Le rogué a mi suegro que me bañara con él
Hola, soy Carla. Para quienes no me conocen, les cuento algo de mí. Tengo veintinueve años, el cabello castaño oscuro y los ojos del mismo color. Mi nariz es un poco chata y redondeada, mi cara ovalada y algo regordeta. Tengo los labios gruesos y un lunar justo encima de la boca que, junto con mis lentes de miope, me da un aire de chica tierna y picante a la vez.
Soy mamá de un niño pequeño que es mi adoración. Durante el embarazo subí de peso, como es normal, y me crecieron muchísimo los pechos. Después volví a mi peso de siempre, pero los pechos me quedaron enormes, y la verdad es que me gusta. Sé que a los hombres también, porque siento cómo me miran.
Soy una mujer tranquila. Pero últimamente mi cabeza está atrapada en algo que no debería: mi suegro, don Aníbal, un hombre de unos cincuenta y tantos, robusto, de pecho ancho y brazos fuertes de tanto trabajar con las manos. Y una verga que vi por accidente y que no logro borrar de mi mente.
Sí, me bañé con mi suegro, y salió mal. O quizás salió exactamente como lo soñaba en mis noches a solas.
Todo empezó hace unas semanas. Entré sin querer al baño del departamento que mi novio Bruno comparte con su padre. La puerta estaba entreabierta, el vapor salía a borbotones, y ahí estaba él, desnudo bajo el chorro de agua.
Pensé que era Bruno, lo juro que no fue a propósito. Pero era don Aníbal. Y ahí me quedé yo, paralizada frente a mi suegro mojado de pies a cabeza.
El agua le caía en cascada sobre el cuerpo maduro, resbalando por su vientre algo abultado, bajando hasta esa verga gruesa que colgaba pesada entre sus piernas. Era venosa, imponente incluso en reposo, con un glande ancho que parecía una promesa peligrosa. No pude apartar la mirada, y sentí un calor traicionero entre los muslos.
Fue un momento incómodo y excitante al mismo tiempo. No pasó nada más allá de esa mirada robada, pero desde entonces no me lo pude sacar de la cabeza. Me masturbé tantas veces imaginándolo: su verga dura embistiéndome, sus manos ásperas en mi piel, usándome mientras Bruno ni se entera.
***
Un viernes por la tarde no aguanté más. Al salir del trabajo me fui directo al departamento. Sabía que Bruno tenía turno de tarde, así que su padre estaría solo. Toqué la puerta con el corazón golpeándome el pecho. Tengo llave, pero desde aquella vez prefiero avisar antes de entrar.
—¡Pasa, Carla! —gritó él desde adentro, con esa voz grave y ronca que siempre me eriza la piel.
Entré. Estaba en el sillón viendo televisión, con una remera blanca y el pantalón de trabajo.
—Hola, don Aníbal. Venía a darme una ducha rápida antes de volver a casa. ¿Le molesta si uso el baño? —dije, fingiendo naturalidad, aunque la voz me temblaba de anticipación.
Él sonrió y sus ojos me recorrieron entera, ajustada en mi falda azul y la blusa apretada con los botones a punto de saltar.
—Claro que no, mija. Estás en tu casa —respondió tranquilo.
—Fue un día pesado hoy en el trabajo —dije mientras dejaba el bolso en el sillón, cerca de él.
—Igual yo. Pero ya es viernes, toca descansar —contestó sin despegar los ojos de la pantalla.
Por alguna razón tenía metida en la cabeza la idea de que, al mencionar la ducha, él saltaría de inmediato a acompañarme. No pasó. Quizás lo que a mí me tenía ardiendo y tocándome a diario, para él había sido cualquier cosa. Empecé a dudar de mi propia idea.
—Hace calor hoy —dije con una sonrisa pícara.
—Sí, terrible clima —respondió.
Me senté en el sillón a hacer como que veía la televisión, pero en realidad esperaba a que él dijera que me acompañaba. Nada.
Más ofrecida no podía ser. Ahí estaba yo, con actitud suplicante, esperando que el padre de mi novio diera la mínima señal de interés. Seguimos charlando de cosas sin importancia, él mirando la tele y yo con la entrepierna mojada de pura excitación y vergüenza.
—Bueno, me voy a bañar —dije, poniéndome de pie y caminando hacia el baño.
—Relajate, tomate el tiempo que necesites —contestó, sin inmutarse.
Me detuve a medio camino. Si tenía que rogar por su verga, lo iba a hacer. No quería volver a casa sin sacarme esta necesidad de sentirlo dentro de mí. Me quedé de pie, en silencio. La razón me decía que no lo hiciera; la calentura me decía que lo soltara. Al final pudo más el deseo que la dignidad.
—Don Aníbal… ¿me acompaña a bañarme? Por favor —dije, agregando ese «por favor» como muestra de entrega total.
Ahí estaba yo, con los ojos llorosos, humillada, literalmente suplicando. Y nada menos que a mi suegro, al padre de mi novio. Si tenía que pedírselo de rodillas, estaba dispuesta. Lo que fuera con tal de volver a estar con él en esa ducha estrecha, su cuerpo pegado al mío, su verga adentro como lo había imaginado tantas noches.
Él se quedó callado un instante. Después solo dijo:
—Andá, en un momento te alcanzo.
***
Todavía con dudas, me metí al baño. Cerré la puerta, pero sin pasar el cerrojo, y empecé a desvestirme despacio. Me saqué la blusa, liberando mis pechos grandes, los pezones ya endurecidos. Después la falda. Por último, desabroché el corpiño blanco de encaje y mis senos pesados rebotaron al soltarse. Dejé la tanga negra, húmeda y pegajosa en la entrepierna, sobre la pileta junto al corpiño, bien a la vista para que él los viera al entrar.
Me metí bajo el chorro, el agua caliente cayéndome sobre la piel, resbalando por mis curvas. Esperé, el vapor empañando el vidrio, el corazón martillándome. Pensé que entraría enseguida, pero pasaron un par de minutos. Justo cuando más dudaba, oí la puerta abrirse y sus pasos pesados acercándose.
Supongo que se desnudó en la sala, porque entró directo, sin perder tiempo, la cortina corriéndose con un sonido seco. Al principio le di la espalda, el agua golpeándome las nalgas, parte por vergüenza y parte por esa última pizca de cordura que me gritaba que era una locura. Pero el calor de su cuerpo y su respiración pesada me hicieron girarme.
Y ahí estaba: su verga semierecta, tiesa, mucho más grande de lo que recordaba, las venas marcadas, el glande hinchado apuntando hacia mí como una amenaza deliciosa.
—Carla, ¿esto es lo que querías? Que te viera así, toda mojada y lista para mí —gruñó, con la voz baja, cargada, acercándose hasta que su verga me rozó el vientre.
No perdí tiempo ni fingí que solo quería ducharme.
—Sí, don Aníbal. Lo vi esa vez… y no paré de pensar en su verga. Hágalo, por favor —le supliqué, con la voz ronca bajo el agua.
Le puse las manos encima, sintiendo su dureza en las palmas. Empecé a masturbarlo despacio, de arriba abajo, el agua facilitando el movimiento, mi pulgar rozando el glande.
—Mirá qué manos suaves tenés, mija. Hacelo más fuerte —murmuró, los ojos clavados en mis pechos. Por fin reaccionaba, y eso me encendió todavía más.
Él me puso sus manos ásperas en los senos, apretándolos con fuerza, amasándolos, tirando de mis pezones hasta que dolió de la forma que me gusta.
—Estas tetas son para chuparlas, Carla —dijo, pellizcándolos mientras yo gemía y aceleraba la mano.
—Ah, sí, don Aníbal. Tírelos, son suyos ahora —respondí, apretándolo más, sintiendo cómo palpitaba.
Me arrodillé en el piso de la ducha, el agua salpicándome la cara, y lamí la punta varias veces, saboreando el agua mezclada con su sabor salado.
—Mmm, qué rico, suegro. Quiero chupársela toda —murmuré, la lengua girando alrededor del glande. Dije «suegro» a propósito, para darle más morbo y como última prueba. Si se iba a arrepentir, era ahora.
No lo hizo.
Abrí la boca y empecé a chuparlo, metiéndome primero la cabeza, succionando con hambre. Él me enredaba los dedos en el pelo mojado.
—Chupala profundo. Mostrame cómo se la chupás a mi hijo, pero mejor —ordenó, empujando las caderas. Nombró a su hijo sin ningún reparo. Ya lo tenía.
Intenté metérmela entera, forzándola hasta el fondo de la garganta. Hice ruidos de arcadas, la garganta cerrándose alrededor de su grosor, pero no paré. La saliva empezó a escurrirse de mi boca sin control, cayendo en hilos por mi cuello y mis pechos, mezclándose con el agua. Los ojos se me llenaron de lágrimas por el esfuerzo.
—¡Así! Mirá cómo te babeás toda, Carla. Sos una experta. Seguí —gruñó, sujetándome la cabeza y empujando con embestidas cortas.
No aguanté mucho en esa posición. Las arcadas eran demasiado intensas, la garganta me ardía, las rodillas me dolían. Él me tomó del pelo y me puso de pie, el agua llevándose un poco de la baba.
—Basta de eso. Ahora te voy a coger como te lo merecés —dijo, girándome y apoyándome contra la pared, mis pechos aplastados contra el azulejo frío.
Sus dedos ásperos se colaron entre mis piernas, hundiéndose en mí, que ya chorreaba.
—Estás empapada, mija. Esto necesita verga de verdad —murmuró, mientras me lamía el cuello y bajaba la mano para abrirme las nalgas.
Gemí como loca cuando sus dedos jugaron en mi entrada.
—¡Ay, dios, don Aníbal! Más, por favor. Me voy a venir —jadeé, y me corrí ahí mismo, las piernas temblándome.
Él se enderezó rápido, la verga tiesa presionando contra mi entrada. Me volteó para tenerme de frente.
—Tomá, sentí cómo te entro —gruñó, embistiendo de una vez, abriéndose paso, estirándome hasta el límite.
—¡Ahhh, sí! Es enorme, suegro, me parte entera… —sollocé, las uñas raspando la pared.
Empezó a cogerme contra los azulejos, embestidas profundas y rítmicas, golpeándome con cada empujón. Al mismo tiempo me deslizó un dedo grueso por detrás, sin aviso, girándolo dentro de mí.
—Te meto el dedo ahí para que sientas lo puta que sos. Imaginate si después te meto la verga —dijo, cogiéndome más duro, el dedo en sincronía con cada embestida.
Me estaba volviendo loca, el placer y el dolor mezclados, el cuerpo temblándome bajo el agua. Me empujaba contra la pared, la boca bajándome a los pechos, chupando y mordiendo los pezones hasta dejarme marcas.
—¡Muerda más, don Aníbal! Soy suya, soy suya —gemí, empujando las caderas hacia atrás para sentirlo más adentro.
Embistió más fuerte, la verga hinchándose dentro de mí, el sonido de la carne mojada llenando el baño.
—Te voy a llenar, Carla. Vas a gotear cuando vuelva Bruno —jadeó, acelerando, mi orgasmo creciendo como una ola.
Pero no se vino todavía. Me agarró del cuello con la mano áspera y me dio vuelta de nuevo, mis pechos otra vez aplastados contra el azulejo resbaladizo.
—Ahora te voy a romper por atrás, mija. Quiero sentirte apretada —dijo en mi oído, el aliento caliente contra mi piel mojada.
Sentí la punta gruesa presionando, untada con el agua y mis fluidos. El anal nunca fue mi favorito, pero qué más daba: si mi suegro quería, no le iba a decir que no.
—Hágalo, don Aníbal. Cógame como a una perra —le supliqué, arqueando la espalda para darle acceso.
Empujó con fuerza y el grosor me abrió de golpe, estirándome hasta que ardió.
—¡Ahhh, duele! Es demasiado grande —lloré, las lágrimas mezclándose con el agua en las mejillas, la voz quebrándose.
El dolor era intenso, como si me partiera en dos, pero debajo latía una excitación prohibida que me mojaba todavía más. Él se detuvo un segundo, solo la cabeza adentro.
—¿Querés que pare, mija? Puedo sacarla si es mucho —preguntó, con la voz ronca pero un toque de cuidado, aunque la mano en mi cadera me sujetaba con fuerza. Negué con la cabeza, jadeando.
—No. No pare. Quiero sentirla toda —respondí, empujando hacia atrás para animarlo.
Durante un buen rato, a un ritmo brutal, me cogió sin piedad. Cada embestida era profunda, rozando nervios que me hacían ver estrellas. Gemía con cada empuje, mezclando el dolor con un placer masoquista que me hacía temblar.
—¡Más fuerte, suegro! Me duele tan rico —grité, mi voz haciendo eco en el baño empañado.
Me cogía como a una perra en cuatro, aunque yo estaba de pie contra la pared, sus caderas chocando contra mis nalgas con palmadas sonoras. Fue intenso, íntimo, violento y excitante a la vez. Cada vez que salía casi por completo, volvía a entrar de golpe.
Me mordió el hombro, dejándome la marca de los dientes, y bajó una mano para pellizcarme los pezones de nuevo, torciéndolos hasta hacerme gritar más alto.
—Estos pezones duros son míos —murmuró, girándome un poco para atrapar uno entre los dientes y morderlo. El dolor me irradió desde el pecho hasta el centro, haciendo que todo me palpitara.
Éramos la viva imagen del sexo desbocado: suegro y nuera a escondidas, sin vergüenza.
—¡Sí, muérdamelos, don Aníbal! Soy su puta —gemí, el mordisco empujándome al borde.
***
Finalmente, sacó la verga con un sonido húmedo. La enjuagó rápido bajo el agua, frotándola con jabón, y se puso detrás de mí otra vez, pero esta vez alineando la punta con mi entrada de adelante.
—Ahora te voy a coger por delante hasta que chilles —dijo, penetrándome de un solo empujón profundo.
Lo sentí llenarme entero y empecé a gemir como loca.
—¡Ay, dios, sí! Así, suegro, es tan gruesa y caliente —jadeé, mis paredes cerrándose alrededor de él.
Me cogía tan fuerte que parecía que él también había estado esperando esto tanto como yo. Su verga rozaba justo el punto que me volvía loca con cada embestida. Me hizo correrme dos veces seguidas: la primera me dejó las piernas flojas, la segunda sin aliento, gritando su nombre.
—¿Dónde me corro? —preguntó, la voz tensa, embistiendo más profundo.
—Adentro. Lléneme con todo —respondí sin dudar, la mente nublada por el éxtasis. Se detuvo un segundo, sorprendido.
—¿En serio? ¿Estás segura? Podrías quedar embarazada, mija, no tomás pastillas, ¿no? —dijo, pero las caderas no pararon.
—Sí. Córrase adentro, lléneme hasta rebosar —supliqué, apretando los músculos para ordeñarlo.
—¿Y Bruno? —preguntó, nombrando por primera vez a su hijo.
—¡A la mierda Bruno! ¡Lo necesito! —grité, fuera de mí, al límite de mi propia degradación.
Me dio unas embestidas profundas, gruñendo como un animal, y terminó vaciándose dentro de mí. Derramó tanto que sentí cómo se desbordaba, goteando por mis muslos y mezclándose con el agua. Pensé en el riesgo, en cómo podría estar pasando justo en ese instante, y eso hizo que mi último orgasmo fuera todavía más intenso.
Nos quedamos en silencio, los cuerpos pegados, su verga aún dentro, perdiendo dureza de a poco. El agua seguía cayendo, llevándose el sudor.
Después tuvimos que ducharnos de nuevo, el jabón pasando entre los dos en un último roce íntimo. El agua ya estaba fría, pero con el calor de afuera y el de nuestros cuerpos ni lo notamos.
Salimos, nos secamos en silencio y nos quedamos un rato en la sala frente al televisor, cada uno metido en sus pensamientos, el aire cargado de lo que acababa de pasar. Yo todavía goteaba, un recordatorio pegajoso de la traición.
Al rato me vestí, las piernas temblándome, y me despedí de mi suegro con un beso en la boca que duró un segundo de más.
—Volvé cuando quieras, Carla. Esto no termina acá —dijo don Aníbal con una sonrisa.
Me fui a casa con el cuerpo dolorido pero satisfecho, sabiendo que había cruzado una línea de la que ya no había vuelta atrás.