empezó con un roce en una mudanza, una mano que tardó de más en soltarse, una mirada sostenida un segundo de sobra. Ella tenía marido, un hombre tranquilo que trabajaba de noche, y vivía en el piso de enfrente del mío desde que yo era casi un crío. Lo que al principio era un atrevimiento puntual se había vuelto costumbre, y la costumbre, con el tiempo, se había vuelto una especie de pacto que ninguno de los dos pronunciaba en voz alta.

Una tarde la pillé subiendo sola. Entró rápido, intentando que las puertas se cerraran antes de que yo llegara. Entré en el último segundo, casi corriendo, como hacía desde hacía tiempo.

Las puertas se juntaron con ese golpe lento y pesado. Ella retrocedió hasta el fondo. Yo me planté de frente, mirándola a los ojos, sin disimular.

Y entonces entró Encarna.

***

Encarna era la cotilla del edificio, una mujer de unos sesenta años que se sabía la vida de todos antes que ellos mismos. Se metió justo detrás, saludó con un murmullo y se colocó de espaldas a nosotros, mirando la puerta del ascensor como quien vigila que llegue pronto.

El motor viejo empezó a traquetear. Subíamos despacio. Solo se oía ese zumbido y la respiración acelerada de Amparo, que me clavaba la mirada y negaba muy despacio con la cabeza. Sus ojos lo decían todo: no, por favor, ahora no, está Encarna.

Sonreí lento. Ya no hacía falta esperar a nada.

Deslicé la mano derecha por debajo de su falda plisada, subí por el muslo terso y caliente y aparté las bragas de algodón a un lado. La encontré empapada, como siempre.

Amparo se tensó de golpe. Dio un respingo mínimo e intentó cerrar las piernas. Metí la rodilla entre ellas con suavidad y la abrí otra vez, mientras Encarna seguía mirando la puerta, ajena, refunfuñando algo sobre lo lento que iba el cacharro.

Hundí dos dedos y los doblé hacia arriba, buscando ese punto que ya conocía de memoria. Con el pulgar le dibujé círculos rápidos en el clítoris. Ella se mordió el labio hasta que se le quedó blanco. Un gemido escapó y lo disfrazó de tos.

Encarna giró media cabeza.

—¿Estás bien, Amparo? Suenas rara.

—S-sí… un poco de tos… nada —contestó ella, con la voz temblorosa, entrecortada, apretando los dientes.

Aceleré. Bombeaba más profundo, y en el silencio del ascensor se oía un chapoteo suave, húmedo, que cualquiera habría reconocido si hubiera querido escuchar. Con la otra mano le estrujé un pecho por encima del jersey y le pellizqué el pezón hasta que soltó un «¡ay!» ahogado que tapó con un carraspeo.

—Este ascensor es una vergüenza —masculló Encarna, sin volverse—. Siempre tarda lo mismo.

Amparo temblaba entera. Las piernas le flaqueaban, los párpados se le cerraron un instante. Sentí cómo se contraía con fuerza alrededor de mis dedos, cómo el calor le bajaba por el muslo interior. Se corrió en silencio absoluto: el cuerpo rígido, las uñas clavadas en la pared a su espalda, los ojos en blanco.

La cotilla del edificio ni se enteró.

El ascensor se detuvo en el cuarto. Las puertas se abrieron. Encarna salió la primera, repitiendo lo lento que iba todo. Amparo fue detrás, tambaleándose, ajustándose la falda con manos que no le obedecían, un hilillo brillante asomándole por el interior del muslo si alguien se hubiera fijado.

Yo salí el último, con la sonrisa puesta y los dedos todavía olientes a ella. Amparo se metió en su piso sin mirar atrás y cerró la puerta despacio.

Pero yo sabía que se mojaría otra vez esa misma noche solo de recordar lo cerca que había estado de que la vieja la pillara corriéndose con mi mano dentro.

Y así seguíamos. Cada vez más audaces, cada vez más adentro. Ella nunca decía que no. Solo gemía bajito, se mordía el puño y se corría callada mientras el barrio entero giraba alrededor sin sospechar nada.

***

A la semana de aquello, bajé a por el correo y volví a coger el ascensor. Iba a subir solo. Las puertas estaban a punto de cerrarse cuando oí pasos.

Eran mi madre y ella.

Las dos entraron casi a la vez. Mi madre había venido del pueblo a pasar el fin de semana y volvía del mercado con dos bolsas. Amparo se quedó paralizada medio segundo al verme, los ojos muy abiertos, pero ya no había marcha atrás: entró.

Yo me coloqué al fondo, como siempre. Ella quedó pegada a mí, casi de costado. Mi madre se puso junto a la puerta, de espaldas, hablando sin parar.

—Hoy hace un frío que pela, ¿verdad, Amparo?

Amparo no contestó. Giró la cabeza hacia mí, se acercó un paso y me pegó la boca a la oreja. Susurró con la voz ronca, desafiante, casi rabiosa.

—A ver si tienes huevos ahora, cabrón… y me metes mano delante de tu madre.

Sonreí lento.

No esperé ni un segundo. Le subí la falda plisada hasta la cintura y la sujeté ahí con la muñeca para que no pudiera bajarla. Mi madre seguía de espaldas, ajena, enredada en sus quejas.

—El otro día en el mercado me cobraron un euro de más por el aceite, qué timo, hija…

Aparté las bragas a un lado. El coño de Amparo estaba encharcado, palpitando ya antes de que la tocara siquiera. Metí dos dedos de golpe, hacia arriba, directo a ese punto que me sabía de memoria.

Se quedó blanca. Los ojos enormes, incrédulos, como si no terminara de creer que de verdad me atreviera. Intentó cerrar las piernas, igual que la vez del ascensor con Encarna, pero metí la rodilla y la abrí otra vez.

—Y luego la carnicera me dijo que el lomo estaba caro porque… —seguía mi madre, sin enterarse de nada.

Sumé un tercer dedo. Bombeaba profundo, el pulgar trazándole círculos rápidos en el clítoris. Amparo se mordió el labio hasta dejarlo sin sangre. Un suspiro se le escapó y lo tapó con una tos.

Mi madre se volvió un instante.

—¿Estás bien, Amparo? Suenas rara.

—S-sí… un poco de tos… nada —respondió ella, con la voz quebrada, agarrándose como podía.

Aceleré el ritmo. Los dedos entraban y salían en el silencio del ascensor, y con la otra mano le apretaba un pecho por encima del abrigo, pellizcándole el pezón hasta que soltó un «¡ay!» que disimuló con un carraspeo.

—Este ascensor es una mierda, siempre tarda siglos —dijo mi madre, mirando otra vez a la puerta.

Amparo temblaba de pies a cabeza. Le fallaban las piernas, cerró los ojos un segundo. El coño se le cerró con fuerza alrededor de mis dedos, el calor mojándome la mano y goteando por el muslo. Se corrió la primera vez en silencio absoluto: el cuerpo tieso, las uñas clavadas en mi antebrazo, los ojos en blanco.

Mi madre seguía hablando, de espaldas, sin imaginar lo que pasaba a un metro de ella.

No paré. Seguí bombeando, más rápido, más hondo. Amparo se abrazó a mí para no caerse, los pechos aplastados contra mi pecho, los gemidos ahogados contra mi cuello. La segunda corrida le llegó casi sin respiro: el flujo caliente salpicándome la muñeca, las piernas convulsionando, un sollozo roto que disfrazó de tos fuerte.

Mi madre se giró de nuevo.

—Amparo, en serio. ¿Estás enferma? Suenas fatal.

—N-no… es que… me duele la garganta —balbuceó ella, deshecha.

El ascensor llegó al cuarto. Las puertas se abrieron. Amparo se bajó la falda de un tirón, temblando, las piernas flojas, ese hilo de humedad otra vez asomándole por el muslo si alguien se hubiera fijado.

Salió casi corriendo, sin despedirse, sin volver la vista.

—¡Anda, ni adiós ni nada! —exclamó mi madre, desconcertada—. Hasta luego, guapa…

Amparo miró atrás un segundo, la cara roja como un tomate, los ojos vidriosos. Abrió su puerta y se metió en casa sin decir palabra. Cerró de golpe.

Mi madre me miró extrañada.

—¿Qué le pasa a Amparo hoy? Está rarísima.

Me encogí de hombros y sonreí.

—Nada, mamá. Cosas de mujeres.

Y subí al sexto con la mano todavía oliendo a ella, sabiendo que al día siguiente volvería a esperarme en el ascensor, aunque jurara que no.

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Comentarios (5)

LectorMorbo

Increible, de los mejores que lei en mucho tiempo. Se nota que saben escribir

SebaRdz

Por favor una segunda parte!!! me quede con ganas de saber como termina

Marcos_RA

La tension que se arma en el relato es tremenda. Muy bien logrado, sin apuro y sin ser burdo

Cande_NK

Que bueno encontrar algo bien escrito por aca. Me encanto el estilo, se siente real

RodriMar

jajaja el final no me lo esperaba para nada, tremendo

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