Mi hermana me pidió que le hiciera unas fotos
Me llamo Andrés. Tengo treinta y cuatro años y soy fotógrafo. Hace doce dejé este pueblo de la costa de Almería por Barcelona, donde fui armando una vida tranquila: encargos para revistas, viajes cortos, un piso minúsculo en Gràcia que huele a café y a químico de revelado.
Mis padres se quedaron aquí, entre calles estrechas que todavía huelen a sal y a jazmín, con el mar respirando al fondo. El contacto se fue diluyendo, como pasa siempre: visitas breves cada dos meses, mensajes con fotos de comida y emojis. Pero este verano se me cayó un proyecto, me quedaron diez días libres y mi madre insistió en que la casa estaba demasiado vacía desde que Nerea, mi hermana pequeña, había dejado de ser una niña.
Llegué un viernes por la tarde. Mi padre me recogió en la estación y condujo en silencio, como si los años nos hubieran quitado las palabras de sobra. Al girar la última curva apareció el chalet blanco de mis padres, primera línea de playa, ventanales enormes reflejando el atardecer naranja sobre el agua. La puerta estaba entreabierta. Del patio trasero llegaban risas: voces de chicas, jóvenes, despreocupadas.
La curiosidad me apretó el estómago como una mano invisible.
Tengo novia desde hace ocho años. Lucía. Es la única chica con la que he estado, y yo soy lo mismo para ella. Nos conocimos de adolescentes, fieles hasta el extremo, sin prisas, sin excepciones. Esta vez tocaba pasar casi dos semanas separados; por teléfono me había dicho que la cama se sentía fría sin mí, y yo le contesté lo mismo con la voz un poco más ronca de lo que pretendía.
Crucé hacia el patio siguiendo las risas. Allí estaba Nerea, mi hermana pequeña que ya no tenía nada de pequeña: bronceada, riendo con una amiga que no había visto nunca. La desconocida levantó la vista, me sonrió con una mezcla de curiosidad y descaro, y algo dentro de mí se removió, como si el aire del verano acabara de volverse más caliente.
—¡Andrés! ¡Por fin! —gritó Nerea, y se lanzó a abrazarme con tanta fuerza que casi me hace retroceder.
Olía a crema solar y a algo dulce. Sentí su cuerpo contra el mío: cálido, suave, definitivamente adulto. Le devolví el abrazo con cuidado, las manos apenas apoyadas en su espalda.
—Hola, enana —murmuré—. Estás… enorme.
—No me llames enana, tonto. Ya tengo veinte años —dijo, riéndose y dándome un golpecito en el pecho—. Ahora que los dos somos adultos podemos hablar de cosas de mayores, ¿no?
Lo dijo con tono inocente, pero se mordió el labio inferior un instante y a mí se me secó la boca. Me presentó a la otra chica, Carla, su mejor amiga: pelo corto y rubio revuelto por la brisa, piel morena, un top ajustado y unos vaqueros cortos que dejaban ver unas piernas largas. Me plantó dos besos tan cerca de la comisura que sentí el roce de sus labios.
—Encantada, Andrés —dijo, con voz casi cantarina—. Nerea no para de hablar de ti. Del hermano guapo que se fue a Barcelona con su cámara.
Me puse rojo hasta las orejas. Las dos se rieron, y supe, sin saber muy bien por qué, que esos diez días no iban a parecerse a lo que había imaginado.
***
La cena fue como siempre: mesa grande bajo la pérgola, olor a carne a la brasa, mi padre descorchando un tinto de la zona. Pero yo no podía dejar de notar el vestido corto de Nerea subiéndosele al inclinarse, ni el top de Carla marcándose con el calor.
—Cuéntanos, Andrés —soltó mi padre—. ¿Sigues haciendo fotos de modelos guapas?
Todos rieron. Carla se inclinó hacia delante, codos en la mesa, ojos brillantes.
—¿Y tu novia te deja, o es de las celosas? —preguntó con falsa inocencia—. Porque si yo fuera ella y supiera que estás rodeado de chicas todo el día, me aseguraría de que al volver a casa no te tentara nada.
Nerea soltó una carcajada y le dio un manotazo en el brazo.
—¡Carla, no seas pesada! Mi hermano es un santo. ¿Verdad, Andrés? —Me miró fijo, con una sonrisa que me revolvió el estómago—. Seguro que con Lucía lo pasa genial.
Murmuré algo incoherente y cambié de tema. Pero cada vez que levantaba la vista, encontraba los ojos azules de Nerea clavados en mí, o la sonrisa de Carla, que parecía saber más de lo que decía.
***
Al día siguiente me arrastraron a la piscina del jardín. Yo llevaba un bañador normal, largo hasta el muslo. Ellas, en cambio, salieron del vestuario y me clavaron en la hamaca. Nerea llevaba un bikini negro minúsculo, de esos modernos, con la parte de abajo medio tanga que dejaba casi todo al aire. Carla iba de rojo fuego, mismo estilo, marcándose contra la piel morena. Cuerpos jóvenes, naturales, con una seguridad que me dejó la garganta seca.
Nerea fue la primera en tirarse al agua. Salió riendo, el pelo pegado a la espalda, y se acercó a abrazarme empapada, pecho contra pecho, besándome la mejilla una y otra vez muy cerca de la boca.
—¡Ven al agua, no seas soso! Relájate, que estamos en casa… y ya somos mayorcitos, ¿no?
Carla salió detrás y me abrazó por la espalda, el cuerpo mojado pegándose al mío.
—Venga, Andrés, que aquí nadie muerde —dijo con voz ronca—. O sí, pero solo si quieres.
La mañana pasó así: salpicaduras, abrazos «inocentes» que duraban un segundo de más, manos que se quedaban en la cintura más de lo necesario. Yo intentaba no mirar demasiado. Lo intenté. Pero cada vez que desviaba la vista, encontraba los ojos de una de las dos fijos en mí, como si supieran exactamente lo que me estaba costando mantener la compostura.
***
Esa noche, después de que mis padres se acostaran, Nerea entró en mi cuarto sin esperar respuesta, como de pequeña. Llevaba un pijama corto de algodón, camiseta fina sin sujetador y unos shorts que se le subían al moverse. Se sentó al borde de mi cama.
—Andrés… Carla y yo llevamos tiempo queriendo hacernos unas fotos buenas para las redes. Pero los fotógrafos que vimos son caros y nos dan cosa: siempre miran con esa cara de querer algo más, ¿me entiendes?
Asentí, tragando saliva. Me puso la mano en la rodilla, por encima de la sábana. El contacto fue eléctrico.
—Y entonces pensé en ti. Eres fotógrafo de verdad, y eres mi hermano. Contigo me sentiría segura. No habría miradas raras. Solo fotos bonitas. —Bajó la voz—. Hace mucho que no pasamos tiempo juntos de verdad. Sería una forma chula de ponernos al día.
—Déjame pensarlo —murmuré, con la voz más ronca de lo que quería—. Mañana hablamos.
Sonrió, se inclinó y me besó en la mejilla, los labios rozando la comisura un segundo de más antes de salir moviendo las caderas.
Era mi hermana pequeña. La niña que me pedía helados de Barcelona. ¿Cómo podía pensar en ella así? Me repetí el mantra toda la noche, pero el calor en el estómago no se fue. Y supe, en la oscuridad, que iba a decir que sí.
***
Esa misma tarde, con mis padres fuera, bajé al jardín con la cámara y el trípode. Empezamos despacio: ellas sentadas en el borde de la piscina, las camisas abiertas dejando ver el bikini, riéndose por lo bajo. El sol del atardecer las doraba. Clic. Clic. Yo me concentraba en la luz, en el encuadre, repitiéndome que eran solo fotos, aunque cada disparo hacía sonar esa mentira un poco más hueca.
Poco a poco, las poses cambiaron. Se quitaron las camisas. Solo bikinis y shorts, el sudor brillándoles en el cuello, en el vientre. Nerea abrazó a Carla por detrás, barbillas rozándose, riéndose de algo que no llegué a oír. Y cada pocos minutos venían hacia mí, se pegaban a mi lado, cuerpos calientes y húmedos rozándome el brazo, preguntando «¿cómo salimos?», «¿te gustamos?».
—Hace un calor que no se puede —dijo Nerea al rato, pasándose la mano por la frente—. ¿Y si hacemos las fotos ya en bikini, en el agua? Aprovechamos que tenemos a un profesional.
—Si os sentís cómodas, adelante —contesté, con el dedo congelado en el disparador—. Solo fotos normales, ¿eh?
Pero las poses se volvieron otra cosa. Nerea se inclinaba para «ajustar» una toalla, el tanga clavándose en la piel clara. Carla arqueaba la espalda contra los triángulos rojos. Se susurraban cosas, se reían, y de vez en cuando una de las dos giraba la cabeza y me clavaba los ojos por encima del hombro, con una sonrisa que decía «¿te gusta lo que ves?». No eran inocentes. Sabían el efecto que causaban y lo disfrutaban. Y una de ellas era mi hermana.
—Aquí fuera se ve desde la calle —dijo Nerea por fin—. ¿Y si entramos al salón? Estamos solos, y la luz del atardecer entra perfecta.
***
El salón estaba en silencio, solo el zumbido del aire y el rumor del mar. La cosa siguió, pero el aire ya estaba cargado. Nerea posaba seria, concentrada como una modelo de verdad, cuando el tirante del bikini se le deslizó un poco. El triángulo bajó apenas lo justo para que asomara el borde de la areola, un puntito rosado que brillaba con el sudor bajo la luz dorada. No se inmutó. Siguió posando como si no notara nada, y yo me quedé clavado, incapaz de apartar la vista de aquel descuido tan inocente y tan prohibido.
Carla jugaba a otro ritmo. Levantó los brazos despacio, dejó caer los tirantes rojos sin prisa y se quitó la parte de arriba del todo, pechos al aire, pezones oscuros y duros apuntando hacia mí.
—Uy… se me ha escapado —dijo con una risita ronca—. ¿Te molesta? ¿O prefieres que siga así para que la luz le dé mejor?
Y entonces pasó. El bañador llevaba rato apretándome, pero ya no había forma de disimular: la tela se tensó de golpe, la erección marcándose evidente. Carla lo vio primero. Se mordió el labio, le susurró algo a Nerea, y las dos miraron al mismo tiempo.
Nerea bajó los ojos hasta mi entrepierna y su expresión cambió: sorpresa, luego rabia de hermana. Se cruzó de brazos, todavía con los tirantes caídos.
—¿En serio, Andrés? —escupió, roja de vergüenza—. ¿Se te está poniendo dura mirando cómo poso? ¡Soy tu hermana, joder! ¿Esto te pone?
—Nerea… yo… es el calor, la sesión, no quería —balbuceé, sin poder sostenerle la mirada—. No te veo así. Eres mi hermana. Lo siento.
Soltó una risa corta, nerviosa, pero el enfado empezaba a mezclarse con otra cosa, un brillo curioso que no le había visto antes.
—Pues tu polla no opina lo mismo —dijo más bajo, más afilada.
***
Carla se acercó por detrás, el cuerpo desnudo pegándose a mi espalda, la barbilla apoyada en mi hombro. Sus manos bajaron despacio por mis costados.
—No seas tan dura con tu hermano —le dijo a Nerea, mientras sus dedos rozaban la tela tensa por encima del bañador—. Mira lo mono que está, todo rojo. Solo necesita relajarse un poco. ¿Verdad, Andrés? ¿Cuánto hace que no te corres?
Nerea bajó los brazos. Sus ojos no se apartaban de la mano de Carla. Dio un paso atrás sin darse cuenta hasta que su espalda tocó el sofá, y se sentó despacio, el pecho subiendo y bajando rápido.
—No le bajes el bañador todavía —murmuró, con la voz temblorosa pero sin apartar la vista—. Quiero ver… cómo se pone más duro.
—No… Carla, para —dije, casi sin voz—. Tengo novia. Lucía. Soy fiel. Nunca he estado con nadie más. Y Nerea está delante. No puedo.
Carla se rió bajito, sin dejar de acariciar.
—Lucía no se va a enterar. Y tu hermana no es tan inocente como crees. Lleva semanas hablando de ti. —Bajó la mano por dentro del bañador, los dedos rodeándome directamente—. No sería nuestro primer trío, ¿sabes? Esta es una oportunidad única, Andrés. No la desaproveches.
Nerea soltó un gemido bajo desde el sofá, los brazos bajando un poco, una mano colándose ya dentro de la braguita del bikini. No dijo nada. Solo miraba, las piernas apretadas como si intentara contener un escalofrío.
Yo cerré los ojos. No puedo. No debo. Pero no me moví. No la aparté. Y en el fondo, una parte de mí no quería que parara.
***
Carla se arrodilló delante de mí, me bajó el bañador centímetro a centímetro y soltó un suspiro de admiración antes de inclinarse. La lengua plana primero, lamiendo desde la base, lenta, y luego la boca rodeando la punta, bajando despacio, sin prisa, con un sonido húmedo que llenaba el salón. Yo solo jadeaba, sin saber dónde poner las manos.
Pero mis ojos volvían una y otra vez al sofá. Nerea estaba allí, las piernas abiertas, la mano dentro de la braguita negra, los dedos moviéndose en círculos lentos. El pecho al aire, los pezones rosados duros, la mirada nublada clavada en mí. No decía nada. Solo se tocaba mirándome, como si me desafiara a aguantar. La culpa me quemaba por dentro, pero verla así me latía más fuerte que cualquier reproche.
Carla levantó la cabeza un segundo.
—Mira a tu hermano, Nerea… no puede quitarte los ojos de encima. ¿Quieres acercarte y probarla tú misma? Porque está tan dura que casi se corre solo de mirarte.
Sin esperar respuesta, Carla me cogió de la mano y me guió hasta el sofá. Se subió encima de mí, las rodillas a los lados de mis caderas, y se inclinó hacia Nerea hasta casi rozarle la boca.
—Yo no puedo esperar más —le susurró—. Aquí hay hombre para las dos. Tú decides, pero yo voy.
Agarró mi polla, la apuntó a su entrada y bajó despacio, abriéndose centímetro a centímetro con un gemido largo. El calor me envolvió, apretado, resbaladizo. Empezó a cabalgar, las caderas subiendo y bajando rítmicas, y yo empujé desde abajo, las manos en sus nalgas, sintiendo cómo se contraía con cada embestida.
A mi lado, Nerea no dejaba de tocarse, los dedos cada vez más rápidos, la braguita empapada apartada a un lado, mirando la escena como si no pudiera apartar la vista.
Carla se tensó de pronto, las uñas clavándose en mis hombros.
—¡Me corro! —gritó, sacudiéndose en oleadas, hasta dejarse caer jadeando sobre mi pecho. Cuando se levantó y me vio todavía duro, soltó una risa incrédula—. No me lo puedo creer, sigues entero… —Se giró hacia Nerea—. Tu hermano aguanta para ti. Quiere meterla en tu coño de hermanita. ¿Lo vas a dejar así, o vienes aquí?
Nerea soltó un gemido roto, los dedos acelerando.
—Andrés… —jadeó—. Ven aquí… quiero sentirte.
Y yo ya no pude más.
***
Me acerqué al sofá. Nerea me miraba desde abajo, las piernas abiertas, el coño hinchado y mojado brillando bajo la luz naranja del atardecer. Me senté a su lado y ella no esperó: se inclinó y me besó, suave al principio, como dos desconocidos que se encuentran por primera vez. La lengua rozando la mía despacio, las manos subiendo a su cintura, sintiendo la piel caliente de mi hermana pequeña que ya no era pequeña.
—Lo he deseado tanto… —susurró contra mi boca—. Desde que volviste. Te he imaginado tantas noches, tocándome pensando en ti. Quería sentirte dentro.
—No deberíamos… —murmuré, pero mis dedos ya rozaban el borde de la braguita apartada, la humedad caliente chorreándole por los muslos.
Negó con la cabeza, me besó otra vez, más profundo, y se subió encima de mí. Agarró mi polla con mano temblorosa y bajó despacio, muy despacio, como si quisiera grabarse cada segundo. La punta abrió sus labios hinchados, el calor estrecho envolviéndome como un guante. Soltó un gemido largo, la cabeza echada atrás, hasta hundirme entero. Los dos gemimos al mismo tiempo, casi un suspiro compartido.
—Shhh… sí debemos —susurró—. Eres tú. Solo tú. Mi hermano. Fóllame despacio primero… como si me quisieras de verdad.
Empezó a moverse en círculos suaves, y yo la abracé fuerte, embistiendo lento y profundo, besándole la boca, el cuello, las manos recorriéndole la espalda. Poco a poco la cosa se rompió del todo. Le agarré las nalgas y empujé más fuerte, golpeando hasta el fondo con cada embestida.
—¡Así, Andrés! ¡Tu hermana te necesita así! —gritó, las tetas rebotando, las uñas clavándose en mis hombros—. ¡Más fuerte… me estás partiendo!
La follé sin control, su coño apretándome como si no quisiera soltarme nunca. Sus gemidos se volvieron gritos, el cuerpo temblando.
—¡Me corro! ¡Me corro, Andrés! —aulló, convulsionando entera encima de mí, las paredes apretándome en espasmos violentos.
No aguanté más. Con un gruñido empujé una última vez hasta el fondo y exploté dentro de ella, el placer atravesándome como un rayo mientras su coño me ordeñaba hasta dejarme vacío. Nos quedamos abrazados, jadeando, los cuerpos temblando, el sudor mezclándose.
***
Nerea levantó la cabeza y me miró con una sonrisa nueva, satisfecha.
—Te quiero, Andrés —susurró, besándome suave—. Y esto solo es el principio. Te quedan muchos días aquí.
Desde el otro lado del sofá, Carla se rió bajito, los dedos todavía entre sus piernas.
—Y ahora… —preguntó, con la voz ronca y hambrienta—. ¿Quién quiere repetir?