Lo que las dos madres planearon esa noche
El Marabú era el antro más concurrido del centro, y esa noche la mesa del rincón estaba reservada para celebrar los veintiún años de Bruno. La música rebotaba contra las paredes oscuras, las luces giraban sobre la pista y el festejado brindaba rodeado de amigos. Sin embargo, las miradas del lugar no apuntaban hacia él, sino hacia las dos mujeres que lo acompañaban.
Lorena, la madre de Bruno, tenía un pecho generoso que ninguna blusa conseguía disimular. Esa noche llevaba una camisa blanca y entallada, y cada vez que se inclinaba para hablar, el escote se abría un poco más de la cuenta. A su lado estaba Patricia, la madre de Iván, el mejor amigo de Bruno. Más delgada, de piernas largas, con un trasero que obligaba a girar la cabeza a cualquiera que pasara cerca.
Detrás de la barra, dos meseros las observaban sin disimulo.
—Vaya par —murmuró Rubén mientras secaba un vaso—. La de la camisa blanca tiene unas tetas de escándalo.
—La otra ni te cuento —contestó Damián—. Llevo toda la noche fingiendo que limpio esa mesa solo para verle el culo cuando se levanta.
—¿Serán de verdad? —preguntó Rubén, señalando con la barbilla el pecho de Lorena.
—Se ven naturales. Y eso es lo que las hace peores.
Damián dejó la bandeja sobre la barra y sonrió con una idea en la cabeza.
—Hoy el cumpleañero va a recibir un regalo que no espera —dijo—. Y nosotros también.
***
En la mesa, Bruno e Iván llevaban varias copas encima. Eran amigos desde la secundaria, casi hermanos, y el alcohol esa noche les soltaba la lengua más de lo habitual. Iván se acercó al oído de su amigo, bajando la voz para que la música tapara lo que iba a decir.
—Te voy a confesar algo, pero no te enojes.
—Suéltalo —respondió Bruno, divertido.
—Tu madre está buenísima. Llevo toda la noche sin poder mirarla a la cara.
Bruno se rió. En lugar de molestarse, bebió un trago largo y le devolvió el golpe.
—Lo sé. Y no te creas que la tuya se queda atrás. Ese vestido no le hace justicia al culo que tiene.
—¿No te molesta que lo diga?
—Para nada —contestó Bruno encogiéndose de hombros—. Es mi cuerpo el que habla, no mi cabeza. A mí me pasa lo mismo con la tuya, así que estamos a mano.
Los dos se miraron y soltaron una carcajada cómplice. Había algo liberador en confesarlo en voz alta, en descubrir que el otro pensaba exactamente lo mismo. Bebieron otra ronda mientras observaban a sus madres reír entre ellas, ajenas a la conversación que se cocinaba a tres metros de distancia.
***
Damián se acercó a la mesa con una bandeja repleta de tragos cortos.
—Cortesía de la casa para el cumpleañero —anunció, repartiendo los vasos entre todos—. Y una ronda especial para las dos damas más elegantes del lugar.
—Ay, no, yo ya no quiero —protestó Lorena entre risas.
—No me puede despreciar, señora. Es la mejor bebida de la barra. Insisto, aunque sea un sorbo.
Lorena y Patricia se miraron buscando complicidad, contaron hasta tres y vaciaron los vasos al mismo tiempo. La mesa estalló en aplausos. Bruno abrazó a su madre, orgulloso, mientras Iván levantaba el suyo hacia Patricia.
—¡Eres la mejor, mamá! —gritó.
Cuando el ambiente alcanzó su punto más alto, Damián volvió con una bandeja distinta. Sobre ella había varias esferas de plástico de colores.
—Hoy, por ser una noche especial, vamos a jugar —explicó—. Dentro de cada esfera hay un papel. Dos rojos, dos verdes, el resto en blanco. El que saque color, gana premio.
Rubén pasó esfera por esfera. Lo que nadie en la mesa sabía era que el reparto estaba arreglado de antemano: las esferas con papel de color cayeron exactamente en las manos correctas.
—¡Rojo! —exclamó Iván.
—¡Verde! —dijo Patricia.
—¡Rojo! —celebró Bruno.
—¡Verde! —remató Lorena.
—Perfecto —sonrió Damián—. Los de rojo, conmigo. Los de verde, con mi compañero.
***
Damián llevó a los dos amigos hacia un pasillo apartado, lejos del ruido.
—Ustedes sacaron rojo, así que les toca el mejor premio del lugar —dijo, bajando la voz—. Cinco minutos en el baño con la persona que quieran de esta fiesta.
—¿Con quien sea? —preguntó Iván, abriendo los ojos.
—Con quien sea. Y supongo que ya saben a quién quieren.
Iván miró a Bruno. Bruno miró a Iván. Ninguno se atrevía a decirlo primero.
—Quieres a mi madre, ¿verdad, desgraciado? —dijo al fin Bruno, con media sonrisa.
—Yo… no sé si…
—No te hagas. No le has quitado la vista del escote en toda la noche. Anda, elígela, te hace ilusión.
—¿No vas a romperme la cara mañana?
—Claro que no —Bruno le palmeó el hombro—. Pero entonces yo elijo a la tuya. Es lo justo.
Iván tragó saliva, dudó un segundo y terminó asintiendo. La idea de cruzar esa línea, aunque fuera con la madre del otro, le quemaba por dentro.
—Trato hecho —dijo Bruno—. Yo elijo a la señora Patricia. Tú, a mi madre.
***
Mientras tanto, Rubén guiaba a las dos mujeres hacia un rincón cerca del baño.
—El color verde tiene premio en efectivo —explicó, mostrando un sobre—. Solo tienen que pasar cinco minutos en el baño con un desconocido. Las dos irán vendadas, y ellos también. Nadie sabrá nunca con quién estuvo.
—¿Qué? No, yo paso —dijo Patricia de inmediato.
—Espera —la interrumpió Lorena, con las mejillas encendidas por el alcohol—. Cinco minutos, buen dinero y nadie se entera de nada. No suena tan mal.
—¿Estás loca?
—Hace demasiado tiempo que nadie me toca, Patricia. Y estoy con ganas. Acompáñame, ¿sí?
Patricia resopló, miró el sobre y al final cedió entre risas nerviosas.
—El alcohol me va a meter en un problema —dijo—. Está bien.
Rubén les colocó las vendas con cuidado. Aprovechó cada movimiento para rozar la cintura de Patricia, deslizando la mano hasta apoyarla un instante sobre sus nalgas.
—Disculpe, señora —susurró—. Solo ajusto la venda.
—No tienes que disculparte —respondió ella, sorprendida de sus propias palabras—. Estoy vendada. No veo nada que te lo impida.
Rubén sonrió y dejó que sus manos se demoraran un poco más de lo necesario.
***
Cuando todos estuvieron dentro del baño, Damián cerró la puerta y fingió echar el cerrojo, aunque en realidad él y Rubén se quedaron adentro, observando desde la sombra.
—Tienen cinco minutos —anunció—. Ellas pueden hablar. Ustedes, no. Empiecen.
Iván se acercó a Lorena. Bruno, a Patricia. En la penumbra, los dos amigos se cruzaron una mirada de incredulidad antes de poner las manos sobre las mujeres que habían deseado toda la noche.
—Ay, empezando fuerte —gimió Lorena al sentir unas manos firmes sobre su pecho.
Iván hundió la cara en aquel escote, lamiendo la piel tibia y perfumada mientras le arrancaba los botones de la camisa. Los pechos quedaron al aire, sostenidos apenas por un sujetador de encaje que él apartó con los dientes.
—¿Te gustan? —preguntó Lorena, jadeando—. Son todas naturales, mi amor. Disfrútalas.
A un par de pasos, Patricia ya tenía las manos de Bruno recorriéndole las caderas. Él se bajó el pantalón y le ofreció su erección, que ella tomó sin dudar, acariciándola al ritmo de la música que se filtraba por la puerta.
—No puedo creer lo que tengo entre las manos —susurró Patricia antes de arrodillarse.
Lo recibió con la boca abierta, lento al principio, después más hambriento. Bruno cerró los ojos, incapaz de creer que la madre de su amigo estuviera de rodillas frente a él. En el rincón, Damián y Rubén se habían bajado los pantalones y se acariciaban en silencio, devorando la escena con la mirada.
***
Cuando los cinco minutos parecían a punto de terminar, ocurrió algo que nadie esperaba.
—¡Cambio! —ordenó Lorena con voz firme.
Todos se detuvieron. La música seguía, pero dentro del baño se hizo un silencio espeso.
—Cambio de parejas —repitió ella, llevándose las manos a la venda.
Se la quitó de un tirón. Sus ojos buscaron de inmediato los de Bruno, su hijo, que la miraba petrificado desde el otro extremo.
—¿De verdad creyeron que iba a dejar que me vendaran sin saber con quién me metía? —dijo, dejando caer la tela al suelo—. Le hice un agujero. Llevo todo el rato mirando.
Patricia se descubrió los ojos al mismo tiempo y clavó la vista en Iván.
—¿Y tú, mi amor? —preguntó—. ¿No tienes curiosidad por saber cómo es entrar por donde naciste?
—Mamá… ¿tú también lo sabías? —balbuceó Iván.
—Por supuesto —contestó Patricia—. ¿Nos crees tontas? Ese sorteo de colores era de lo más obvio. Las dos lo notamos desde el primer trago.
Lorena se acercó a su hijo, sin la menor vergüenza.
—Estos meseros pervertidos querían ver incesto —dijo—. Pues lo van a tener. Pero a nuestra manera.
—Anda ya —apuró Patricia, jalando a Iván hacia ella—, ven con mamá antes de que se me pase la calentura.
***
Iván dejó de resistirse. Aquella mujer era su madre, y la idea que tantas veces había apartado de su cabeza estaba ahora frente a él, ofreciéndose sin pudor. Patricia se apoyó contra el lavabo y arqueó la espalda, y él la tomó por las caderas y se hundió en ella de una sola embestida.
—Dios, mamá, qué buena estás —jadeó.
—Para eso me tienes —respondió ella, moviéndose contra él—. Mientras tu madre tenga este cuerpo, no te va a faltar dónde terminar.
Bruno, mientras tanto, había sentado a Lorena sobre el borde del lavabo. Ella le rodeó la cintura con las piernas y lo atrajo hacia su pecho.
—Siempre quise saber qué pensabas cuando me mirabas en casa —murmuró ella—. Se te iba la vista, hijo. No creas que no lo notaba.
—Lo deseaba —confesó Bruno, hundiendo la cara entre sus senos—. Desde hace demasiado tiempo.
—Pues hoy es tuyo. Todo.
Los dos amigos se cruzaron una última mirada, esta vez sin culpa, mientras embestían a sus propias madres a pocos centímetros de distancia. Lo que había empezado como un juego de desconocidas se había convertido en algo mucho más prohibido, y ninguno quería que terminara.
***
Lorena fue la primera en notar que su hijo estaba al borde.
—¿Te corres, mi amor? —preguntó, apretándolo contra su pecho—. Hazlo donde quieras.
—En tus tetas, mamá —pidió él, retirándose y tomándose con la mano.
—Hoy se te cumple. Llénamelas.
Bruno se vació sobre el pecho de su madre con un gemido ronco, y ella recibió cada chorro con una sonrisa, repartiéndolo con los dedos por su piel encendida. A su lado, Iván embestía a Patricia cada vez más rápido, las caderas chocando contra las nalgas que llevaba toda la noche deseando.
—Me corro, mamá —avisó él.
—Adentro —ordenó Patricia, mirándolo por encima del hombro—. Hasta el fondo.
Iván obedeció. Se derramó dentro de ella, agarrado a sus caderas, mientras Patricia temblaba con un orgasmo largo que la dejó sin aliento.
Los dos meseros, que no habían dejado de mirar, terminaron casi al mismo tiempo, manchando el suelo del baño. Damián fue el primero en hablar, todavía recuperando el aire.
—¿Esto pasa siempre en los cumpleaños? —preguntó.
Lorena se acomodó la camisa rota como pudo, sin perder la sonrisa, y le respondió mientras ayudaba a Patricia a recomponerse.
—Solo cuando dos madres se ponen de acuerdo —dijo—. Y ustedes nos lo pusieron en bandeja.
Salieron del baño una a una, como si nada hubiera ocurrido. En la mesa todavía esperaban las copas a medio terminar y la música seguía sonando. Bruno e Iván se sentaron de nuevo, sin saber muy bien qué decir, hasta que Iván levantó su vaso.
—Feliz cumpleaños, hermano —dijo, conteniendo la risa.
—El mejor de mi vida —respondió Bruno, chocando el suyo, mientras sus madres brindaban en silencio al otro lado de la mesa, guardando un secreto que jamás saldría de los cuatro.