Aquel viaje a la playa despertó un deseo prohibido
Mariela conducía con las dos manos firmes en el volante y los ojos repartidos entre la carretera y el espejo retrovisor. Era una mujer madura en plena forma, de esas que entran a un sitio y la conversación se detiene un segundo: caderas anchas, pecho generoso y un trasero rotundo que, para bien o para mal, le había heredado entero a su hija. El sol empezaba a caer detrás de las colinas y todavía faltaba más de una hora para llegar a la costa.
En el asiento trasero viajaban los dos: su hija Daniela, de veinticuatro años, y su sobrino Adrián, apenas un año menor. El resto de la familia los esperaba en la casa de la playa al día siguiente. Entre los dos jóvenes iban apiladas un par de cajas que no habían cabido en el maletero.
—¿Falta mucho, tía? —preguntó Adrián, removiéndose para encontrar sitio.
—Un buen rato todavía, mi amor —respondió Mariela buscándole los ojos por el retrovisor.
—No empieces a quejarte —murmuró Daniela a su lado.
—Me vendría mejor un juguetito que me hiciera compañía —añadió, casi para sí misma.
—¿Un juguetito? —Mariela alzó una ceja sin apartar la vista del asfalto.
Adrián soltó una risa burlona. Había escuchado perfectamente, y por el reflejo del espejo notó que su tía también.
—Sí, prima, ¿qué clase de juguetito? —insistió, divertido.
—Uno cualquiera. Una muñeca, qué sé yo —contestó Daniela, sin convencer a nadie.
—Estás un poco grande para muñecas, ¿no crees? —dijo Mariela.
—Mamá, ¿por qué siempre contra mí? A Adrián nunca le dices nada.
—Porque tu primo es bien portado y tú eres la malhablada. Déjalo en paz. —Y le mandó un beso por el espejo, que él devolvió.
***
—No me digas que estás hablando de un vibrador delante de mí —soltó Mariela de pronto.
—¡Mamá! —exclamó Daniela, roja.
—No soy tonta, hija. Sé perfectamente a qué clase de juguete te referías.
—Prima, ¿en serio usas esas cosas? —Adrián disfrutaba cada segundo.
—¡Qué te importa, tarado!
—Ey, ey, no le hables así a tu primo, solo está preguntando —intervino Mariela, conciliadora—. No le hagas caso, hija, se levantó de malas.
—Son cosas personales, íntimas —protestó Daniela.
—No parecían tan íntimas cuando lo mencionaste. ¿Le vas a contestar o no?
Daniela puso los ojos en blanco y se rindió.
—¡Pues sí! Sí uso esa clase de juguetes, me gustan, ¿ya están felices?
Hubo un silencio espeso dentro del auto, roto apenas por el zumbido del motor.
—Yo creo que no tiene nada de malo —dijo Adrián—. Todos tenemos necesidades.
—Tu primo tiene razón —añadió Mariela—. No hay por qué avergonzarse. Somos familia, aquí nadie te va a juzgar.
—Tía, quizá deberíamos darle el ejemplo —propuso él—. Que vea que entre nosotros podemos hablar de cualquier cosa sin pena.
—A ver, dime qué tienes en mente, guapo.
—Dinos, como mujer adulta, ¿qué opinas del placer en solitario?
—Empezaste fuerte —rio ella, sorprendida—, pero está bien. Sabía que estas preguntas llegarían algún día. La verdad es que no lo veo mal. Es un desahogo natural del cuerpo.
—¿Y no te molesta que tu hija use juguetes para complacerse?
—No me molesta. Solo me gustaría que, en lugar de un aparato, encontrara a un buen hombre.
—Los de verdad no son tan grandes como los juguetes —soltó Daniela sin pensar.
—¡Hija! —exclamó Mariela—. ¿Cómo que tu juguete es más grande?
—Pues sí. Mide veinte centímetros.
—Madre santa, Daniela, sin tantos detalles. —Mariela empezaba a sonrojarse de verdad.
—¿Y de verdad te entra todo? —preguntó Adrián, con un brillo nuevo en la mirada.
—Adrián, mi amor, ¿tú también? No me falten al respeto.
—Es pura curiosidad, tía, perdón si te incomodé.
—No, cielo, es solo que me toman por sorpresa. Ya son adultos, es normal que tengan curiosidad. —Suspiró—. Eres el mejor sobrino del mundo, siempre tan dulce. Qué afortunada soy de tenerlos a los dos.
***
—Entonces, prima, ¿te entra todo o no? —volvió a la carga Adrián.
—Sí. Completito.
—No puede ser, es demasiado grande para que te entre ahí abajo —protestó Mariela.
—Se llama vagina, mamá, dilo sin miedo —se burló Daniela.
—Sé perfectamente cómo se llama, lista. En mis tiempos lo decíamos por su nombre.
—Por favor, mamá, seguro tú también le decías de mil formas y te da pena admitirlo.
—No les voy a estar contando mis cosas a un par de descarados —rio ella.
—¿En tus tiempos también se usaban estos juguetes, tía? —preguntó Adrián.
—Qué cosas preguntas. Pero solo porque eres tú te respondo: no se acostumbraban tanto. Nosotras lo hacíamos con la mano.
—Uf, no sabes de lo que te perdiste, mamá. De verdad, deberías comprarte uno. Te lo digo de mujer a mujer.
—Tía —intervino él, más serio—, ¿no volviste a estar con nadie desde que mi tío murió?
—No, hijo. La verdad es que no he tenido intimidad con nadie desde entonces.
—Pues parece una buena oportunidad —dijo Daniela—. Cuando volvamos te pido uno por internet. Te prometo que no te vas a arrepentir.
—No sé, esas cosas son para gente joven.
—Lo dices con tanto entusiasmo, hija, que hasta me das curiosidad —admitió Mariela, removiéndose en el asiento.
—El mío es grande y me entra perfecto, sobre todo si está mojado.
—¡Daniela!
—Estamos en confianza, mamá.
—Tía —dijo Adrián con una calma extraña—, creo que el mío mide más o menos eso.
Daniela giró la cabeza de golpe hacia su primo, con los ojos muy abiertos. Mariela buscó el reflejo de su sobrino en el espejo, sin entender bien.
—Adrián, qué barbaridad estás diciendo. No se trata de inventar cualquier cosa.
—Te lo juro, tía. Por eso me sorprendió cuando Daniela dijo la medida.
—Mamá —se atrevió Daniela, con la voz baja—, ¿dejarías que me la enseñe? Solo para que veas.
—¿Estás loca? Es tu primo.
—Es mejor aprender estas cosas en familia que con desconocidos en la calle, ¿no crees, tía? —dijo Adrián, suave.
Mariela apretó el volante. La carretera estaba cada vez más oscura y más sola, y algo en su pecho latía donde no debía.
Esto es una locura, pensó. Y aun así abrió la boca.
—Tengo una debilidad contigo, mi amor —dijo al fin—. Pero esto no sale de aquí jamás. ¿Entendido?
—Sí —respondieron los dos primos al mismo tiempo.
***
Adrián se desabrochó el pantalón y liberó un miembro grueso, largo, ya endurecido y húmedo en la punta. Daniela abrió la boca de la sorpresa.
—Madre mía, primo, qué pedazo —murmuró.
—¿Qué pasa? Díganme, que no veo nada desde acá —preguntó Mariela, dividida entre la carretera y el espejo.
—Que ya la tiene fuera, mamá, y es enorme.
—Guarda eso, Adrián —ordenó ella sin mucha convicción.
—Un poquito más, tía, ¿sí?
—Está bien. Solo un poco.
Y entonces, sin avisar, Daniela cerró la mano alrededor del sexo de su primo y empezó a moverla de arriba abajo. El líquido caliente le mojó los dedos enseguida.
—Qué rico se siente, primita —se le escapó a Adrián.
—¡Daniela! —gritó Mariela—. ¿Lo estás tocando? ¡Es tu primo!
—Solo un poco, mami, tranquila —respondió ella, sin detener el ritmo de la muñeca. Su mano ni siquiera alcanzaba a cerrarse del todo alrededor del grosor.
La noche había caído por completo. El espejo retrovisor apenas le devolvía sombras a Mariela, que conducía con el corazón disparado, sin atreverse a parar y sin querer parar.
—Daniela, soy tu madre y te lo ordeno: para —dijo, con la voz quebrada.
—No lo puedo dejar así, mamá. ¿O lo vas a aliviar tú a tu sobrino?
La pregunta quedó flotando en el aire. Antes de que nadie respondiera, Daniela se inclinó y se lo metió en la boca.
—Dios, prima, qué bien lo haces —jadeó Adrián, enredando los dedos en su cabello.
—¿En qué fallé como madre? —se repetía Mariela, al borde del llanto y, a la vez, incapaz de dejar de escuchar.
Los sonidos húmedos llenaban el auto. Daniela se entregaba con una desvergüenza que su madre no le conocía, dejando caer hilos de saliva sobre el asiento.
—¿Te gusta así de sucia, hija? —preguntó Mariela, casi sin voz.
—Me encanta —respondió Daniela un instante, antes de volver a su tarea.
—No aguanto mucho más, tía —avisó Adrián—. ¿Puedo terminar en su boca?
—Hijo… —Mariela tragó saliva—. Haz lo que quieras.
Él se dejó ir con un gemido largo, y Daniela, sin perder una sola gota, tragó todo. Cuando levantó la cabeza, tenía el maquillaje corrido y una sonrisa satisfecha.
—¿Te gustó, hija? —preguntó la madre, apenas reconociendo su propia voz.
—Ha sido el mejor de mi vida, mami.
***
Condujeron un rato en un silencio sepulcral hasta que Mariela se animó a romperlo.
—Adrián, hace rato dijiste algo. ¿Era de verdad o era el momento?
—¿Sobre lo que siento por ti?
—Sí, mi amor. Dime la verdad.
—Era de verdad, tía. Me gustas mucho. Lamento que te parezca enfermo.
—No me lo parece. Más bien me emociona que me lo confirmes —admitió ella—. ¿Qué es lo que más te gusta de mí?
—¡Las tetas! —se entrometió Daniela.
—No solo eso —dijo él—. Siempre he soñado con tu trasero, tía. Y tengo que confesarte algo: yo fui quien tomó tu ropa interior del cajón, no los amigos de Daniela.
—¿De verdad? ¿Para qué la querías?
—Para acordarme de ti cuando estaba solo. Te deseaba tanto que era la única forma de calmarme.
—Me la hubieras pedido, hijo. Te la habría dado yo misma.
—Pues dásela ahora, mamá —propuso Daniela—. La que llevas puesta. Que se le quiten las ganas.
—¿La necesitas, Adrián?
—Si me la das, encantado, tía.
—Pero si acabas de terminar, mi amor. ¿Tan pronto otra vez?
—De solo pensar en ti se me puso dura de nuevo.
—Para el auto, mamá —dijo Daniela—. Estaciónate donde puedas.
***
Mariela detuvo el auto al borde de la carretera vacía. Llevaba una falda a media pierna y nada de medias, así que quitarse la ropa interior fue cuestión de segundos. Bajaron, intercambiaron lugares: ahora Daniela quedó al volante y Mariela atrás, junto a su sobrino.
—Dásela, mamá —ordenó la hija desde el asiento delantero.
Mariela le tendió la prenda húmeda. Adrián la tomó y se la llevó directo a la nariz, inhalando hondo.
—Hueles delicioso, tía.
—Ay, hijo, ¿te gustan mis olores?
—Me vuelven loco.
—Enséñasela, primo —pidió Daniela.
Adrián volvió a desabrocharse y le mostró toda su erección. Mariela se quedó sin aliento.
—Es enorme —susurró—. Jamás había visto una así.
—Tócala, mamá —insistió Daniela.
—Me da vergüenza todavía.
Pero Adrián tomó la mano de su tía y la guio hasta él. Mariela cerró los dedos sobre la dureza caliente y empezó a moverlos casi sin darse cuenta.
—Está durísima —murmuró ella, hipnotizada.
—Estoy enamorado de ti, tía. Y más con lo que me estás haciendo.
—Bésala, primo —dijo Daniela desde delante.
—¿Puedo, tía?
—¿Ves algo que te lo impida, mi amor?
Se besaron largo, profundo, mientras la mano de Mariela seguía empapándose.
—Besas riquísimo —jadeó él contra su boca.
—Tú también. Y tenías razón, hija: no me cierra la mano.
—Mami, ¿no te gustaría sentirla dentro? —preguntó Daniela.
—La verdad… sí me dan ganas.
—Tía, ¿me darías el honor de entrar en ti?
—¿Tanta ilusión te hace? —sonrió ella.
—Desde siempre quise saber qué se sentía. Siempre soñé con ese trasero tuyo.
—Pues si tanto te gusta, es tuyo.
***
—Siéntate encima, mami —dijo Daniela, corriendo su asiento hacia adelante para hacerles espacio—. Les fascina así.
Mariela se acomodó sobre su sobrino, recogiéndose la falda hasta la cintura. Adrián la sujetó por las caderas y la fue bajando despacio hasta hundirse en ella.
—Madre mía —gimió ella al recibirlo entero.
—Tía, qué apretada estás —jadeó él.
—¿Te gusta cómo se siente mi mamá? —preguntó Daniela, observándolo todo desde delante.
—Está deliciosa.
—Pues disfrútame, mi amor. Hace muchísimo que nadie entraba ahí. Hoy es todo tuyo.
Adrián empezó a moverla de arriba abajo, marcando un ritmo que pronto se volvió frenético. El sonido de los cuerpos al chocar llenaba el auto, y el trasero de Mariela rebotaba con cada embestida.
—Qué rico, qué rico —repetía ella, perdida.
—¿Te gusta lo que te da tu sobrino? —preguntó Daniela.
—Me encanta, hija. Es enorme.
—Eres mía, tía —gruñó él, aferrándose a sus caderas.
—Soy tuya, mi amor. Tuya y de nadie más.
El auto entero se mecía con cada movimiento. Mariela se dejaba caer cada vez con más fuerza, buscando hundirlo hasta el fondo.
—No aguanto más, tía —avisó Adrián con la voz rota.
—Termina dentro, mi amor —pidió ella—. Quiero sentirte entero.
—¡Llénala, primo! —gritó Daniela desde el asiento delantero.
Con un último embate, Adrián se vació dentro de su tía, abrazado a su cuerpo, mientras ella temblaba encima de él. Durante un largo rato, dentro del auto detenido al borde de la carretera, lo único que se oyó fueron tres respiraciones agitadas y el secreto que, a partir de esa noche, los tres compartirían para siempre.