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Relatos Ardientes

La noche que mi madrastra dejó de resistirse

Llegaste a esa casa con la idea de no quedarte mucho. Tu padre se había vuelto a casar y tú no tenías ganas de aprender a querer a nadie nuevo, así que cruzaste el umbral con la cara de quien firma una tregua, no una paz. Lo que no esperabas era a Bianca.

Ella te abrió la puerta esa primera tarde con una sonrisa demasiado tensa y un delantal manchado de harina. Era más joven de lo que habías imaginado, más cercana a tu edad que a la de tu padre, y tenía esa manera de mirar de reojo que delata a la gente que mide cada palabra antes de decirla.

—Tú debes de ser el hijo de Esteban —dijo, secándose las manos—. Bienvenido a tu casa.

Mi casa. Las palabras te sonaron a hueco. Asentiste sin sonreír y subiste tus cosas al cuarto del fondo, decidido a ser un fantasma en su vida.

Pero los fantasmas no se fijan en cómo huele el champú de alguien al cruzarse en el pasillo. Tú sí lo hiciste. Las primeras semanas fueron una colección de roces que ninguno de los dos quiso nombrar: una mano que se retira tarde del cuenco del azúcar, un buenos días murmurado demasiado cerca, una toalla mal cerrada que dejaba ver más de lo que debía y que ella ajustaba con un sobresalto fingido.

Bianca jugaba a despistar. Bajaba a desayunar con un pijama infantil estampado de gatitos que parecía pensado para una niña, y aun así conseguía que tú no pudieras apartar la vista. Era su escudo y su provocación a la vez: vestirse de inocencia para que nadie pudiera acusarla de nada, ni siquiera ella misma.

—¿Te gusta el café cargado? —te preguntó una mañana, de espaldas, mientras la cafetera gorgoteaba.

—Como tú lo hagas estará bien —respondiste, y notaste cómo se le tensaban los hombros.

***

El cambio empezó el día que tu padre se fue de viaje por trabajo y la casa se quedó demasiado grande para dos personas que se evitaban. Las niñas, las hijas que Bianca había tenido en su matrimonio anterior, dormían desde temprano. Y vosotros dos os encontrabais a deshora en la cocina, en el salón, en los pasillos, como si la casa entera conspirara para empujaros el uno hacia el otro.

Esa tarde habíais ido los cuatro al zoo. Un empleado, viéndote empujar el cochecito con una de las niñas dormida y a Bianca apoyada en tu brazo por el cansancio, os tomó por una pareja joven con su familia.

—Forman ustedes una familia preciosa —dijo el hombre, ajeno al terremoto que acababa de provocar.

Tú te reíste con descaro. Ella se puso del color de la grana y tiró de la manga de una de las pequeñas para disimular.

—No le hagas caso —murmuró después, cuando os alejabais—. La gente ve lo que quiere ver.

—¿Y qué ve la gente? —preguntaste tú, sosteniéndole la mirada un segundo de más.

No respondió. Pero esa noche, ya en casa, fue ella la que sacó la botella de vino.

***

Os sentasteis en el salón con los mismos pijamas absurdos, los dos vestidos de niños y comportándoos como cualquier cosa menos eso. La televisión murmuraba algo que nadie miraba. La copa de Bianca se vació, y la segunda, y con cada trago la mujer de hielo se ablandaba un poco más.

—He sobrevivido a mi primera semana contigo en casa —dijo, levantando la copa en un brindis irónico—. Con muy buena nota, creo.

—Yo te pondría matrícula de honor —dijiste, y ella soltó una risa que no era del todo cómoda.

Hablasteis de tonterías que poco a poco dejaron de serlo. Ella te confesó que al principio le dabas miedo, que pensaba que ibas a hacerle la vida imposible para echarla de allí. Tú le confesaste que al principio querías hacerlo, pero que algo se había torcido por el camino.

—¿Qué se torció? —preguntó en voz baja.

Tú. Eso fue lo que pensaste. Pero no lo dijiste, todavía no. En lugar de eso, te acercaste para dejar tu copa en la mesa y, al volver, tu brazo le rodeó los hombros en un abrazo que pretendía ser fraternal y que ninguno de los dos creyó.

Ella se quedó quieta dentro de tu abrazo, sin devolverlo y sin apartarse. Olía a vino y a ese champú que llevabas semanas memorizando. Notaste su respiración cambiar de ritmo contra tu costado.

—No deberíamos —susurró, y fue lo más parecido a un permiso que habías oído nunca.

***

Te pusiste de rodillas frente a ella en el sofá. Le abriste las piernas con cuidado y tiraste para acercar sus caderas a tu estómago, dejando tus manos bajo sus rodillas flexionadas. Bianca se sintió de pronto expuesta, vulnerable bajo el dominio de un gesto que no esperaba.

—¡Dios mío, Bruno, no! —exclamó, desconcertada—. ¿Qué haces?

—Te deseo desde el primer día —le dijiste, hundiendo la cara en su cuello para besarlo y respirar su perfume. Su pelo suelto te hacía cosquillas en la nariz.

El roce de tus labios en su cuello pareció cortocircuitarle el raciocinio. Sus piernas, siempre firmes, temblaron mientras tus manos resbalaban por sus muslos hasta cerrarse en su cintura. Se le fue el color de la cara y volvió de golpe, ahora encendido, mientras buscaba palabras que no querían salir.

—Bruno, no —repitió, y esta vez su voz sonó firme. Sus manos te empujaron el pecho con fuerza hasta apartarte.

Os quedasteis los dos respirando agitados, el corazón disparado como un motor en la línea de salida. Sus ojos se clavaron en los tuyos buscando una señal de burla, de manipulación, cualquier cosa que justificara echarte de allí. No la encontró. Solo halló una sinceridad que la asustaba más que el deseo.

Pero no habías llegado hasta ahí para detenerte por un empujón. Te lanzaste de nuevo hacia su boca, hacia esos labios que llevabas semanas imaginando, mientras tus brazos tiraban otra vez de su cintura para clavar sus caderas contra ti.

Ella esquivó tu boca girando la barbilla, pero el gesto le dejó el cuello al descubierto y tus dientes encontraron la piel tensa de su garganta. Sentiste el pulso galopándole bajo los labios. Seguiste bajando, besando cada centímetro a tu alcance, chupando su clavícula hasta que un escalofrío le contrajo el cuello y, sin querer, atrapó tu cabeza entre su hombro y su mentón.

Entonces tus manos bajaron de su cintura a sus caderas y se colaron bajo el pijama de gatitos, recorriendo la piel suave y tibia de su trasero. Y ahí, en plena oscuridad, hiciste un descubrimiento que te encendió aún más: debajo de aquel pijama de niña, Bianca llevaba un tanga mínimo, una pieza de lencería fina que no tenía nada de inocente.

Un gemido ahogado se le escapó de los labios, traicionando lo que su boca aún negaba. Aprovechaste esa guardia baja para besarla por fin de lleno, un beso atropellado, casi un choque, que buscaba tapar de una vez esa boca que tanto te había desvelado.

Tus dedos subieron por su espalda, recorriendo el oleaje de sus costillas bajo la tela, conquistando cada curva. Nuevos gemidos le abrieron la boca y tú aprovechaste para tomar prisionero su labio inferior, chupándolo despacio entre los tuyos.

Sus manos ya no te empujaban. Habían pasado de tus hombros a tu nuca, y la mujer de hielo y fuego empezó a derrumbarse ante una acción casi suicida. Porque eso era: una apuesta a vida o muerte, tu destino entero puesto en sus manos. Pero tus caricias habían ganado ya el control de su cuerpo y debilitado su razón.

Vencida, admitió su derrota y se plegó a ti. Ahora soy tuya, ¿no es lo que querías? Tómame o déjame. Eso te decían sus ojos cuando volvisteis a miraros, separándoos apenas para tomar aire.

Un temblor le recorrió la espalda, una mezcla de miedo y excitación imposible de separar. Sus muslos se tensaron sin querer, apresando tu cintura entre ellos un instante antes de relajarse. Entreabrió los labios, pero no salió ningún sonido.

Sus dedos se aferraron al borde del sofá hasta dejar marcas blancas en sus palmas. El corazón le martilleaba el pecho con una violencia que casi podías oír.

Te habías atrevido a invadir el territorio íntimo de la mujer de hielo y ahora sentías su fuego. Veías su lucha interior, ese pulso entre lo que debía y lo que quería. Decidiste subir la apuesta: le juntaste las piernas, tiraste del elástico de la cintura y arrastraste el pijama hacia abajo, descubriendo entero aquel tanga mínimo que destacaba como una pieza prohibida contra su piel.

Seguiste tirando con más fuerza y la obligaste a levantar las caderas para que la tela resbalara por sus muslos, sus rodillas y saliera al fin por los talones.

Habías expuesto lo más vulnerable de ella. Sus muslos se juntaron por instinto, en un gesto de defensa. Bianca se quedó paralizada frente a ti, ardiendo de vergüenza mientras la mirabas, sorprendida de que no hicieras nada más. El rubor le trepó hasta la frente. Nunca se había sentido tan desnuda ante nadie, y mucho menos ante ti, el hijo de su marido.

Su respiración se volvió un jadeo irregular mientras se preguntaba qué tramabas, por qué no actuabas. Sus ojos buscaron los tuyos llenos de interrogantes, casi desesperados por una explicación. Le temblaban los labios con ganas de decir algo, pero nada salía. La espera se le hizo insoportable. Estaba al descubierto y tú, simplemente, la observabas, contemplándola como quien mira una obra de arte en un museo, sin mover un músculo.

—Eres preciosa, Bianca —dijiste al fin, rompiendo tu quietud. La rozaste con las yemas de los dedos, recorriendo sus muslos desnudos con una caricia tímida que contradecía todo lo anterior—. No tienes idea de cuánto te deseo.

Y entonces, despacio, volviste a buscar su boca. Esta vez no la esquivó.

La casa estaba en silencio. Tu padre a cientos de kilómetros, las niñas dormidas, el vino aún tibio en las copas abandonadas. Solo quedaban el sofá, la penumbra y dos personas que acababan de cruzar una línea de la que no había vuelta atrás. Bianca te tomó la cara entre las manos y, por primera vez desde que la conocías, te miró sin medir las palabras.

—Si empezamos esto —murmuró contra tus labios—, no sé cómo se para.

—No quiero que se pare —respondiste.

Y supiste, por cómo se rindió su cuerpo contra el tuyo, que ella tampoco.

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Comentarios (6)

FernandoLector

tremendo relato, de los mejores que lei aca en mucho tiempo!!!

SolBaires

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de saber que paso despues. Muy bien escrito.

MatiasRio

Jajaja el detalle del pijama de gatitos me mato de risa, genial ese toque

Rigo_Cba

Me gusto como construiste la tension antes de que todo pasara. Se siente muy real.

Pame_lectora

Seguira la historia?? espero que si, tiene mucho potencial todavia

CarlaFromRosario

impresionante... me recordo a un verano que prefiero no contar jajaja

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