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Relatos Ardientes

La noche que mi vecina me obedeció sin condiciones

Estaba a punto de meterme en la cama cuando sonaron tres golpes en la puerta. Suaves, nerviosos, casi pidiendo perdón antes de molestar. Todavía tenía el cuerpo flojo, el olor a sexo pegado a la piel y la certeza de que la mujer que acababa de marcharse de mi piso no iba a tardar en volver. No me equivocaba.

Abrí y ahí estaba Marisa otra vez, en el rellano, con la misma pinta de recién usada que le había dejado media hora antes. La blusa entreabierta, las tetas pesadas sin sujetador subiendo y bajando con cada respiración agitada, el pelo rizado revuelto. El maquillaje corrido le dibujaba surcos negros en las mejillas, y las piernas le temblaban bajo la falda arrugada.

La miré de arriba abajo despacio, sin prisa, disfrutando del estado en que la había dejado.

—¿Qué pasa, Marisa? ¿Ya quieres más? No has tenido bastante con lo de antes.

Ella bajó la mirada al suelo, sollozando bajito, con la voz rota.

—No… Adrián… por favor… es Bernardo… fue al supermercado y lo paró la policía… iba muy borracho… le han inmovilizado el coche… está en comisaría… tengo que ir a buscarlo… no puedo llamar a mi hijo… —tragó saliva— por favor.

Las lágrimas le caían frescas y se le mezclaban en la cara. No se había arreglado nada, no se había puesto presentable para venir a pedirme un favor. Estaba desesperada, sí, pero seguía exactamente como la había mandado quedarse. Había obedecido. Se hubiera ido a la cama así de no haber sido por el pánico que ahora la superaba.

Me quedé serio, plantado en el umbral, bloqueando la entrada. Luego sonreí, con la voz baja y tranquila.

—Claro que voy a buscarlo. Lo llevo en mi coche. Pero si quieres que vaya, vienes conmigo. Tal como estás. Nada de arreglarte.

Ella levantó un poco la cabeza, confundida, y yo seguí.

—Vas a venir así, con la falda subida lo justo para que pueda meter mano cuando me apetezca, y la blusa abierta. Si no, llama a tu hijo. O quédate aquí y que Bernardo se pudra en el calabozo hasta mañana.

Tragó saliva. Sollozó más fuerte. Pero no dijo que no. Bajó la cabeza y asintió, apenas perceptible.

—Vale… lo que tú digas… pero por favor, llévame… no tengo a nadie más.

Me aparté para dejarla pasar.

***

La hice subir a mi piso en lugar de bajar al suyo. No quería que se moviera sola, no quería que tuviera ni un segundo para repensarlo. La llevé al salón y la senté en el mismo sofá donde un rato antes la había tenido empalada.

—Quítate la blusa. Enséñame cómo vas a ir.

Temblando, se desabrochó los botones que quedaban. La blusa cayó al suelo. Sus pechos quedaron al aire, grandes y pesados, los pezones duros por el frío y por el miedo. No llevaba sujetador, como le había ordenado horas antes.

—Ahora la falda. Súbela hasta la cintura.

Le pregunté si pensaba ir así todo el trayecto y asintió con la cabeza, sin atreverse a hablar. Se levantó la falda plisada negra hasta dejarla como un cinturón ancho. Quedó expuesta, las piernas gorditas, los muslos apretados.

Le di una palmada suave en una nalga.

—Así vas a ir. Blusa abierta, nada debajo, falda subida. En el coche te sientas con las piernas abiertas. Cada semáforo en rojo, te toco. Y cuando lleguemos a comisaría, te quedas esperando dentro hasta que salga Bernardo. Si se da cuenta de algo, tú sabrás qué le dices.

Ella sollozó, pero asintió.

—Vale… pero por favor… no dejes que me vea así.

Cogí las llaves del coche.

—No te limpies. Ni una gota. Vamos.

***

La cogí del brazo y la saqué al rellano. Bajamos las escaleras así: ella con la blusa abierta, la falda subida, caminando pegada a mí con la cabeza gacha. El bloque estaba en silencio a esas horas, pero cualquier vecino que hubiera abierto su puerta la habría visto entera. Creo que esa posibilidad era parte de lo que le hacía temblar las rodillas.

Llegamos al garaje. La metí en el asiento del copiloto y le abrí las piernas de golpe.

—Abre bien. Rodillas contra la guantera. No las cierres ni un segundo en todo el camino.

Obedeció, temblando, con las manos en el regazo intentando taparse un poco. Se las aparté.

—Las manos en las rodillas.

Arranqué. Salimos del garaje subterráneo a las calles de Valencia, vacías a esa hora, las farolas reflejándose en su piel. Primer semáforo en rojo, avenida ancha, algo de tráfico residual. Metí la mano derecha entre sus muslos sin mirarla. Estaba caliente, sensible, todavía hinchada de antes. Dos dedos dentro, el pulgar trazando círculos donde sabía que la hacía temblar.

Ella gimió ahogado e intentó cerrar las piernas por instinto, pero las mantuve abiertas con el codo.

—Shhh. No grites, que nos oyen del coche de al lado.

Un Opel viejo se había parado junto a nosotros. El conductor, un tío de unos cincuenta, la miró de reojo y vio las tetas al aire y mi mano moviéndose entre sus piernas. Marisa cerró los ojos con fuerza, roja de humillación, pero por dentro se contraía y se mojaba más. Se corrió en silencio, un hilo caliente resbalándome por la mano y la tapicería.

El semáforo se puso verde. Aceleré, saqué los dedos y se los metí en la boca. Los chupó sin rechistar.

***

El segundo tramo fue por la ronda, con el tráfico fluido. Puse el coche a velocidad de crucero.

—Tócate las tetas —le ordené sin apartar la vista de la carretera—. Amásalas. Pellizca los pezones hasta que se pongan rojos.

Obedeció, las manos temblorosas estrujándose los pechos, hasta que se le escapó un gemido. Mientras tanto, volví a meter la mano, ahora tres dedos, bombeando despacio pero profundo. Ella se retorcía en el asiento, las piernas abiertas al máximo, y se corrió otra vez, más fuerte, llorando bajito.

—Adrián… por favor… no puedo más… me estoy volviendo loca.

Le di una palmada suave en el muslo interior.

—Sigue tocándote. No pares hasta que lleguemos.

Un semáforo largo en una avenida cercana a la comisaría. Tráfico lento. Le pasé la mano por detrás, un dedo primero, lubricado, luego dos. Se tensó.

—No… ahí no… todavía duele.

Pero no dijo «para». Empujé despacio mientras con la otra mano le frotaba el clítoris. Una pareja joven nos miraba fijamente desde el carril de al lado. Ella giró la cara, incapaz de esconder nada, y se corrió de nuevo, temblando entera. El semáforo cambió y aceleré.

***

Aparqué en una calle lateral oscura, cerca de la comisaría del barrio de Patraix. Apagué el motor. Marisa jadeaba, las piernas le temblaban, tenía la cara destrozada de lágrimas y maquillaje.

—Quédate aquí. Piernas abiertas, manos en las tetas. No te muevas. Entro a por Bernardo y nos vamos. Si algún policía o algún transeúnte mira por la ventanilla, que vea lo obediente que eres.

Ella sollozó, asintió, con la voz quebrada.

—Vale… pero date prisa… no aguanto más.

Salí del coche y la dejé allí, expuesta en la oscuridad.

***

La comisaría era un edificio gris y cutre de los años ochenta, con fluorescentes que parpadeaban y olor a café quemado y a sudor viejo. Pasaban de las once y media. En el mostrador, un policía joven de unos treinta años, con uniforme impecable y cara de aburrimiento total. En el banco de espera, un par de borrachos esposados a la barandilla y una mujer llorando en una esquina con un niño dormido en el regazo.

Me acerqué con el carné en la mano y la voz calmada.

—Buenas noches. Vengo a recoger a Bernardo. Creo que lo han traído por alcoholemia y le inmovilizaron el coche. Es mi vecino, su mujer me ha pedido que lo recoja porque ella no puede conducir.

El policía me miró de arriba abajo y tecleó en el ordenador.

—Bernardo… sí, aquí está. Casi un gramo de tasa. Vehículo inmovilizado setenta y dos horas, multa y posible retirada de puntos. Puede salir ahora porque no tiene antecedentes, pero tiene que firmar el atestado y pasar mañana por la fianza para recuperar el coche.

Me hizo esperar diez minutos. Mientras tanto, miré por la ventana hacia la calle. Marisa seguía allí, en el asiento del copiloto, con las luces apagadas pero una farola iluminándola lo justo. Blusa abierta, falda subida, exactamente como la había dejado. Desde fuera parecía cualquier cosa menos una vecina respetable esperando a su marido.

Dos tíos que salían de la comisaría la vieron y se detuvieron un segundo. Uno sacó el móvil como para hacerle una foto, pero el otro le dio un codazo y siguieron andando. Ella tenía la cabeza baja y las manos tapándose la cara, pero no cerraba las piernas. Obedecía hasta cuando creía que nadie la mandaba.

***

Por fin trajeron a Bernardo. Salió tambaleándose, con la camisa a cuadros desabrochada y un olor a alcohol y tabaco rancio que llegaba antes que él. Me vio y frunció el ceño.

—¿Tú? ¿Qué coño haces aquí, chaval?

—Tu mujer me llamó. No podía conducir, estaba indispuesta. Vamos, te llevo a casa.

Murmuró algo ininteligible, firmó los papeles sin leerlos, cogió la copia del atestado y salió detrás de mí, apoyándose en la pared un par de veces. El coche estaba a cincuenta metros, en la zona oscura. Marisa nos vio venir y se puso rígida. Intentó cerrarse la blusa a toda prisa, pero con las manos temblando le salió mal: un botón saltó, la falda quedó torcida.

Bernardo, borracho como una cuba, no se fijó en nada. Caminaba mirando al suelo y murmurando sobre el coche y el taller. Le abrí la puerta trasera.

—Siéntate atrás, Bernardo. Delante va Marisa.

Se dejó caer en el asiento sin mirar a su mujer. Cerró los ojos y en menos de medio minuto roncaba, llenando el coche con su aliento a alcohol.

***

Me senté al volante. Marisa estaba a mi lado, rígida, intentando taparse las tetas con los brazos cruzados. Le hablé bajito, con un tono que su marido habría oído de no estar frito.

—Quita los brazos. Abre las piernas otra vez. Como antes.

Ella miró por el retrovisor a Bernardo, que roncaba como un animal, y obedeció despacio. Los brazos a los lados, los pechos al aire de nuevo, las piernas abiertas. Arranqué.

En el primer semáforo en rojo volví a meter la mano entre sus muslos. Dos dedos dentro, el pulgar en el clítoris. Ella se mordía el puño para no gemir, los ojos cerrados, las lágrimas cayendo mientras su marido roncaba a un metro escaso, ajeno a todo.

—Míralo —le susurré—. Tu marido durmiendo la borrachera, y a un palmo de él te hago correrte con los dedos. Mañana, cuando se despierte con resaca, te voy a follar en la cocina mientras él desayuna. Y vas a ir sin bragas, sin sujetador, conmigo todavía encima. ¿Entendido?

Ella asintió frenética. Se le escapó un gemido ahogado y se corrió en silencio, mojándome la mano otra vez.

El trayecto de vuelta fue igual o más intenso. En cada parada, en cada rotonda, la mano dentro. Se corrió tres veces más, temblando, llorando de placer y de vergüenza a partes iguales. Bernardo no se enteró de nada en todo el camino.

***

Aparcamos en el garaje del bloque. Bernardo se despertó a medias.

—Gracias, chaval… buenas noches.

Salió tambaleándose hacia el ascensor, sin mirar atrás ni una vez. Marisa se quedó en el coche, pringada, temblando, con el cuerpo todavía sacudido por todo lo de esa noche. La miré.

—Sube a tu casa detrás de él. No te limpies. Mañana a las nueve, cuando salga a comprar tabaco, bajo a por ti. Y esta vez te la voy a meter entera. Sin piedad.

Ella sollozó, asintió, salió del coche con la falda torcida y subió las escaleras detrás de su marido borracho. Yo me quedé un momento más en el garaje, escuchando el motor enfriarse, sabiendo que al día siguiente, en cuanto sonara la puerta del portal, ella estaría esperándome. Igual de obediente. Igual de mía.

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Comentarios (6)

Mikel

Brutal. De los mejores que lei en mucho tiempo, en serio.

Carla_Rios

Por favor que haya una segunda parte!! Me quede con muchisimas ganas de saber como siguio todo

VectorNocturno

Que bien construida la tension desde el principio, se siente que la situacion podia ir para cualquier lado. Muy bien narrado

SantiagoP

¿Y despues que paso? Porfavor contanos la continuacion, no me quedo conforme con ese final jaja

LorenaMiramar

Me recordo a algo que paso en mi barrio hace unos años... estas situaciones se dan mas seguido de lo que uno cree. Tremendo relato, muy real todo

MarcosVenecia

La dinamica que planteas al principio te atrapa de entrada. Sigue escribiendo, tenes un estilo muy particular

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