Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El pacto familiar que heredé el día de mi cumpleaños

Mi abuelo Ernesto levantó un grupo empresarial que factura cifras que prefiero no escribir aquí. No diré el nombre de la compañía por razones evidentes, pero baste decir que apellidarse como nos apellidamos abría puertas en media ciudad.

Mi madre, Adriana, es su única hija. Cuando terminó la carrera entró a trabajar en la administración del grupo, que era para lo que se había preparado, porque desde niña todos daban por hecho que ella heredaría el imperio. Se casó con mi padre, Daniel, al que conoció en la universidad, y él también acabó trabajando en la empresa, a las órdenes directas de su mujer, la hija del jefe.

Un año después nací yo. Y desde el primer llanto quedó decidido que yo sería la siguiente en la línea de sucesión, a todos los efectos.

Mi abuelo construyó en un terreno enorme dos casas adosadas, con todas las comodidades imaginables, una para mis abuelos y otra para mis padres. Quería que la familia viviera junta pero independiente, cada matrimonio en su techo y todos a un paso de distancia. La propiedad figuraba a nombre del grupo, igual que los coches que conducían mis padres, de modo que ellos no pagaban un solo gasto.

De todo esto me fueron informando a su debido tiempo, y recibí, como podrás imaginar, una educación a la altura del nivel de vida de mi familia.

Pero había una parte oculta. Una que no conocí hasta que cumplí los dieciocho, cuando mi madre se sentó frente a mí y cerró la puerta del estudio.

—Sabía que algún día tendría esta conversación contigo —empezó—. Lo que voy a contarte lo hago por un acuerdo que tu padre y yo tomamos con tus abuelos el mismo día en que naciste.

El tono con que lo dijo ya me había puesto la piel de gallina.

Me explicó que todo lo que iba a escuchar era absolutamente confidencial. Que bajo ningún concepto podía repetírselo a nadie, sin atenerme a las consecuencias que la traición de ese secreto tendría para mí y para todos. A esas alturas yo ya estaba asustada, así que le prometí que guardaría silencio, fuera lo que fuese.

Y entonces me lo contó todo, de principio a fin.

***

Empezó por la parte que más me costó digerir: ella mantenía relaciones con su propio padre, mi abuelo Ernesto, desde que había cumplido la mayoría de edad. De hecho, él había sido su primer hombre, con quien había perdido la virginidad. Mi abuela lo supo siempre y siempre estuvo de acuerdo.

Un mes antes de casarse, mi madre se lo confesó a Daniel para que supiera dónde se metía, y todo lo que ganaría si aceptaba. Mi padre habló con mi abuelo y los dos hombres llegaron a un pacto: cada uno podría seguir acostándose con la mujer del otro. Mi abuelo conservaría a su hija; mi padre tendría acceso a mi abuela.

Y ahí me recordó algo que yo ya sabía, porque era público. Mi abuela, de joven, había ganado un concurso de belleza, y pese a rozar los cincuenta seguía siendo una mujer espectacular. Mi madre admitió, medio riéndose, que tanto ella como yo habíamos heredado los mismos genes. Que ninguna se había presentado a un certamen, pero que no nos haría ninguna falta.

—Cuando me quedé embarazada de ti —siguió, más seria— no sabía cuál de los dos te había engendrado. En aquellos meses me acostaba con ambos casi a diario, sin tomar precauciones, porque quería quedarme embarazada.

Hizo una pausa para mirarme. Y entonces llegó la parte que me concernía a mí.

—Al nacer niña, todos acordaron lo mismo que estás escuchando ahora. Que el día que cumplieras la mayoría de edad yo te lo contaría, y que si tú dabas tu consentimiento de forma totalmente voluntaria, pasarías a formar parte del grupo como una más. Con tu padre y con tu abuelo, sin distinción. Y que, si seguías siendo virgen, le correspondería a tu padre ser el primero, igual que el suyo lo fue conmigo.

No hace falta que te explique cómo me quedé. Una chica que acababa de cumplir dieciocho años escuchando aquello de boca de su propia madre, en el estudio de su casa, una tarde cualquiera.

Mi madre, que ya esperaba el golpe, me dejó unos minutos para asimilarlo y luego me dijo que podía preguntarle lo que quisiera.

***

Las preguntas se me agolpaban, pero la más urgente era la más obvia.

—¿Y qué tengo que hacer yo, exactamente?

—Lo único importante —respondió— es que aceptes entrar de forma voluntaria. Con los mismos derechos y las mismas obligaciones que el resto. A partir de ahí, tu padre y tu abuelo podrían empezar a estar contigo en cuanto tú dieras tu conformidad.

Le pedí tiempo para pensarlo. Me dijo que le parecía bien, pero que no podía hablarlo con nadie y que esa misma noche tenía que tomar una decisión, porque al día siguiente seguiríamos hablando.

Y así quedaron las cosas.

Le di mil vueltas. Pero llegué a una conclusión incómoda: no me quedaba más remedio que aceptar. Si me negaba, la convivencia con ellos, sabiendo lo que ahora sabía, se volvería imposible. Y estaba el detalle de la herencia: yo era la sucesora natural del grupo, pero ese arreglo podía cambiarse si yo me apartaba de lo que esperaban de mí.

Aunque, si soy sincera, lo que más pesó no fue el dinero. Fue el morbo. Saber que mi madre llevaba media vida acostándose con su padre. Saber que mi abuelo podía ser el mío. Y darme cuenta de que, fuera cual fuera mi padre biológico de los dos, al integrarme acabaría acostándome con él de todos modos.

No me desagradaba la idea. Para nada.

Porque tanto Daniel como Ernesto eran dos hombres muy atractivos. Mi abuelo, pese a la edad, se conservaba en plena forma de tanto usar el gimnasio que tenía montado en el sótano de su casa, el mismo que usábamos todos.

Así que al día siguiente, cuando retomamos la charla, le dije que sí. Que entraba.

***

Mi madre me preguntó si seguía siendo virgen. Ya lo sabía de sobra, pero quería estar segura, porque según el acuerdo le correspondía a mi padre ser el primero. Antes de nada me llevó a su ginecóloga, que me hizo una revisión y me colocó un implante anticonceptivo en el brazo, el mismo método que usaba ella, cómodo y fiable durante tres años. La doctora comentó que mi himen estaba ligeramente abierto, seguramente por los años montando a caballo, y que mi primera vez quizá fuera menos dolorosa de lo habitual.

Una semana más tarde, pasada ya la regla y con el implante haciendo efecto, fijamos la noche. Después de cenar, mi madre se despidió de nosotros deseándonos que lo disfrutáramos y se marchó a casa de mis abuelos, dejándonos solos.

Daniel y yo subimos al dormitorio. Los dos sabíamos a qué íbamos, así que no hubo torpeza ni excusas. Nos desnudamos en silencio, con esa mezcla de nervios y deseo que hace que te tiemblen un poco las manos.

Empezó acariciándome despacio, besándome el cuello, los hombros, el vientre. Yo le devolvía las caricias, descubriendo por primera vez el cuerpo de un hombre con mis propias manos. Cuando me ofreció guiarme, me arrodillé y lo probé sin saber muy bien cómo hacerlo, dejándome llevar por lo que parecía gustarle. A mí, para mi sorpresa, aquello me estaba encendiendo más que ninguna otra cosa.

—¿Estás lista? —me preguntó al fin.

—Sí, papá. Mamá ya me contó lo que dijo la doctora.

—Ojalá no te duela —murmuró—. Lo importante es que tengas un buen recuerdo de esta noche. Si en algún momento quieres que pare, me lo dices.

Me tumbé de espaldas y él se acomodó entre mis piernas. Entró despacio, casi con miedo, y yo sentí cómo una oleada de calor me recorría entera. No hubo dolor. Solo una sensación de estar llena, de pertenecer, que me subió por el pecho hasta dejarme sin aliento.

—No me duele nada —jadeé—. Me gusta.

—Entonces voy a ir más rápido, mi vida. Despacio al principio.

Empezó con un vaivén lento que fue ganando ritmo, y a mí aquello me volvió loca enseguida. No tardé en estallar en un orgasmo que no supe controlar; me oí gemir como si me faltara el aire, agarrada a sus brazos. Él, al sentir las contracciones, aceleró y poco después se vació dentro de mí con un gemido ronco, apretando hasta el fondo.

Notar su calor por dentro me arrancó un segundo orgasmo encadenado al primero. Nos quedamos quietos un instante, sudados, mirándonos como si acabáramos de cruzar una frontera que ya no tenía vuelta atrás.

Estuvimos así durante horas. Me enseñó posturas que yo ni imaginaba y todas me gustaron, aunque en el fondo lo que me gustaba era tenerlo dentro. Acabamos dormidos de puro agotamiento.

***

A la mañana siguiente se lo conté a mi madre radiante. Ya era miembro del grupo a todos los efectos. Ella me felicitó y me recordó que aún me faltaba el abuelo, y que esperaba que con él me fuera igual de bien. Me aconsejó descansar un par de días, porque Ernesto era, según sus palabras, «una auténtica fiera», y convenía llegar a esa primera cita en plenas condiciones.

Tres días después mi abuela vino a nuestra casa y yo fui a cenar con mi abuelo. Entre nosotros siempre había habido una complicidad especial; yo lo había visto siempre como una especie de héroe, y supongo que él llevaba años mirándome de otra manera, esperando su momento.

Ese momento llegó esa noche. Apenas terminamos de cenar subimos al dormitorio.

—Túmbate, cariño —me dijo, quitándose la camisa—. Llevo demasiado tiempo deseando esto.

Empezó con la boca, y lo hizo con una maestría que me arrancó un orgasmo en pocos minutos. Después se colocó encima de mí y me penetró besándome a la vez, dejándome saborear mi propio sabor en su lengua. Mi madre tenía razón: era incansable. Me sostenía como si yo no pesara nada, me cambiaba de postura cada poco y aguantaba mucho más que mi padre antes de terminar.

No me trató como a la nieta consentida de siempre. Me trató como a una mujer, como el macho dominante que era, y descubrí que esa forma de poseerme me gustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. Cuando me lo hacía sin contemplaciones yo lo animaba en voz baja, y eso lo enardecía todavía más, como si reforzara una idea de propiedad que tenía sobre todas las mujeres de la familia.

Al sentir su calor por dentro no pude evitar pensar que con ese mismo cuerpo había engendrado a mi madre, y que ahora lo tenía yo encima. Esa madrugada terminé de entender lo que mi madre había intentado explicarme: en esta familia el sexo era el verdadero nexo de unión, sin tabúes y sin imposiciones, cada encuentro acordado de antemano entre quienes participaban.

***

Con el tiempo me convertí en la más solicitada, sobre todo por mi padre, mientras mi abuelo volvía a centrarse en su hija sin dejarme del todo a mí. Una vez al mes, casi siempre la noche del sábado, llegaron los encuentros de a tres, los dos hombres con una de nosotras por turno.

La primera vez que los tuve a ambos a la vez fue algo que no sé describir con palabras. Hubo un instante en que el placer me desbordó hasta nublarme la cabeza, atrapada entre los dos cuerpos que mejor me conocían. Una locura absoluta.

Mi abuela, ya entrada en años, fue retirándose poco a poco. Mi abuelo, en cambio, conservó el mismo vigor de siempre. Y yo aprendí, antes de cumplir los veinte, que el secreto que mi madre me había confiado aquella tarde no era una carga. Era la herencia más íntima de mi familia, y la guardo todavía, igual que prometí.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.