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Relatos Ardientes

La mañana después del trío con mi hija y mi yerno

Desperté con la boca seca y el corazón todavía agitado, como si el eco de la noche anterior siguiera bailando dentro de mí. La luz entraba tímida por las rendijas de la persiana y, por un instante, no supe si todo había sido un sueño o una locura compartida. Me incorporé en braguitas, con una punzada entre las piernas que me recordó el vértigo de los cuerpos jóvenes de mi hija y de mi yerno, que me habían tomado como si no existiera un mañana.

No sentía remordimiento, sino una clase de orgullo, una sensación de libertad que me desbordaba. Me había atrevido a algo que muchos fantasean y casi nadie cumple. No lo habría hecho si Carla no se hubiera quedado conmigo aquellos días, mientras yo cuidaba de su hijo, ni si Diego no me hubiera abierto los ojos a un mundo de deseo sin culpa.

Entré despacio en su dormitorio. Carla dormía con una expresión extrañamente dulce. Cualquiera diría que esa carita de ángel le había ofrecido a su marido el culo de su madre antes de animarse a prestar el suyo. Fui a la cocina a preparar el desayuno. Diego no estaba; tenía cita temprano en la Delegación de Educación para ver su nuevo despacho de director.

Mientras calentaba la leche me asaltaron las dudas. ¿Era normal disfrutar del sexo con tu propia hija? ¿Y con su marido? Llevaba casi veintiocho años casada con Andrés, en una relación tibia, sin grandes momentos pero sin discusiones. A su manera me quería, supongo. Lo único que sabía con certeza era que jamás había gozado con él como gozaba ahora.

Subí una bandeja con dos cafés. Aparté la persiana y agité su cuerpo. Carla abrió los ojos y me miró con algo que no supe nombrar: curiosidad, ternura, deseo.

—¿Tienes hambre? —pregunté, dejando la bandeja en la mesilla.

—De desayuno sí, de sexo estoy saciada —reímos las dos.

—Todavía no me creo que nos atreviéramos a tanto —murmuré con la voz ronca.

—Menuda nochecita —dijo, sin rubor—. Era una fantasía de Diego que tú me ayudaste a cumplir. ¿Cómo te sientes?

Cerré los ojos. El recuerdo se me agolpaba en la mente.

—Bien. Libre. Y a la vez siento un vértigo en el estómago, no sé qué rumbo va a tomar mi vida.

Carla me tomó la mano, como tantas veces yo se la había tomado a ella.

—No fue un acto egoísta, mamá. Fue cariño. Te adoro, y Diego me adora a mí… y a ti.

—¿Con un poco de sexo? —añadí riendo.

—¡Con mucho sexo! Pero con una carga emocional enorme. Nunca había visto a mi marido con otra mujer, y me enterneció verte entregada a él.

Nos quedamos en silencio, con el murmullo lejano del tráfico y el sol que ya calentaba la habitación. Deslicé los dedos por su mano, como si no quisiera soltarla. Carla alzó la suya y me apartó un mechón de la cara. Su dedo rozó apenas mi mejilla, bajó por mi cuello. Me acerqué, facilitándole el movimiento. Y entonces me besó. Un beso tímido, un roce de labios. Me separé un poco, como si temiera iniciar algo que me desbordara.

—Me siento tan excitada como anoche —susurró.

Bajé las manos hasta su cintura y las subí por dentro de la camiseta del pijama, hasta sus pechos menudos y firmes.

—Quiero hacerte el amor, mamá. Nosotras solas, sin hombres.

Mi dilema moral ya estaba superado. Había cruzado esa barrera la noche anterior.

—Hazlo, hija. Te quiero.

Retiramos la colcha y nos desvestimos sin pudor, con la certeza de que la piel no entiende de edad ni de lazos familiares. Sus manos buscaron mi cuerpo y yo me dejé explorar con los ojos cerrados, sumisa ante sus caricias. Cuando deslicé mi mano por el interior de sus muslos, un gemido se le escapó entre los labios.

—No quiero parecerte una puta —confesé.

—Solo sigue lo que el cuerpo te pida —respondió—. Este momento es nuestro.

Las dudas se disolvieron en un suspiro compartido, en el roce lento de los labios, en las manos que se perdían en el cuerpo de la otra. Ya no había parentesco ni reglas: éramos dos mujeres desnudas hablando el lenguaje secreto de la piel. Sin penes ni juguetes, solo con la boca y las manos, ambas alcanzamos un orgasmo que nos dejó completamente saciadas y orgullosas de nuestra propia valentía.

***

Cuando Diego volvió, nos encontró en la cocina tomando café en ese estado de complicidad madura que deja la catarsis. Carla llevaba una camiseta larga suya y yo apenas un camisón de verano.

—Buenas tardes —lo recibió ella—. ¿Has comido?

—Algo he picado —dijo, visiblemente relajado al ver que no habría dramas—. No esperaba esta escena tan entrañable.

—Hola, suegra —me dio un beso ligero en los labios.

Bromeamos un rato. Le dijimos que habíamos soñado las dos lo mismo, que un dios marino emergía del agua y nos poseía por la fuerza. Diego nos miraba sin saber si hablábamos en serio o era la resaca del champán. Luego anunció que nos íbamos a echar la siesta antes de recoger a Mateo, y Carla me arrastró al dormitorio.

Nos acostamos una a cada lado, con el mando en la mano, como si nos importara la televisión. Las sábanas conservaban nuestro olor. En unos minutos se abrió la puerta y Diego apareció en el umbral.

—¿Veis la tele o queréis volver a soñar con vuestro dios marino?

—Si quieres verla, te hacemos sitio —dije riendo.

Se desnudó hasta el bóxer y se acostó entre nosotras. El cuarto se llenó de una tensión que volvía innecesaria la pantalla. Carla y yo nos conocíamos ya el rumbo. Deslicé mis dedos por la cara de mi hija y ella atrapó uno con la boca, lasciva. La piel se me erizó.

—Parece que no os cansáis nunca —soltó Diego, divertido.

Los dedos de Carla rozaron su bóxer y se colaron dentro, arrancándole un gemido.

—Solo estamos explorando —susurró—. ¿No tienes calor con tanta ropa?

Se deshizo del bóxer mirándome como si me pidiera permiso. Le tomé la polla y la mano de Carla se sumó a la mía, mano sobre mano sobre polla, como en un juramento. Acercamos las bocas por encima de él y nos besamos, un beso que solo pretendía prender el fuego que nacía entre sus piernas. Diego permanecía inmóvil, desbordado ante el espectáculo.

—¿Te altera ver a dos mujeres besarse? —pregunté.

—Es lo más bello que he visto nunca.

—Anda, no seas tímido, yerno, ya nos has follado a las dos.

Empezamos a movernos como en una coreografía improvisada. Manos que descubrían zonas escondidas, labios que compartían besos entre tres. Gemí cuando Carla me acarició entre las piernas, y de la excitación empecé a comerle la polla a Diego sin apartar la mirada de ella, que se masturbaba con dos dedos. Él bajó la cabeza al coño de mi hija mientras yo lo masajeaba, y luego, sin aguantar más, se subió sobre mí. Estaba tan mojada que su polla se deslizó como por un tobogán.

—Sí, fóllame —supliqué, feliz de recibir una polla después de tanta piel.

Carla acercó su coño a mi boca para que terminara lo que Diego había empezado.

—Me encanta verte follar con mi madre —jadeó ella.

El clímax llegó en oleadas. Primero fue Carla, mordiéndose los labios, apretando los muslos, vibrando entera. Cuando cayó rendida, un nuevo empuje de Diego acabó conmigo en la siguiente ola. Pero su juventud no se rendía. La puso a cuatro patas, con las manos en el cabecero, sobre mi cabeza.

Yo, ya experta, sabía que el culo de mi hija aún no dilataba tan rápido, así que desde abajo le lamí los labios y le metí dos dedos en la vagina para acelerar la dilatación, mientras con la otra mano acariciaba a Diego. Estimulado, él cruzó la barrera y la penetró por detrás, despacio primero, hasta que el placer agotó sus últimas reservas antes de lo que habría querido.

—Sois brutales —susurró con el hilo de voz que le quedaba, derrumbándose entre las dos.

Nos quedamos los tres enredados, envueltos en sudor, sin hablar, hasta que la alarma para recoger a Mateo rompió el momento.

—Iré yo —dije—. Es el último día y quiero despedirme.

***

A la salida del campamento se armó el típico revuelo de padres e hijos. Mateo me enseñó un llavero, orgulloso, regalo del mejor monitor. Y como si esperara su nombre, apareció Bruno, con Iván detrás. Nos miramos los tres con una complicidad que solo nosotros entendíamos. Iván se marchaba a otro campamento en la costa; se despidió con dos besos protocolarios y la pena de lo que no se repetiría.

—¿Tú también te vas? —le pregunté a Bruno.

—No, empiezo otro turno el lunes. Tengo unos días libres. ¿Te apetece que nos veamos?

Menuda tentación. Iba a quedarme sola hasta que volviera Andrés.

—No sé, Bruno. En unos días regresa mi marido y debo retomar mi vida.

—Te entiendo, Marisa. Pero me gustaría verte aunque no pase nada. Me gustas mucho.

Me pareció tan sincero que no supe negarme. Merendé con Mateo escuchando sus aventuras, mientras me preguntaba si sería capaz de resistir a Bruno si se presentaba la ocasión. Esa noche me llamó para tomar algo, pero alegué un enfriamiento y me quedé en casa. No podía permitirme otro desliz justo antes de que llegara Andrés.

***

Lo recogí en la estación al día siguiente. Cuando lo vi aparecer por el andén, mi cuerpo sintió algo parecido a una decepción. Me pareció viejo, cansado, sin nada que me atrajera. Volvía de una larga ruta por los Pirineos, feliz como un peregrino, mientras yo había vivido otra clase de viaje.

En casa, ni siquiera deshizo la mochila. Hizo café y me invitó a sentarme.

—Marisa, creo que no me has echado de menos —empezó, con un tono impropio de él—. No te culpo. Yo soy igual de responsable.

—Todos los matrimonios pasan por etapas… —reaccioné, sin la energía que cabría esperar tras tantos años.

—No tapes lo evidente. Nos gustan cosas distintas, vamos cada uno por nuestro lado. —Hizo una pausa—. He conocido a una mujer.

No sentí ningún estremecimiento. Mucho menos que cualquiera de los que mi cuerpo había experimentado en su ausencia. De repente lo vi claro: su confesión, lejos de enfadarme, me liberaba. Me quitaba un peso de la conciencia, porque mientras yo me lanzaba a mis aventuras de verano, él también estaba con otra. Las vacaciones sexuales que me había tomado podían volverse permanentes.

—¿Estás seguro? —pregunté, dándole una oportunidad de negarlo y, a la vez, esperando que se reafirmara.

—Sí. Y me gustaría resolverlo civilizadamente.

—No voy a montar ninguna escena, Andrés. Me vuelvo a casa de Carla y en septiembre hablamos de papeles sin prisas.

Recogí mis cosas en la misma maleta que traje. Treinta años liquidados en menos de treinta minutos.

—Que seas feliz —me despedí con un abrazo.

***

El chorro de agua fría de la separación había apagado por un momento el fuego que Bruno me había encendido. Pero al llegar a casa de mi hija y contarle la noticia, ella lo zanjó por mí.

—Si ha salido de él, mejor para ti, mamá. Olvídate de papá y vive.

Esa misma noche le escribí a Bruno. Cuando llegó, me encontró en el sofá, con una copa de vino y una ropa interior atrevida que me había regalado Carla. Se quitó la camiseta despacio, dejó caer el pantalón y se quedó en slip, su cuerpo bronceado contemplándome. Llevé su mano dentro de la tela.

—¿Te acuerdas de ella? —preguntó—. Te ha echado de menos.

Liberé su polla y casi me asombró: era aún más grande de lo que recordaba. La acaricié, la lamí con cuidado, abriendo la boca hasta el límite para acoger a ese ser mitológico que habitaba entre sus piernas. No era solo placer físico; era empoderamiento.

—Eres muy buena —balbuceó—, pero no quiero correrme en tu boca.

Me tomó en brazos y me llevó a la cama. Me despojó del sujetador y de las braguitas y se quedó parado, mirándome, un Apolo desnudo. Su lengua recorrió mi sexo de arriba abajo y un dedo encontró sin dudar mi punto exacto.

—Quiero que me folles —supliqué.

—Todo es cuestión de dilatar, como tu coñito —respondió, jugando con tres dedos hasta hacerme estallar en un primer orgasmo.

Mi cuerpo, después de aquel verano, ya no era el de antes. Cuando por fin apuntó su polla a mi entrada, le ayudé moviendo las caderas. Avanzó centímetro a centímetro, sin la molestia de otras veces.

—¡Joder, tienes el coño más abierto! —exclamó, sorprendido.

Alcé las piernas sobre sus hombros y me lancé a cabalgarlo, loca porque entrara entera. Sentí una pequeña molestia cuando profundizó demasiado y le pedí que parara, pero enseguida volví a disfrutar de su deslizamiento, hasta que su líquido me inundó y un nuevo orgasmo me arrastró. Caí a un lado, rendida y satisfecha de haber dado réplica a semejante animal.

—Me encanta follar contigo —dijo, acariciándome.

—Y a mí. Me he corrido tres veces.

***

Al día siguiente comí con mi hijo Hugo, que tenía veintinueve años y daba clases en un instituto, como casi toda la familia. Le resumí la separación. Lo encontré muy guapo, bronceado de tanta bicicleta, con un tono más firme en la voz, el de un hombre con opinión propia y no el del niño pegado a mi falda.

—Aunque ayer me sorprendiste, pensándolo en frío no me extraña: sois muy diferentes —dijo—. Decidas lo que decidas, Carla y yo estaremos contigo.

—No puedo negarte que este verano he empezado a sentirme distinta. Viva. Valorada.

—Los tíos de tu edad están cascados, como papá. Búscate un jovencito —bromeó—. Las maduras estáis de moda.

Me reí. Le conté que pensaba apuntarme a grupos de senderismo y baile para ampliar mi círculo, y quedamos en que vendría a verme a la casa de la playa, en Conil, cuando volviera de Formentera. Nos despedimos con el abrazo más fuerte que recuerdo de él.

—No te hundas, mamá. Estamos contigo a muerte.

***

Esa última noche en la ciudad creí que le debía a Bruno una despedida especial. En lugar de esperarlo en ropa interior, le abrí la puerta y me tendí desnuda en la cama. Cuando me encontró, se desnudó de inmediato.

—Me encanta verte así: libre, atrevida, sin marido. ¡Eres mía!

Me sujetó las manos contra el colchón y quedé completamente presa, atrapada bajo él, que no tenía ninguna prisa. Recorrió mi pecho con la lengua, con el roce áspero de su barba sin afeitar.

—Móntame —ordenó, autoritario, aumentando mi sensación de ser dominada.

Lo penetré y su erección se abrió paso por mi vagina hasta donde fue capaz. Con sus manos en mis caderas, marcó un ritmo como quien doma a un animal salvaje, primero suave, luego más profundo. Cada embestida hacía rebotar mis pechos, y al verme reflejada en sus ojos, entregada y dominada, me sentí un puro animal sexual. Galopé sobre él hasta correrme con fuerza.

Antes de que me recuperara, me puso a cuatro patas y se colocó detrás. Lamió despacio mi sexo y presionó suavemente con la punta de los dedos más atrás, alrededor del ano, hasta que el placer se hizo tan intenso que tuve que morderme el labio para no gritar. Entonces sentí la presión de su polla abriéndose paso por detrás. Solté un grito ahogado.

—No puedes, Bruno… —traté de resistirme, más por miedo que por otra cosa.

—No puedo dejar que te marches sin probarlo —respondió.

Vencida la resistencia inicial, alcé el trasero, ofreciéndoselo sin vergüenza, atrapada en un caos de jadeos. El dolor se transformaba en placer con cada embestida. Me sentía domada y a la vez liberada, rendida pero salvaje. Empecé a pedirle más, convertida en una mujer que no se reconocía.

—Sigue, no pares —supliqué.

Su mano se coló bajo mi vientre y encontró el punto exacto para hacerme gritar. Empujó más rápido, hasta el límite, y con un último empuje desesperado se vació dentro de mí mientras un orgasmo brutal me arrastraba. Después se quedó quieto, recorriendo mi piel con las yemas de los dedos, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Lo dejé quedarse a dormir. Quería aprender a despertar junto a un extraño, porque me quedaban muchas noches por delante. Al amanecer no eché de menos a Andrés, ni sentí culpa. Esa mujer que se preguntaba quién era resultó ser la auténtica, sin máscaras: seguía siendo maestra, madre, abuela… liberada por fin del cargo de esposa.

Se abría ante mí un verano nuevo, mi primer verano soltera. Quién sabe lo que me depararía el futuro.

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Comentarios (5)

EduNoche

Tremendo relato!!! Lo lei de una sola sentada, no pude parar.

Romi_BA

Por favor tiene que haber segunda parte, me quede con muchas ganas de saber como sigue todo entre ellos

Flor_Irene

Me recordó un poco a algo que viví, aunque no tan lejos jaja. Muy bien contado, directo y sin rodeos

MarcosNocturno

Que buena pluma. Se nota que sabes escribir, hay tension sin necesidad de exagerar. Muy bien logrado

SilviaRM

La narración en primera persona le da mucho realismo, te metés en la historia sin darte cuenta

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