Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi suegra la noche que nos quedamos solos

La taberna de Ferreiro estaba pequeña, pero los viernes se llenaba hasta reventar. Esa noche había una mesa de seis jugando a la brisca y otra de cuatro al tute, con curiosos alrededor, cada uno con su vaso de tinto. El humo de los cigarrillos no le molestaba a nadie porque todos fumaban. En un rincón, debajo de un televisor que nadie miraba, yo jugaba a la escoba con Ramón, un pintor diez años mayor que yo que presumía de haberse acostado con media comarca.

—Te tengo una manía a esa mujer que, si pudiera, la enterraba viva —dijo él, repartiendo cartas.

—Yo a mi suegra también le tengo ganas —solté—. Pero son otra clase de ganas.

Ramón levantó la vista despacio. El vino ya le había soltado la lengua a él, no a mí.

—No me digas que te la quieres llevar a la cama.

—A ella y a mi cuñada.

Se terminó el vaso de un trago y lo dejó sobre la mesa con cuidado, como si estuviera pensando.

—Las fantasías, fantasías son —dijo.

—Tú que te has acostado con todo lo que se movía, dame una idea para acercarme a ellas.

—No me voy a meter en tus obsesiones. Lo más probable es que pierdas a tu mujer, te quedes con las ganas y me eches la culpa a mí.

—No te echaría la culpa a ti. Si estuvieras en mi lugar, ¿qué harías?

Ramón se quedó mirando las cartas un buen rato. Era listo discurriendo, y yo sabía que la curiosidad podía con él.

—Si yo fuera tú, esperaría a que cada una discutiera con su hombre. Entraría muy sutilmente. Las elogiaría a ellas y criticaría a ellos. No hay nada que abra más una puerta que una mujer enfadada con su marido.

—¿Y qué les diría?

—Eso no se puede predecir. Cada caso es distinto. Pero el truco siempre es el mismo: que se sientan deseadas justo cuando se sienten invisibles.

Me gustaron las palabras de Ramón. Las guardé como quien guarda una llave.

—Podría funcionar —dije.

***

La ocasión con Amparo, mi suegra, llegó antes de lo que esperaba. Era una mujer de poco más de cincuenta años, morena, el cabello recogido en un moño tirante, delgada y de muy mal genio. Su marido, un hombre larguirucho y callado, llevaba semanas obsesionado con cruzar la frontera para ver una de esas películas que aquí no proyectaban. Esa tarde discutieron en su habitación, y yo lo oí todo desde la mía.

—¡Ni tú vas a ir a Francia a ver una guarrada, ni yo te dejo! —gritaba ella.

—Voy a ir, pongas la cara que pongas.

—Si vas, no vuelvas. Para lo que me sirves… que follas poco y mal.

El viernes siguiente todo se alineó. Mi mujer, Noelia, se marchó a casa de sus abuelos porque la abuela se había torcido un tobillo, y el suegro, terco como una mula, agarró el coche y se fue al otro lado de la frontera. Amparo y yo nos quedamos solos en aquella casa de piedra, con la noche cerrándose despacio sobre el pueblo.

Ella hizo dos tortillas para cenar. Nos sentamos a la mesa de la cocina, uno frente al otro, y entre el aceite y el vino la conversación empezó a torcerse sola.

—Mira que conducir toda la noche para ver a una mujer desnuda —dijo, sirviéndose una taza de tinto.

—Esa película tiene más cosas que ver que una mujer desnuda —contesté.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Me la contaron. Van de dos desconocidos que se encuentran en un piso vacío y acaban liándose como si se conocieran de toda la vida. Dicen que la mejor escena es la de la mantequilla.

—¿Y qué pasa en esa escena?

—Que él le unta mantequilla y la toma por detrás.

Amparo se atragantó y echó por la nariz medio sorbo de vino. Se limpió con un trapo, con los ojos llorosos de la risa y del susto.

—Como tu suegro me venga con esas, le muerdo —dijo.

—Eso quiere decir que todavía no se ha atrevido.

Me miró de reojo, con cara de circunstancias.

—¿Y tú esas cosas… se las haces a mi hija?

—Solo cuando ella me lo pide.

—Madre mía. A saber qué más le haces.

—Lo de siempre. Besarle la boca, el cuello, todo lo demás.

Se quedó callada un momento, dándole vueltas a la taza entre las manos. Yo sabía que esa era la grieta por la que tenía que entrar, despacio, sin asustarla.

—Esta conversación ya ha ido demasiado lejos —murmuró, pero no se levantó de la mesa.

—¿Le da miedo que vaya un poco más lejos todavía?

—No me faltes al respeto, que te conozco poco y mal.

—No le falto al respeto. Pensé que a lo mejor le gustaría que alguien la mirara como hace tiempo que nadie la mira.

Se puso seria. Tan seria que pensé que me echaría de la casa. Pero entonces se sirvió otra taza de vino, se la bebió entera y dejó la taza con un golpe seco.

—¿Tu suegro me folla poco y mal? —repitió, como hablando para sí—. Eso lo has oído tú esta tarde.

—Lo oí. Y pensé que es una pena. Porque yo podría pasar toda la noche haciéndolo bien.

Amparo cerró los ojos. Cuando los abrió, ya no había enfado en ellos, sino algo más cansado y más hambriento a la vez.

—Eres un demonio —dijo en voz baja.

—Y usted mi obsesión desde el primer día que la vi.

—Algo me olía.

***

Me levanté y rodeé la mesa. Ella no se apartó. Le solté el moño y el pelo negro le cayó por la espalda, quitándole de golpe diez años de encima. La besé despacio, probando primero, y cuando ella me devolvió el beso supe que no había vuelta atrás.

Le bajé los tirantes del vestido. Tenía la piel blanca y tibia, los pechos pesados con areolas oscuras que se endurecieron en cuanto los rocé con los labios. Amparo respiraba hondo, agarrada al borde de la mesa, mordiéndose el labio para no hacer ruido por costumbre, aunque en la casa ya no quedaba nadie a quien ocultarse.

—No sé qué va a buscar ese loco al otro lado de la frontera —murmuró— teniendo esto en casa.

—¿Tan buena está? —pregunté.

—Dímelo tú.

La senté sobre la mesa, le separé las rodillas y me arrodillé delante de ella. Le besé la cara interna de los muslos, subiendo con calma, sintiendo cómo le temblaban las piernas. Cuando por fin la probé, ella echó la cabeza hacia atrás y me agarró del pelo con las dos manos, ya sin pretender que aquello no le gustaba.

—Para —dijo, pero me apretaba contra ella—. Para, demonio.

No paré. Seguí con la lengua, lento y firme, hasta que su cuerpo se tensó entero, los muslos cerrándose contra mis orejas, y se corrió con un gemido largo que se le escapó entre dientes. Cuando la solté, tenía los ojos húmedos.

—Me siento una cualquiera —dijo.

—No lo es. Solo es una mujer que llevaba mucho tiempo esperando que alguien se fijara en ella.

Se bajó de la mesa, me tomó de la mano y me llevó por el pasillo hacia su habitación.

—La cocina está muy dura para lo que queda de noche —dijo con media sonrisa—. Y ya sabes dónde está la mantequilla.

No hizo falta que añadiera nada más. Fue una noche larga, de las que se recuerdan en silencio durante años. Al amanecer, mientras ella fingía dormir, me prometí a mí mismo que aquello no se quedaría ahí.

***

La otra mitad de mi obsesión se llamaba Carmen, la hermana de mi mujer. Un domingo por la tarde volvía yo del fútbol en mi viejo Renault destartalado cuando la encontré caminando sola por la cuneta, llorando. Paré y le abrí la puerta.

—¿Qué te pasa, Carmen?

—Víctor me ha mandado a casa —dijo entre lágrimas—. Quería ver una película de vaqueros y yo una de amor. Discutimos y se quedó con su exnovia, que estaba en la misma sesión que él.

—Pues le has dejado el camino libre, mujer.

—¿Tú crees?

—Claro que lo creo. A estas horas no están en ningún cine.

Carmen rompió a llorar otra vez. Era morena, delgada, con un vestido azul que le llegaba por debajo de la rodilla y el pelo recogido en una coleta. Metí por una pista forestal y paré el coche bajo los pinos, donde no pasaba un alma en domingo.

—Una mujer de verdad no se deja pisar —le dije, poniéndole una mano en la rodilla.

Ella apretó las piernas y se puso colorada.

—¿Qué haces? Soy una mujer honrada.

—Lo sé. Pero también eres la mujer más guapa de este pueblo, y nadie te lo dice nunca.

Carmen apartó la cara, pero no la mano. Saqué del coche una manta vieja, la extendí sobre la hierba y me senté.

—Solo quiero hablar —mentí a medias—. ¿No le contaste una vez a tu amiga que te gustaría hacer con otro hombre todo lo que no te atreves a hacer con Víctor?

—¿Quién te ha dicho eso?

—Un pájaro. ¿Es mentira?

Ella se sentó a mi lado en la manta, abrazándose las rodillas. Tardó en hablar.

—No es mentira —reconoció al fin—. Pero tú eres el marido de mi hermana.

—Hoy no soy el marido de nadie. Hoy solo soy un hombre que lleva años mirándote sin atreverse.

La besé. Carmen no me devolvió el beso al principio, rígida, con los ojos cerrados. Después, muy despacio, sus labios cedieron. Le solté la coleta y el pelo le cayó sobre los hombros. Bajé la cremallera del vestido y se lo dejé caer hasta la cintura.

—Esto está mal —susurró.

—Entonces dime que pare.

No lo dijo.

Le besé los pechos, pequeños y firmes, las areolas rosadas endureciéndose bajo mi lengua. Carmen se echó hacia atrás sobre la manta, los codos clavados en la tierra, y cuando le levanté el vestido y le aparté la ropa interior, ya estaba mojada. La probé despacio, sin prisa, y ella se mordió el dorso de la mano para no gritar entre los pinos. Se corrió temblando, los talones hundidos en la hierba.

—No deberíamos —jadeó, pero me buscaba con las manos.

Se puso encima de mí. Empezó lento, sin querer mirarme, como si así aquello contara menos. Pero el cuerpo la fue traicionando: las caderas tomaron ritmo, buscó mi boca, me besó con una rabia y un deseo que no eran de una mujer honrada. Ya no buscaba vengarse de Víctor. Se buscaba a sí misma, lo que llevaba años negándose.

Cuando se corrió, se sacudió entera sobre mí, agarrada a mis hombros como si tuviera miedo de caerse. Yo la sujeté de la cintura y me dejé ir con ella, los dos jadeando bajo los pinos, lejos del pueblo y de todo.

Después se quedó tumbada de espaldas, mirando las copas de los árboles, fumando un cigarrillo que le encendí.

—¿Por qué no me da vergüenza estar desnuda delante de ti? —preguntó.

—Porque yo también lo estoy. Y porque hace mucho que querías hacerlo.

—Eres un sinvergüenza.

—Lo sé. Pero he sido tu sinvergüenza una tarde.

Carmen apagó el cigarrillo en la tierra húmeda y se giró hacia mí.

—Esto no puede volver a pasar —dijo.

—Claro que no —contesté.

Los dos sabíamos que mentíamos. Y mientras la llevaba de vuelta al pueblo, con el motor traqueteando por la pista forestal, pensé en Amparo esperándome en su cocina, en Carmen mirándome ahora de otra manera, y en lo fácil que había sido convertir una obsesión en costumbre. Algunos hombres sueñan toda la vida con lo prohibido. Yo había aprendido a sentarme a la mesa con ello.

Ver todos los relatos de Incesto y Amor Filial

Valora este relato

Comentarios (5)

Patricio_88

tremendo relato!!! me engancho desde el titulo, se hizo muy corto

Fede1985

Que bueno estuvo esto. Necesito saber si hubo una segunda vez, por favor continua la historia!!

LectorAnonimo

increible como describe la tension, se siente real

CarlosMDF

Me recordo a una situacion similar que viví hace años. Esas noches cambian todo, uno no vuelve a ser el mismo despues.

Pirata_Sur

Es real esto? Se siente muy autentico, como escrito desde la experiencia propia y no de la imaginacion

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.