Mi vecina llevaba cuatro años sin que la tocaran
—Ahora no, Remedios. Si quieres que te folle de verdad, tienes que suplicar.
Te apartas un palmo de su cara, dejando que tu polla quede ahí, a la vista, palpitando a centímetros de su boca.
—Tienes que decirlo claro: «Por favor, Rubén, fóllame». Y luego: «Seré lo que tú quieras». Si no lo dices exactamente así, me subo los pantalones y me voy. Te dejo aquí sola, con el coño mojado y el culo rojo, esperando a que vuelva Bernardo con las cervezas.
Silencio. Solo se oye su respiración agitada y el tictac del reloj del salón. Ella traga saliva, mira tu polla, luego el pasillo vacío, luego otra vez a ti. Una lágrima de pura tensión le resbala por la mejilla y no se la limpia. Se muerde el labio inferior con fuerza, el pecho subiendo y bajando bajo la blusa abierta un botón de más.
Se queda callada unos segundos que parecen eternos. Después le sale la voz ronca, temblorosa pero clara, un susurro que va creciendo:
—Por favor… Rubén… fóllame. Fóllame fuerte, como nunca me han follado. Seré lo que tú quieras. Haré lo que me digas, cuando me digas, donde me digas. Solo… métemela ya… no aguanto más.
Las últimas palabras le salen entrecortadas, casi un sollozo de alivio. Abre más las piernas, se echa hacia atrás en el sofá, se sube la falda del todo y se abre con dos dedos: labios separados, todo rosado y brillante, pidiéndolo. El culo aún rojo de los azotes contrasta con la piel pálida de los muslos.
—Rubén… por favor… soy tuya.
***
Das un paso adelante, polla en mano, apuntando directo a esa entrada madura que lleva años esperando algo así. La tumbas boca arriba, las piernas abiertas y elevadas sobre tus hombros para que quede bien expuesta. Remedios respira rápido, los pezones marcándose duros en la tela fina, el pelo rizado pegado a la frente por el sudor, los ojos vidriosos mirándote suplicantes.
Colocas la punta en la entrada. Los labios se separan solos por la humedad. Empujas despacio, solo la cabeza, y ya notas lo que sospechabas: está estrechísima, apretada de tan poco uso. Las paredes se resisten, se cierran alrededor como un puño caliente, obligándote a ir centímetro a centímetro. Ella suelta un gemido largo y ahogado.
—Joder… despacio… es… es demasiado… me estás abriendo…
Empujas hasta la mitad y paras, dejando que se acostumbre. Tiembla entera, las uñas clavadas en tus brazos, las piernas temblando sobre tus hombros. Sin moverte apenas, le sueltas la pregunta directa, en voz baja:
—¿Cuántos tíos te has follado en la vida, Remedios?
Ella cierra los ojos, gira la cara a un lado, no responde. Solo jadea, mordiéndose el labio hasta dejárselo blanco. La vergüenza pura: la vecina amable de toda la vida, la madre de familia, ahora con tu polla metida hasta la mitad.
Paras del todo. Le coges la cara con una mano y la obligas a mirarte. Le das un cachete pequeño y seco en la mejilla, lo justo para que suene y le deje la piel rosada un segundo. Ella abre mucho los ojos, se le escapa un jadeo de sorpresa, pero no se enfada: al contrario, el coño se contrae fuerte alrededor de ti, como si el golpe la hubiera puesto más cachonda.
—Contéstame. ¿Cuántos?
—Solo… solo Bernardo —susurra, avergonzada—. Llevo más de cuatro años sin hacerlo con nadie. Ni con él. Ni se le levanta… ni lo intenta ya.
Las palabras le salen con la cara ardiendo de humillación, pero al decirlo el coño se aprieta otra vez y un hilo caliente te moja. Está confesando su sequía contigo dentro, y eso la enciende aún más.
***
Te sale una sonrisa lenta. Empiezas a moverte de nuevo, embestidas más profundas ahora, llegando al fondo con cada empujón, sintiendo cómo ese coño poco usado se va abriendo a tu alrededor.
—Cuatro años sin polla y ahora te estoy reventando yo. Mírate, suplicándome, mientras tu marido borracho baja a por cervezas. ¿Te gusta que te folle el vecino joven, eh?
Ella asiente frenética, sin palabras ya, solo gemidos. El pecho le baila con cada embestida, el sofá cruje. El coño ya se ha dilatado lo justo para que entres entero, pero sigue apretando como un guante cada vez que sales y vuelves. Le das otro cachete suave en la otra mejilla, solo para oírla gemir más fuerte, y aceleras.
—Dime que eres mía. Repítelo.
Bajas el ritmo otra vez, despacio, centímetro a centímetro, sin prisa, porque ese coño lleva cuatro años en dique seco y tiene que aprender a tragarte. Remedios no aguanta ni cinco embestidas lentas. Con los ojos muy abiertos y la boca en una «o» silenciosa, empieza a temblar entera. El orgasmo le sube desde los pies, le recorre las piernas, le aprieta alrededor de tu polla. Se corre sin gritar, solo un gemido ronco entre dientes. Los ojos en blanco, la cabeza cae hacia atrás contra el respaldo. Está ida, perdida en un placer que no recordaba.
***
La miras así, rendida, y decides jugar un poco más. La tienes empotrada contra el respaldo y empiezas a quitarle la blusa, botón a botón. Debajo lleva un sujetador blanco grande, de los de toda la vida, con el encaje ya gastado. Se lo desabrochas de un tirón y el pecho cae libre: pesado, los pezones grandes y oscuros, algo caídos por los años pero todavía firmes. Te lanzas sobre él como si te fuera la vida, la lengua girando, succionando fuerte, mordisqueando suave, alternando.
—Joder, Rubén… nadie me los ha chupado así en… años…
Sin sacártela, te levantas del sofá con ella en brazos. La polla sigue dentro, hasta el fondo. Ella se agarra a tu cuello, las piernas alrededor de tu cintura, el pecho aplastado contra el tuyo. La sujetas por debajo del culo, todavía rojo de los azotes, y caminas con ella por el salón hacia la terraza. La puerta corredera está entreabierta y la noche de Valencia entra fresca, las luces de los edificios de enfrente parpadeando.
Ella se da cuenta de golpe y empieza a negar con la cabeza.
—No… por favor… la terraza no… nos pueden ver… los vecinos…
Pero mientras lo dice, el coño se contrae otra vez y otro orgasmo le sube rápido. Se corre de nuevo, temblando en tus brazos. Cada paso que das la hace rebotar sobre tu polla, clavándola más profundo. La apoyas contra la barandilla, de espaldas a la calle, y la follas de pie, lento pero firme, para que sienta cada centímetro. Abajo la calle está casi vacía, pero cualquiera que se asome o salga a fumar podría veros.
—No pares —susurra entre gemidos, abrazándote el cuello—. Aunque nos vean, no pares. Soy tuya.
***
La llevas de vuelta y la sientas a horcajadas sobre ti, la polla clavada hasta el fondo en un coño ya dilatado y empapado de tantos orgasmos. Tiene la cara hecha un desastre: el maquillaje corrido, saliva, lágrimas de placer, los ojos vidriosos mirándote como si fueras lo único real.
De repente la levantas por las caderas y se la sacas despacio. La polla sale brillante, cubierta de su humedad espesa. Ella suelta un gemido de vacío. Aprovechando todo ese líquido natural, colocas la punta justo en el agujero del culo. Apretado, oscuro, casi virgen por lo que parece. Empujas solo la cabeza, lento, firme, sin avisar. No entra mucho, apenas unos centímetros, pero suficiente para que el anillo se abra de golpe.
Remedios pega un grito agudo que retumba en el salón.
—¡Ah! ¡No! ¡Joder!
Su mano derecha vuela y te suelta un bofetón seco en la mejilla. No muy fuerte, pero suena claro y te deja la piel caliente. Te quedas quieto, la punta aún dentro de su culo, mirándola fijo.
—¿Pero qué haces, Remedios? —dices, en voz baja, calmada, con filo.
Ella se petrifica. La mano que te ha pegado se queda congelada en el aire, los ojos muy abiertos, el horror en la cara. El cuerpo entero se le tensa al darse cuenta de lo que ha hecho. Baja la mano despacio, temblando, y empieza a balbucear, casi llorando:
—Perdón… perdón, Rubén… lo siento… no quería… es que me ha dolido mucho… sácala… me duele…
Está suplicando de verdad ahora, las lágrimas frescas mezclándose con el maquillaje. El culo se contrae alrededor de tu punta en espasmos, apretando y soltando, como si luchara entre el dolor y el recuerdo del placer. No se aparta del todo: las piernas siguen abiertas, las manos en tus hombros. Y, otra vez, el cuerpo la traiciona: un hilo de humedad fresca le resbala por el muslo.
***
No la sacas todavía. Le acaricias la mejilla, suave, casi tierno, y le hablas bajito.
—Tranquila. No pasa nada. Pero la próxima vez que me pegues, te ato las manos y te follo el culo hasta que supliques que pare. ¿Quieres que la saque ahora, o que te la meta despacio, hasta que te acostumbres?
Ella cierra los ojos fuerte, una lágrima cae.
—Sácala… duele… pero no te vayas… no me dejes así… fóllame el coño otra vez… o lo que quieras… pero el culo no… todavía no…
La coges de los hombros, firme, y empiezas a bajarla despacio sobre tu polla. La punta abre ese anillo apretado que se resiste. Ella llora de verdad ahora, lágrimas gruesas corriéndole por las mejillas, surcos negros de rímel hasta la barbilla.
—Rubén… me duele mucho… no puedo… no entra…
Pero no paras. Sigues clavándola sin pausa, centímetro a centímetro. La obliga a abrirse más de lo que está acostumbrada, las paredes estirándose, calientes, resistiendo cada milímetro. Patalea flojo en el aire, las uñas clavadas en tus antebrazos, pero no se resiste de verdad: su propio peso la baja poco a poco. Cuando por fin tus huevos pegan contra su culo, suelta un grito ahogado que se vuelve sollozo largo. El cuerpo se le pone rígido, el culo contrayéndose alrededor de ti como si quisiera expulsarte y tragarte a la vez.
La miras a los ojos, la voz fría.
—Cuanto antes me hagas correr tres veces, antes te la saco. Pero el trabajo es tuyo. Yo no me muevo. Tú me follas con tu culo. O te quedas así hasta que vuelva Bernardo y nos pille.
***
Se queda quieta un segundo, sollozando. El dolor es evidente: la cara contraída, las lágrimas constantes. Pero debajo hay algo más: el coño le chorrea otra vez, un hilo caliente resbalando por los muslos. Traga saliva, cierra los ojos y empieza a moverse. Al principio un vaivén mínimo, apenas unos centímetros, llorando con cada subida. El culo se va relajando con el movimiento, el dolor mezclándose con una sensación nueva que la hace gemir entre sollozos.
—Perdóname… voy a hacerte correr… no me dejes así…
Acelera, subiendo y bajando más, el ritmo más constante, más desesperado, como si quisiera acabar cuanto antes. O como si empezara a gustarle a pesar del dolor.
—Más rápido —le ordenas—. O no llegas ni a la primera antes de que vuelva tu marido.
Solloza más fuerte, pero obedece. Sube y baja con más fuerza, el culo abriéndose mejor, adaptándose a regañadientes. Entre lágrimas y gemidos:
—Me duele… pero… joder… me estoy corriendo otra vez…
Y sí: el coño se le corre de nuevo sin que lo toques, mientras el culo te aprieta como un torno. Está ida, llorando y corriéndose a la vez, moviéndose por puro instinto.
***
Consigue hacerte correr dos veces: la primera con la boca, después de bajarse y chupártela desesperada; la segunda dentro del culo, mientras ella se retorcía y se corría una vez más. Ahora viene la tercera. Está exhausta, el cuerpo temblando, el culo rojo e hinchado, la cara un desastre de lágrimas y maquillaje. Sube y baja más lento, casi sin fuerzas, pero no para: sabe que es la última.
Cuando sientes que vuelves, la levantas por las caderas y se la sacas de un tirón lento. El agujero se queda abierto un segundo, contrayéndose en el aire. Ella suelta un gemido de alivio y dolor.
—Gracias… gracias, Rubén…
No respondes. La bajas al suelo de un empujón suave y la pones de rodillas sobre la alfombra, la cara a la altura de tu polla. Empiezas a masturbarte rápido, apuntando a su cara. Ella abre la boca, los ojos cerrados, esperando. Te corres fuerte: los primeros chorros le caen por toda la cara, frente, mejillas, labios; luego bajas el tiro y le cubres el pecho, el vientre, los muslos. La dejas marcada de arriba abajo, todo mezclado con el sudor, las lágrimas y el maquillaje corrido.
—Ahora límpiame la polla con la boca. Entera.
Sin dudar ya, se inclina y se la mete. Chupa despacio, la lengua girando, bajando por el tronco, lamiendo cada resto hasta dejarla limpia bajo la luz tenue del salón. Cuando termina, se queda arrodillada, jadeando, mirando al suelo.
***
Te subes los pantalones y miras alrededor. Los enchufes que llevaba semanas pidiéndote que le arreglaras: el del salón que parpadea, los de la cocina que saltan. Le señalas con la barbilla.
—Dime dónde están las herramientas.
Se levanta tambaleante, el semen goteándole por el pecho, y te lleva a un cajón de la cocina. Destornillador, alicates, cinta aislante. En diez minutos tienes los tres enchufes arreglados, limpios y seguros. Ella te mira todo el rato, pringada y temblando, sin atreverse a limpiarse.
—Ahora ve al baño —dices. Ella asiente y da un paso, pero la paras con una mano en el brazo—. No. Vas a dormir así toda la noche, con mi leche encima. Y mañana, cuando baje a follarte otra vez, la tienes que llevar todavía. Seca, pegada, oliendo a mí.
Ella abre mucho los ojos.
—No es posible, Rubén… Bernardo… si se despierta y me ve así…
—Tu marido llega borracho, se tira en el sofá y ronca hasta el mediodía. Hace más de cuatro años que no te toca ni te mira. No se va a enterar de nada.
Traga saliva, lágrimas frescas, pero no discute más. Baja la cabeza. Le das un azote en el culo todavía hinchado.
—Llévame a tu habitación. Ahora.
—No puedo más… estoy destrozada…
Otro azote, más fuerte.
—He dicho que me lleves. Muévete.
***
Camina delante de ti por el pasillo, el semen goteándole por las piernas, el culo contoneándose con cada paso dolorido. Entra en el dormitorio: cama grande con sábanas floreadas de toda la vida, olor a licor y a sueño viejo. Al lado, un armario abierto. Le señalas el cajón de la ropa interior.
—Enséñame dónde está todo.
Temblando, abre cajones: bragas grandes de algodón, sujetadores reforzados, fajas, medias. Todo lo que usa para sentirse decente por fuera. Lo metes todo en un par de bolsas que encuentras en el armario, sin dejar ni una prenda. Vuelves un momento al salón a por el sujetador que le quitaste antes y también va a la bolsa. Se queda sin nada debajo a partir de ahora.
Te acercas, le coges la barbilla y le escupes en plena cara. Se lo esparces con la mano por las mejillas, mezclándolo con el semen seco.
—No se te ocurra limpiarte. Ni un poco. Duerme así, marcada. Mañana bajo cuando Bernardo salga a por el pan… y te follo otra vez, con mi leche de hoy todavía encima.
Ella asiente, sin palabras ya, solo sollozos ahogados y un brillo de sumisión total en los ojos. Te das la vuelta, sales del piso, cierras con la llave que ella misma te dio antes y subes al tuyo. El edificio está en silencio. Mañana será otro día.