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Relatos Ardientes

Mi hijo heredó de su padre algo más que el apellido

Lo que esta plataforma llama, con su eufemismo prudente, «amor filial» no es ninguna novedad. La historia y la mitología están llenas de ejemplos. Las hijas de Lot entregaron su cuerpo para darle descendencia a su padre, porque en aquel tiempo se creía que no había desgracia mayor para un hombre que morir sin haber dejado hijos. Nadie las llamó perversas. Las llamaron piadosas.

Después está Electra, esa hija cuya devoción por su padre la empuja a cometer actos terribles para vengar la muerte de Agamenón. Siglos más tarde, un psicólogo tomó su nombre para describir esos deseos ardientes que algunas hijas desarrollamos por nuestros padres, deseos que nos llevan a entregarnos más allá de lo que esta sociedad considera aceptable. Como si el amor pudiera ser indecente.

Y finalmente está Yocasta. La mujer que, sin saberlo, se entrega en los brazos de su propio hijo y lo ama hasta el delirio, hasta que descubre la verdad. Así, en el silencio del anonimato, existimos una cantidad indefinida de mujeres que llevamos ese lazo que nace en el vientre y se afianza en el pecho que amamanta. Mujeres que, sin entender por qué, sentimos que esa succión tibia dispara algo profundo, un movimiento hormonal incontenible, y que en medio de ese momento dulce y tierno notamos cómo la entrepierna se humedece sin permiso.

No espero que ninguno de ustedes lo entienda. Solo si eres una madre que vive y siente lo que yo siento podrás ponerte en mi lugar y dejar de juzgarme. Porque sabes, igual que yo, que aquí no hay perversión, sino la forma más limpia del amor. Tú lo formaste en tu vientre. Te ataste a él la primera vez que tu pezón rozó su boca. Y aunque cueste decirlo en voz alta, sabes que tu cuerpo le pertenece, que existes por y para él.

Hay quien busca una respuesta a todo esto, una causa, un trauma que explique por qué una mujer termina así. Yo dejé de buscarla hace años. No hay respuesta. Solo hay un dilema que no se resuelve, una soledad que no se llena con nadie más, y un placer infinito que, apenas se apaga, deja paso a un conflicto interior brutal. Un conflicto que, lo entendí tarde, ni siquiera es mío. Me lo sembró la misma sociedad que se empeña en asesinar uno de los pocos amores verdaderos que existen. Porque nadie, nadie, puede amar a un hijo más que la madre que lo parió.

***

Esa ha sido mi vida. He pasado de ser la Electra más fiel a convertirme en la Yocasta más entregada. He vencido el dolor de un juicio que vive solamente en mi cabeza, porque hasta hoy nadie más que ustedes, lectores anónimos, conoce esta historia. Solo ustedes, si es que me han seguido, saben de mi amor con mi padre. Mi macho dominante, mi viejo, el hombre que me enseñó que el deseo no respeta los nombres que le ponemos a las cosas.

También han leído mis confesiones, a veces histéricas, a veces casi enloquecidas, en las que fui procesando este amor de madre que no tiene límites. Está todo en mi perfil. Incluso mis amores con Amparo, otra madre que vivía exactamente lo mismo que yo y a la que solo pude amar en la complicidad de esos encuentros privados. Amparo me hizo entender que el incesto es sangre, y que la sangre amarra más allá de lo razonable. En esa comprensión me liberé, aunque la muy ingrata aparece y desaparece cuando se le antoja.

Ahora amanecemos libres, mi hijo y yo, desnudos dentro de este pequeño departamento que nos regala el anonimato necesario para amarnos sin que nadie levante la vista. Vivo en un nudismo doméstico permanente, como me lo enseñó mi propio padre hace ya más de veinte años. Siempre dispuesta. Siempre lista para el instinto de mi muchacho, digno heredero del otro, con un cuerpo de hombre que reclamo cada noche y cada amanecer.

Mi día entero gira alrededor de la urgencia de volver a casa. De arrodillarme frente a él, de tomármelo entero, de beberme todo lo que se acumula durante las horas en que estamos separados. Chupo con una desesperación que me avergonzaría si no la disfrutara tanto, imaginando la cantidad de vida que podría preñarme si no fuera tan cobarde. Si dejara de tomar la pastilla que me niega la posibilidad de llenarme una vez más, de que mis pechos vuelvan a hincharse de leche, que fue donde empezó todo este dulce pecado. Pero soy cobarde. No me atrevo, aunque el cuerpo me lo pida a gritos.

Nadie me preparó para esto. Una espera ser madre y luego, cuando los años pasan, espera convertirse en abuela, en una señora respetable que teje frente al televisor. Lo que nadie te cuenta es que la lactancia te marca el cuerpo de un modo que no se borra. Que ese vínculo físico, esa dependencia que sientes cuando una boca pequeña se aferra a ti, no desaparece con el destete. Solo se transforma. Y un día, sin que sepas exactamente cuándo, miras al hombre en que se ha convertido y entiendes que ya nunca vas a poder mirar a otro.

***

Esta es la parte que ninguna otra mujer me perdonaría contar.

Él es paciente. Le dedica largos minutos a prepararme antes de cualquier cosa, a abrirme despacio, milímetro a milímetro, hasta que mi cuerpo cede y le permite avanzar. Lo siento entrar de a poco, conteniendo el aliento, hasta que encuentro la elasticidad justa para recibirlo del todo. Entonces deja de ser delicado. Entonces se desquita de todo el estrés del día y me embiste con una furia que me arranca el aire.

Me toma igual que me tomaba su padre hace más de dos décadas, con la misma rabia hermosa, y yo me deshago al recordarlo. Las dos cosas se mezclan en mi cabeza: el hombre que fue mi dueño y el muchacho que lo es ahora. Cuando por fin termina dentro de mí, me quedo temblando, vaciada, sintiendo cómo me llena por dentro y pensando que la sangre, otra vez, vuelve a encontrarse con la sangre.

Sin darme tregua, el ritual continúa. Cambia de posición y toma mi sexo, que ya está hecho un desastre tibio y empapado. Ese es el momento sublime, cuando deja de penetrarme como un animal y empieza a hacerlo como lo que somos, una sola carne, mirándome a los ojos. Me dice, muy bajito, casi sin voz:

—Te amo, mamita.

Y no importa cuántas veces lo haya escuchado. No logro detener las lágrimas. Mientras se mueve dentro de mí con una ternura que contradice todo lo anterior, lloro de emoción, de pura alegría, porque sé que después de él ya no habrá más hombres en mi vida. Que envejeceré con mi vecina Amparo y con este secreto, y que me bastará.

***

Cuando llega el final, mi dueño se prepara para vaciarse del todo en mí, y entonces lloro de nuevo, pero ya no de alegría. Lloro de pena. Porque mientras los espasmos del orgasmo me recorren entera y me dejan deshecha, la conciencia me grita que otra vez todo se desperdicia, que otra vez no quedaré preñada para él. La cobardía de la pastilla. El miedo que no me deja completar el círculo que mi cuerpo reclama.

Pero el placer es más fuerte que el remordimiento. Me quedo tendida en la cama, con las piernas abiertas, sintiendo cómo el cuerpo entero late en retirada. La sábana queda hecha un mapa de nuestra noche, el colchón huele a sexo y a nada más que a esto, a lo que él me da y nadie más podría darme. Lo miro respirar a mi lado y pienso que ninguna iglesia, ningún juez, ninguna mujer correcta sabrá jamás lo que es esto.

Tarde o temprano se irá. Se marchará a estudiar a la capital, y todo esto pasará a ser recuerdo, igual que son recuerdos los amores de juventud con su padre. A veces lo imagino partiendo con su maleta, y siento que se me parte algo por dentro que no tiene nombre. Pero también sé que lo dejaré ir, porque mi amor, a diferencia del que esta sociedad practica, no es una jaula. Es una entrega.

***

Tú, morboso, que entraste aquí solo para masturbarte, no lo entenderás. Tú, fantasioso, fantasiosa, que buscabas un cuento subido de tono, tampoco. Tú, escritor o escritora de oficio que mide cada palabra para que venda, jamás lo comprenderás.

Solo tú, Yocasta callada que me lees a oscuras. Solo tú, Electra que escondes tu deseo en el silencio de tu propio pecado. Solo tú sabrás, igual que yo, que esta es la única vida que conocemos, y que en este amor anónimo, secreto, prohibido por todos menos por nosotras, está nuestra única y verdadera felicidad.

Besos.

Casandra.

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Comentarios (6)

Gonza_pba

tremendo relato, uno de los mejores que lei en esta categoria. seguiiiii

SilviaCba_22

Por favor que haya una segunda parte!! me quede con ganas de saber mas

lectora_curiosa

Me encanto como lo escribiste, tiene algo que te engancha desde el primer parrafo. Muy bien logrado

RolandoMza

no me lo esperaba, en serio. el final me dejo sin palabras jaja

Nati_23

vas a escribir mas? espero que si porque este fue increible

ManuelQ_BA

lo lei de un tiron, no pude parar. algo tiene este relato que no tienen otros, no se explicarlo pero se siente

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