Lo que vi por la ventana antes de mi boda
Otra vez Marisol había arruinado el maquillaje. Era un mar de lágrimas y sus amigas intentaban consolarla como podían, con pañuelos, con bromas, con esa ternura insistente que terminaba ahogándola. Aquella mañana había llorado ya unas cuantas veces y por momentos se le iba el aire. Estaba nerviosa, mucho, y tener a tres mujeres encima recolocándole el velo no ayudaba en absoluto.
Lo único que quería era ver a Damián. Refugiarse un segundo en su pecho, sentir su olor, besarlo despacio. Una última vez como novios, antes de que el sacerdote los convirtiera en marido y mujer delante de medio pueblo.
—Voy un momento al baño —mintió, y nadie la siguió.
Salió de la cabaña en silencio, recogiéndose la falda del vestido para que no rozara el suelo. La cabaña de Damián estaba en el ala opuesta del complejo campestre, al otro lado de los jardines donde ya se acomodaban los invitados. Si alguien la veía vestida de novia antes de la ceremonia, le echarían la charla de siempre sobre la mala suerte, así que decidió rodear por la zona de bosque trasera.
Era una locura, lo sabía. El barro, las ramas, el satén blanco. Pero la necesidad de verlo pesaba más que cualquier superstición.
Avanzó pegada a los troncos, calculando cada paso. Todos estaban en el jardín, ocupados con las flores y el champán, así que era poco probable que la pillaran cruzando entre los árboles como una fugitiva. Imaginó a Damián dentro, rodeado de sus amigos, esos que seguramente lo estarían incitando a beber algo fuerte para los nervios. Él se negaría, claro. Para Marisol, su hombre era el hombre ideal, el tipo de macho al que los demás deberían aspirar. Se consideraba la envidia de todas sus amigas, y no le faltaba razón.
Llegó a la cabaña con el corazón latiéndole en la garganta. Probó la puerta principal con suavidad: cerrada con llave. Sonrió para sí misma. Lo sorprendería por la ventana trasera, le daría un susto y luego un beso, y volvería corriendo antes de que nadie notara su ausencia.
Rodeó la construcción de madera y se asomó al cristal de la ventana de atrás, que daba al salón.
Al final la única sorprendida fue ella.
***
Damián estaba recostado sobre la mesa larga del comedor, con los pies apoyados en el respaldo de una silla y la camisa de la boda abierta sobre el pecho. Encima de él, montada y en movimiento, había una mujer. Una rubia de cuerpo voluptuoso y equilibrado, con los talones clavados en el filo de la mesa, sosteniéndose del respaldo de otra silla para gobernar cada embestida.
Él la sujetaba apenas por encima de las rodillas, pero era ella quien marcaba el ritmo. Un ritmo brutal, descarado, que hacía saltar aquel par de pechos enormes al compás de un collar de perlas que se balanceaba como un péndulo.
Marisol sintió un mareo que casi la tumba sobre la hierba húmeda. La cabeza se le encendió, la vista se le nubló y un sabor amargo le subió por la garganta. Las lágrimas encontraron solas el camino por sus mejillas mientras se dejaba caer, encogida, debajo del alféizar.
Aquellas cabañas tenían una insonorización increíble. Y aun así, los gemidos, los jadeos, el roce de la piel contra la madera, todo llegaba a sus oídos retumbando con una fuerza imposible, como si el bosque entero hubiera decidido amplificar su humillación. Un zumbido ensordecedor le llenó las sienes.
No es verdad. No puede ser él. No hoy.
Pero era él. Reconocía cada gesto suyo, la manera en que apretaba la mandíbula, el modo en que cerraba los puños cuando el placer lo desbordaba.
Quiso huir y no pudo. Se quedó pegada al suelo, abrazándose las rodillas con el vestido manchándose de tierra, escuchando el concierto obsceno que salía de la cabaña. Eran cuernos. Cuernos el mismo día de su boda, a dos horas del altar. Eso ya era una traición de las que parten una vida en dos.
Y entonces, reuniendo un valor que no sabía que tenía, volvió a asomarse. Necesitaba confirmar algo. Algo que había visto de reojo y que su mente se negaba en redondo a aceptar.
***
La mujer tenía una sonrisa de placer que no le cabía en la cara, la sonrisa de quien domina la situación por completo. Se notaba curtida, segura, una mujer que sabía exactamente cómo dar y cómo recibir. En el primer golpe de la escena, cegada por el shock, Marisol no la había identificado. Ahora, con la lucidez del horror, la veía con claridad.
La rubia que cabalgaba a su prometido, la cerda que gemía sobre la mesa con las perlas saltando, era Rosaura. Su suegra. La madre de Damián.
El estómago se le retorció. Ya no se trataba de una simple infidelidad. Era el pecado más espantoso que podía imaginar ocurriendo a unos centímetros de ella, detrás de un cristal. Si alguien más fuera testigo de aquello, las vidas de madre e hijo quedarían destrozadas por el escándalo para siempre. El apellido, el negocio familiar, la reputación impecable de los Valdés: todo hecho cenizas.
Y sin embargo, en mitad del dolor, algo perverso brotó dentro de Marisol. Un cinismo frío, casi divertido. Tenía que admitirlo: aquel par se lo estaba pasando en grande.
Siempre había envidiado a Rosaura. Por su cuerpo imposible a su edad, por su carisma, por su buen gusto vistiendo, por ese matrimonio que todos creían estable y perfecto. La envidiaba en silencio desde el día en que entró en aquella familia. Pero nunca, jamás, la había envidiado tanto como en ese instante, viéndola subir y bajar sobre el cuerpo del único hombre al que Marisol amaba. El hombre que, descubría ahora, ambas amaban.
A pesar de todo, se quedó. Esperó. Esperó hasta que Damián, con un bramido salvaje que reconocía de tantas noches juntos, terminó. Lo vio incorporarse sobre los codos. Vio cómo madre e hijo se buscaban la boca y se daban un beso largo, apasionado, sincero, un beso que no tenía nada de despedida casual y sí mucho de costumbre antigua.
Rosaura se separó despacio, recuperando el aliento. Con dedos expertos retiró el preservativo, le hizo un nudo prolijo y lo guardó en su elegante bolso de mano, como quien archiva una prueba. Después se peinó frente al reflejo del cristal, sin sospechar que del otro lado, a un palmo de distancia, su nuera la observaba con el maquillaje deshecho.
Ya no había nada más que ver. El par se arreglaría para el gran evento del día y ella debía volver antes de que su ausencia se hiciera evidente.
***
De regreso por el bosque, Marisol caminaba como un autómata, esquivando ramas sin verlas. Los celos la carcomían por dentro, ácidos, pero junto a ellos crecía otra cosa que no esperaba: una claridad fría, casi serena.
Se preguntó si Damián la amaría algún día tanto como amaba a su madre. Si habría espacio en él para otra mujer al lado de Rosaura. Y entonces, con una madurez que la sorprendió a ella misma, llegó a una conclusión.
A partir de hoy duermo yo en su cama. Todas las noches. Ella tiene un secreto; yo tendré un anillo.
De ahora en adelante tendría todas las noches del mundo para convertirse en la primera mujer en la mente de su marido. Lo trabajaría. Lo conquistaría centímetro a centímetro. Si su suegra había jugado durante años con ventaja, ella jugaría con paciencia.
Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, respiró hondo y compuso el gesto antes de entrar de nuevo en su cabaña. Sus amigas la recibieron con un grito de alivio.
—¿Dónde te habías metido? ¡Hay que retocarte todo otra vez!
—Lo siento —dijo, y por primera vez en toda la mañana su voz sonó firme—. Necesitaba un momento a solas. Ya estoy bien.
Y lo estaba, de una manera retorcida que nadie a su alrededor habría comprendido.
***
Un par de horas más tarde, ambos dieron el sí frente al altar, entre la alegría sincera de los invitados. Marisol sonreía con el ramo entre las manos, mirando a Damián a los ojos, midiéndolo, estudiándolo, sabiendo lo que sabía.
En la mesa principal, Rosaura tomó el micrófono para un brindis. Con un descaro que solo Marisol podía leer en su justa dimensión, se atrevió a recordar el día de su propia boda y a hablar de lo feliz que había sido siempre en el amor. Los invitados aplaudieron, conmovidos. La novia apretó la copa hasta que los nudillos se le pusieron blancos, y brindó con una sonrisa perfecta.
Más tarde, durante el banquete, vio cómo su suegra se inclinaba sobre el oído de Damián y le pedía con una caricia en el hombro que la acompañara un momento afuera. Él se levantó sin dudar, con esa obediencia tranquila que ahora cobraba un sentido nuevo y nauseabundo. Marisol supo, con absoluta certeza, que se escabullirían a hacer alguna de las suyas mientras los músicos afinaban.
Se guardó la rabia. La enterró muy hondo, donde nadie pudiera olerla, y la transformó en estrategia. Bebió un sorbo de champán, saludó a una tía lejana, dejó que un primo la sacara a bailar.
Perdí el primer round. Lo acepto.
Pero la noche de bodas era suya. Y la siguiente, y la siguiente, y todas las que vendrían bajo el mismo techo. Rosaura tenía la experiencia y el pasado; Marisol tenía el futuro y la cama matrimonial. Estaba dispuesta a dar batalla, y algo le decía que esa guerra, prohibida y silenciosa, apenas comenzaba.