La noche que mi madrastra dejó de decirme que no
Cuando mis padres se separaron y mi padre rehízo su vida con una mujer bastante más joven que él, yo acababa de cumplir la mayoría de edad. Podría haberme quedado con mi madre, pero decidí mudarme al piso nuevo, con mi padre y con Daniela.
Daniela tenía treinta años recién cumplidos cuando empezamos a convivir. Yo tenía diecinueve y las hormonas a flor de piel. Compartir techo con una mujer así de joven, así de guapa, que encima no era mi madre, encendió en mí una atracción inmediata. Desde el primer día no pude mirarla de otra manera.
Me masturbaba pensando en ella casi a diario. Y, con el tiempo, dejé de conformarme con la imaginación.
Entraba en su dormitorio cuando no había nadie, abría el cajón de la cómoda y cogía su ropa interior. Tangas, braguitas de encaje, sujetadores que todavía conservaban su olor. Me corría con ellas en la mano y luego, con el corazón a mil, las dejaba dobladas exactamente donde estaban.
Mi padre viajaba mucho por trabajo, así que pasábamos jornadas enteras los dos solos. Esa cercanía fue tejiendo una confianza que al principio parecía inocente.
Hablábamos de mis estudios, de las chicas con las que salía, de algún rollo que tenía por ahí. Eran charlas normales. El sexo entró en nuestras conversaciones después, y entró por culpa de la piscina.
***
Aquella tarde de julio estábamos jugando con la pelota en el agua, como tantas veces. La abracé por la espalda para quitársela y, sin querer del todo, le pegué la erección contra el culo. Ella la notó. Y en lugar de apartarse, se quedó pegada a mí más tiempo del normal, frotándose despacio.
No dijimos nada en el momento. Pero esa noche, en la terraza, sacó el tema.
—Es normal que te pase —me dijo, sin mirarme a los ojos—. Eres un hombre, yo soy una mujer. No tiene nada de raro.
A partir de ahí hablamos de sexo con total libertad. De gustos, de manías, de lo que nos ponía. Hasta que una tarde soltó lo que yo nunca había imaginado que sabía.
—No me importa que uses mi ropa interior para masturbarte —dijo, divertida—. Solo te pido una cosa: que no me las dejes llenas de semen.
Me quedé helado, rojo hasta las orejas. Y ella, en vez de regañarme, se acercó, me bajó el pantalón del chándal y me hizo una paja lenta, mirándome a la cara, hasta que me desahogué entero en su mano.
***
Después de aquello, todo se aceleró. Empecé a espiarla cuando se cambiaba, cuando salía de la ducha con la toalla mal puesta. La tensión entre nosotros era ya tan espesa que se podía cortar con un cuchillo.
Una noche cualquiera, mientras cenábamos solos en la cocina, me sostuvo la mirada un segundo de más por encima del borde de la copa. No dijo nada. No hizo falta. Los dos sabíamos que aquello tenía fecha de caducidad y que esa fecha se acercaba.
Una madrugada me desperté con sed y, al pasar por el salón, la vi. Estaba tumbada en el sofá, con un camisón de seda negro y un tanga de encaje blanco, masturbándose en la oscuridad. Tenía una pierna apoyada en el respaldo y la otra colgando hacia el suelo, y entre jadeos contenidos, repetía mi nombre como si rezara.
No me escondí. Me quedé en el umbral hasta que ella abrió los ojos.
—Ven —me dijo, en vez de taparse—. Siéntate aquí, a mi lado.
Me senté. El corazón me iba a explotar.
—Me gustas mucho, Daniela —le confesé con un hilo de voz—. Me gustaría hacerlo contigo.
—Tú también me gustas —respondió, y me sorprendió la calma con que lo dijo—. Hace tiempo que me gustas.
Esa fue la primera vez. Se subió encima de mí en el sofá, yo sentado y ella abrazada a mi cuello, y lo hicimos despacio, conteniendo cada gemido para no despertar a nadie, aunque no hubiera nadie a quien despertar.
No me podía creer lo que estaba pasando.
***
Desde aquella madrugada, follábamos cada vez que se nos presentaba la ocasión. Y los sitios fueron de lo más variados: el coche, la cocina, el baño de casa, baños públicos, e incluso una vez en casa de unos tíos durante una comida familiar, mientras los demás tomaban café en el jardín.
Probamos de todo. A cuatro patas, del derecho y del revés, ella encima cabalgándome de frente y de espaldas, el sesenta y nueve —mi favorito—, de pie contra la pared. Lo de correrme dentro nunca fue problema, porque tomaba la píldora.
Con el tiempo descubrí sus secretos. Que guardaba juguetes en el cajón de la mesilla, succionadores y consoladores de distintos tamaños. Y que le gustaba la mano dura: que le diera bofetadas suaves en la cara, azotes fuertes en el culo, que la sujetara del pelo mientras la embestía.
Me sorprendió descubrir esa faceta suya. De puertas afuera era una mujer serena, elegante, de las que nadie imaginaría con las muñecas atadas al cabecero. Pero en la cama se transformaba, y a mí esa doble vida me volvía loco. Cuanto más la descubría, más adicto me hacía a ella.
A día de hoy seguimos con la misma energía del primer día. Vamos juntos a las sex shops a comprar cosas nuevas, nos reímos como cómplices eligiendo. Incluso le hice una doble penetración: el consolador en el culo y yo dentro de su coño, sintiendo el juguete a través de la fina pared que nos separaba.
Pero había una sola cosa que no me dejaba hacerle. Lo único que se me negaba.
—Por ahí no —me decía siempre, apartándome la mano—. La tienes demasiado gorda. Me vas a hacer daño.
***
Insistí durante meses. Hasta que una noche me metí en la cama con ella, la abracé por detrás y volví a sacarle el tema al oído.
—No quiero —murmuró, aunque ya no sonaba tan rotunda.
—Iré con cuidadísimo —le prometí, besándole la nuca—. Despacio, con lubricante. Si te duele, paramos. Te lo juro.
Seguí susurrándole, acariciándola, hasta que noté cómo se le aceleraba la respiración. Estaba mojada antes incluso de que la tocara. Y al final, entre suspiros, cedió.
—Está bien —dijo—. Pero como me hagas daño, no lo repetimos nunca más.
Empecé por lo que sabía que la volvía loca: un beso negro. Le abrí las nalgas y la trabajé con la lengua, despacio, en círculos, hasta que la sentí chorrear y temblar contra mi boca.
—Te voy a meter el consolador primero —le avisé.
Lo lubriqué bien y se lo introduje con suavidad. Entró sin resistencia, como si su cuerpo llevara tiempo esperándolo. Estuve un buen rato con un vaivén lento, abriéndola poco a poco, acelerando solo cuando la oía pedir más.
Se corrió con el juguete en el culo y mis dedos en el coño. Tembló de arriba abajo, agarrada a las sábanas, mordiendo la almohada para no gritar.
—Ahora quiero la tuya —le dije con la voz ronca.
—Espera. Déjame dejártela bien ensalivada —respondió.
Se giró y me la chupó durante unos minutos, sin prisa, ensalivándome entero, mirándome hacia arriba con esos ojos que me derretían. Cuando estuvo a su gusto, se puso a cuatro patas y arqueó la espalda, ofreciéndome lo que tanto tiempo llevaba persiguiendo.
Apoyé el glande en la entrada de su culo medio virgen. Eché un chorro generoso de lubricante en ella y otro en mí. Empujé con cuidado, conteniendo la respiración, y de pronto cedió con un sonido ridículo y perfecto, como un tapón saltando: plop.
Yo también estaba nervioso. Tenía la polla dentro de su culo después de meses imaginándolo, y casi no me lo creía.
—¿Sigo? —le pregunté, parado a la mitad.
—Sí —jadeó, con una mueca a medio camino entre el dolor y el placer—. No pares. Métemela entera.
Fui empujando milímetro a milímetro hasta que mis caderas chocaron contra ella. Entonces empezó la verdadera follada. Primero muy suave, sacándola casi del todo y volviendo a hundirme despacio. Después fui subiendo el ritmo, y su cuerpo se adaptó al mío más rápido de lo que esperaba, hasta que entraba y salía sin ninguna dificultad.
Entre la excitación y el morbo de estar haciendo por fin lo prohibido, no aguanté demasiado. Me corrí dentro de su culo a los pocos minutos, vaciándome entero mientras ella gemía mi nombre contra la almohada.
Cayó rendida boca abajo y yo me desplomé a su lado, sin aliento. Cogí su tanga de la mesilla y me limpié los restos con él, porque algunas costumbres no se pierden.
***
A la mañana siguiente, mientras desayunábamos como si nada, me confesó que le había encantado. Que quería repetir esa misma noche, y todas las veces que su cuerpo se lo permitiera.
Yo también tenía algo que confesarle. Meses atrás le había contado nuestra historia a Marina, una prima mía con la que de adolescentes habíamos tenido más roce del que conviene admitir. Pensé que se enfadaría. En cambio, sonrió.
—¿Y qué dijo tu prima? —preguntó, divertida, pasándome el café.
—Que ahora ella también quiere —respondí.
Daniela soltó una carcajada y me besó con la boca llena de tostada. Esa misma tarde quedé con Marina, sin decirle todavía que tal vez no fuera a ir solo. Pero esa, desde luego, es otra historia.