Lo que pasó esa noche con mi hermana en la cocina
El sábado por la mañana tocaba limpieza general del piso. Nos repartimos las tareas, pero aun así nos pegamos casi tres horas hasta dejarlo todo impecable.
Yo solo pensaba en lo que se me venía encima por la noche, aunque Nuria intentaba aparentar que estaba tranquila. Iba con un chándal gris viejo de andar por casa, y yo la miraba como si llevara el vestido más caro del mundo.
Me ponía a cien que no llevara sujetador debajo de la sudadera. Estuve las tres horas viendo cómo sus pechos se balanceaban con cada movimiento, y ella sabía perfectamente lo que provocaba. La pillé un par de veces sonriendo de medio lado, consciente de que se estaba comportando como una jodida calientabraguetas.
Después de comer me eché la siesta, y apenas me quedó tiempo para más, porque mis colegas habían quedado a las siete para empezar el botellón en un parque cerca de la facultad.
Sobre las seis me duché y, antes de salir, llamé a la puerta de mi hermana.
—¡Nuria, que me voy!
—Vale, luego nos vemos…
—Oye, aunque no lo hayamos hablado, de madrugada volvemos juntos a casa, ¿no?
—No lo sé, Adrián. Igual esta noche viene Gonzalo a dormir aquí…
Mierda. Con eso no había contado.
—¿Va a venir tu novio? Vaya, no me lo esperaba.
—Tampoco hemos quedado en nada concreto, pero igual sí. ¿Te molesta? —preguntó haciéndose la inocente.
—Es el último día que salimos este curso. Había pensado que quizá tú y yo, bueno, ya sabes… podíamos volver juntos.
—No te aseguro nada. A ver cómo va la noche…
—Por cierto, ¿te vas a poner el conjunto que te regalé?
—En principio, no. ¿Por?
—Por nada, curiosidad. Me voy. Pásalo bien.
—Lo mismo te digo, enano. Y no bebas mucho.
Esa era mi intención, beber lo justo, pero mis colegas aparecieron en el parque con botellas de ron, ginebra, refresco, hielo y bolsas de patatas. La conversación con Nuria me había dejado frío: parecía tener más ganas de su novio que de mí, y lo que yo creía mi gran oportunidad se había desvanecido casi por completo.
Ahogué las penas en alcohol, aunque sin pasarme. Me tomé un par de copas rápido y luego empecé a regular: cuando los demás ya iban borrachos, era fácil disimular echándome muy poco o tirando el contenido del vaso por encima del hombro.
***
En cuanto abrieron la carpa, a las nueve, nos fuimos para allá. Había quedado con Lucía y sus amigas en la entrada y saludé a mi novia con un pico efusivo. Me sorprendió encontrarla contenta y con un par de copas de más, porque ella casi nunca bebe.
Lucía iba muy guapa con una minifalda negra que apenas le tapaba donde empezaban las nalgas, una camisa blanca y unas botas altas planas. Le hacía un culito pequeño y duro muy apetecible, y me fijé en cómo Bruno, mi mejor colega, se la comía con los ojos. Apenas pude estar con ella; sus amigas se la llevaron a la barra a pedir unos cubatas.
Yo nunca había visto a Lucía como un pibón; para mí era una chica sencilla, guapa sin más. Bruno, en cambio, la miraba de otra manera, y hasta llegó a soltarme entre risas que se la tiraría sin pensárselo. Le seguí la broma, pero algo dentro de mí ya estaba en otra parte.
***
Dos horas más tarde, de repente se hizo el silencio entre mis amigos. Todos se quedaron callados, con la copa en la mano, como si presenciaran una aparición. Mi hermana Nuria caminaba hacia nosotros igual que la protagonista de una película americana avanzando a cámara lenta por el pasillo del instituto.
Iba vestida casi como Lucía, pero sus pechos se balanceaban descontrolados a cada paso. La minifalda era de cuero, lo mismo que sus imponentes botas de tacón por encima de la rodilla, que brillaban como si fueran de charol. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta que le daba un aire salvaje, y se había maquillado más que de costumbre.
Estuvo a punto de pasar de largo, pero al verme se acercó decidida.
—Hola, hermanito —dijo plantándome dos besos delante de mis colegas, que seguían absortos—. Hola a todos.
—¡Hola! —contestaron como corderitos.
Antes de volver a hablar, me fijé en su escote. No era muy pronunciado, pero lo suficiente para asomar un trozo de sujetador. Y allí estaba el lazo rosa del conjunto que yo le había regalado.
Se lo había puesto para mí.
Creo que me empalmé de pura emoción, y Nuria se ruborizó al darse cuenta de dónde tenía la mirada clavada.
—¿Te… te lo has puesto? —tartamudeé—. ¡Joder, qué pasada, te queda increíble! Y con esas botas vas espectacular.
—Gracias… La verdad es que me queda bien.
—¿Al final viene Gonzalo a dormir?
—No lo sé —murmuró acercándose—, a ver cómo va la noche. Todavía no le he dicho nada.
—Por favor, no se lo digas. Así podemos estar solos tú y yo.
Justo entonces apareció Lucía por detrás, más cariñosa de lo normal, y se enredó con mi hermana en una conversación de fiesta. Las dos iban casi iguales —botas negras, minifalda, camisa blanca—, pero había una diferencia abismal. Lucía carecía de las curvas de Nuria; con las botas planas parecía una adolescente. Mi hermana, con esos muslos y los taconazos brillantes, llamaba la atención por donde pasaba.
—Luego nos vemos —me dijo Nuria al despedirse, y se fue hacia el grupo de su novio.
***
—¿No piensas hacerme caso en toda la noche? —ronroneó Lucía pegando los labios a mi cuello—. Tengo unas ganas locas de follar. ¿Me acompañas fuera?
Dudé. No quería acostarme con ella; quería reservarme para Nuria por si pasaba algo entre nosotros. Pero Lucía estaba decidida y me arrastró de la mano hasta los baños portátiles que habían montado junto a la carpa.
Nos metimos en uno de los cubículos. Me rodeó el cuello con los brazos y me comió la boca, se subió la minifalda hasta la cintura como un cinturón y me desabrochó el pantalón de un tirón. Luego se giró, apoyándose contra la pared, sacó el culo y se apartó la tira del tanga para que pudiera metérsela.
No me lo pensé. Aquel culito me ponía demasiado, y de un empujón me hundí en ella, pegando mi cuerpo a su espalda. La follé de pie, con embestidas cortas y secas, mientras ella se frotaba el clítoris y yo le devoraba el cuello. Aguanté hasta que llegó al orgasmo, y entonces hice algo que jamás había hecho.
Fingir que me corría.
Gemí en su oído, simulé el temblor de las piernas y el espasmo, y dejé que ella creyera que había terminado dentro. Me reservaba para otra cosa.
Al salir del cubículo tuvimos la mala suerte de que Nuria esperaba en la cola, justo al lado. Lucía iba tan borracha que ni se enteró, pero yo crucé la mirada con mi hermana y vi la decepción en su cara. Negué con la cabeza, intentando decirle que no había pasado nada importante. Nuria era demasiado orgullosa; iba a tocarme dar explicaciones si quería terminar la noche con ella.
***
Sobre las dos de la mañana, una amiga vino a buscarme: Lucía no se encontraba bien. La encontré vomitando sola en una esquina, con todos los chupitos de la noche pasándole factura. Cuando cerraron la carpa, apareció Nuria con el grupo de su novio y, al verme, se puso a mi lado para echar una mano.
—No os voy a dejar aquí solos, tal y como está Lucía —dijo decidida, y se despidió de Gonzalo con un pico antes de quedarse con nosotros.
La casa de Lucía quedaba casi a una hora andando, y fuimos despacio, sujetándola cada uno por un lado hasta que se recuperó. Al llegar, subí a dejarla en su portal y me despedí con un beso.
—Mañana te llamo. Recupérate.
Bajé las escaleras de dos en dos. Nuria me esperaba abajo. Eran casi las cinco.
—Gracias por venir con nosotros —le dije.
—Es lo menos que podía hacer. Pobre Lucía.
—¿Nos vamos a casa, hermanita? —dije rodeándole la cintura con el brazo.
—Venga. Total, son veinte minutos andando. Hasta se me ha pasado el sueño.
Caminamos bien agarrados, como si fuera mi novia. Dejé la mano peligrosamente cerca de su culo, sintiendo el vaivén de sus caderas, y ella metió un par de dedos en el bolsillo trasero de mi pantalón. Entre risas comentábamos la fiesta, pero yo notaba una tensión espesa flotando entre nosotros. Cuando un grupo de tíos le pegó un buen repaso al cruzarnos y oí a uno murmurar que estaba tremenda, Nuria ni se inmutó; lo tenía asumido.
***
—¡Por fin! —exclamó al entrar en casa, dejándose caer para quitarse las botas—. Me duele todo.
Yo fui a la cocina y, como siempre, me calenté un vaso de leche con galletas para asentar el estómago.
—Quédate conmigo, porfa —le pedí ofreciéndole un taburete—. Me apetece que me hagas compañía.
—Está bien… Vaya nochecita, eh.
—Hoy ibas guapísima, Nuria. Espectacular con esas botas. —Hice una pausa—. Por cierto, lo de Lucía en el baño no es lo que piensas. No hicimos casi nada.
—A mí no tienes que darme explicaciones.
—Pude resistirme con ella porque tenía la esperanza de terminar la noche contigo. Sé sincera: el conjunto, ¿te lo pusiste para Gonzalo o para mí?
Ella se quedó pensando, mordiéndose el labio, y luego me miró a los ojos.
—Puede que… para los dos.
—Me encantaría repetir lo del otro día. Ahora. —Estiré la mano y la puse sobre la suya.
Me acarició un dedo. Le rocé la mejilla con el dorso de la mano y Nuria se estremeció, bajando la mirada con timidez.
—No deberíamos, Adrián. Esto se nos está yendo de las manos.
—Yo ahora mismo solo pienso en estar contigo —aseguré, poniéndome de pie y ayudándola a levantarse.
La agarré de la cintura y caminamos un par de pasos hacia atrás, hasta que su culo chocó con la encimera. Ya no podía escapar. Le fui desabrochando los botones de la camisa, uno a uno, recreándome en la sensación de desnudar a mi hermana sin ninguna prisa. Cuando terminé, le solté el broche de la minifalda, bajé la cremallera y la falda cayó al suelo.
Nuria se quedó solo con la ropa interior, temblando, las manos apoyadas en el mármol, sin atreverse a mirarme.
—¿Me dejas que me la haga? —susurré.
—Vale… hazlo —murmuró, fijándose en el bulto que me marcaba el pantalón.
***
Me bajé el vaquero y le agarré la muñeca, guiándole la mano hasta mi erección. Ella siguió sola, rodeándome con los dedos y meneándomela con dulzura. Después me apartó el flequillo y se me quedó mirando, y en ese instante vi en su cara algo que me asustó: no era solo deseo. Parecía enamorada. Y reconozco que se me puso más dura, porque yo sentía exactamente lo mismo: esa opresión en el pecho, ese cosquilleo en el estómago, la sensación de estar haciendo algo prohibido.
—Qué guapo eres, enano —suspiró pajeándome, mientras me besaba el cuello.
Yo le manoseaba todo el cuerpo, inquieto: le sobaba los pechos, le apretaba el culo, le pellizcaba los pezones, que ya querían atravesar la fina tela del sujetador. Cuando dejó de comerme el cuello, busqué su boca con las manos en su cintura.
Pero ella giró la cara y me ofreció la mejilla.
—Eso no, Adrián.
Aquello me parecía absurdo. Estaba casi desnuda, con mi polla en la mano, dejándome sobar su cuerpo entero, y seguía negándome la boca.
—¡No lo entiendo!
—Ya te lo dije: eso no. Eres mi hermano pequeño. Y tengo novio. No te enfades… —Me agarró la cara con las dos manos—. Estoy dejando que me toques, ¿no?
Y para callarme, me desabrochó la camisa y me la quitó. Se puso de cuclillas, me bajó el pantalón del todo y me desnudó por completo. Luego se soltó la coleta, dejando la melena suelta y salvaje.
—Así te gusta más, ¿no?
—Sí, Nuria… joder.
—Súbete aquí, tonto.
Me senté en la encimera con la polla erecta justo delante de su cara. Sin dejar de mirarme, se desabrochó el sujetador y lo dejó caer. Se agarró los dos pechos y colocó mi verga entre ellos, apretándolos con las manos, y empezó a moverlos arriba y abajo.
—¿Te gusta? —preguntó con voz de zorra.
—¡Joder, claro que me gusta!
Solo asomaba la punta cuando ella bajaba, y al subir volvía a desaparecer entre su pecho. Dejó caer un salivazo en el canalillo y, de repente, metió la cabeza en mi regazo y me la metió entera en la boca.
—¡Joder, Nuria!
Allí estábamos los dos, a las seis de la mañana, solos en la cocina, dando rienda suelta a toda la lujuria acumulada durante meses. Chupaba como si le fuera la vida en ello, soltando un ronroneo que me excitaba más que la propia mamada. Le sujeté el pelo, guiándola, hasta que noté que me iba a correr. De un tirón le levanté la cabeza.
—Si sigues, me corro en tu boca.
—¿Y no quieres? —susurró pasándome la lengua por el glande.
—Quiero aguantar más. —Y de un salto me bajé de la encimera y la empujé suavemente contra ella.
La cogí por las axilas y la levanté para sentarla yo a ella en el mármol frío. Le abrí las piernas, le aparté las braguitas y le metí un par de dedos. Nuria se agarró a mi cuello, meciendo las caderas, mientras con la otra mano volvía a pajearme.
—¡Aaaah, haz que me corra, hermanito!
No me dio tiempo a avisar. Su mano me apretó con fuerza y mi cuerpo se sacudió. Apenas pudo apartarse para recibir mi semen en el abdomen y los pechos. Y eso pareció enloquecerla todavía más: cada chorro la hacía temblar, sin dejar de mirar cómo seguía soltando más y más sobre su piel.
—¡Córrete encima de mí, sí! —gritó fuera de sí.
***
—Vamos, ahora yo —jadeó arañándome el pecho—. No puedo más, haz que me corra.
Le quité las braguitas y le subí los pies a la encimera. Allí tenía su coño, expuesto, hinchado y empapado. Bajé con la lengua por su ombligo y le solté un único lametazo de abajo arriba; se estremeció entera. La hundí en su interior, saboreándola, mientras ella se restregaba contra mi cara y me aplastaba la cabeza con las dos manos.
—¡Cómemelo, hermanito, aaaah!
La trabajé despacio, esquivando su clítoris para que no terminara de golpe, hasta que la noté al límite. Entonces me incorporé, me puse de pie frente a ella y le di un azote en el coño con la polla.
—¡Qué haces, idiota, estaba a punto de correrme! —protestó, golpeándome el pecho.
Pero moví la cadera hacia delante y todo mi tronco se deslizó entre sus labios sin penetrarla, frotándose arriba y abajo. Le hundí la boca en el cuello y chupé con fuerza. Parecía que estuviéramos follando.
—¡Aaaah, aaaah! —gemía acompasando mis movimientos.
Apoyé la frente en la suya y nos quedamos así, mirándonos a los ojos, jadeándonos en la cara.
—Haz que me corra, por favor. Vamos, enano.
Le agarré la nuca y tiré de ella hacia mí, buscando su boca. Saqué la lengua y, esta vez, ella la dejó entrar. Nos fundimos en un beso caliente y desesperado. Por fin. Acababa de vencer su penúltima resistencia.
—Qué guapo eres, hermanito —dijo antes de lanzarse otra vez sobre mí.
Ahora era ella la que me buscaba. Nos mordíamos los labios, mezclábamos las lenguas, mientras yo frotaba la polla cada vez más rápido contra su coño.
—¡No puedo más! —jadeó al borde de la locura. Pero entonces se apartó y miró hacia abajo, asustada—. No podemos hacer esto, Adrián.
—Ya lo sé, hermanita —dije sin detener el vaivén—. No podemos. Sería incesto.
—Apártate, por favor… —suplicaba, pero ella misma me atrapó la polla y volvió a extenderla sobre sus labios—. Solo con los dedos. Haz que me corra solo con los dedos.
Le colé tres hasta el fondo, dejando el glande a la entrada, y empecé a moverme. Con cada vaivén la punta se fue introduciendo casi sin querer. Cuando ella buscó mi boca para morrearse, aproveché para dar un golpe de cadera y seguir adentrándome, hasta que su coño me envolvió en su calor y nuestros cuerpos chocaron.
—¿Me la has metido? —preguntó como si no se lo creyera.
—Sí. Estoy dentro de ti, Nuria.
—Ufff, joder…
Empecé a salir muy despacio y, cuando estaba a punto de hacerlo del todo, le solté otra embestida, esta vez más rápida, chocando de nuevo contra ella. Y otra más.
—Gracias por dejarme… era lo que quería —susurré contra su boca.
***
Terminé arrastrándola hasta su cuarto, y allí volvimos a hacerlo: primero en su cama, en un misionero, sin dejar de besarla; luego encima de mí, viendo el bamboleo de sus pechos sobre mi cara. Acabé la noche follándomela a cuatro patas, tirando de su pelo y haciendo que se corriera unas cuantas veces más, antes de vaciar en su boca el poco semen que me quedaba.
Nos dormimos juntos pasadas las ocho de la mañana, desnudos, abrazados, exhaustos y felices, después de más de tres horas de sexo. Aquella noche fue inolvidable.
Y así fue como empezó mi historia prohibida con mi hermana Nuria. Todavía quedaba un mes de clases y, al curso siguiente, tendríamos que seguir compartiendo piso al menos un año más. Los meses que vinieron fueron de lo más interesante, como os podéis imaginar.
Aunque todo esto pasó hace más de diez años. Hoy seguimos manteniendo una relación muy estrecha, a pesar de que nos vemos poco, porque vivimos en ciudades distintas, ella está casada y yo tengo pareja estable.
Pero esa ya es otra historia.