La tarde que me fui a un hotel con mi tío
Hay cosas que una cuenta y cosas que una se guarda. Esta la conté pocas veces, y siempre con la voz baja, como si las paredes pudieran delatarme. Pero ya pasaron los años, mi tío vive lejos y nadie va a reconocernos en estas líneas. Así que te la cuento entera.
Después de dejar los estudios me puse a trabajar en bares. Primero de mesera, llevando charolas de cerveza y aguantando manos sueltas. Después de fichera, que es otra cosa: los clientes pagaban por tenerme sentada al lado, tomando con ellos, riéndome de sus chistes, dejándome cachondear un poco mientras les sacaba la billetera a tragos. Parte de mi familia puso el grito en el cielo, sobre todo mis tías. No les hice caso. Mi mamá, en cambio, recibía sin chistar el dinero que yo le pasaba, así que de su parte nunca hubo sermones.
Trabajé en varios sitios. El que más recuerdo era una cantina que se llamaba El Farolito, ahí por el centro. Hoy en ese local hay una purificadora de agua, y cada vez que paso por la calle y veo los garrafones apilados detrás del vidrio se me viene encima todo aquel tiempo de humo, música a todo volumen y vasos pegajosos.
A esa cantina iban de vez en cuando mi hermano mayor y mi tío Renato, el hermano de mi papá. Yo los atendía como a cualquier otro cliente, aunque con ellos casi no había manoseo: había compañeros que sabían que eran mis parientes y prefería no dar espectáculo. Les servía sus tragos, me sentaba un rato, platicábamos de la familia y seguía con lo mío.
Mi tío Renato iba más seguido que nadie. Cada semana, a veces dos. Y de tanto vernos en ese ambiente fuimos perdiendo la vergüenza el uno con el otro, agarrando una confianza que no tenía nada de inocente.
***
Una noche se juntaron las cervezas con unos tequilas. Mi tío estaba más suelto de lo normal, con la mirada brillosa y la lengua fácil. En un momento se inclinó sobre la mesa, bajó la voz y me preguntó si nos íbamos a «otro lado».
No me hice la sorprendida. Lo miré, le di un trago a mi vaso y le contesté con toda tranquilidad.
—Me parece bien —le dije—. Pero tendrías que pagar mi salida de la cantina. Y además darme algo a mí.
—¿Cuánto? —preguntó, sin titubear.
Le dije una cifra. Sacó los billetes ahí mismo, sin regatear, y los dejó sobre la mesa como quien cierra un trato del que lleva tiempo pensando. Yo arreglé mi salida con el encargado y, sin darle más vueltas, agarré mi bolsa.
Y ahí me tienes, caminando por la banqueta rumbo a un hotelito de paso que estaba a dos cuadras, el Hotel Lucero. Iba con una minifalda demasiado corta, una blusa de tirantes finos sin sostén debajo y, bajo la falda, apenas una tanga diminuta. Los tacones altos me estiraban las piernas. Si alguien me hubiera visto pasar habría pensado exactamente lo que yo quería que pensara.
Mi tío pagó el cuarto en la recepción mientras yo esperaba unos pasos atrás. Subimos por una escalera angosta hacia la planta alta. Yo iba adelante, y sabía perfectamente que él me miraba las nalgas escalón por escalón. Esa certeza, esa mezcla de excitación, morbo y vergüenza, me tenía el estómago apretado de pura anticipación.
***
El cuarto era de los baratos. Una cama con colcha gastada, un espejo manchado, un ventilador que giraba en el techo haciendo un ruidito metálico. Olía a desinfectante y a humo viejo. Me senté en la orilla de la cama y prendí un cigarro para aplacar los nervios, porque por más decidida que fuera, el corazón me iba a mil.
Mi tío me miraba sin disimulo. Yo fumaba despacio, dándole tiempo, dejando que la situación se cargara sola. Y pensar que este hombre me cargaba de chiquita, me dije, y ahora estamos los dos aquí, sabiendo a qué venimos. Apagué el cigarro. Él se sentó a mi lado.
Me puse de pie y él hizo lo mismo. Quedamos de frente, muy cerca. Me acarició los brazos, los hombros, me pasó los dedos por el pelo. Nos miramos un segundo de más y nos besamos en la boca. Su aliento sabía a tequila, el mío a cigarro, y el simple hecho de estar besándome con el hermano de mi papá me prendió como pocas cosas en la vida.
Sus manos bajaron. Me apretó los pechos por encima de la blusa, me agarró las nalgas sin delicadeza, con esa urgencia de quien lleva mucho tiempo imaginándolo. Yo me dejaba hacer. Después se volvió a sentar en la cama y yo me quedé parada frente a él.
Me saqué la blusa despacio. Nunca voy a olvidar su cara cuando me vio los pechos al aire en esa luz amarillenta. Me acerqué y se los ofrecí, y él se prendió de uno con los labios mientras me amasaba el otro con la mano.
—Así, tío —le susurré—. Mámamelas así.
Me los chupaba con hambre, gimiendo bajito él también. Yo estaba de pie sobre mis tacones, con la minifalda casi trepada hasta la cintura, algo mareada por el alcohol, oliendo a humo, sintiendo cómo su boca me recorría los pezones y sus manos me estrujaban las nalgas. La cabeza me daba vueltas de puro morbo. Tienes que imaginarte lo que era estar ahí, sabiendo de quién se trataba, y aun así no querer parar.
***
No podía demorarme demasiado. Era, al fin y al cabo, una «salida pagada», y tarde o temprano tendría que volver a la cantina. Así que decidí apurar las cosas, pero a mi manera.
Me separé de él un poco, despacio, para provocarlo. Me bajé la minifalda y la dejé caer al piso. Él me ayudó a quitarme la tanga, y todavía me acuerdo de la fascinación con que me miraba ya completamente desnuda. Me quedé un momento de pie, con las manos en la cintura, dejando que me mirara todo. Le di la espalda con coquetería para que me viera las nalgas, volví a girar de frente y me recogí el pelo levantando los brazos.
—¿Te gusta lo que ves, tío? —le pregunté.
—Demasiado, sobrina —contestó con la voz ronca—. Me gustas demasiado.
Me tiré en la cama lentamente, dejándome puestos los tacones. Ahí estaba yo, su sobrina, desnuda salvo por las zapatillas. Él se quitó los zapatos, el pantalón y los calzoncillos, pero se dejó la playera puesta. Cuando lo vi parado supe que llevaba un buen rato así. No era enorme, pero la tenía dura y se la agarraba mirándome como si no se lo terminara de creer.
Me volví a incorporar y me senté en el borde de la cama. Él se acercó. Le tomé el miembro con la mano y empecé a chupárselo muy despacio, mirándolo a los ojos. Mi mamada era lenta, profunda, de las que se sienten en cada centímetro. Me cabía entera en la boca. Lo ensalivé bien, dejé que sintiera mi lengua, le jugaba con los testículos con la otra mano, suavecito.
Después se la dejé de chupar y me tiré de espaldas en la cama, abierta de piernas. Le extendí los brazos, invitándolo a subirse.
Mi tío se acomodó encima. Me besó otra vez en la boca, me chupó los pechos, y yo le hablaba al oído.
—Ay, tío... qué rico me las mamas.
Se acomodó entre mis muslos, me puso la punta en la entrada y empujó. Solté un gemido cuando entró, sin condón, sin preguntar nada. Me sentí la peor de todas, la más perra, y me encantó. Me estaba cogiendo el hermano de mi papá, y no había en el mundo nada más prohibido ni más excitante.
Él se movía con ganas, entrando y saliendo, cada vez más rápido. Yo iba flotando entre el tequila y la calentura. Al rato me subió las piernas a sus hombros y siguió así, con mis tacones a los lados de su cara. Me acuerdo del ventilador girando arriba, del ruidito metálico, del olor del cuarto, y sobre todo de la manera en que nos mirábamos a los ojos mientras me poseía, sin decirnos nada, porque no hacía falta.
—¿Quieres que me voltee, tío? —le pregunté.
Me dijo que sí. Salió, me acomodé en cuatro y volvió a entrar por detrás. Así me cogió un buen rato, jalándome de las caderas, metiéndola y sacándola, y yo sentía un morbo enorme de saber que me estaba mirando el culo. Pasaron varios minutos intensos en ese cuarto barato, llenos de mis gemidos.
***
Nunca me preguntó si me cuidaba ni nada parecido. Yo tomaba pastillas, así que de buena gana lo habría dejado terminar adentro. Pero él prefirió otra cosa: salió, se acomodó a mi lado con el miembro cerca de mis pechos y se lo empezó a agarrar. Puse mi mano sobre la suya y lo ayudé a terminar.
Sentí cómo se contraía y enseguida me llenó los pechos de chorros calientes. Fue una delicia verlo, con la cara descompuesta de placer y los ojos clavados ahí, en lo que acababa de manchar.
—Así, tío, así... dámelos —le decía.
—Sí... tómalos, sobrina —jadeó él.
Cuando acabó no se lo solté de inmediato. Se lo seguí agarrando hasta que se le fue ablandando, despacio, y recién entonces lo dejé. Fue al baño caminando lento, sonriente. Yo me quedé tirada en la cama, saboreando lo que acababa de hacer sin una pizca de remordimiento. Acababa de acostarme con mi tío, el hermano de mi papá, y nada de eso me pesaba.
Cuando salió del baño, fui yo a enjuagarme los pechos. Después nos vestimos y volvimos a la cantina, porque yo todavía tenía que seguir «trabajando». Él se pidió otro tequila como si nada y yo retomé mi turno con la sonrisa de quien guarda un secreto delicioso.
No fue la coge más espectacular de mi vida, te lo confieso. Pero lo prohibido tiene un sabor que ninguna otra cosa iguala, y ese sabor se me quedó pegado durante años.
¿Y sabes lo mejor? No fue la única vez que lo hicimos. Pero esa, la primera, es la que vuelvo a contarme cuando nadie me escucha.